viernes, 23 de diciembre de 2016

Un cráneo para Hamlet

La columna de Vivir en El Poblado

Tal vez a Bob Dylan le gusta la música de Facundo Cabral. En su actitud frente al Nobel es posible hallar vestigios de los versos: “Doy la cara al enemigo, la espalda al buen comentario; pues el que acepta un halago empieza a ser dominado”. Algún crítico aplicado podría quemarse las neuronas demostrando que “No soy de aquí ni soy de allá” y “Like a Rolling Stone” son, en últimas, la misma canción.
Tal vez Bob Dylan es lector apasionado de las fabulas errantes y remotas de la India, donde los animales del bosque no dejan de advertirnos que el que adula es peligroso y busca algo. No sería raro que aparecieran tratados académicos sobre las influencias del Panchatantra en la actitud y las canciones del juglar americano.

Pero lo más probable es que la actitud de Dylan frente al Nobel la haya aprendido en las calles y recintos donde ha hecho su carrera. La calle es un libro vivo y suele tener más sabiduría que la que llega a los libros. Al fin y al cabo, los libros los escriben los raros del pueblo, mientras la sabiduría popular es una obra colectiva en la que escribe el mundo entero. 





viernes, 9 de diciembre de 2016

Sobre lo sepulcral


La columna de Vivir en El Poblado



¿Quién conoce el destino de sus huesos? ¿Quién tiene el oráculo de sus cenizas? Estas preguntas siguen siendo tan vigentes como cuando las hizo Thomas Browne en Hydriotaphia (1658), su tratado sobre las costumbres funerarias. El motivo fue el hallazgo de unas urnas funerarias de las que resultó imposible establecer su origen. Esos huesos triturados, despojados de nombres y de anécdotas, llevaron a Browne a consignar por escrito todo lo que sabía sobre los rituales y costumbres asociados con la muerte. 












viernes, 25 de noviembre de 2016

Pobre diablo

La columna de Vivir en El Poblado



No es posible prever las consecuencias que tendrá para Colombia y América Latina la elección de un pobre diablo como presidente de los Estados Unidos. Si me piden que intente ser profeta, yo diría que abran campo porque muchos volveremos con el rabo entre las piernas. Tampoco es necesario ser un economista para anticipar la crisis de las remesas que sostienen al borde del abismo a nuestros países. Cada día estará lleno de sorpresas dentro y fuera de este país del sueño que de pronto se ha tornado en un lugar de pesadilla.

Conocidos los resultados de las elecciones, algunos quisieron consolarse con la idea de que la cosa no será tan grave, que el pobre diablo exageraba para ganar votos y que había que darle una oportunidad. Dos semanas después, quedan pocos que piensen de ese modo. La mentira fue su caballo de batalla. El beneficio personal, su motivación. La miseria de su alma será nuestra desgracia.







viernes, 11 de noviembre de 2016

El adiós de Lupita

La sección "Vidas de artistos",
en la revista Virtual Cronopio










Luces, cámara y acción

La columna de Vivir en El Poblado



Esta mañana, cuando caminé al centro de votación, pensé que la gente tenía escrito su voto en el lenguaje corporal. Podría apostar que aquellos hombres con actitud de macho alfa acababan de marcar en las tarjetas el nombre del demagogo que daría rienda suelta a sus prejuicios y les permitiría sentirse los dueños del mundo. También podría jurar que las mujeres con actitud de “dejen esto es nuestras manos” habían votado por la primera mujer en la historia de los Estados Unidos con una opción real de alcanzar la presidencia. Pero la sensación general era que nadie estaba eligiendo a su candidato por sus virtudes, sino tratando de cerrarle el camino a su antagonista.








jueves, 10 de noviembre de 2016

A Search for Meaning

A presentation of "Santa María del Diablo" and "Resplandor", 
at the Community of Scholars.

State University of New York
November 10, 2016.



This is not the first time that I have been part of a broken society.
If you have watched the series “Narcos”, you have heard about a city in Colombia named Medellín.
I was born in Medellín. I lived there in the 80’s and 90’s, when it was one of the most violent cities in the world. The violence I saw was not a TV show, but a painful reality. In that city, at that time, human life lost its value and dignity. Almost not a single week passed without hearing the news about another acquaintance being killed. Then my aunt was killed. Then my father was killed.
When my father died, I was in my junior year in college, and I felt that my life had lost its purpose and meaning. I wanted to die.
That was the moment when literature came to my rescue.
I had been an avid reader since I was twelve years old. My favorite author was Jules Verne, and I knew that the world was much bigger than the broken city where I lived. So I decided to see the world before dying.
It took me some time, but I also decided that I would not allow my heart to be poisoned by hatred and despair.
My reaction to a hopeless world was searching for meaning. That’s why I decided to write.

Over the last couple of years, I have published two historical novels that reflect my own personal quest.
 “Santa María del Diablo” tells the story of the first Spanish settlement in continental America, Santa María del Darién. 
Santa María was located in the jungles between today Colombia and Panamá. The city became the center of a genocide in which nearly two million native Americans were murdered in less than fifteen years.
The town disappeared, after fifteen years, as a consequence of greed and internal conflicts.
I read many books, in order to write “Santa María del Diablo”; but my own personal experience in Medellín was enough to describe a society that destroys itself by forgetting the meaning of life.

Six months ago I published another historical novel, “Resplandor”, that seems to have no connection with “Santa María del Diablo.”
But they are closely related, like heads and tails in a coin.
“Resplandor” spans over a period of twenty-five centuries. It tells the story of Siddharta Gautama, the Buddha. It also tells the story of the Chinese monk, Fa Hsien, who during the fifth century AD traveled to India and Sri Lanka in search of sacred Buddhists texts. Finally, it tells the story of a contemporary traveler who escapes from a broken society and goes to Sri Lanka, with the intention of dying there. In the end, instead of finding death, the traveler experiences a sense of being born again, and finds meaning and purpose in life.
It took me more than thirty years to write “Resplandor”. I had to read many books: The Arabian Nights, The Travels of Marco Polo, the Ramayana, Thomas Merton’s Journals. I had to find my path among different cultures, languages and traditions. I also had to pour my soul in the pages of my book in order to convey the message that we can chose not to embrace greed, hatred or violence.

It is a privilege to be a part of an academic community which values other languages and recognizes creative writing as a scholarly work.
I’m happy to work for a college that appreciates the role of the arts and humanities in healing our society.
We are here to remind us that every research is a search for meaning, and that every search for meaning is a search for the meaning of life.
  
Thank you, president Kleniewski and provost Mackin, for this honor.
Thank you to my colleagues of the School of Arts and Humanities.
Congratulations to the community of scholars for your achievements.





viernes, 28 de octubre de 2016

Una fiesta sin músico

La columna de
Vivir en El Poblado



Es posible que algunos de mis lectores recuerden que hace quince días hubo conmoción mundial porque la Academia Sueca decidió darle el Premio Nobel de Literatura al cantante estadounidense Bob Dylan. Forzando un poco el caletre, es posible que consigan también recordar que a lo sorpresivo del anuncio le siguieron reacciones polarizadas.
Unos no ocultaron su alegría y afirmaron que el reconocimiento para Dylan era un recordatorio de que la poesía es patrimonio de todos y no de unos cuantos elegidos. Se habló de una reivindicación de los orígenes de la literatura en los rapsodas y juglares. Se habló de Homero y de los romances medievales. Expertos engolados afirmaron que tal vez la Academia Sueca estaba expresando su preocupación por la ruina ideológica que padecen los Estados Unidos (como lo demuestra su actual proceso electoral), y que con ese premio le estaban recordando a ese país que su patrimonio incluye una tradición poética en la que brillan nombres como Walt Withman, Carl Sandburg o Vachel Lindsay.





viernes, 14 de octubre de 2016

Elevaciones

La columna de Vivir en El Poblado



Hace algunas semanas recibí un nuevo grupo de estudiantes en uno de mis cursos favoritos: el de introducción a la literatura. Haberlo enseñado muchas veces me permite sentirme muy tranquilo sobre la estructura de las clases, pero eso no significa que corra el riesgo de caer en la repetición o la monotonía. Cada curso es una experiencia diferente: el texto que para un grupo resulta inspirador puede no ser tan diciente para otro, una etimología conduce por senderos nunca antes recorridos, el verso hasta entonces oculto germina de repente.
He adquirido la costumbre de ocupar las primeras clases de cada semestre en leer con los estudiantes una pequeña muestra de los géneros que después estudiaremos con más detalle: el ensayo, la narrativa y la poesía. Para hablar de poesía me gusta conducirlos a través de los veinticuatro versos de “Llama de amor viva”, la maravilla de San Juan de la Cruz, el santo patrón de los poetas castellanos. Nunca falla. Para cuando hemos terminado de reflexionar sobre el título del poema, ya tengo claro el nivel de la clase. Así he podido saber que el curso que ahora mismo estoy enseñando será memorable.









Sobre el Nobel a Dylan

Una nota de Mónica Quintero Restrepo, 
en El Colombiano




viernes, 30 de septiembre de 2016

El derecho a la muerte

La columna de Vivir en El Poblado

Hace un poco más de veinte años yo andaba en Cartagena dedicado a enfrentar uno de los retos más hermosos que he tenido en la vida: la escritura de un libro sobre los inicios de García Márquez en El Universal. Como Bogotá es la ciudad a donde van a parar muchas historias de provincia, viajé varias veces a entrevistar a quienes pudieran darme noticias de esa época en la vida de mi personaje. Un día estaba hablando con Héctor Rojas Herazo, al día siguiente estaba con Manuel Zapata Olivella o Ramiro de la Espriella o Gustavo Ibarra Merlano, y lo bueno de hablar con gente brillante es que queda la ilusión de que un poco de ese brillo se nos pega.

Mientras me preparaba para escribir el libro, comprendí que además de las anécdotas sobre García Márquez necesitaba información sobre el ambiente, las historias y costumbres de Cartagena en la mitad del siglo XX. Así pude conocer a don Ramón de Zubiría.


lunes, 19 de septiembre de 2016

Para los amigos que entienden alemán

Una nota de Gregor Dotzauer, en el periódico aleman Der Tagesspiegel,
a propósito de mi texto sobre la biblioteca de Cortázar 
publicado en Confabulario (El Universal de México) 
















viernes, 16 de septiembre de 2016

Jibias de interioridad

La columna de Vivir en El Poblado



Uno de los libros a los que siempre regreso es el llamado Oráculo manual y arte de prudencia, de mi querido don Baltazar Gracián (por cierto, Esteban Carlos,  creo que el poema de Borges es una buena razón para leerlo), y cada vez que vuelvo me pregunto por qué tardé tanto para encontrar ese mapa tan certero del mundo y las interacciones de los hombres.

A Gracián llegué por el atajo del inglés. Le había echado el ojo a los tres volúmenes de El Criticón, me había preguntado quién leería ese mamotreto en nuestro tiempo, y consideré leerlo nada más por llevar un poco la contraria. Pero habría seguido posponiendo esa lectura si no caigo redondito en una traducción al inglés del Oráculo. Me bastó una ojeada para entender que esa vaina era más tesa que El Príncipe de Maquiavelo, mejor incluso que el bestial parloteo del Calila y Dimna, y que no estaba libre de la acidez sarcástica de las Máximas, de La Rochefoucauld.





domingo, 11 de septiembre de 2016

martes, 6 de septiembre de 2016

El final del infierno

Texto publicado en Vivir en El Poblado , 
el 3 de julio de 2010. 


   Una de las tareas más arduas que he emprendido ha sido la lectura de la Divina Comedia. Varias veces he tratado de acompañar a Dante en su viaje inconcebible; de manera repetida lo he visto saludar a ese Virgilio con quien pudo hallar el rumbo en caminos imposibles; me he adentrado con ellos en el infierno, sabiendo que después de las escenas más “dantescas” y de las penas del viaje se encuentra el paraíso; me he armado de paciencia para interpretar símbolos y para conocer montones de habitantes de Florencia de fines del siglo 13; pero nunca, hasta ahora, había podido salir de los infiernos y entrever la esperanza que ilumina el purgatorio.

    Muchas razones me hicieron penoso ese viaje. La falta de compañía era una de ellas. Me ha costado encontrar hoy en día gente interesada en ese poema sobrenatural. A la soledad se le suma la ligereza con que el mundo ha llegado a descreer de la imaginería que puebla la obra de Dante. El infierno ya no asusta a nadie. Si hay cielo o purgatorio es algo que tiene sin cuidado a la mayoría. Cuesta encontrar a una persona cuyos actos estén gobernados por el temor a un castigo o por la esperanza de un premio que se encuentran más allá de los confines de esta vida. Pero aún solo y sin creyentes quiero hablar de las sorpresas que ha venido a depararme este viaje hasta el final de los abismos infernales. 
Quizá no esté de más decir que la arquitectura perfecta del poema está compuesta por cien cantos, de los cuales 34 corresponden al infierno, 33 al purgatorio y 33 al paraíso. Mi último viaje me había conducido hasta el canto XXX, donde fue viva la emoción al comprender que esos gigantes que parecían molinos eran el opuesto perfecto, y quizá inspirador, de los molinos que parecían gigantes en la historia de Quijano el de la Mancha. Resultaba tentadora la idea de que Cervantes había hecho una alegoría del infierno aquí en la tierra. Pero esta vez el arrojo me alcanzó para seguir más allá y me permitió adentrarme en los círculos finales.


   Los últimos círculos del infierno son helados y derivan sus nombres de traidores. En Caína están los que traicionaron y ejercieron violencia contra los suyos. En Antenora se encuentran los que traicionaron a su patria. En Tolomea se encuentran quienes traicionaron a sus huéspedes. En Judeca, en el fondo más hondo del infierno, están quienes traicionaron a sus benefactores. La distribución podría ser tan solo un capricho de Dante, para quien la traición era el más vil de los pecados, si no hubiera en Tolomea un complejo problema teológico: allí es posible hallar las almas de personas que aún están vivas. La explicación la da uno de los condenados: en el momento en que alguien comete una traición, su alma es conducida a ese penúltimo círculo del infierno, y el cuerpo queda a cargo de un demonio.


   Uno puede no creer en el infierno o los demonios, uno puede estar convencido de que las religiones están hechas para controlar multitudes; pero, si ha seguido de corazón la profunda reflexión ética que es el infierno de Dante, no puede evitar preocuparse por los riesgos que corre el alma en cada pequeño acto. Saber que el infierno es posible e inmediato para aquel que comete una traición tiene un efecto sobrecogedor. El dolor podría ser insoportable si no llegara a rescatarnos esa luz con que termina el canto XXXIV: “E quindi uscimmo a riveder le estelle”, uno de los versos más consoladores que hayan sido concebidos. 

Oneonta (Nueva York), julio de 2010.





viernes, 2 de septiembre de 2016

El corazón está de luto

La columna de Vivir en El Poblado



Pensaba escribir sobre The Recognitions, la novela de William Gaddis que es objeto de culto entre los amantes de la literatura norteamericana. Pensaba recordar que algunos comparan ese denso mamotreto con el Ulises de Joyce, y que Gaddis inspiró a autores como David Markson, Jonathan Franzen o David Foster Wallace. Quería hablar del papel que la cultura hispánica juega en esa catedral literaria que dormita en la penumbra, monumento de una muriente concepción de la literatura: la de la búsqueda vital y personal. Todo eso pensaba hacer hasta que la noticia del cese al fuego llegó acompañada por la noticia de la muerte de Juan Gabriel. Entonces decidí dejarme de gustos de minorías para hablar de lo que importa de verdad.
Entiendo la alarma de quienes no aceptan que la muerte de un cantante pueda opacar uno de los anuncios más importantes de nuestra historia como nación: el del cese al fuego entre bandos que llevan en guerra más de medio siglo. Pero, con todo y lo trascendental del anuncio, y a pesar de la esperanza que tenemos en que las cosas mejoren, se trata de un compromiso en el papel, de un inventario de buenas intenciones que tendrá que traducirse en hechos de seres humanos –de frágiles, falibles, bienintencionados, pero también mezquinos y en ocasiones perversos seres humanos. Lo de Juan Gabriel, en cambio, es un hecho cumplido: la influencia purificadora, doliente y compasiva de un solo individuo en las vidas de millones de personas.





domingo, 28 de agosto de 2016

Un libro que ha hecho historia

"Veinte años después de su publicación, Un ramo de nomeolvides, 
la crónica sobre el paso de García Márquez por El Universal 
sigue siendo un documento vigente e imprescindible". 

Texto publicado en la sección Facetas, de El Universal de Cartagena
(28 de agosto de 2016)


En abril de 1994, Gabriel García Márquez volvió a conmocionar el mundo editorial con la aparición de la que sería su penúltima novela: Del amor y otros demonios. Otra vez la palabra amor aparecía en el título de un libro suyo y otra vez la ciudad de Cartagena, estilizada por el arte, volvía a ser escenario de su obra. La trama general de la novela podría situarse en algún momento impreciso del siglo 18, pero la génesis del relato se hallaba mucho después, en octubre de 1949, cuando Gabriel García Márquez era un reportero principiante en este diario y, supuestamente, fue enviado por su jefe de redacción a cubrir la noticia de la apertura de unas criptas en el antiguo convento de las clarisas.

La mención de su paso por El Universal y del discreto magisterio de Clemente Manuel Zabala causó revuelo local. Ya para entonces se rumoraba con insistencia que García Márquez había exagerado la importancia de Barranquilla en su destino de escritor, y que había dejado en la sombra su experiencia cartagenera. La mención en el prólogo era, en cierta manera, una respuesta a esos rumores: Zabala era tan digno de inclusión en su obra como antes lo habían sido Cepeda, Fuenmayor, Germán Vargas o “el sabio catalán”.

El revuelo encendió el bombillo de Gerardo Araújo, el gerente de El Universal. Por qué no hacer “una vaina berraca”, por ejemplo un libro, para destacar el hecho de que los inicios de García Márquez como periodista habían tenido lugar en este periódico. La idea tomó vuelo y fue así como cayeron en mis manos la oportunidad y el reto más importantes que he tenido en mi vida. Me apresuré a diseñar el proyecto y, a finales de ese mismo mes de abril, recibí vía libre y el apoyo decidido del periódico para que escribiera una crónica –con entrevistas y textos rescatados del archivo– sobre el paso de Gabriel García Márquez por El Universal.

Hasta ese momento pocos habían escrito sobre el tema. Al lado del estudio y la recopilación de columnas hecha por Jacques Gilard, el precedente más importante era una serie de ensayos académicos –posteriormente reunidos en un libro– del investigador Jorge García Usta, en los que daba cuenta de hechos notables de lo que llamó “periodo Cartagena”, destacaba la influencia de Clemente Manuel Zabala y aventuraba influencias –como la de Ramón Gómez de la Serna– en el estilo de García Márquez. Así pude saber que García Márquez empezó su colaboración con El Universal el 21 de mayo de 1948, cuando estaba recién llegado de una Bogotá conmocionada por el asesinato de Gaitán, que colaboró de manera casi continua con el periódico hasta diciembre de 1949, cuando se fue a Barranquilla, y que volvió a escribir aquí –de manera más discreta– cuando su familia vino a vivir a Cartagena a principios de la década del 50. Con esa información básica empecé el lento y minucioso proceso de investigación que me llevó a escribir Un ramo de nomeolvides, un libro que ha sido objeto de elogios innumerables y de alguna calumnia que la ignorancia se ha ocupado de propagar.




En Generación

Un fragmento de Resplandor, en el suplemento Generación de El Colombiano.




viernes, 19 de agosto de 2016

El vuelo y La caída

La columna de Vivir en El Poblado



Es seguro que a todos nos ha ocurrido. Estamos en un café o en un aeropuerto, descansando o matando el tiempo, cuando alguien se empeña en dirigirnos la palabra. El futuro de la charla depende de nuestro ánimo. Si queremos silencio, el otro no tendrá otra alternativa que alejarse y buscar oídos más atentos. Pero si en nosotros hay disposición, si un gesto revela algún vestigio de interés, las cosas pueden llegar bastante lejos.


He estado entre aviones las últimas semanas y he sido terreno poco fértil para el diálogo. Como está pasando mucho en mis adentros, he preferido cerrar los ojos o leer, limitarme a saludos y despedidas enfáticas y cordiales con mis interlocutores potenciales. Pero incluso escapando me he encontrado con ese tipo de charlas que ocurren entre extraños y que a veces son más abiertas que las charlas entre viejos conocidos.



viernes, 5 de agosto de 2016

Jesusita

La columna de Vivir en El Poblado

Las monjas y el cardenal, escultura de Juan Fernando Torres. Plaza Débora Arango.


     Los desterrados de hoy en día vivimos con la idea de que no estamos lejos. Por muy remota que sea la Siberia a la que fuimos a parar, las redes y aparatos consiguen convencernos de que muchas personas están acompañándonos.  Despierta uno en medio de la nada y sólo basta encender un aparato para saber en qué andan familia y amigos y apenas conocidos y hasta desconocidos con los que se aceptó  jugar el juego de la proximidad virtual.

     Mientras está listo el desayuno, o al final de la jornada, es posible moverse por parajes vacíos mientras se habla con alguien que se encuentra al otro lado del mundo. Es posible entregarse al olvido del sueño sin notar que hubo días que no vimos a nadie. A ese extraño zumbido de aparatos podemos agregarle que a veces es posible escapar por unos días y volver a los sitios que hemos abandonado. Entonces la vida nos sacude con una atropellada intensidad.  








viernes, 22 de julio de 2016

El editor y su sombrero

La columna de Vivir en El Poblado



Al principio hay un hombre de gesto ansioso. Llueve en New York y todos –menos él– se mueven resguardados por paraguas y abrigos y sombreros. Es una tarde gris de hace noventa años y el país en que vive esa gente se encamina hacia una depresión arrasadora. El hombre está detenido. La lluvia parece no importarle. No tiene sombrero y su cabello es de un rubio sucio y ensortijado. Cubre con la mano la brasa del cigarrillo, aspira con intensidad y dirige la mirada al edificio de la editorial donde dejó el manuscrito de su primera novela.

El manuscrito se mueve lentamente por un laberinto de escritorios. Si logra llamar la atención de Max Perkins, tiene posibilidades. Perkins es legendario; descubrió y pulió a Scott Fitzgerald y Ernest Hemingway. Es un hombre de ojos tristes y ademanes contenidos. No se quita el sombrero para nada. Perkins decide leer el manuscrito durante el viaje en tren hasta su casa. La prosa frondosa lo atrae y desconcierta. Aquella voz que se derrama a borbotones tiene posibilidades. Esa noche participa distraído en los rituales del hogar. En pijama, y todavía de sombrero, sigue aferrado a esas páginas.


viernes, 8 de julio de 2016

Colbert en la oscuridad

La columna de Vivir en El Poblado



        Uno descubre que ha envejecido cuando la lista de cosas que quiere hacer empieza a reducirse. Después de visitar Sri Lanka sentí que la lujuria de viajar se había acabado. Salvo por las geografías del amor o por los hábitos de la nostalgia, podría pasar el resto de la vida en un solo sitio. 

        Hace unas semanas, Gloria Virginia me preguntó con quiénes, vivos o muertos, quisiera o hubiera querido conversar. Entre los que ya se han ido, mi encuentro con Chesterton no lo cambiaría por ninguno. En cuanto a los vivos, tuve que pensar mucho para concluir que el único con quien tendría esa ilusión sería George Steiner.








viernes, 24 de junio de 2016

Ahora la muerte será en vivo

Texto publicado en Vivir en El Poblado
el 24 de junio de 2016



Todo niño es inmortal hasta el momento en que recibe la noticia de su primer muerto. Frente al primer cadáver sentimos que hay algo cruel en esta fiesta a la que no pedimos ser invitados. Ese día la rabia, el desconcierto y la sensación de estafa nublan el jardín de las delicias que era la vida. Desde ese instante jamás dejamos de preguntarnos qué rostro tendrá la muerte que nos espera: qué día, qué hora, qué circunstancias, quiénes estarán tristes o aliviados.
Mi primera muerta fue una tía abuela escuálida, profunda e ingeniosa, llamada Cesarfina. Tengo aquí vivo en la memoria su perfil de piedra filosa y llena de grietas, cuando la vi tendida en su cama. Tardé en entender. No podía concebir el sentido de lo definitivo. Me tomó algún tiempo aceptar que ya no volvería a escuchar sus dichos centenarios y extinguidos como su propio nombre: “Ni bamba”, “No ponga cebo”, “No lo permita san Ojualá”. También a ella le oí un comentario que, desde entonces, nunca ha dejado de tener vigencia. En aquel tiempo los periódicos empezaban a meterse en la canasta familiar. Cesarfina los hojeaba con desdén, los dejaba en la mesa y decía: “No podemos con las noticias de aquí, vamos a poder con las de otros lados”.
He vuelto a pensar en Cesarfina ahora que estamos cruzando el umbral de una puerta que ya nunca podrá cerrarse. Estamos empezando a ver, en vivo y en directo y de manera indiscriminada, lo que ocurre en cualquier parte del mundo. Hace ocho días fue una masacre. Hace quince fue una violación. La semana próxima puede ser algo más aterrador.
La cosa no parece tan grave porque es parte de un proceso. Después de la muerte de Cesarfina los noticieros de televisión empezaron a invadir la paz de los hogares. La gente empezó a ser domesticada para prestar atención –a la hora del almuerzo y la comida– a los reportes alarmistas, las dosis diarias de miedo destinadas a aturdirnos y volvernos dóciles. Algún teórico social dijo en aquellos tiempos que la revolución sería televisada. Luego vino el trasmallo (el internet, pues), con sus montones de información. Con el tiempo los grilletes de la gente fueron computadores de bolsillo que hacían de todo: eran teléfonos, cámaras fotográficas, ordenadores. Así llegamos a un tiempo en que empezamos a preferir tomar fotos y grabar videos, en lugar de mirar con el ojo pelado. Lo único que faltaba era que se pudiera transmitir en directo cualquier cosa. Esa, justamente, es la revolución que está empezando. 
Para alguien que vive en medio de la nada, sería absurdo denigrar de la tecnología. A ella le debo que la soledad en la que vivo no sea tan absoluta. Pero a veces me dan ganas de desconectarme. El mismo medio que me trae voces e imágenes amadas, trae también imágenes que preferiría no haber visto; me impone miradas que envilecen, que degradan.

Antes del internet vi mucha gente muerta, pero jamás vi morir a alguien.  Ahora he perdido la cuenta de las muertes que me han mostrado las redes sociales. No las busco, he querido evitarlas; pero no he dejado de ver asaltos, atropellos, caídas y ahogamientos captados por las cámaras. Las imágenes trágicas prosperan porque apelan a uno de los instintos más sórdidos que tiene el ser humano: el alivio que le inspiran las desgracias ajenas, la conciencia de que –al menos por esa vez– el infortunio ha golpeado en otro lado. Pero no puedo evitar la sensación de que el alma se me ensucia cuando se trivializa el momento más íntimo y sagrado de todo ser humano. Ahora que la muerte empieza a verse en vivo, quizá sea el momento de hacer como Cesarfina: apagar esa máquina de horrores y marcharse a vivir la propia vida después de haber dicho: “No lo permita san Ojualá”.