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domingo, 20 de octubre de 2019

Quiero estar en el mar



Un fragmento de Criatura perdida
en el suplemento Generación 




—¿POR QUÉ?
La noche era vieja cuando ella interrumpió el monólogo del viento. Una brisa que arreciaba a ratos, zarandeándolos, y después se apaciguaba, los había acompañado desde la tarde. Estaban sentados frente a la oscuridad, Eric envolviéndola y ella recordando poco a poco, sin precisarla, una remota y perdida ternura en la que le gustaba refugiarse.
Eric venció con esfuerzo la quietud. A pesar de que no había conseguido fundirse con la piedra —porque la presencia de ella lo mantenía alerta—, el largo silencio en el que cayeron lo había conducido hacia un júbilo extático, hacia un regocijo tranqui­lo por haber encontrado a ese ser sosegado y capaz de callar a su lado.
Corina no se apresuró a exigir respuesta. Tam­bién allá, donde otro alguien la envolvía, eran pocas las palabras, casi ninguna, y no había nada incómodo en eso. Pero cuando recordó que el tiem­po transcurría, cuando pensó en el regreso —ese regreso que, después de esa noche, tendría que es­tar lleno de desasosiego— comprendió que ese ahora vertiginoso era la única esperanza y la única opción que tenía frente a la rutina (porque era solo rutina lo que poblaba la opulencia de sus días en la casona de la playa).
—¿Qué?
Corina imaginó que esa pregunta era arrastrada por la brisa, se estrellaba contra la cara de Eric, se escurría por las mejillas, atravesaba las ruinas desiertas, ascendía la breve colina y caía, minutos más tarde, dispersa, en calles y parques y estatuas y techos, irrecuperable, nunca más esa misma pre­gunta compacta.
 La tarde y la noche se habían deslizado hasta la quietud y hasta ese moroso regreso al movi­mien­to, como de quelonios que se desperezan. Era tan agradable la tibieza en medio del frío de la brisa. Era tan triste, también, pensar que esa breve se­cuencia de instantes concluiría al día siguiente, saber que resultaba improrrogable, impo­­si­ble de perpetuar sin violentar, sin engañar, también sin traicionar. Sentir todo eso irrepetible junto ablandó a la mujer hasta el punto de querer compartir con Eric un sueño: esa historia pulida y retocada a lo largo de los años, cada vez más nítida y viva a medida que se hacía más improbable, esa ensoña­ción recurrente en la que varias genera­cio­nes de una familia numerosa giraban en torno a ella con insólita armonía.
Pero justo cuando se arrojaba a confesarse, Eric agregó:
—No sé.
Corina pensó —como tantas veces en su vida en circunstancias similares o distintas— que esa opor­tu­na interrupción era una señal de Dios, que le pedía que callara, que le concedía un instante más para pensar que no era ni recomendable ni opor­tuno hablar aquella noche de su sueño, por­que era muy posible que el hombre que la envolvía viera una insinuación poco disimulada, un burdo intento de transacción después de unas horas agradables y gratuitas, antes de cumplir una pro­me­­sa que siempre estuvo implícita. En ese instante volvió a comprender cuánto detestaba que la gente estuvie­ra todo el tiempo regida por tran­sac­ciones, por tácitos convenios, por trueques y extorsiones y solo muy pocas veces por impulsos generosos y espon­táneos.
—¿Y no te cansas?
—Al comienzo sentí una mezcla de exasperación y de cansancio. Después de una inspección superficial pensé que no había aquí nada que cuidar. En medio de los días y las noches repetidas pensé que Pianetti se burlaba de mí y que invertía unos cuantos pesos para divertirse haciéndome creer que trabajaba. Pero pasaron los días.
La voz de Eric era un susurro cercano a su oído, firme y tranquilo, una brisa que se enfren­taba a la brisa durante un instante y luego era arrastrada.
—Ahora lo difícil es estar en Élice. Suceden tantas cosas allá, la gente tiene tantos gestos, dice tantas palabras, hay tantas cosas moviéndose al mismo tiempo que resulta imposible ir hasta el fondo de los pensamientos y —lo que es todavía más difícil— dejar de pensar. Siempre hay alguien que te habla, siempre hay alguien que pregunta, siempre hay alguien que te obliga a elegir un lado de la acera, siempre hay alguien intentando adivi­narte en tu ropa o en tu aspecto, siempre hay alguien desfogando su furia en el que pasa, odian­do para aliviarse, cobrando en otro alguien una afrenta imprecisable.
Corina cerró los ojos y empezó a arrullarse con las palabras de Eric.
—Aquí, en cambio, he aprendido a percibir los matices. Cuando llegué estaba aturdido, miraba hacia dentro, traía conmigo un zumbido que tardé varios días en callar. Ahora lo simple está poblado de sentidos: el mar nunca se repite, las formas que dibujan la luz y las nubes son siempre distintas, la brisa y las aves tienen su voz propia —dicen al fin cosas inteligibles—, y la piedra recuerda, poco a poco, sin orden y sin tiempo, los ecos y las sombras que le han sido confiados.
Corina se incorporó, gateó por el merlón hasta la tronera, alargó el brazo para tomar la botella, pero no pudo alcanzarla, tuvo que bajar por ella. Dentro de la tronera tuvo la visión fugaz y estruendosa de un disparo de cañón, pero al instante siguiente solo había viento y noche. Al regresar junto a Eric venía jadeando.
—Ufff —dijo, de pie, zarandeada por la brisa, contenta, tratando de mantener el cabello alejado de su rostro, sonriendo a Eric y ofreciendo la bote­lla.
Eric también tenía un sueño. Era un sueño en el que siempre estaba con una mujer, en un planeta desierto, lejos de las opiniones y murmu­llos y ma­ni­pu­laciones y sutiles y evidentes gobier­nos del resto de la gente; un mundo donde dos seres em­prendieran sin tropiezos la labor de conocerse. Y al recordar su sueño sintió que en ese instante amaba a Corina como no había amado a nadie. Amó su cabello recortado a la altura de la nuca, cubriendo a ratos su cara. Amó el dibujo difuso de su cuerpo contra la oscuridad, delineado por la brisa que golpeaba contra su vestido. Amó su manera natural de aceptarlo. Amó incluso, sin culpa, esa extraña zona de su ser en la que no era ella sino un recuer­do de otro ser, impreciso pero a la vez indispen­sable. Inundado de presente, llegó a preguntarse si el papel de esa otra que también la habitaba no habría sido acaso el de constituir frente a él, esa noche, una Corina más plena de significados.
—Qué tan alta es aquí la pared —preguntó Corina asomada al vacío.
—Mejor no lo intentes —Eric decidió levantarse. Lamentó que se hubiera terminado la quietud del abrazo. Pero también sintió la paradójica alegría, el vértigo que ataca a quien vuelve a meterse en el flujo del tiempo.
Tomó a Corina por la cintura, la pegó contra su cuerpo y le dijo al oído: “Ten cuidado”.
Corina se volvió hacia él, lo besó, lo envolvió en sus brazos y le dijo: “Quiero estar en el mar”.


                                                                                                            

El fragmento en la voz de Gabriela Agüero

* * *

“Siento el galope y el trueno”
Allí, tomados de la mano frente a la noche de agua, de nuevo unidos por debajo de cualquier pala­bra, sintió las olas y su corazón despierto y pen­só que eran ecos de un mismo galopar.
“Siento que la sangre se derrama por conductos extraños”.
Pensó que a través de las manos unidas se ten­dían puentes mucho más secretos, de nervios, de venas, de fibras aun más sutiles.
“Y es un galopar tranquilo”.
Un viento fuerte los había sacudido durante la peripecia entre las ruinas. Pero al llegar a la breve franja de arena y piedras, el aire y las aguas esta­ban en calma.
Eric pensó que era como haber llegado a otra historia, a otro tiempo, a otro espacio, a otros seres incluso, diferentes por completo a los de hacía nos segundos, allá arriba. Le costaba entenderlo y explicárselo, pero allí, aferrado a la mano de Cori­na, tenía la misma sensación que se tiene cuando se cambia de sueño, la doble incerti­dumbre que significa saber que se acaba de abandonar una his­toria que sigue transcurriendo en algún lado y, al mismo tiempo, que se acaba de llegar a otra histo­ria que había estado cumplién­dose desde muchísi­mo antes de nuestra abrupta llegada.
Pensó en decirle a Corina que tenía miedo, que una vez más, como siempre desde todos los tiem­pos que tenía al alcance de la memoria, se sentía perdido, desligado de algo irrecordable, de una par­te de sí mismo que en ese instante lo buscaba en otro lado, quizá con las mismas dudas, la misma incertidumbre y falta de convicción con que él sentía a veces estarla buscando.
Pero Corina estaba eufórica. En su rostro brilla­ba una mezcla de sudor y partículas de mar. Se despojó de sus zapatos y corrió hacia el estruendo de las olas. Cuando el agua mojó por primera vez sus pies y sus tobillos, se volvió a mirar a Eric con un gesto encogido de frío, pero siguió caminando. Al hundirse hasta las rodillas, su vestido empezó a desplegarse a los lados como una medusa. Eric empezó a hablarse en voz baja para evitar ser arras­trado hasta otro sueño.
“Me llamo Eric. Mi nombre es Eric. Vivo solo en esta isla, pero hoy tengo una visita. Su nombre es Corina y juega con las olas. Mi nombre es Eric, me llamo Eric y no debo temer. Corina me invita a internarme en las sombras y el agua y no temo. La voz de Corina conjura peligros y me abre las puertas del mar”.
El llamado de Corina volvió a arrastrarlo hacia las olas. Con gritos y gestos lo invitó a acercarse, lo obligó a mirar con atención en el agua, empezó a mostrarle una prueba suprema de su magia.
—¿Ves?
Eric no dijo nada. Siguió maravillado los movi­mien­tos de esas manos delgadas dentro y fuera del agua, tuvo el impulso de darle una explicación racional a aquellas luces, pero ella lo invitó a resi­dir un rato más en la credulidad y la sorpresa: “¿No es hermoso? Mira, también salen de ti”.
Eric vio que también sus movimientos en el agua iban dejando una estela luminosa, una efíme­ra galaxia que a veces persistía unos segun­dos. Apoyados en la oscuridad arenosa, sus pies, encen­dían unas chispas intensas, azules y blan­cas. A medida que se internaba en el agua, iba dejan­do un rastro de luz como la cola de un come­ta. Todo su cuerpo poseía esa desconocida propiedad. Al levantar los brazos, el agua que caía era como una lluvia de minúsculas bombillas. Eric rio, gritó, em­pezó a zambullirse en el agua imitan­do los saltos de un delfín y después se detuvo a mirar fascinado el reguero de luces como una cristalería rota, las chispas minúsculas que se negaban a apagarse, que parecían nadar enloque­cidas de alegría ante el descubrimiento sorpresivo de la vida.
Después de un rato recordó a Corina y, a pesar de que estaba muy cerca, tardó en encontrarla. Eric la vio llegar, hundida hasta el cuello aunque el agua era poco profunda; la imaginó en cuclillas, como reptando para evitar asomarse al frío de la noche, tratando de mantenerse tibia bajo el agua, y vio en su rostro un chorreante y luminoso de­sam­paro.
Eric se hundió también hasta los hombros y la envolvió con sus brazos, pero había una trabazón de rodillas que solo era posible eliminar adentrán­dose en el mar. La respiración del agua fue lleván­dolos, con saltitos ingrávidos, hasta una profun­didad donde las piernas pudieron estirarse y re­nun­ciar a ratos, en una liviandad acompasada, al piso en tinieblas con plantas acuáticas. Allí jun­taron sus cuerpos y encendieron una breve tibieza que solo era posible sostener si no se separaban. Besaron sus bocas saladas, cerraron los ojos y se dejaron llevar por el movimiento de las olas. Con lentitud ansiosa, evitando romper la proximidad, fueron eliminando las distancias hasta entrar en un sueño de ser y no ser, de estar y no estar, de hundirse, invadirse y dejarse llevar, dictado por la voluntad del mar.
A veces —muy pocas veces—, uno de los dos abandonaba esa oscilante unidad de calamar y era de nuevo un ser frente a otro ser, sorprendido, halagado por los círculos de luz que rodeaban el abrazo como una música de fondo. Pero de nuevo era disuelto por ese extraño fuego que ardía bajo el agua.
Antes de perderse por completo, Eric volvió a ser Eric para ver el rostro abandonado de Corina, el gesto extraviado, los ojos cerrados y viajando por oscuros recovecos. Pero el ímpetu lo arrastró de nuevo hasta el centro encendido, poblado de rui­dos, de explosiones de agua, de vientos terri­bles, de espuma y de impulsos agónicos.
Y al sueño siguiente una quietud sin tiempo, un largo instante eterno (allí estaba, en la nada de nada, ni siquiera podría decir que era negra, ni siquiera podría decir que era algo), una serenidad vertiginosa y prolongada.
Y más tarde, milenios más tarde en un recinto oscuro, una ansiedad frenética, una avidez deses­perada que lo obligó a respirar, a inundar sus pulmones de agua y de sal.

* * *

Un ser aturdido que sube por una escalera de olas, una pobre criatura perdida que tose y vomita en un raro paraje, como si fuera a desdoblarse, hasta caer vencida entre sus aguas, entre sus frías babas de monstruo agonizante.
















jueves, 22 de agosto de 2019

Criatura perdida




     Criatura perdida en Editorial y Librería UPB.

     En esta oportunidad Gustavo Arango te invita a conocer su novela Criatura perdida.
    ¿De qué se trata?  "De viajes; de viaje por el tiempo, de viaje por el espacio, de viaje por la vida. Es un texto sumido en la poesía. Su idioma es de una gran precisión y de una soberana hermosura". Gustavo Ibarra Merlano.     
 ¡Embárcate en esta historia y déjate atrapar por el Caribe colombiano que narra este autor!

    Más información de la obra: https://bit.ly/2NjqNYt









martes, 30 de julio de 2019

Criatura aparecida


La editorial UPB acaba de publicar la primera edición colombiana de Criatura perdida, mi primera novela, publicada inicialmente en los Estados Unidos, en el año 2000, en una edición privada.

Esta primera edición colombiana incluye un apéndice con entrevistas, reseñas y apreciaciones críticas sobre la obra.




“Criatura perdida es una novela de viaje; de viaje por el tiempo, de viaje por el espacio, de viaje por la vida. Es un texto sumido en la poesía. Su idioma es de una gran precisión y de una soberana hermosura”.
Gustavo Ibarra Merlano

“En esta novela, Gustavo Arango ha tirado su red en nuestra geografía y la ha extraído plena de imágenes para la construcción de una sombría, compasiva y lúcida reflexión sobre la enigmática aventura del hombre sobre la tierra”.
Rómulo Bustos Aguirre







sábado, 14 de abril de 2018

Recuerda


Fragmento de La balsa del Medusa, de Gericault (Museo del Louvre)



Sed.
La sed infinita del mar.
Desierto de sal mimetizada que tortura mi gar­gan­ta.
Agua desmesurada en la que me consumo, me calcino, me disuelvo.
Lento, insistente y voraz, el sol quema mis que­maduras, hurga la piel sangrante con sus astillas de fuego, deslumbra hasta la ceguera a través de la traslúcida cortina de mis párpados.
No hay arriba ni abajo, noche ni día.
La luna es una daga rutilante.
También el resplandor de las estrellas resulta in­so­portable.
Llevo una puerta en la espalda y sobre ella llevo un mundo que me aplasta contra el aire.
Las olas balancean mi caída. Me veo lejos, ar­dien­­do, a millones de kilómetros. Intento sin fuer­zas pedirle a una mano que cubra mi rostro. En un arco formado por un brazo y por el torso se refugia la ma­le­ta, mojada y humeante.
Sólo eso ha regresado del estruendo. Esa puerta de madera que ahora me sirve de balsa, la maleta con­tra un cuerpo abandonado por su dueño y un rui­do distante que parece una voz.
Lejos, no allí, en medio de esa luz, en esa sequía sitiada por el agua, tal vez temblando de frío en otro lado, una voz. Una exasperación lúcida que intenta poner orden, rescatar alguna imagen, alguna noche furibunda, alguna embarcación pulverizada por el mar.
Pero no. Sólo el sol. El sol y la sal y la sed y el do­lor. Una boca reseca que suplica, que busca hume­decerse con la sombra de un aliento, y la voz, cerca y lejos, murmurando detrás de la nariz, en el fondo de los ojos, en una breve zona que aún vive, como si sostu­viera más allá de sus fuerzas una cuerda que ha terminado por pegarse a la piel de las manos.
“Recuerda”, se dice. 
Pero la palabra suena como el agua que acaricia la madera, como el viento que lo encuentra a la deriva y desciende a trenzarle los ca­bellos.
“Recuerda", intenta balbucir la boca seca, la len­gua lacerada, expuesta como un peñasco.
“Recuerda", se ordena sin fe y sin fuerzas.




jueves, 17 de agosto de 2017

Herido de sombra


Todos se han ido.
Eric pasó los ojos por los trazos, vio el brillo fugaz de la tinta antes de hundirse y fijarse en el papel.
No queda nadie.
Sólo en ese momento, sentado en el parque, se atrevió a admitir que la desolación, una vez más, había cumplido su tarea. Volvió a sentirse como el último hombre que sale de un edificio, el que apaga las luces y cierra las puertas. Después de unos años que en ese momento sentía superfluos, volvía a ser lo que fue en otra ciudad —irrecordable—, lo que quizá seguiría siendo hasta el último alarido.
Queda nadie. Nada.
Nada fue lo que encontró al abandonar el cuarto junto al patio, liberado y culpable, con las últimas líneas de su libro secándose en el último renglón del último cuaderno. Nada en todos los rincones de la casa. Nada en esas casas frente a su casa, nacidas para él cuando ya nadie las habitaba —negándole el esperable paisaje de los patios—, recordándole con sus fachadas silenciosas que, mientras estuvo ausente, Élice tuvo tiempo para crecer, para ver nacer barrios y calles, pero también para vivir el éxodo y las muertes, la ausencia instalándose implacable.
Sólo el sol, entrando por un tonel vacío que alguien dejó caer junto al lago del parque, quizá por la prisa de marcharse.
Imaginó la multitud que entró por la puerta que nadie había cerrado: asomándose primero con sigilo, eligiendo algún mueble o espejo, marchándose triunfales con trofeos de una guerra en la que no hubo adversarios.
Sólo el sol y el viento y la ruina.
Ruinas fue lo que vio cuando regresó a su refugio de meses: en el amarillo de las hojas, en el desmoronamiento de sus trazos. Ruinas de ceniza fue lo que vio en el patio, al amanecer del día siguiente, después de haber alimentado el fuego durante toda la noche. Ruina fue la solitaria despedida que lo obligó a consolarse con tiempos ilusorios. Ruina el ardor que seguía corroyéndolo en el fondo del estómago. Ruinas chirriantes las casas, el parque, la tienda de puertas clausuradas, la encía desdentada de los arcos del mercado, la iglesia con sus puertas abiertas para nadie. Crujido de olas lentas la ciudad abandonada.
Cuando guardó el papel en la maleta, comprendió con sorpresa que en pleno mediodía empezaba a anochecer. La luz había adquirido un color ceniciento y las sombras de las cosas parecían tener vida. El aire vibraba ansioso, desconcertado, hecho de jirones fríos.
Eric buscó el sol en lo alto y lo vio herido de sombra, intentando sacudirse con destellos desesperados y violentos la piedra que trataba de extinguirlo. Vio su humillación lenta, su agonía, la furia de sus rayos. Pasó en vela esa noche fugaz y estrellada, viendo el desconcierto furtivo de los animales, sintiendo la presencia asfixiante de una multitud de sombras.
“Y si siempre fuera así”, alcanzó a pensar, antes del amanecer. “Cómo seríamos, qué pensaríamos, qué sabríamos y qué ignoraríamos, qué nombres daríamos a las cosas, si nuestras vidas transcurrieran todo el tiempo bajo esta penumbra”.
Pero el furor de la luz arreció contra la piedra y sus ojos volvieron a ser heridos por el resplandor del día.
Cegado por la visión, buscó a tientas su maleta y caminó hacia el mercado. Eligió una canoa liviana. Puso en la proa el equipaje, los zapatos y el saco del vestido que fue de su padre. Se movió con cautela en la playa de cáscaras. Con un pie a bordo y el otro en el piso viscoso, llevó la canoa hasta la ingravidez del agua. Cuando la sintió flotar, se apuró a sentarse y a remar.
Al principio sólo era alguien aturdido, obsedido, que al parecer huía. Pero pronto empezó a sosegarse. Fue instalándose en esa libertad recién conquistada, en ese presente de olas espumosas y brisas saladas.
 Remando sin prisa, bajo la luz de ceniza que aún no terminaba de desvanecerse, le habló a algo impreciso que estaba más allá de la maleta.
—Mira la ciudad —le dijo—. No hace mucho que salimos y casi ni se distingue. Pronto sólo veremos la montaña y, unas horas más tarde, ya no veremos nada.
Ella asintió en silencio.
Al pasar por un costado de la isla empezó a preguntarse si sería necesario aquel naufragio, esa larga penitencia de fríos y calores. Se preguntó si no sería mejor abrir de una vez la maleta y entregarle esos papeles y cuadernos a las olas, las entrañas insensibles de los peces y las sombras mojadas de las algas.
“Ya veremos”, pensó.
Al final de esa tarde miró al sol compasivo.
“No has tenido un buen día”, le dijo.

Cuando cayó la noche, el sol aún brillaba detrás de sus párpados.


Fragmento de Criatura perdida (2000)




jueves, 29 de junio de 2017

Criatura perdida

Palabras de agradecimiento y lectura de Rómulo Bustos Aguirre, 
durante la presentación de la novela Criatura perdida, 
el 17 de mayo de 2001, en la Casa Museo Rafael Núñez de Cartagena.

Tumblr @startingover


Los rumbos mágicos


     Hace un poco más de medio siglo, el parque situado frente a esta casa era el escenario de las tertulias trasnochadas de tres amigos a quienes los unía la pasión por la literatura.
Gustavo, Gabriel y Héctor solían quedarse en el parque hasta la madrugada, hablando de libros, de la historia de la casa, del mar y las murallas, del misterio del viento o de los árboles.
Una noche discutieron, hasta quedar exhaustos, las posibilidades de un verso antiguo que decía: “Y ella sus rumbos mágicos entabla”.
¿Quién era ella? ¿Una mujer? ¿La misma vida? ¿Tal vez una divinidad? Y esos rumbos mágicos de que habla el verso, ¿qué clase de rumbos son?, ¿se refieren a las direcciones de un viaje?, ¿al destino de los seres humanos?
Esa noche ocurrió un episodio inexplicable. Los tres amigos se quedaron mirando el patio de una casa frente al parque –quizá el patio donde ahora mismo estamos– y sintieron la presencia muda y misteriosa de algo que parecía hipnotizarlos sin palabras.
Sólo uno de los tres recuerda hoy ese episodio. Para Gustavo Ibarra Merlano, aquello que veían era una manifestación de lo cerca que estaban de Dios cuando hablaban de literatura.
He querido recordar esa anécdota y ese verso, “Y ella sus rumbos mágicos entabla”, para tratar de transmitir todo el sentido, mágico, trascendental, religioso que tiene para mí presentar mi primera novela en esta ciudad, en esta casa, frente a estos rostros amigos.
Vine a vivir a Cartagena en 1989. La ciudad y su mar me habían seducido desde niño. Vine convencido de que aquí podría escribir. Sabía que aquí se está más cerca de los misterios de la vida, de esa oscuridad enorme de donde sale la literatura. Desde entonces no he parado de escribir y la ciudad no ha dejado de alentarme.
Mis maestros me han enseñado que un escritor no debe hablar demasiado, que lo que no dicen los libros es inútil tratar de decirlo de otro modo. Por eso sólo quiero expresar mis gratitudes.
En primer lugar, quiero agradecer al Instituto Internacional de Estudios del Caribe y a la Facultad de Ciencias Humanas de la Universidad de Cartagena, por todo el cariño y el entusiasmo que le han puesto a la organización de este acto, por creer en la literatura como expresión de un compromiso con la vida.
Al doctor Hector Hernández Ayazo, por la generosidad sin límites con que me ha ayudado a encontrar el camino.
Al periódico El Universal, mi casa, a los amigos periodistas  que han asumido como propia la tarea de llevar esta novela a los lectores.
A Omaira Aristizábal, expresión de amistad incomparable.
Si quisiera ser justo, la lista de gratitudes se prolongaría por el resto de la noche. Sólo quiero agregar algo más. Hoy en la mañana debía estar en la Universidad de Rutgers, en en New Jersey, para recibir el diploma que me acredita como maestro de artes. He creído que la mejor manera de celebrar ese logro es estar aquí presentando mi novela en la ciudad y los espacios de los que se nutrió.
Por eso quiero agradecer muy especialmente a ustedes, a quienes han venido, a quienes están aquí de corazón o pensamiento, por tener la sensibilidad y el espíritu necesarios para que ella entable sus rumbos mágicos.



Una reflexión sombría, compasiva y lúcida

Por Rómulo Bustos Aguirre

Algo que salta a la vista en este reciente trabajo de Gustavo Arango es que no es un texto que se entregue fácil. Su fragmentación y ambivalencia ponen exigencias al lector, que comenzará desde la primera página a internarse en un mundo movedizo, en permanente declive y
disolución.
Tal vez la clave de ello (y uno de los aspectos más seductores de esta novela) esté en el hecho de que hacen simultánea presencia en sus páginas dos elementos que están en los extremos de la evolución del género épico a la novela, según ha sido analizado por algunos estudiosos: el viaje del héroe por el mundo para explorarlo y transformarlo y la imposibilidad de este viaje, es decir: la parálisis del héroe (su imposibilidad anímica), baste pensar en la obra de Kafka; el resultado es, si se quiere, una novela de aventuras imaginarias que se despliegan a través del mecanismo de una ilusoria conversación; el clima de vértigo queda de manifiesto cuando el lector descubre que ni siquiera hay “viaje” de la palabra, pues hablante y oyente, de algún modo son el mismo ser en dos instancias temporales, siendo que recíprocamente una es invención de la otra.
A través de esta vertiginosa confesión el personaje construye/reconstruye su vida constituida por una serie de ovillamientos y de desovillamientos, de contracciones y expansiones en una suerte de parábola de la derrota y el fracaso de toda vida humana en que se hace inevitable evocar al maestro del horror existencial: Juan Carlos Onetti.
Esa especie de agujero negro que dibuja la novela a este nivel que hemos señalado es una expresión de una de las ambiguas obsesiones del personaje: la fascinación y el terror de lo abismal: la nada o el enigma final, su imposible o posible solución; en este sentido resulta muy significativo el pasaje siguiente:
“ —¿Entraste en la gruta? Eric pensó en confesar lo que había significado para él ese reducto que lo acogió en el momento de mayor estupor. Hubiera querido ser capaz de explicar esa mezcla de consuelo y de horror que le inspiró cuando el instinto lo obligó a guarecerse en lo profundo, acurrucado contra el musgo y el fango, bañado todavía con sus aguas. Acobardado por el resplandor de esa noche incomprensible, por la insistencia rutinaria de un mar que se negaba a devolverle el recuerdo de sí mismo [...]” ( p.124)
Una vez más el mar como imagen del abismo, de la nada y la disolución,  pero también contenedor de todas las claves y avaro de las mismas, aquí lo tenemos: “Un mar que se negaba a devolverle el recuerdo de sí mismo”. La amnesia que padece el personaje (Wenceslao Triana o Smith o Eric, pues se trata de avatares de un mismo ser) adquiere aquí un valor significativo: más allá de su referencia patológica quiere ser una imagen de la ignorancia, del desconocimiento esencial, del triunfo del enigma que permanecerá violento y huidizo; entonces a falta del recuerdo esencial se construyen recuerdos pasados o futuros, siempre fantasmales, vicarios, en una especie de ironización de la teoría platónica del conocimiento como recuerdo. Pero qué es lo que “mueve” a este personaje, que instiga sus sucesivas —o tal vez se trata de una continua y única— muertes y resurrecciones, qué impulsa sus “viajes” abandonando sus refugios temporales, sus “casas”, sus máscaras, siempre con su perro fiel: la maleta cargada de escritos y naderías. Ya lo dijimos: el recuerdo de sí, la explicación, el origen, de allí la búsqueda del padre como pretexto de sus “movimientos”; pero también, simultáneamente, la búsqueda de la mujer. Una mujer que poco a poco va siendo recordada, es decir inventada, a partir de una obsesión o un sueño ajeno. ¿Qué clase de mujer es esta?, una mujer que al parecer muere de agua, en una bañera o acaso en el mar, una mujer que en algún momento la describe el personaje como alguien “cuya belleza anula otra forma de belleza”, y el narrador como “una mujer que estaba hecha de muchas mujeres muertas”.
En la página final el personaje se apresta a su más reciente huida con su insobornable maleta, es un paisaje crepuscular, de agua, flotando en una frágil canoa y entonces el diálogo o monólogo con la mujer inasible, buscada; algo de compasivo y materno en las únicas palabras que parecen provenir de ella: “No has tenido un buen día”, y luego la placidez y promesa de la línea final: “Cuando cayó la noche, el sol aún brillaba detrás de sus párpados”.
Toda la concurrencia de este simbolismo parece apuntar a la imagen de que la mujer buscada y ¿finalmente hallada?, es la muerte misma; la nada, el abismo, ahora esplendente y benévolo, acompañándolo, como una bella parca, como la poesía misma, a lo que tal vez sea su último viaje. Estaríamos así ante un viejo tópico romántico incorporado a una obra de clara textura existencial.
Toda esta imaginería tiene como escenario el Caribe, el mar, el acantilado, la atmósfera de salitre y calcinación, los símbolos de estatismo y derrota que propicia: “Sed./La sed infinita del mar./ Desierto de sal mimetizada que tortura mi garganta./ Agua desmesurada en la que me consumo, me calcino me disuelvo./ Lento, insistente y voraz, el sol quema mis quemaduras, hurga la piel sangrante con sus astillas de fuego hasta la ceguera a través de la traslúcida cortina de mis párpados”, escribe en alguno de sus cuadernos el protagonista.
En esta novela Gustavo Arango ha tirado su red en nuestra geografía y la ha extraído plena de imágenes para la construcción de una sombría, compasiva y lúcida reflexión sobre la enigmática aventura del hombre sobre la tierra.












domingo, 12 de junio de 2016

Nada

Un capítulo perdido de Criatura perdida



“¿Qué tienes?”, preguntaba ella.
Y él respondía: “Nada”.
“¿Qué piensas?”, insistía ante el hombre cada día más distante.
Y él la miraba con ternura y tristeza y respondía: “Nada”, y no mentía cuando daba esa respuesta.
“¿Qué tienes?”, tras el primer abrazo, en medio de un silencio insoportable, como de mundo en ruinas; tras todos los abrazos.
“Nada”, a la salida de la casa de Pianetti, el día que le dieron la noticia.
“¿Qué piensas?”, durante el viaje de regreso al castillo con sus cosas, el rostro vuelto hacia atrás, la mirada congelada de sonámbulo; tras la primera noche que pasaron juntos en la casita del norte y empezaron, divertidos y torpes, a inventar los rituales de la vida cotidiana.
“Nada”, cada día al salir y al llegar del trabajo, al comer –después de esa quietud desconcertante: la cuchara a mitad de camino, la mirada elevada hacia el techo, como si oyera un llamado–, la medianoche en que vio el rostro de su hijo.
“¿Qué opinas?”, mostrándole la forma como dispuso los cuartos y la sala, su orgullo al explicarle que el cuartico del fondo lo había destinado a sus libros y cuadernos, porque ella comprendía lo importante que podía ser para él estar a veces retirado, con algún libro, con sus cuadernos o con sus ganas de estar sólo nada más.   
“¿Qué piensas?”, el día que había muerto Víctor Campos, las veces en que se sintió incapaz de convivir con su ausencia, los días que dijo no doy más –vivir contigo es vivir sola–, el día que empezó a decirle que se fuera, que no lo necesitaba, las noches imprudentes del final, cuando vio que lo perdía y se burló de la terca devoción con que se iba hasta el cuartico a escribir en sus cuadernos.
“Pérdóname”, dijo ella desde la puerta, verdaderamente arrepentida, dibujando con su rostro balbuceos tristes: “me obligaste”, “lo lamento”, “sabes que nunca podría pensar eso”, la mirada aventurándose a leer entre sus gestos el perdón o la ira.
Él dejó de escribir, miró su mano pesada sobre el cuaderno, la pluma herida en mil batallas. Vio la montaña de libros y cuadernos que lo había amurallado, la lucecita amarillenta de la lámpara, la lenta lluvia de polvo y pensó que tenía razón, que en el fondo no era más que un niño que se entretenía jugando con su mierda. Llegó hasta los ojos de ella, sintió que su mirada se rompía al recordar una lejana noche azul y le dijo con ternura, sin rencor, pero también sin esperanzas.
“Pienso nada. Tengo nada”.











viernes, 20 de marzo de 2015

Herido de sombra


  Ruinas fue lo que vio cuando regresó a su refugio de meses: en el amarillo de las hojas, en el desmoronamiento de sus trazos. Ruinas de ceniza fue lo que vio en el patio, al amanecer del día si­guiente, después de haber alimentado el fuego durante toda la noche. Ruina fue la solitaria despedida que lo obligó a consolarse con tiempos ilusorios. Ruina el ardor que seguía corroyéndolo en el fondo del estómago. Ruinas chirriantes las ca­sas, el parque, la tienda de puertas clausuradas, la encía desdentada de los arcos del mercado, la iglesia con sus puertas abiertas para nadie. Crujido de olas lentas la ciudad abandonada.
Cuando guardó el papel en la maleta, compren­dió con sorpresa que en pleno mediodía empezaba a anochecer. La luz había adquirido un color ceni­ciento y las sombras de las cosas parecían tener vida. El aire vibraba ansioso, desconcertado, hecho de jirones fríos.

  Eric buscó el sol en lo alto y lo vio herido de sombra, intentando sacudirse con destellos deses­perados y violentos la piedra que trataba de extin­guirlo. Vio su humillación lenta, su agonía, la furia de sus rayos. Pasó en vela esa noche fugaz y estrellada, viendo el desconcierto furtivo de los ani­males, sintiendo la presencia asfixiante de una multitud de sombras.

  “Y si siempre fuera así”, alcanzó a pensar, antes del amanecer. “Cómo seríamos, qué pensaríamos, qué sabríamos y qué ignoraríamos, qué nombres daríamos a las cosas, si nuestras vidas transcu­rrie­ran todo el tiempo bajo esta penumbra”.
Pero el furor de la luz arreció contra la piedra y sus ojos volvieron a ser heridos por el resplandor del día.

  Cegado por la visión, buscó a tientas su maleta y caminó hacia el mercado. Eligió una canoa livia­na. Puso en la proa el equipaje, los zapatos y el saco del vestido que fue de su padre. Se movió con cautela en la playa de cáscaras. Con un pie a bordo y el otro en el piso viscoso, llevó la canoa hasta la ingravidez del agua. Cuando la sintió flotar, se apu­ró a sentarse y a remar.

  Al principio sólo era alguien aturdido, obsedido, que al parecer huía. Pero pronto empezó a sosegar­se. Fue instalándose en esa libertad recién conquis­tada, en ese presente de olas espumosas y brisas saladas.

  Remando sin prisa, bajo la luz de ceniza que aún no terminaba de desvanecerse, le habló a algo impreciso que estaba más allá de la maleta.

—Mira la ciudad —le dijo—. No hace mucho que salimos y casi ni se distingue. Pronto sólo veremos la montaña y, unas horas más tarde, ya no vere­mos nada.

  Ella asintió en silencio.

  Al pasar por un costado de la isla empezó a preguntarse si sería necesario aquel naufragio, esa larga penitencia de fríos y calores. Se preguntó si no sería mejor abrir de una vez la maleta y entre­gar­le esos papeles y cuadernos a las olas, las entrañas insensibles de los peces y las sombras mojadas de las algas.

  “Ya veremos”, pensó.

  Al final de esa tarde miró al sol compasivo.

  “No has tenido un buen día”, le dijo.

  Cuando cayó la noche, el sol aún brillaba detrás de sus párpados.


De Criatura perdida.





sábado, 1 de marzo de 2014

Sobre Criatura perdida



Por Pedro Arturo Estrada Z.

  Gustavo Arango es un escritor, periodista y profesor universitario colombiano radicado en Nueva York hace años. Tuve la fortuna de conocerlo en Bogotá durante la feria internacional del libro de 2011 cuando presentó su novela El Origen del mundo, ganadora del premio Bicentenario, Ediciones B de México, en 2010; una obra que pude disfrutar de inmediato con gran admiración. En ella encontré la celebración del oficio y el propio acto de escribir desde el placer y el erotismo que no se limita en dicha novela a lo meramente anecdótico, a la historia de un profesor universitario que dicta un curso de escritura creativa a nueve muchachas durante el verano, sino que logra recrear el goce, la emoción concomitante que suscita la contemplación silenciosa de un grupo de jóvenes bellas buscando expresar y poner en el papel parte de su intimidad, de sus pensamientos, de su sensibilidad, todo ello trasmitido al lector en un lenguaje también cargado de secretas vibraciones, de sutiles ondulaciones, ritmos, imágenes y reflejos que, indudablemente, el lector comparte a su vez imbuido de cierta complacencia y, diríamos, casi cierta complicidad. El texto va abriéndose camino en nuestra sensibilidad de manera poderosa y misteriosa al mismo tiempo. Cada frase, cada párrafo, cada capítulo de esta novela es un ejercicio de sensualidad léxica, de plasticidad, y también de exactitud, penetración simbólica y significante en el sentido que hoy por hoy la escritura puede ser concebida: reencuentro y reinvención de una palabra siempre en emergencia, cargada de tradición pero también abierta al juego, a la inocencia (que no a la ingenuidad) del decir, del volver a nombrar. En la figura de Magnífico Delgado, ese profesor que se deleita en su soledad evocando las manos de sus alumnas sobre la hoja de papel durante largos minutos, sus miradas, sus rostros embebidos en mundos paralelos, no sólo puede ser el famoso alter ego del autor sino el héroe supérstite de una idea de la literatura que en esta época cada vez más va cerrándose, por no decir, extinguiéndose.

  En 2000 Gustavo Arango publicó una novela que encierra ya para entonces las claves más importantes de su obra posterior: ruptura de la linealidad ordinaria de la narración; uso simultáneo y circular de voces narrativas distintas tanto como de tiempos y espacios conjugados en el texto que, además, presenta algunos leit motiv propios de sus historias: la figura del escritor personaje central y recurrente, a veces el más extraño e inasible de los personajes, la aparición del “actante” —según lo definió mejor el escritor Gustavo Ibarra Merlano en su momento— que surge tangencialmente para acompañar el devenir del personaje central, a veces como esbozo, como contraparte subjetiva y dentro de una circunstancia dada. Además, encontramos el uso del fragmento, el monólogo interior, el corte aleatorio, el juego con la estructura y el orden de los elementos del relato. Agreguemos a esto, como una de las características fundamentales que acompañarán muchas de sus obras, la solvencia de un lenguaje, el ritmo y la riqueza expresiva de sus frases, la poesía que, sin proponérselo tal vez, va salteando, destellando de un párrafo a otro, de una frase a otra a lo largo de la obra. No hay allí sin embargo, lirismo fácil o artificioso. El tono menor, la serenidad y contención de la voz que narra me recuerda a veces a escritores con quienes me atrevo a advertir tiene Arango cierta afinidad, si bien no siempre con en la singularidad de un estilo, sí por lo menos con cierta mirada, un clima espiritual, un fondo: Onetti, Camus, Rulfo, Beckett, Thomas Bernhard y Herta Müller, por ejemplo. Naturalmente que en Arango, su admiración, trato y conocimiento de escritores latinoamericanos como Borges, Cortázar, Thomas Eloy Martinez así como su experiencia en el periodismo, la crónica y la investigación, lo salvan de hundirse en los perniciosos abismos de los metalenguajes, el hermetismo o los mutismos radicales. En él la claridad, el rigor, la cohesión léxica son desde luego principios irrenunciables. La única oscuridad que refleja su escritura está en el alma de sus personajes, en la profundidad inquietante en la que por momentos nos sumerge al explorar el interior de los sueños, el vacío, la desesperanza, la incomunicabilidad de algunos seres en su desamparo, en su extrañeza o soledad últimas. Pese a las complejidades aparentes, el lector atento no pierde el hilo de una historia por lo demás, plena de guiños, alusiones irónicas, humor y sereno escepticismo.

  En Criatura perdida, nos hallamos frente al tema del escritor que por razones desconocidas parece derivar en su madurez a un estado de abandono de sí mismo, de desmemoria y naufragio espiritual hasta el punto de no importarle el que otro hombre, un desconocido que no sabemos de dónde viene, le robe no solo su nombre verdadero: Wenceslao Triana, sino también su obra y aun la identidad de uno de sus personajes, Eric, ese ser también abandonado de sí mismo, desmemoriado y sin esperanza que en su deriva va a dar durante un tiempo a una ciudad extraña situada entre el mar y la montaña. Élice, la ciudad a la que Eric llega con el solo propósito de encontrar allí a un tal Víctor Campos, le depara encuentros con otros quizá más extraños y desamparados que él, ante los cuales incluso fingirá aceptar una rutina, un oficio y hasta el amor que finalmente le ofrecerá Eulalia, la mujer del restaurante, tan perdida como él. El hombre que roba la identidad de Wenceslao Triana y adopta la vida de su personaje Eric, es también otro “actante” más, casi un fantasma que para vivir tiene la necesidad de aferrarse, de apoderarse de una identidad real o ficticia para continuar justificándose, mirándose o imaginándose vivir.


  Esta obra ganó el premio Marcio Veloz Maggiolo en Nueva York en 2002 y marca el comienzo de una carrera muy valiosa, destacada en la literatura de nuestro país y de hispanoamérica. Junto a novelistas como Juan Gabriel Vásquez o Tomás González, el nombre de Gustavo Arango, sin duda alguna, seguirá alcanzando mayor proyección y justos reconocimientos.