lunes, 24 de enero de 2011

Los caballitos del diablo



Algunas feministas están felices con la noticia. Un grupo de investigadores españoles acaba de anunciar  que en las islas Azores hay una comunidad de libélulas, o caballitos del diablo, que está compuesta exclusivamente por hembras. Según un científico de apellido Cordero, esta especie, la Ischnura Hastata, se reproduce sin la intervención de machos. Aunque la cosa no resulta muy sorprendente, porque en cada familia de insectos –mariposas, escarabajos, moscas, etc.– hay por lo menos una especie que es la excepción a la regla de la reproducción sexual, el despliegue que se ha dado a la noticia tiene una intención ideológica clara. La verdadera noticia es que las libélulas eran los únicos insectos para los que, hasta el momento, no se había comprobado la excepción a la regla. Pero lo que hay en juego es la nueva actitud de los humanos frente a la reproducción.
La posibilidad de que algunas especies pudieran reproducirse sin necesidad de un contacto sexual es algo que ha intrigado a la humanidad durante milenios. Al fenómeno se le conoce como partenogénesis y  aunque es normal entre las formas de vida más simples, siempre ha sido una rareza en las especies más complejas. Los griegos y los romanos estaban convencidos de que todas las abejas se reproducían por partenogénesis. Aristóteles, ese filósofo de curiosidad desbordada, decía que las mujeres, después de estar con un hombre, emanaban un olor almizclado que atraía y excitaba a las abejas. Siglos más tarde, Virgilio, el poeta latino, encontró en la pureza de las abejas, en su rechazo a lo sexual, la explicación de la leyenda según la cual las abejas jamás molestaban a las vírgenes, pero atacaban con furia a las mujeres que acaban de perder la virginidad.
La humanidad siempre ha querido mirar el mundo animal en busca de moralejas, especialmente de aquellas que cada sociedad quiere encontrar. Nuestro tiempo está empeñado, con la ayuda de la ciencia,  en demostrar que es natural que haya familias donde los padres sean del mismo sexo y hasta unas remotas libélulas de las islas Azores pueden servir para dar peso a sus razones.  No me malinterpreten, no estoy en contra de las familias de las parejas homosexuales, creo que las posibilidades de que haya hijos felices, sensibles y humanos, son las mismas, sin importar si tienen un padre y una madre, o dos madres, o dos padres, o siete enanitos para cuidarlos. Pero mi aceptación de ese hecho no me ciega frente a cosas mucho más complejas y, en mi opinión, abominables que ahora mismo ocurren con la alcahuetería de la ciencia.
Me refiero al alquiler de vientres, al surgimiento de una nueva clase de esclavos al servicio de gente que está comprando hijos como quien compra trajes. Existen, por supuesto, las historias de hermanas o allegados que se ofrecen a darle a una persona una oportunidad que no tiene. Ahí la cosa resulta todavía tolerable, aunque no deja de parecerme complicada. Pero cuando veo celebridades alquilando vientres para reproducirse, convirtiendo a las madres de sus hijos en bancos de semen y negándoles toda humanidad y todo derecho sobre los seres que han llevado y nutrido en el vientre, siento una repulsión inexplicable. El hecho de que la sociedad acepte que a la gente se la despoje por dinero de uno de los privilegios más democráticos: la posibilidad de tener hijos y ser padres de esos hijos, es una pesadilla como de ciencia ficción. Sin darnos cuenta, hemos aceptado una de las  formas de esclavitud más inhumanas que ha visto la historia. El asunto de las libélulas es una pendejada. El problema que enfrentamos ahora es que los seres humanos hemos empezado a reproducirnos por partenogénesis. Despojados del alma, hemos conseguido hacerle trampa a la naturaleza, violar sus propias leyes, sin haber llegado nunca a comprenderlas y acatarlas.


Oneonta, enero de 2011.

Publicado originalmente en el periódico Centrópolis.




sábado, 22 de enero de 2011

El amor y Occidente



Dice Denis de Rougemont que si nunca hubiéramos oído hablar del amor casi nadie se habría enamorado. Dice muchas cosas sorprendentes y olvidadas en un remoto clásico de hace casi ochenta años, L’amour et L’Occident, donde quizá se encuentra la explicación definitiva a tanto desencanto que el mundo arrastra en nombre del amor. La idea central del libro es que el amor romántico, ese sublime arrebato que nos eleva del suelo y nos conduce a emociones desbordadas, a muertes grandes o pequeñas (los franceses, hay que repetirlo, llaman al orgasmo la “petite mort”), el amor de película, el amor arrebatado para el que no existen límites, es una peste ideo­lógica y debe ser erradicada. Denis de Rougemont se dedicó a encon­trarle el origen a la peste, a describir los síntomas, los daños que ha causado, y a proponer soluciones que hoy pare­cen candorosas.

El origen de la palabra amor se encuentra en el etrusco, una lengua que nadie ha podido descifrar. Como los romanos no querían deberle nada a nadie (o al menos a sus benefactores directos), destruyeron todo vestigio y tradición asociada con ese pueblo de artistas y adivinos que no sólo fue responsable de la fundación de Roma, también de lo poco de trascendental que tuvo ese imperio que nos legó el materialismo. El misterio que rodea al etrusco (y la palabra “misterio” también tiene origen etrusco), quizá sirva para explicar por qué no hemos podido llegar a una definición satisfactoria del amor. Una cosa es clara, tanto para los griegos como para los romanos, el amor y el matrimonio eran cosas que nunca marchaban de la mano. De Rougemont encuentra el origen del amor romántico en el sur de Francia, a comienzos del siglo doce, en una revolución de los modales que con el tiempo se ha conocido como Amor Cortés. Impulsada en buena parte por Leonor de Aquitania, en una corte a la que acudía gente de todos los rincones de Europa, esta idea del amor promulgaba las virtudes de los amores imposibles o llenos de obstáculos. El símbolo de este amor fueron Tristán e Isolda y la gracia del asunto, la elevación espiritual que producía, estaba en el cultivo de las ganas sin preocuparse por saciarlas. De Rougemont no vacila al señalar una conexión directa entre el amor cortés y la secta hereje de los albigenses, quienes desa­parecieron por dos causas poderosas: las persecuciones de la ortodoxia y su propia nega­tiva a consumar el acto sexual, porque les parecía cosa del diablo. Hereje o no, la idea de un amor poblado de obstáculos, de amantes cuya única unión posible se encuentra más allá de la muerte, ha sido el tema recurrente en las representaciones del amor hasta nuestro tiempo.

Al principio la gente trató de asimilar esta forma de vida separando las cosas. Los caballeros realizaban ha­zañas a nom­bre de sus amadas, pero eso no les impedía tener una esposa a la que visitaban de vez en cuando para reponerse de los traji­nes y dejar una semilla. El mismo Dante, que llegó a escribir un libro monumental inspirado en una Beatriz a la que vio pocas veces, tenía esposa e hijos que la historia ha olvidado. Pero los problemas verdaderos comenzaron cuando la gente empezó a casarse por amor. Uno de los primeros matrimonios por amor de que tenemos noticia fue el de Enrique VIII con Ana Bolena, quien murió decapitada después de tres años. El amor Román­tico es una droga que, como todas las drogas, exige de sus vícti­mas cada vez dosis mayores. Cuando el amor y el matri­monio se combinan surge una paradoja sin solución. ¿Cómo puede ser imposible una persona que de repente se ha vuelto molestamente posible? ¿Cómo encontrar distancia si a veces las parejas no saben de quién es la pierna que tocan debajo de las sábanas? Para Denis de Rougemont, eso explica por qué casi todas las historias de amor terminan justo el día del matrimonio. Superados los obstáculos no queda nada más por alcanzar. Tanto la vida como el amor romántico concluyen entre ritos funerarios.


 Texto publicado originalmente en Vivir en El Poblado





jueves, 13 de enero de 2011

Un hermoso texto desde Colima, México

Conocer a Gustavo Arango

Por Adriana Amezcua

   Quiero empezar este escrito aclarando que no hablaré del literato, sino de la persona que me tocó conocer. Esperaba su llegada con gran ilusión, ilusión transmitida por contagio, sabía que en su época de estudiante fue asiduo lector y que ya se pintaba en su vida un futuro prometedor en las letras. Sin embargo me dejé transmitir esa alegría que no era mía, más bien la del Doctor Carlos Diez, puesto que Arango había sido su colega como estudiante de la Universidad Pontifica Bolivariana de Medellín, Colombia, además había sido asesor de su tesis de periodista llamada: Un “momento” con Barba Jacob.

   El día de su llegada a Colima fue una espera eterna, arribaría a la central a las 5:20 de la tarde del día 25 de noviembre, venía de Guadalajara, daría una conferencia para cerrar con broche de oro los festejos del 30 aniversario de la Facultad de Letras y Comunicación, el día 26, y, a la mañana siguiente, muy temprano, regresaría  a la Feria del Libro –FIL- en donde presentaría su libro: El origen del mundo, que le dio el premio Internacional de Literatura B Bicentenario en nuestro país.

   Sabía también de Arango que era un “chiqueado” de García Márquez, que lo conoce en persona y ha sido, de alguna manera, su “padrino” literario. Con otro de los que tuvo contacto y que lo apoyaron para que siguiera su camino fue con el periodista y escritor Tomás Eloy Martínez.  Eso me tenía algo estresada, porque me preguntaba ¿cómo voy a tratar a una celebridad de esa naturaleza? Lo imaginaba algo arrogante e intocable, en una nube de éxitos adonde sería difícil llegar.

   Tuve la oportunidad de conocerlo a la mañana siguiente de su llegada. Fuimos a recogerlo con nuestro carro al lobby del  hotel María Isabel, porque tendría una entrevista con el periodista Max Cortés en El café de la plaza del Hotel Ceballos a eso de las 8:30. Vi salir una figura pequeña que me saludó con confianza y cortesía. Honestamente no sabía que hacer, le cedí el asiento del copiloto y me pasé al asiento trasero, opté  por quedarme callada.

   En el transcurso de la llegada a la entrevista, Gustavo se dirigía a mí con tanta familiaridad que logré quitarme la barrera del “figurón” que construí e idealicé en mi mente, me preguntó por mis proyectos personales y profesionales. Me sentí cómoda e integrada a una plática como de tres grandes amigos que se acababan de reencontrar después de una ausencia de 20 años.

   La entrevista en el Ceballos fluyó como agua escurrida por los dedos, Max hablaba con Arango como con un viejo y conocido amigo. Yo observaba que al expresarse, utilizaba sus manos abiertamente,  se emocionaba y volvía a mover sus manos como si escribiera un libro en el aire. Habló de todo un poco, de su producción literaria, de sus acercamientos con Márquez, de sus abrevaderos literarios y de sus gustos, pero de todo lo que dijo, algo capturó mi atención, eso que él llamó: la agudización o educación de los sentidos para percibir cosas, historias que se puedan contar en un papel. Se me quedó grabado porque después me tocó ser testigo de cómo aplicaba su teoría en su visita a nuestra cuidad tan querida: Colima.

   Después de la entrevista, le tomamos y nos tomamos algunas fotos en el Jardín Libertad con fondos distintos: la Catedral, Palacio de Gobierno, los portales y alguna que otra escultura o fuente que fuera un motivo para capturar un recuerdo con nuestro sencillo amigo.  Mis horarios como profesora, no me permitieron concurrir a la conferencia de la Facultad de Letras, por lo mismo me disculpé anticipadamente con Gustavo y siendo sincera, ahora me pesa no haber asistido, pero “el deber es el deber”.

  Supe que la charla había tenido éxito y que tuvo gran asistencia, supe también que se dejó entrevistar por quien lo abordara, desde los medios de comunicación, hasta estudiantes de literatura y periodismo de la Facultad. Eso me habló de una persona sencilla y humilde y me hizo acercarme más a él y desmitificarlo.

   Cuando  pude integrarme a las otras actividades programadas para culminar los festejos, encontré a Arango y Diez disfrutando de un concierto llamado “Retrotrova” con el músico Rabí Hernández, en el auditorio. De ahí nos trasladamos a la mítica Comala, no era posible que nuestro escritor se fuera sin conocerla y sin dejarse empapar por la calidez y calidad de las personas y del lugar.

  Observé que Arango trataba de capturar todos los recuerdos fotográficos posibles en su cámara, además de traer consigo una pequeña libretita de pasta dura –cosa que se me hizo muy curiosa- para apuntar todas las palabras nuevas para su léxico y su archivo literario. Así, lo veía tomarle fotos a las hamacas que vendían los artesanos, a la arquitectura, a los músicos, a la señalética de las carreteras, a los caballos, a las mujeres hermosas, a la comida y de la misma forma apuntaba con avidez los nombres de los municipios de Colima, las palabras para nombrar nuestras artesanías, las expresiones populares de nuestro hablar cotidiano, además de apropiarlas y aplicarlas en sus pláticas mientras recorría con tanto asombro cada uno de los lugares a donde lo llevamos.

  Se dejó sorprender por todo, como un excelente literato, abierto y sensible para nutrirse de nuestra cultura, de miles de historias. En Comala disfrutó del mariachi escuchando “Camino Real de Colima” y “El son de la negra” así como se dejó maravillar por el viejo músico que tocó la armónica, en especial la canción de “La Valentina”, misma que él pidió, porque el recuerdo de su hija se hizo presente. También se dejó impresionar por los artesanos, los danzantes, el colorido de nuestras artesanías, las delicias de nuestra gastronomía; observé que se quería llevar impreso en su piel, como un tatuaje, todo nuestro folclor.

   La zona mágica lo embrujó con su encanto, grabó videos y escuchó las historias en torno a ese lugar turístico. También saboreó el café de Suchitlán en una taza de barro,   bajo los cafetales y respiró el aire puro de nuestras montañas; el Volcán de Colima le regaló en un ocaso su imagen imponente y majestuosa para que lo retratara y se fuera en sus recuerdos. Se dejó llevar  por el mito de la Piedra Lisa para deslizarse por ella con la ilusión de regresar “a ese sueño maravilloso que se llama México”, del cual no quería despertar, según me lo dijo por medio de un mensaje de una red social, mientras su avión aterrizaba en Oneonta, lugar de Estados Unidos, muy cerca de New York, donde radica.

   Y es que conocer a Gustavo Arango, la persona, es toda una experiencia que se agradece, como se agradece también que él se haya dejado tocar sensiblemente por nuestra cultura y nos demuestre que Colima y que México son algo más que la violencia que se vive en estos días. Gracias Gustavo porque en vez de haber obtenido la foto y la firma de un gran literato, obtuve como regalo la amistad de un verdadero ser humano.

Maestra de Cultura Mexicana del Programa Académico de Español para Extranjeros
Facultad de Letras y Comunicación
Diciembre de 2010






lunes, 10 de enero de 2011

Tinta de arena

Por Ramiro de la Espriella

La editorial Lealon, de Medellín, ha editado el libro de cuentos Su última palabra fue silencio, de Gustavo Arango, un periodista que vela sus armas en El Universal de Cartagena.

Texto originalmente publicado por el diario El Espectador, de Bogotá, en 1994. Reproducido por el Correo de Manzanillo, de México, el 9 de enero de 2011.

martes, 4 de enero de 2011

Arte colombiano en la Gran Manzana

Por Jorge Iván Mora

Nueva York.
Que un país no termina en sus fronteras, lo demuestran las historias de tantos artistas que encuentran en países extranjeros las condiciones y oportunidades para el florecimiento de su arte. Buscan las experiencias que enriquecen sus obras, pero también los medios que les permitan divulgarlas. A veces encuentran por fuera un reconocimiento que su país de origen se resiste a darles.
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Una nota en el periódico El Tiempo, de Bogotá.

lunes, 3 de enero de 2011

Entrevista sobre "El Origen del Mundo", Feria Internacional del Libro de Guadalajara

Triple A                 Pulso Informativo                  Angélica Ruiz 

Diciembre 2, 2010. Horario: 14:18 hrs.

Entrevista con Gustavo Arango

Tema: Presenta su libro “El Origen del Mundo”

Angélica Ruiz: Estamos ya de regreso desde la Feria Internacional del libro. Tenemos listo el pulso de la FIL. Eduardo Celis, como cada tarde de esta semana de la FIL. Cómo estás, Eduardo. Buenas tardes.
Eduardo Célis: Angélica, te saludo. Buenas tardes a ti y al auditorio. Fíjate que tuve la oportunidad de entrevistar a Gustavo Arango. Gustavo Arango es colombiano, es un profesor de español y da clases en Nueva York. Es su primera novela y se llama El origen del mundo. Para los que tengan curiosidad, tecleen en internet: “el origen del mundo pintura de Gustave Courbet” y es una pintura muy muy muy erótica, y quiero que escuchen el audio para que entiendan de que se trata esta novela.
El pulso de la FIL, en la Feria Internacional del Libro. Estoy con Gustavo Arango, quien está presentando su libro El origen del mundo. ¿Cómo estas, Gustavo Arango?
Fotografías de Yendi Ramos, Ediciones B

Gustavo Arango: Muy buenas…días… ¿tardes? No lo sabemos. Pero estoy aquí muy contento en la Feria presentando mi novela El origen del mundo y, también, tratando al mismo tiempo de captar lo máximo posible en estos dos… tres días que he estado aquí en la ciudad… del ambiente y la cultura y la gente de Guadalajara.
E. C.: Gustavo Arango, platícanos de tu novela.
G. A.: Bueno, es una novela que tiene unos elementos autobiográficos. Surge de mi propia experiencia como profesor de español, de literatura y de creación escrita en español en los Estados Unidos, y obviamente es algo que a mí me ha interesado como escritor: el desarrollo de la lengua española en ese país, que creo que está viviendo un momento muy interesante. Porque hace unas décadas cuando alguien llegaba de un país hispano a los Estados Unidos le decían: “olvídate del español”. Ya eso no ocurre y hoy hay una conciencia constante de que el español está creciendo, que los Estados Unidos es uno de los cinco países del mundo con más hablantes del español, es ya un mercado obligado para la industria editorial, y hay un privilegio cuando uno está en ese país, es que recibe y conoce las distintas variedades del español, de los distintos países, porque cada uno tiene sus propias características. Entonces, como profesor de español, en alguna ocasión, hace unos años enseñé un curso de escritura creativa y curiosamente todas las estudiantes eran mujeres. Nueve mujeres, estudiando escritura creativa en español. Y en las noches escribía, mis apuntes, porque yo siempre estoy tomando apuntes de todo lo que vivo, percibo y las experiencias que tengo, y entonces a partir de ese cuaderno en el que escribí mi experiencia con ese curso surgió y fue gestándose esta novela, donde surge ya un personaje literario, que se llama Magnifico Delgado, y Magnifico Delgado obviamente es un ser humano y entonces está rodeado de mujeres hermosas y jóvenes… y surgen una serie de fantasías y profundidades de la mente del personaje que en la vida diaria quizá se niegan o se mantienen ocultas. Pero, de hecho, un salón de clase es un lugar bastante cargado de erotismo.

E. C.: Gustavo, cuéntanos, ¿por qué el origen del mundo, por qué ese título?
G. A.: Bueno, una de las características de Magnífico Delgado es su pasión por la mujer, por el cuerpo femenino, por las mujeres que escriben y hay un símbolo que representa esta pasión que es el cuadro de Gustave Courbet, El origen del mundo, una pintura que ha tenido una historia muy apasionante. Es una pintura de 1866 y siempre perteneció a colecciones privadas, en algunas ocasiones ni siquiera se sabe exactamente quienes lo tenían. Pero en 1995, casi ciento treinta años después de pintado, por primera vez se exhibió al público en París y  es un cuadro… bueno, ya los lectores y los oyentes tendrán la oportunidad de conocerlo si hacen un poco de investigación. Para Magnifico Delgado ese cuadro de Courbet, que algunos calificaron de pornográfico y otros consideran la fusión entre el paisaje y el erotismo… ese cuadro inspira a este personaje para escribir sus novelas, porque él también es escritor y de hecho en El origen del mundo, en mi novela, aparecen las novelas que escribe el personaje. Es decir, algunos de los capítulos se le atribuyen al personaje de Magnífico Delgado.
E. C. : A quién orientas o quiénes pueden o deben en todo caso leer tu libro…
G. A. :  Bueno, todo el que haya sido alumno o todo el que haya sido profesor. Todo el que haya sido o sea hombre o mujer, ése es el público del libro… porque es una reflexión sobre el aprendizaje, sobre la enseñanza, sobre el cuerpo humano, sobre la creación escrita, sobre la sensualidad que habita en cada uno de nuestros gestos. Es un canto a la relación tan directa que existe entre la creación escrita y el erotismo.
E. C.: Gustavo, no sé por qué, pero parece como que hubiera muchas cosas salpicadas de ti mismo dentro de la novela.
G. A. : Te confieso que cuando me anunciaron hace unos meses que la novela había ganado un premio, me asusté muchísimo, porque iba a quedar expuesto como en una vitrina: mi manera de pensar, mis fantasías, mis cosas muy privadas. Porque realmente no fue una novela concebida inicialmente como para tener un amplio número de lectores. Era muy sincera, muy transparente. Me dio mucho miedo cuando supe lo del premio. Me dije: “oh oh, ahora van a conocer todo eso que va adentro y que normalmente uno no lo divulga”. Ahora, no soy el único. Creo que cada persona va por el mundo con una serie de pensamientos, de fantasías, de ensoñaciones, que no va confesándoles a todas las personas. Pero a veces los escritores tenemos esa manía de la confesión.
E. C.: Platícanos un poco de ese premio que obtuvo tu novela. ¿Cómo se llama y por qué lo dieron?
G. A.: El premio se llama Premio B Bicentenario de novela, fue convocado por ediciones B México y varias características de la convocatoria me interesaron. Una, que no era un premio que inicialmente tuviera un monto en dinero. Me parece que ese gesto le daba al premio un carácter mucho más literario, más orientado hacia el valor literario de la obra, que hacia la intención comercial, y entonces eso me motivó mucho. Otra cosa es que estaba abierto a escritores de todos los países, aunque fuera indirectamente una conmemoración del bicentenario de México, y me pareció interesante por ejemplo  el hecho de que en distintos países de América Latina se esté celebrando también el bicentenario en este año. Entonces, hubo una serie de confluencias, y coincidió con que una semana antes del cierre de la convocatoria, una chica mexicana con quien hablaba me dijo: “¿Por qué no mandas tus novelas a México? Yo nunca había considerado esa posibilidad. Tenía una novela, esta novela, que había sido finalista del Premio Herralde en el 2007, y la tenía guardada en un cajón y dije: “Pues sí, voy a intentar que lean mis novelas en México, tal vez allí encuentre buenos lectores”. Y realmente los encontró, porque el jurado era un jurado de lujo: Tomás Granados Salinas, coordinador editorial del Fondo de Cultura Económica y Mario González Suárez de la SOGEM, es un lujo de lectores. De hecho, ayer en nuestra presentación del libro realmente yo estaba sorprendido con la manera como Tomás leyó, con la atención, con el cariño y realmente uno como escritor se siente supremamente honrado cuando encuentra lectores que aprecian la obra de uno con tanto cariño y con tanta atención.
E.C.: Gustavo, en qué momento nació la idea de hacer esta obra en tu cabeza
G.A.: Surge de la experiencia que te comentaba. Es un curso de verano que dicté en el año 2006, en una universidad norteamericana. Eran seis semanas y era un curso de escritura creativa en español, que no son muy comunes allá. En inglés siempre han existido, desde hace cien, más años, se enseña escritura creativa, pero una de las cosas que a mí me motivan para estar en los Estados Unidos es subir el nivel del español, que cada vez más personas lo hablen, lo lean, escriban en esa lengua. Entonces, la base fue ese curso, las notas que tomaba por la noche. Pero una novela siempre es una suma de muchas otras cosas…entonces se iban acumulando ideas que yo tenía para cuentos, o algunas… por ejemplo, yo tenía siempre la idea de escribir un manual de escritura creativa, pero un manual es muy serio, muy rígido, es una cosa un poco artificial y fría… y resulta que al escribir esta novela comprendí: “Claro, puedo hacer que esta novela sea un manual de escritura creativa”. Entonces el lector, por ejemplo, se va a encontrar muchos ejercicios propuestos para que escriba sus propias historias, para que haga sus propios ejercicios de escritura creativa. Entonces, El origen del mundo es muchas cosas y un lector podría abrirlo buscando solamente los ejercicios que el profesor les pone a sus alumnas y a partir de esos ejercicios escribir sus propias cosas, porque soy de la convicción de que cada persona tiene un libro, al menos, por dentro. Todos estamos llenos de historias y creo que uno de los grandes efectos que me daría mucha satisfacción que el libro produzca, es que haga que la gente escriba sus historias.


E. C.: Gustavo Arango, algo más que quiera adicionar?
G. A.: Agradecidísimo con ediciones B. Feliz de estar en la Feria de Guadalajara. Agradezco toda la atención y esta posibilidad de que mi libro llegue a los lectores. Yo creo que el sueño de todo escritor es que sus libros alcancen muchas manos y ojos atentos.
E. C.: Gustavo Arango, El origen del mundo. Ediciones B.