viernes, 29 de abril de 2016

Evocación de un milagro

La columna de Vivir en El Poblado


    La chica tenía el día libre y decidió caminar un poco más para darle una alegría a su padre. Llevaba tres semanas en Inglaterra, pero a Londres sólo había llegado desde hacía un par de días. El resto del tiempo lo había pasado recorriendo las campiñas del sur, caminando un promedio de diez millas diarias, devorando paisajes, visitando casonas de escritores –la de Virginia Woolf, la de Henry James– y escribiendo sobre todo lo que veía.

     Las rodillas le dolían y los músculos se venían quejando a cada paso, pero no quiso ser la más débil del grupo y siguió caminando más allá del cansancio y del dolor. Ahora estaba en Londres, y la familia que le ofreció hospedaje quería ver las joyas de la corona. La chica se disculpó amable y decidió cumplir la promesa que le había hecho a su padre de visitar el pueblo donde  Chesterton vivió la segunda mitad de su vida.








miércoles, 27 de abril de 2016

Santa María del Diablo en la Filbo 2015

Algunas imágenes de la presentación de Santa María del Diablo en la Feria del Libro de Bogotá 2015. 
Con el historiador Marco Jaramillo.
Saló José Eustasio Rivera, abril 25 de 2015.


El video de la presentación:




Crédito: Fotos y video de JGK Producciones.



domingo, 17 de abril de 2016

Como almas en pena

Un fragmento de Resplandor (Ediciones B)
La novela será presentada en la Feria del Libro de Bogotá,
el sábado 23 de abril a las 4 p.m.
Conversatorio con Esteban Carlos Mejía.
Auditorio Madre Josefa del Castillo.




Es la noche de Año Nuevo. El primer sol no ha salido todavía. Junto a las taquillas de la estación de trenes de Colombo hay una multitud que se apretuja. Hay una urgencia inexplicable en todo el mundo. Todos quieren llegar a su destino. En medio del tumulto está el viajero, levemente angustiado, algo desconcertado. En el lugar de donde viene la gente no se agolpa: todos esperan su turno, pacientes, civilizados.
El edificio principal de la estación es un caserón enorme que poco habrá cambiado en los últimos cien años. Las paredes y los techos no ocultan sus remiendos ni los trazos caprichosos de la humedad en el aire. El viajero vuelve a sentir que la distancia que lo separa de su mundo —de esos mundos que resultaron siendo suyos por elección o por nacimiento— no es sólo geográfica. Hay algo en el ambiente de Sri Lanka que lo hace sentir que cae hasta tiempos remotos, que regresa de un sueño, de una ilusión sin gracia.
El lugar está aún en tinieblas, y el viajero intenta abrirse paso, desatar ese nudo de gente exaltada. Una lámpara del alumbrado de la calle arroja una luz débil que apenas sirve para delinear las sombras. Los cuerpos se juntan y se empujan. Los rostros de ojos negros se hablan y se responden, se escupen sus alientos sazonados.
El viajero se pregunta cómo podrá llegar a la taquilla —donde el tumulto se eleva como una ola, y algunos se alejan triunfales pisando cabezas—, para no perder el tren de las seis de la mañana. El reloj de brazos fosforescentes le dice que el tiempo apremia —lo compró al otro lado de la calle, en el Pettah, la primera vez que visitó Colombo—. Sonrió al recordar el precio irrisorio. También su morral lo compró allí —se lo acomoda en el pecho—. Siente la alegría soberbia de saberse ligero de equipaje. Vuelve la atención a las angustias de ese instante. Muchos vinieron a Colombo a celebrar con sus familias la noche de Año Nuevo. Ahora procuran regresar.
En medio de ese amasijo de brazos y de piernas, el viajero intenta serenarse. Piensa que todo saldrá bien, que en las taquillas venderán los boletos a tiempo para que todos tomen sus trenes. Se dice que el asunto será sólo un contratiempo pasajero, otra anécdota curiosa que podrá contar a su regreso. Si regresa. Si no muere en Sri Lanka. Si no es que ya está muerto. Siente la improbabilidad y la rareza de lo que está viviendo: ese instante perdido en la vida de un hombre perdido en la vida de un mundo perdido en un vasto universo perdido.
Incapaz de moverse a voluntad, decide tener paciencia. Mira los rostros oscuros, los ojos de terror que parecen flotar en aguas fosforescentes. Aprecia la música de ese coro de voces que no entiende. Vuelve a la meditación fugaz de los últimos días. Se repite: “Estoy en Sri Lanka”. Se dice que pronto hará dos semanas que llegó. Hace un breve inventario: Punta Galle y Colombo, Makola y Kelaniya, la montaña de Adán, Gampola con Sunethra, Kandy la incandescente. Sabe que en esos días han pasado más cosas que en el casi medio siglo que lleva en este mundo. Piensa que parece estar escrito, en algún libro allá en el Cielo, que la luz del primer día del año lo encontrara perdido en ese mar de gente, en la estación de trenes, de donde partiría a otro sitio entrañable y aún no visitado: Anuradhapura, la imponente y voluptuosa primera capital, allí donde llegaría, dieciséis siglos tarde, a su cita con Fa Hsien.
Pero antes de llegar a Anuradhapura tenía que llegar a la ventanilla de la estación, y el tiempo transcurría; y en lugar de avanzar, retrocedía. Por un momento, consideró aceptar su derrota: esperar hasta que fuera imposible abordar el tren, buscar zafarse de ese enredijo de gente y regresar en bus a casa de Mala y de Praxíteles, para arrojarse en el sofá de la sala y decir —como la zorra— que, al fin y al cabo, las ganas de visitar Anuradhapura no eran tantas. También Merton se quedó sin visitarla; pero en ese mismo instante era igual de difícil darse por vencido que seguir intentando llegar a esa taquilla, donde se formaba una montaña de hombros y cabezas y brazos que extendían billetes y bocas que les gritaban a los agobiados funcionarios.
El hombre que estaba delante se volvió para hablarle e indicarle con gestos enfáticos que tres amigos suyos que acababan de llegar tenían todo el derecho de incorporarse con él a la fi la. ¿Qué podía decir? No hablaba singalés. Stuti, la única palabra que sabía no había sido necesaria en esa isla hasta cuando llegaron los europeos a adueñarse de todo. Era poco probable que el hombre entendiera alguna cosa de su inglés aparatoso o de su latín mostrenco. De inmediato sintió que lo empujaban. Miró atrás y vio cuatro o cinco rostros enfurecidos que le hablaban con manoteos dificultosos. Temió que ocurriera una tragedia. “Una avalancha de gente como las que ocurren en La Meca”, pensó. Esa muerte no la había considerado. Imaginó su nombre en la lista de las víctimas que darían los noticieros. Imaginó las reacciones de conocidos y parientes al otro lado del mundo. Entonces alzó la mirada al techo manchado de humedad, vio las ruinas polvorientas de una vieja telaraña, y se resignó a que lo arrastrara ese vaivén de almas en pena.




viernes, 15 de abril de 2016

La casa maldita

La columna de Vivir en El Poblado


       Cuenta Emile Gaboriau que el vizconde de B era un joven amable y encantador. Vivía satisfecho y libre de privaciones, gracias a la renta modesta que sus difuntos padres le  habían dejado. Pero, como no hay dicha completa, el pobre muchacho recibió la noticia de que un tío millonario le había dejado una enorme fortuna. La herencia que recibió el vizconde incluía un edificio en la Rue de la Victoire, con veintitrés apartamentos, que producía una renta siete veces más grande que la que el muchacho estaba acostumbrado a recibir. 








lunes, 11 de abril de 2016

Noticias de Resplandor, la historia de un monje que buscaba un libro.

Una reseña de Esteban Carlos Mejía en Vivir en El Poblado. Abril 22 de 2016.


Leer la reseña en Vivir en El Poblado



Una entrevista de Ángel Castaño Guzmán, en Arcadia.
Abril 11, 2016.


Leer la entrevista en Arcadia.


Una entrevista para la emisora Jorge Tadeo Lozano de Bogotá, durante la Feria del Libro de Bogotá 2016.



Libro recomendado en El Colombiano.



En la Librería Nacional de Unicentro y Hacienda Santa Bárbara en Bogotá.
Abril 1, 2016.





Abril 1, 2016





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La primera reseña



Leer la reseña de Gustavo Colorado en miblog-acido.


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Marzo 4 de 2016: Ya existe!! Pronto estará en librerías.






martes, 5 de abril de 2016

El hombre interplanetario

De la serie "Vidas de artistos"

El 9 de octubre de 1948, en la escuela San Martín, situada en el 107 de Charing Cross Road, en Londres, tuvo lugar una conferencia que causó un pequeño revuelo entre los interesados en la ciencia y la filosofía. La guerra empezaba a ser cosa del pasado y la gente volvía a mirar hacia el cielo y a hacerse preguntas a gran escala. ¿Habrá inteligencia en otros planetas? ¿Será posible establecer colonias en otros mundos? ¿Podremos comunicarnos con esas otras formas de vida? ¿Será preciso que inventemos algún medio o el pensamiento mismo puede ser ese medio? La conferencia tenía como título: «El hombre interplanetario» y estuvo a cargo de Olaf Stapledon, un hombre cuya influencia en la cultura y la literatura del siglo XX se ha comparado con la de Shakespeare.

Leer el texto completo en la revista virtual Cronopio.

viernes, 1 de abril de 2016

Resplandor

La columna de Vivir en El Poblado


En enero de este año publiqué aquí un breve fragmento de una novela cuya escritura estaba a punto de terminar. El fragmento hablaba de unos monjes que escapaban en la noche para internarse en el desierto. Esa vez no di detalles sobre la historia o su contexto; sólo había ese grupo de fugitivos internándose en una noche oscura. Ahora que la novela se encuentra en librerías, quiero hablar de aquello que los lectores encontrarán entre sus páginas y del largo camino que me llevó a escribirla.