jueves, 25 de julio de 2013

Muere Márai


   Qué sería de la vida sin los amigos que conocen nuestra alma y reconocen el tipo de alimento que la nutre. Debo a un amigo, Jorge Núñez, mi encuentro con el último volumen de los diarios del escritor húngaro Sándor Márai, una pequeña joya frente a la que palidecen las piruetas verbales que abundan en nuestro tiempo y hasta las mismas obras de Márai.


   Ese lento ejercicio de sinceridad empieza el 7 de enero de 1984 con una referencia inevitable a la novela de George Orwell, 1984. Ese día Márai escribe que la profecía no se ha cumplido, pero que a cambio ha llegado la amenaza nuclear. Márai ignoraba que el error sólo fue de fechas y que un día sus diarios serían leídos por seres como el Smith de Orwell, inconformes con los abusos del Gran Hermano. 

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jueves, 11 de julio de 2013

Cartagena


La semana pasada tuve el gusto de volver a Cartagena. Volví a sentir su tibieza, volví a escuchar su música, volví a ver rostros que hace tiempo eran mi vida cotidiana. Al llegar recordé las palabras de Ramón de Zubiría, quien decía que el aire de Cartagena embriaga tanto que a algunos lo deja locos. Doy fe de sus palabras. La locura que me aqueja se debe en buena parte a los diez años que viví respirando el aire de ese sitio.

No fui en plan de turista ni de culebrero fino. Esta vez quería dejar que la ciudad me regalara a su capricho. El primer recorrido estuvo lleno de sonidos: el vaivén de las aguas, la inquietud de los pájaros, los saludos y charlas. Así empecé a entender la deuda que tengo con Cartagena. Años atrás, cuando llegué a vivir a esa ciudad, mi único lenguaje era el acento rústico, golpeado, del lugar donde nací. Cartagena se dispuso a limar asperezas, a enseñarme que el habla es siempre un canto.


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lunes, 1 de julio de 2013

La perrilla


La Perrilla
José Manuel Marroquín





Es flaca sobremanera
toda humana previsión,
pues en más de una ocasión 
sale lo que no se espera. 

Salió al campo una mañana 
un experto cazador,
el más hábil y el mejor
alumno que tuvo Diana.

Seguíale gran cuadrilla
de ejercitados monteros,
de ojeadores, ballesteros
y de mozos de traílla.

Van todos apercibidos
con las armas necesarias,
y llevan de castas varias
perros diestros y atrevidos,

caballos de noble raza,
cornetas de monte, en fin,
cuanto exige Moratin
en su poema La Caza.

Levantan pronto una pieza,
un jabalí corpulento,
que huye veloz, rabo al viento,
y rompiendo la maleza.

Todos siguen con gran bulla
tras la cerdosa alimaña;
pero ella se da tal maña
que a todos los aturulla;

y aunque gastan todo el día
en paradas, idas, vueltas,
y carreras y revueltas,
es vana tanta porfía.

Ahora que los lectores
han visto de qué manera
pudo burlarse la fiera
de los tales cazadores,

oigan lo que aconteció,
y aunque es suceso que admira,
no piensen, no, que es mentira,
que lo cuenta quien lo vio,

Al pie de uno de los cerros
que batieron aquel día,
una viejilla vivía,
que oyó ladrar a los perros;

y con gana de saber
en qué paraba la fiesta,
iba subiendo la cuesta
a eso del anochecer. 

Con ella iba una perrilla,
mas, sin pasar adelante,
es preciso que un instante
gastemos en describilla: 

perra de canes decana
y entre perras protoperra,
era tenida en su tierra
por perra antediluviana; 

flaco era el animalejo,
el más flaco de los canes,
era el rastro, eran los manes
de un cuasi-semi-ex-gozquejo;

sarnosa era, digo mal,
no era una perra sarnosa,
era una sarna perrosa,
y en figura de animal;

era, otrosí, derrengada;
la derribaba un resuello;
puede decirse que aquello
no era perra ni era nada.

A ver pues la batahola
la vieja al cerro subía,
de la perra en compañía,
que era lo mismo que ir sola.

Por donde iba, hizo la suerte
que se hubiese el jabalí
escondido, por si así
se libraba de la muerte.

Empero, sintiendo luégo
que por ahí andaba gente,
tuvo por cosa prudente
tomar las de Villadiego.

La vieja entonces, al ver
que escapaba por la loma,
¡sus! dijo por pura broma,
y la perra echó a correr.

Y aquella perra extenuada,
sombra de perra que fue,
de la cual se dijo que
no era perra ni era nada,

aquella perrilla, sí,
cosa es de volverse loco,
no pudo co.ger tampoco
al maldito jabalí.