jueves, 27 de septiembre de 2018

Una tribu de nostalgias

La columna de Vivir en El Poblado



Un amigo me explicó por qué los grupos primitivos se dividían después de alcanzar un número mágico: la capacidad del cerebro solo permite que tengamos relaciones sustanciales con 150 personas. Volví a tener noticia del estudio en una película donde un terapeuta le explicaba a su paciente las cifras de la vida: 150 son las personas que distinguimos con detalle, 50 son las que invitaríamos a nuestra casa, 15 son aquellas a quienes daríamos o pediríamos ayuda, y solo cinco son las que forman nuestro círculo más íntimo.
Las cifras son aproximadas. Mi vida de errabundo, profesor y periodista hace que el círculo exterior sea populoso. Alguna vez hice una lista de personas con quienes tuve encuentros significativos, para tratar de escribir sobre cada una, y no me fue difícil recordar más de quinientas. En mi caso, los círculos estrechos son más desiertos: muy pocas personas conocen mi casa, he aprendido a arreglármelas más o menos por mi cuenta y, quizá porque crecí oyendo el poema de Garrick, en el círculo más íntimo suelen ser más los muertos que los vivos.



miércoles, 19 de septiembre de 2018

La mujer de mi vida



Era una época de andares presurosos. Por dentro, el tumulto de proyectos, deseos, búsquedas, temores, sometimientos y servidumbres no daba respiro. Imposible ocuparse de una sola cosa por tiempo prolongado. Por fuera, los pasos aún vigorosos, la eficiencia frente a las múltiples exigencias de esa vida. Resultaba obvio entonces que mi andar aquella noche fuera presuroso, que mis piernas trabajaran con gran intensidad.
Era un sector de la ciudad poco congestionado. No recuerdo haber visto circular por allí autos o cualquier otra clase de vehículos. Creo que ni gente se veía en las aceras. No sabría decir con precisión si pensaba mientras caminaba solitario o si hablaba con alguien que marchaba a mi lado. A veces ambas cosas se me parecen demasiado. Cuando camino solo siento como si le hablara a un fantasma confiable que marcha a mi lado y cuando camino con alguien y le hablo, pienso que ese alguien no existe y que lo que digo lo digo para mis adentros. Pero, en fin, caminaba por la acera desierta y, acompañando o no, hablaba o pensaba.
Al llegar a la esquina, mis pensamientos –llamemos pensar a lo que hacía, a lo que me alejaba hasta volver borrosa esa acera, ese instante sin ningún requisito para hacerse inolvidable–, mis pensamientos, decía, al llegar a la esquina ocupaban mi atención. Debían ser importantes, en esa época acostumbraba pensar cosas importantes. Pero me temo que nunca llegaré a recordarlos; diminuto fragmento de mi vida perdido para siempre.
Al llegar a la esquina, decía, pensaba. Fue sólo un instante verla irrumpir en mi vida y precipitarse contra mi absorta humanidad, sin alcanzar a hacer algo para evitar o al menos atenuar la colisión.
Quedamos cara a cara, al principio sorprendidos, como planetas que dormidos se salieron de sus orbitas, y luego –a más tardar un segundo después– fascinados por una fuerza que salía de los dos, desencadenada por los dos, que nos hacía comprender, en un rapto de lucidez que he tardado toda mi vida en entender, que en ese pequeño reducto en que nos mirábamos, la perfección y la armonía confirmaban su existencia.
Sentí que ante alguien como ella podría mostrarme sin reservas. Sentí que ella podría discernir, en medio de la mentira, al sujeto que era yo. Sentí que en ella, en sus ojos matutinos, sus cabellos tempestuosos y su piel de atardecer, habitaban todos los significados que yo pudiera darle a la palabra belleza y, como si fuera poco, percibí que para ella yo tenía el mismo valor.
Yo estaba atontado. Recuerdo que después del choque nos tomamos de las manos. Hubiera querido que nunca llegáramos a soltarnos. Nos mirábamos con todo lo que éramos, hasta con nuestros ojos, y en ese instante parecido a lo que debe ser la eternidad comprendimos que si algún sentido tenían los sobresaltos de nuestras vidas, si a algo concreto nos conducían nuestras búsquedas, eso sólo podía ser la persona que ahora sosteníamos muy cerca, esa existencia temblorosa que intuíamos como lo más importante que podía pasarles a nuestras vidas.
Pensé que el tiempo había transcurrido de manera escandalosa. Me puse a tratar de juntar unas palabras para decir algo y, cuando creía tenerlo, fue cuando ella me besó.
–Fue un beso breve, cálido, lacónico, alegre, resignado y triste.
Me miró de nuevo con esos ojos que nunca he podido borrar de mis ojos y no dijo nada. Sonrió divertida, viendo a las palabras huirle en desbandada. Aflojó lentamente sus dedos soltando mis manos, abandonándolas de nuevo a su temblor cotidiano, a sus incertidumbres, y caminó despacio por la acera que antes yo había recorrido en dirección contraria.
En algún momento reanudé mi marcha. En algún momento, algo debió recordarme que no podía quedarme allí por el resto de mi vida. Me alejé pensando que sólo así puede ser la perfección, diciendo a alguien que tal vez marchaba a mi lado, que toda palabra es sólo una palabra de más, que intentar retener la maravilla y prolongarla es aplicar contra ella los detestables métodos de la esclavitud.


 De “ Bajas pasiones” (1990)









Caroline Sheridan

La sección "Vidas de artistos", de la Revista Virtual Cronopio



Caroline Elizabeth Sarah Sheridan nació en Londres, el martes 22 de marzo de 1808. Su padre, Tom Sheridan —actor, soldado y administrador colonial— murió cuando Caroline tenía nueve años y dejó a su familia en la pobreza. Su madre, Caroline Henrietta Callander, era una novelista de escaso mérito. Según lo dice una de las últimas ediciones impresas de la Enciclopedia Británica, Caroline fue «una de las tres hermosas nietas de Richard Brinsley Sheridan», satirista y dramaturgo de renombre, y fue la amistad de su abuelo con el duque de York lo que salvó a la viuda y a «las tres gracias» de quedar en la calle. Antes de cumplir los veinte años, Caroline publicó su primera novela La derrota de los dandies (1825) y contrajo matrimonio con el Honorable George Norton, quien todo indica que tenía muy poco de honorable.



Retrato del artista

La columna de Vivir en El Poblado



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martes, 4 de septiembre de 2018

Navegando en Pessoa

Una reseña en El Colombiano



Al escritor portugués Fernando Pessoa (Lisboa, 1888-1935) muchos le debemos conocer la diferencia entre un seudónimo y un heterónimo. No es que el conocimiento sea vital, en tiempos en que la literatura anda perdida entre mercancías que se le parecen, pero algunos consideran todavía necesario señalar que un seudónimo es el equivalente de una máscara: basta quitarla para ver detrás a la persona real; mientras que el heterónimo es una empresa más audaz: la persona que hay detrás también ha sido creada, por un autor que se diluye entre las sombras.