jueves, 30 de abril de 2015

Descripción de un salón

La columna de Vivir en El Poblado



     
 Tiene el nombre bien puesto: José Eustasio Rivera. Como el corazón de la selva, es pequeño, recóndito, difícil de encontrar. El hombre y su amigo lo buscan por pasillos y edificios. Se cono­cieron hace más de treinta años, cuando empezaron juntos la universidad. Desde el prin­cipio supieron que estarían uni­dos por la literatura. Juntos vivieron la aventura de publi­car el primer libro. Van con ellos los hijos de su amigo (ya están gran­­­des; gordos no, pero sí colorados). También hay multi­tudes que van y que vienen, que visitan pabellones, que asisten a espectáculos, que aprietan presupuestos para com­prar­­se algo.

Quedan pocos minutos. A pesar de la altura, y la enor­me barriga que el hombre ha cultivado, se tienen que apurar. Finalmente, lo encuentran. Estaba justo encima del salón princi­pal. Allí, a la misma hora, se está lanzando el libro de una celebridad. El grupito lo ignora, se aleja de las masas, asciende los peldaños y llega al saloncito. El hombre está ago­tado, tiene la lengua afuera, pero pronto se cura cuando ocupa su sitio y observa la audiencia.

“Aquí está mi vida”, piensa mientras espera.

Ahí está la novia primigenia, la de las diez cartas diarias, la de viajes a otras vidas y galaxias. También ella escribía. Tam­bién incluyó cuentos en aquel primer libro cuya impresión pagó el vendedor de fantasías. Ahí están los amigos de la universidad, hermosos y felices, orgullosos del hombre cuyo sueño conocen y han visto germinar. “Seré escritor”, decía. “Me iré a El Universal. Empezaré allí mismo donde empezó Gabito”.

Ahí está Cartagena. Está la periodista que ha empe­zado a alentar su propio sueño de escribir. Con ella viene al hombre el recuerdo de las noches en la redacción desierta, puliendo hasta el final la última crónica, escri­biendo por fin su primera no­vela. En la primera fila, como alumna aplicada, está también la alumna que ahora es profesora y que quizá recuerda las clases nocturnas de veinte años atrás, el hombre sudoroso, sus pasos apu­rados, su afán por irse a casa a seguir escribiendo hasta la madrugada.

Está Bogotá, entregándose de a poco, haciéndose rogar. Está el país del sueño, en ese niño envejecido que manotea cuando habla de su novela selvática. Está también Norue­ga en el vikingo que regala países. Vienen con él los fiordos y gla­ciares, las sagas de los hielos, la certeza de que algunas historias pueden ser milenarias. Está su lectora favorita, la niña que después de leer un cuento suyo trinó que de regalo de cum­pleaños quería todos sus libros. Está Gloria, su gloria, defendiendo como propios los sueños del hombre.

Está el diseñador de la portada. Por meses buscaron, ensa­yaron variantes. El hombre sabía que tarde o tem­prano aquel inspirado daría con el rostro del libro. Está el historiador joven, brillante, que parece personaje del relato. Con palabras cer­teras, le revela a aquel hombre dimensiones de su libro que no había adivinado. Está la selva viva, voraz, seductora. La traen amigos que la han visi­tado. El hombre recuerda los viajes de infancia por aquellos ríos, los periplos mágicos junto con su padre, las piñas sublimes que le daba Chencha, la negra imponente, su primer amor.

Hay luces y cámaras, micrófonos, banners. Hay un cartel rojo que celebra a Macondo, la invención del Gabito que inspiró y dio motivos a la vida del hombre. Dice allí que el nombre de aquel pueblo de espejos fue dictado en un sueño. Está con su influjo también Luz Amalia, su amiga decana, la que hizo el milagro que condujo al hombre hasta esta ocasión. Están reporteros, fotógrafos, técnicos. Están nuevos rostros que le da la vida: Lucía, la poeta de los ojos tristes; Inés y su hija; Diana, Tove y Patricia. Está su corazón emocionado, latiendo enloque­cido de alegría.


Publicado en Vivir en El Poblado el 30 de abril de 2015.


miércoles, 29 de abril de 2015

domingo, 19 de abril de 2015

Gabo Periodista

   La Universidad Externado de Colombia y la Cámara Colombiana del Libro dedican el
VII Encuentro Internacional de Periodismo a apreciar la labor y el legado como periodista de Gabriel García Márquez. Las jornadas del evento tendrán lugar del 23 al 25 de abril, en el marco de la Feria Internacional del Libro de Bogotá 2015. Invito especialmente a mis lectores y amigos a las mesas en que participaré el jueves 23  y el sábado 25.




sábado, 18 de abril de 2015

La casa sin ventanas

En la sección 
"Vidas de artistos",
de la Revista Cronopio,
la vida precoz y misteriosa de
Barbara Newhall Follet



Leer el texto en Revista Cronopio




viernes, 17 de abril de 2015

Escritura Creativa en Español

SUNY Oneonta 
Summer 2015
Escritura Creativa en Español
Curso en línea







Un asunto de tahúres

Una nota sobre el origen de la palabra Macondo
en la edición conmemorativa de El Colombiano.
Abril 17 de 2015.



     Macondo está en boca de todos. El aniversario de la muerte de García Márquez hace que resuene por todos lados el nombre de ese pueblo mítico, heredero de otros pueblos literarios –como el Yoknapatawpha, de Faulkner– pero también de la ardiente y desaforada realidad del Caribe colombiano. Como si fuera poco, la Feria del Libro de Bogotá tendrá a Macondo como “país invitado”.

    Poco importa que aquel pueblo de espejos haya desaparecido a mitad de la carrera literaria de Gabo, para dar paso a la innombrada “Ciudad de los Virreyes” y a otros lugares reales como Medellín, Barranquilla, Santa Marta o Bogotá.  Con el tiempo, Macondo se ha vuelto y será el espacio representativo de la vida y la obra de nuestro nobel, así como su símbolo serán las mariposas amarillas que, dicho sea de paso, no son un elemento sustancial de su legado.


Leer el texto completo en la página web de El Colombiano

jueves, 16 de abril de 2015

Minas, mulas y mujeres

La columna de Vivir en El Poblado.



 La historia comienza algún día de hace setenta años. Donde ocurren los hechos siempre es primavera. El sol se oculta detrás del Nutibara y “los últimos reflejos áureos tiñen el Morro de Pandeazúcar”. Suenan las campanas de Nuestra Señora de la Candelaria. Hay un viento suave. El suelo lo tapizan flores de guayacán. Los “cachaquitos” se agolpan en las esquinas y las puertas de los cafés a ver pasar las muchachas. Las empleadas del comercio, las señoritas de la aristocracia, las solteras, las solteronas y las casadas, con su esplendor y natural coquetería se apo­deran del Parque de Berrío, de las calles Junín, Ayacucho, Boyacá y Bolívar; se toman el Ley, invaden el Astor y La Fuente. “Unas contemplan vitrinas; otras levantan novio, y están todas animadas con esa gracia, donaire y elegancia únicos y exclusivos de la mujer medellinense, que, dicho sea entre paréntesis, es la más hermosa y más mujer del mundo entero”.

Con este paisaje impresionista empieza la novela Minas, mulas y mujeres, de Bernardo Toro, publicada en Medellín, en 1943, por la Tipografía Industrial y, para Juan Hincapié, una novela tan mala que no me la quiso cobrar. Quizá sea mi tendencia a llevar la contraria, pero ha sido una de las lecturas más placenteras que he tenido en años. El encanto de este libro está en su falta de pretensiones. Cuenta la historia de Paco Miraflores, un hombre honesto, educado, pero ingenuo para entender las mañas de la mujer que ha decidido engatusarlo. Paco está tan enamorado de Dolly que, aunque no le gusta bailar, es capaz de pagar por las fiestas que ella inventa para agasajar a su corte de amigos y pretendientes. Si el bobo de Paco no se pliega a sus caprichos, Dolly finge un enojo casi siempre efectivo.

El destino de Paco parece sellado. A pesar de las reser­vas que tiene su familia, todo indica que se casará con Dolly. Pero la Providencia interviene para enviarlo a trabajar en unas minas. Así aparecen las otras dos “emes” contra las que el difunto padre de Paco le aconsejaba cuidarse: las tercas mulas —que no a todos obedecen— y las impredecibles minas —que por igual arruinan o enri­quecen.

A juzgar por el título, se podría pensar que esta novela es parte de la milenaria tradición misógina a la que la misma Biblia pertenece. Pero a mitad de camino en la historia se produce una curiosa transformación. Las tres emes dan lugar a una reflexión sobre el valor pedagógico de la experiencia y la adversidad. Al regresar a Medellín, nuestro héroe descubre que su novia lo ha estado engañando y decide romper con ella. De nada sirven los intentos de la coqueta para volver a enlazarlo. Tras unos pocos días de dolor, Paco empieza a fijarse en Rocío, una chica cercana a la familia, buena, hermosa e inteligente, a la que conocía desde niña. La novela concluye con unos deliciosos cuadros de costumbres donde podemos apreciar en detalle las navidades de principios de los años cuarenta. 

Quizá el final feliz de esta historia le reste puntos en un país donde preferimos las estirpes condenadas y los amores imposibles. Es posible que el par de prólogos elogiosos pro­duzca un efecto contrario al deseado. Pero lo cierto es que esta obra de Bernardo Toro debería ser leída y estudiada como una de las pioneras de nuestra novela urbana y de los géneros hí­bri­dos entre el periodismo y la ficción. En ella abundan personajes reales de una ciudad que hace mucho dejó de existir. Su lenguaje es fino, rescata joyas verbales. Sus escenas son bien logradas. Si no es una obra maestra es porque nunca se propuso serlo. Seamos justos, mi querido don Juan, compa­rada con la prosa “entelerida” que hoy en día nos quieren meter por literatura, Minas, mulas y mujeres es un verdadero clásico. 







Publicado en Vivir en El Poblado en abril 16 de 2015.







miércoles, 15 de abril de 2015

Notas y reseñas sobre Santa María del Diablo

Santa María del Diablo
La delirante y triste historia de la primera ciudad española en Tierra Firme

Fundada a finales de 1510, Santa María de la Antigua del Darién fue la primera ciudad española en el continente americano.  Estaba situada en la costa occidental de lo que hoy se conoce como el Golfo de Urabá, llegó a tener una población superior a la de Madrid y fue el primer centro de la colonización en Tierra Firme.
Personajes como Vasco Núñez de Balboa (el descubridor de la Mar del Sur), Pedrarias Dávila (la Cólera de Dios), Gonzalo Fernández de Oviedo (el cronista de la Corona, el Dios de las tijeras y el autor de la primera novela escrita en el Nuevo Mundo), Francisco Pizarro y Diego de Almagro (los conquistadores del Perú), y Bernal Díaz del Castillo (cronista de la expedición de Hernán Cortés), entre otros, protagonizan la historia de este pequeño imperio en la selva que surgió y se esfumó en menos de quince años.
La historia de Santa María de la Antigua desborda los límites de la imaginación y explica en buena parte lo que ha sido Hispanoamérica desde entonces. Aquí están el deslumbramiento de los europeos con el Nuevo Mundo, el desconcierto y la aniquilación de las poblaciones nativas, la exuberancia de la naturaleza, el encuentro de culturas, las enfermedades de los cuerpos y las almas. El cielo y el infierno se juntaron en esta ciudad que fue escenario de convivencia apacible entre españoles e indios, pero también de intrigas, desafueros y grandes crueldades. 









Una reseña y perfil, en El Tiempo - Caribe.


En El Espectador, de Bogotá.



Una reseña de Gabriel Jaime Caro






















domingo, 12 de abril de 2015

Un loro de tela

Dibujo por Guyra/Deviant Art

Ahora abre los ojos y ve el loro de tela que sobrevuela su cama.
El único problema era que el tiempo hacía menos precisas las adivinaciones.
Hoy se siente agobiada, maltrecha por los días y los meses de vida con límites exactos, horarios como rejas que le impiden salirse de un camino muchas veces recorrido, borroso ya por la costumbre y el hastío.
En el fondo se tejía una duda insistente sobre lo que habrían sido sus rutinas verdaderas. La pregunta sin respuesta sobre si –de todos modos– habría dado ese salto que debía ponerla por fuera de las cosas, en una incierta y libre periferia.
Por un instante breve se recuerda, se siente en esa cama que sigue siendo sólo para ella, para su danza inquieta, a lo largo de los sueños, en busca de ese pecho extenso y áspero de tela que está bajó la sábana esperándola y que siempre la encuentra.
Pero había que aferrarse a las rutinas que se le conocían, a pesar de que el paso del tiempo insistiera en plantear alternativas, virajes inesperados, quizá ya en otros cuartos, quizá en otras rutinas, quizá ya en pechos vivos y también definitivos.
Y entonces se incorpora y termina de esperarse, sentada sobre el borde del colchón desprotegido de su cama.
A pesar de lo improbable que resulta con el tiempo que persistan las rutinas conocidas, se hacía más verdadero lo ya visto, lo viejo conocido, que aquello que tal vez estaría sucediendo.
Y se acerca a la ventana. Le da vida a su rostro con sus dedos. Intenta descubrir algo no visto en su horizonte de techos y edificios. Se asoma para ver la calle muy abajo y vuelve a estremecerla la idea de la caída.
Y enciendo un cigarrillo y sigo viéndola, en este nuevo día repetido, y veo lo que el viento hace en su pelo y la veo alejarse y espero a que regrese envidiando las gotas que ruedan por su cuerpo.
Y luego viene el día, un largo hoyo de luz en el que ella se pierde, y yo mato las horas con mi vida, recordándola a ratos en un bus o en la oficina, esperando la noche para volver a verla en ese cuarto que no cambia, que sigue como fue hace muchos años, que quizá ya no existe.
Y casi a medianoche la veo nuevamente en la ventana, cansada y aburrida, anhelando una vida imprecisa y buscando una luz nunca vista en su vasto horizonte de luces sobre un fondo negro.
Y vuelve a la cama y mira la sombra que vuela sobre ella y cierra los ojos y olvida.

Y entonces la veo dormir, la veo moverse a lo largo de sueños inquietos, atrapada en la vida que yo le imagino, idéntica día tras día.


Fragmento de "La risa del muerto".


viernes, 10 de abril de 2015

En la Feria del Libro de Bogotá

Todos están invitados a las presentaciones que tendré en la Feria del Libro de Bogotá: 




Jueves 23 de abril:

4:30 pm, Encuentro Internacional de Periodismo, homenaje a García Márquez: "Los años de formación”: El Universal y el Heraldo (1948-1952)". (Organizan la Filbo y Universidad Externado de Colombia).

Viernes 24 de abril:

6:00 pm: Presentación del libro "Gabito nuestro de cada día" (Collage Editores). Auditorio Álvaro Mutis.

Sábado 25 de abril

2:00 pm: Presentación de Santa María del Diablo (Ediciones B). Salón JOsé Eustasio Rivera.

3:30 pm: Encuentro Internacional de Periodismo, homenaje a García Márquez: "Las novelas periodísticas".





miércoles, 8 de abril de 2015

ESTRELLAS BAJO EL SOL


Pasajeros de un planeta perdido
A las siete de la noche los buses parecen depósitos de cadáveres.
A las siete de la noche la gente se arremolina junto a la India Catalina, el Camellón de los Mártires y el Parque del Centenario.
En la mente de muchos sólo está el recorrido hasta la casa, un recorrido que el cansancio alarga, una meta infinitamente aplazada, inalcanzable.
Muchos tienen el dinero del pasaje en el puño cerrado, muchos tienen bolsas grandes y pesadas con cosas que se necesitan en la casa,  muchos se imaginan cada uno de los pasos hasta subirse,  hasta ubicarse, hasta bajarse,  hasta el camino final hasta la casa, hasta la silla, hasta la cama, hasta el lugar donde por fin podrán abandonarse.
Todo es aparatoso, todo es apresurado, todo tiene cierto aire de agonía.
Trabajar cansa y, como a las siete de la noche, luego de un día de trabajo, se tiene hambre, el cuerpo está sudado y agrietado y todo uno se siente cansado, fatigado, exhausto, mamado.
Cuando se tiene suerte o cien pesos más en el bolsillo, uno puede subirse a un bus ejecutivo y dejarse llevar, olvidarse de todo, poner la mente en blanco,  pensar sin comprometerse con lo que se piensa, estar lo mínimamente alerta para no dormirse, para no pasar de largo por el sitio en que se debe pedir parada gritando o timbrando y bajarse.
Hace como quince días, a las siete de la noche, a un bus ejecutivo subió un hombre flaco y triste que ponía una exagerada cara de bondad.
Se detuvo al comienzo del pasillo, miró a los hambrientos y adormilados pasajeros, contó una historia lo suficientemente trágica y conmovedora, habló de su incapacidad para robar y delinquir y con voz áspera, lastimera e impostada se puso a cantar.
Cada día es más frecuente que la gente cante en los buses, ya no de alegría sino de pura necesidad. A cada nota adolorida del hombre que canta, las tripas nos duelen más, taladra cada vez más hondo el hambre.
En medio de eso, en medio de ese ambiente de súplica, un hombre que viajaba en una de las bancas traseras gritó: “¡Qué cante el ñato!”. Su petición fue acompañada por una aprobación casi unánime de los pasajeros del bus, la mayoría sonreía y parecía orgullosa de saber quién era el ñato.
El ñato, que estaba sentado en una de las bancas de adelante, mimetizado entre la multitud, se paró, como picado por una serpiente, se volteó, miró algunos rostros, ninguno de los cuales parecía ser el de quien gritó y dijo, a todos y a ninguno: “¿Qué?, ¿me vas a dar plata tú a mí?” , y se volvió a sentar.
El hombre que cantaba estaba asustado. Temía que esa disputa entre no se sabe quién y el ñato pudiera robarle la atención que se posaba sobre él.  Siguió cantando, tímido, ignorando la ira del ñato y pasó luego por los puestos para recoger algo de dinero del que se desprendían los hambrientos pasajeros.
Entonces el ñato se volvió a parar. A muchos nos causó estupor ver su resucitamiento.
El ñato dijo: “Pues sí,  voy a cantar. Pero la plata que ustedes crean que me merezco se la dan a él”, dijo señalando al apabullado artista que había originado la discusión.
Y entonces el ñato se dejó ir con su canción, y su voz se posó cálida y amorosa como una luna llena en medio de la noche cansada de los que regresaban de trabajar.
El ñato conmovió, reconfortó y resucitó a su auditorio con una canción en la que les decía que cuidaran mucho a sus viejitas que las madres son un tesoro, un tesoro que no engaña y que no sabe de traición.

Bajo la roca
Al mediodía el sol parece una enorme y pesada roca de luz.
Debajo de esa roca trabaja el ñato. Cuida carros en la plazoleta de Telecom y el sol es para él como un sombrero.
El ñato cuida los carros, limpia los carros y los vidrios de los carros, arranca el polvo de las llantas y las latas de los carros, vigila que nadie les haga nada, ni les quite ni les ponga.
El ñato también es como un sicólogo de las personas que conducen los carros. Es padre, madre, hijo y amigo dicharachero.
Para cada uno tiene un trato. A cada uno le dice algo más de lo necesario.
Allí no es sólo el ñato. También es “el cantante”  y”el mexicano”. Sucesivamente ha ido adquiriendo apodos, conforme a las modas (ahora los apodos se sacan de la televisión). Le han llamado el cuervo, porque  imitaba el chillido que se oía al comienzo de un dramatizado que se llamaba “Los cuervos” y que fue muy popular hace algunos años.
También le dicen Mánimal y eso él lo dice medio divertido. Lo que sí no parece perdonar es que le digan ñato. Él como que aún no se acostumbra a ese apodo. Por eso dice To-ña, invirtiendo las sílabas e insinuando el siguiente tema de la conversación.

Antonio Aguilar y yo
Antonio Aguilar vino a Cartagena hace como 20 años. Vino con su gloria y su color, como milagro salido de las pantallas de cine mexicano que en esa época abundaban.
Un asiduo de esas películas era el ñato, quien, como ahora, se la pasaba rodando entre el trabajo y la falta de trabajo.
Por eso, cuando vino a Cartagena Antonio Aguilar (Toni Aguilar, To-ñaguilar) el ñato estaba entre la deslumbrada multitud que asistió al Teatro Padilla y, sin saber muy bien cómo ni por qué, terminó cantando en el escenario.
Subió porque Nando Barrios, que había sido invitado a alternar con Toni Aguilar, se moría de pena y de miedo y no quiso salir.
Hubo un momento en que Aguilar pidió a alguien del auditorio que lo acompañara y, luego de un breve silencio en la sala, el ñato, un joven flaco y tímido de dieciséis años, se paró como años después en un bus ejecutivo y caminó hasta el escenario, tomó el micrófono que afablemente Toni Aguilar le ofrecía y se puso a cantar “La negra cruz”, tranquilo, emocionado pero no asustado, seguro de su voz y de su sentimiento.

La negra cruz
“Ya no llores corazón, no seas cobarde. Hay que ver lo que me haces padecer. Ya no llores corazón que ya es muy tarde, pues a los dos nos tocó la de perder”.
“Yo me muero y tú me pierdes para siempre. Y te quedas en el mundo a navegar. Ten cuidado, pisa bien y no resbales. Mas, no seas tonta, no te dejes engañar”.
“Ahora quieres con tu llanto regresarme, de aquel camino que tú misma me enseñaste y en el vaso tú pusiste el veneno, aquel veneno que para mí preparaste”.
“Que en mi niño yo te dejé mi retrato. En él tienes el camino que te di. Cuando crezca le platicas de su padre. Mas no le digas que me traicionaste a mí”.
“Y en la tumba pon la cruz que yo te diga. Y que sea negra, no la quiero de color. Porque negra todo el tiempo fue mi suerte. Mujer traidora ahí te dejo mi perdón”.

El ñato se queda con la mirada en el suelo. Pensativo. Con los labios apretados. Lejos del ir y venir  apresurado del parqueadero.
“Cantar con Antonio Aguilar es una alegría grande para mí. Creo que está vivo todavía. No creo  que haya muerto”.

Cuide mucho a su viejita
“Toni Aguilar me dijo que por qué no me iba de aquí,  que progresara la voz, que si quería él me ayudaba para viajar a México para perfeccionarme y ser cantante”.
Le dije que iba a hablar con mi mamá, pero ella no aceptó. Dijo que yo estaba muy pelado y me tuve que quedar aquí”.
“No le guardo rencor. Ella obró  como madre”.

Guillermo Amador Escorza
Pero, ¿quién es el ñato? Es un hombre opaco de piel dura y calcinada. Es un ser vulnerable que finge dureza.  Es una máscara a la que se asoma la sentimentalidad por los ojos, por la mirada roja al borde del llanto y se lamenta de su suerte, de su mala estrella, y baja la cabeza y suspira y ve cómo uno de los carros que cuidaba se aleja sin pagar.

“Estrellas y estrellados”
Una vez ganó un concurso de canto. Fue en el programa “Estrellas y estrellados” que dirigía el famoso locutor Víctor “Piropero” Castro.
“En ese tiempo estaba yo varao.  Me encontré con un muchacho que me oyó cantar y me dijo que en la Voz de la Heroica había un programa así y así, que por qué no me inscribía. Tenía que ir un jueves a entrenar y al domingo participé por primera vez. Gané durante tres domingos seguidos”.
Tan exitosa era su carrera, tan directo era su camino hacia la fama, que muy pronto el conductor del programa le dijo que sería el representante de Cartagena en un concurso en Barranquilla.
“Este puesto a ti no te lo quita ninguno”, le había dicho el Piropero.
“Ese día salí feliz hacia mi casa, que quedaba en el barrio la Candelaria, pero allí me encontré con un problema, tuve que rajarle la cabeza a uno por una discusión por un chance de cinco pesos (¡mira que hace tiempo!) y me tuve que ir de la ciudad varios meses para donde una de mis tías”.
Ni modo de volver a participar después en “Estrellas y estrellados”. Se sentía, algo así, como una estrella estrellada. Por lo menos se había caído desde bajito.
Entonces no volvió a intentar cantar. Al menos no ya buscando la fama.
Algunos sabían que el ñato cantaba y le pedían que lo hiciera y a veces le pagaban; pero no era nada profesional.
En los barrios a la salida de Cartagena era popular. En el puente frente al estadio de fútbol había ganado varias batallas musicales. Muchos se habían quedado silenciados al enfrentarse con su talento.
Pero era más bien desconocido. Nunca había podido ser un verdadero cantante.

Tito Cortés está ahí adentro
Otro artista al que conoció fue a Tito Cortés.
Él ñato trabajaba como portero de un cabaret en Tesca y Cortés actuó varias noches allí.
En esa ocasión no cantó. No quiso medirse con él. Empezaba a dudar que su destino tuviera que ver con el mundo de la canción.

El manuscrito
Hace como tres años le robaron todo de la casa. Allí se fueron sus recortes de periódicos, muchos libros de vaqueros y espionaje y su diario.
“Era un cuaderno como así”, dice el ñato poniendo las palmas de las manos como si entre ellas tuviera un libro como de mil páginas, “en el que escribía las cosas importantes que me sucedían en la vida”.
Lo primero lo escribió después de la noche gloriosa en que cantó al lado de Toni Aguilar. Luego la gloria fue decayendo en esas páginas y empezaron a llegar historias sórdidas, amores que traicionan, amigos que dicen ser amigos.
Allí quedó consignada la historia de una mujer que lo abandonó y lo dejó con un niño de un año.
Allí escribió el ñato hasta hace como tres años. ¿Dónde está ese valioso manuscrito?
Están escritas las crónicas de su arrancia, los avatares de su arrastrar de estrella apabullada. Está la obra tristemente irónica de su vida de cantante fracasado.
Porque la palabra fracaso es la que primero salta cuando ese hombre canta ante auditorios ocasionales o invisibles con su voz poderosa de Rolando Laserie dedicado a las rancheras, cuando retumba esa caja de resonancia que a veces él ejercita mientras limpia carros, cuida carros y estira una mano hacia las ventanillas de los carros.
Al oírlo cantar, algunos se detienen a escucharlo.  Sonríen con algo de sorna, pero a la vez con respeto. El ñato está cantando. Le está demostrando a un periodista que sabe improvisar y está haciendo una canción sobre la forma como él y el periodista se conocieron en un bus, cómo el periodista le preguntó dónde podía hablar con él, cómo él respondió de inmediato que en el parqueadero de la Mantuna y cómo, al día siguiente, él había recordado el episodio y pensado que a ese periodista ya nunca más lo volvería a ver.
El ñato corre tras un carro que se marcha y concluye su canción improvisada con las frases: “…ésta es mi profesión, cantar y cantar, a aquel que me quiera oír”.

La mala estrella
“Tengo mis hijos. Tres varones y una hembra, cada uno de distinta mujer”.
“El que más me necesita es el menor, el que abandonó la mamá”.
“Por ellos estoy aquí”, dice el ñato levantando los ojos a ese sol que parece reírse de él. “Si no, no estuviera aquí”.
“A veces también me gano algo cantando. Paso por ahí y me dicen: cántese una ranchera”.
“Me han dicho que por qué no voy a Bocagrande y me integro a un conjunto, pero no tengo la conexión. Si me hubiera dedicado, tal vez sería un gran cantante”.
Hay gente que me dice que todavía puedo, he querido salir adelante pero no tengo ayuda. Una señora me dijo que iba a hablar con no sé quién. Me gustaría tanto poder ser cantante: pero me he encontrado con esa mala estrella. “Tengo, como dicen por ahí, la comida, pero no tengo dónde hacerla. No tengo la olla”.

He creído ver un oasis en la distancia
“Algún día quisiera poder conocer a México”.
“Lo que sé de ese país es porque lo vi en las películas o por las canciones”.
“He estado en Venezuela, en Nicaragua, pero en México no”.
“Ojalá pudiera pisar esa tierra. Significa la salvación del resto de mi vida…ser otro”.

El ausente
“¿Una canción que resuma mi vida?...”. El ñato piensa un momento. No parece haberse hecho nunca esa pregunta. Luego responde: “El ausente, de Antonio Aguilar”. Y de inmediato, como en las películas mexicanas, en  las que cualquier excusa es buena para cantar,  el ñato despierta su vozarrón obstinado y sin prisa, y dejando salir virtuosamente cada frase, se pone a considerar “qué triste se encuentra el hombre cuando anda ausente, cuando anda ausente, muy lejos de su patria. Mayormente si se acuerda de sus padres y su chata. Ay qué destiiino, para ponerse a llorar”.
“Paso del Norteeeee, qué lejos se va quedando. Sus divisioneees, de mí se están alejando”.
Los pobres de mis hermanos de mí se están acordando. Ay cruel destinoooo, para ponerse a llorar… Porque tanto tiempo he estado ausente y porque me encuentro triste a cada rato”, dice el ñato con una voz que flaquea de tristeza.

Las voces de mis enemigos
“Muchas veces sí he pensado en matarme. Pero me detuvo la cobardía: es cobardía quitarse la vida… o lo haría después de matar a dos enemigos que a mí me están trabajando, pero antes quiero saber quiénes son”.
“He tenido ganas de ir donde un sicólogo mental para que me diga quién me está trabajando”.
“Cada rato oigo ruidos sin que haya nadie, oigo golpes en los calderos y voces que me dicen que me voy a volver marica”.
“Lo que cojo se me vuelve nada. Si me gusta una muchacha que se llama Beatriz la voz me dice que por qué voy por allá, que ella tiene tres hijos”.
“El día que no pueda más voy a cometer una barbaridad. Si voy a pasar el resto del tiempo preso, así será”.

El reflector
Entonces, bajo ese sol, viéndolo ir y venir como pez entre lava, recibiendo el mal humor de algunos empleados oficiales (“todo lo que quieren resolver con la ley, pero yo no me le quedo callado a ninguno”, dice el hombre que no se le quedó callado a Toni Aguilar), viéndolo cantar, hablar de su vida con ojos a veces al borde del llanto, uno termina por pensar que el ñato es espectacular.
Algunos conductores, intrigados porque alguien que anda con él toma nota en una libreta,  se detienen, lo ocupan, le piden el favor de que les limpie el vidrio trasero, le piden un poquito de agua para el radiador, le preguntan si todo está bien, y el ñato los atiende obediente y diligente. Hace su labor sonriendo por saberse finalmente importante, a lo mejor se le ocurre que finalmente es un gran artista y que el sol es un reflector que ilumina su escenario, recibe las monedas que le alargan desde el carro y vuelve, manejando con maestría unos gastados zapatos blancos convertidos en chanclas porque tienen el contrafuerte pisado, regresa, sonriendo tímidamente, ensayando la sonrisa que pondría si hubiera sido lo que nació para no poder ser, camina  con su trapo rojo en el hombro y un balanceo carente de naturalidad, pensando qué más puede contarle al periodista, qué más puede agregarle a esa historia de alguien que se vio obligado a decirle que no a todas las oportunidades que la vida le mostró, se vio condenado al fracaso, a la nostalgia, al delirio oyendo voces y recordando noches del pasado que parecen soñadas, que vuelven cada vez más diluidas en su memoria, despojadas de fechas, esquivas, imposibles de mirar directamente a causa del resplandor infame que cae día a día, especialmente al mediodía, sobre la plazoleta de Telecom.

                                                                                     El Universal, Dominical
                                                                                                   Marzo 1 de 1992