viernes, 30 de septiembre de 2016

El derecho a la muerte

La columna de Vivir en El Poblado


Hace un poco más de veinte años, andaba en Carta­gena dedicado a enfrentar uno de los retos más hermosos que he tenido en la vida: la escritura de un libro sobre los inicios de García Márquez en El Universal. Como Bogotá es la ciudad a donde van a parar muchas historias de pro­vincia, viajé varias veces a entrevistar a quienes pudieran darme noticias de esa época en la vida de mi personaje. Un día estaba hablando con Héctor Rojas Herazo, al día siguiente estaba con Manuel Zapata Olivella o Ramiro de la Espriella o Gustavo Ibarra Merlano, y lo bueno de hablar con gente brillante es que queda la ilusión de que un poco de ese brillo se nos pega.

Mientras me preparaba para escribir el libro, com­prendí que además de las anécdotas sobre García Már­quez necesitaba información sobre el ambiente, las historias y costumbres de Cartagena en la mitad del siglo XX. Así pude conocer a don Ramón de Zubiría.

Don Ramón de Zubiría nació en Cartagena, en 1922. Estudió literatura y lenguas romances en los Estados Unidos, fue profesor en España y –a su regreso a Colom­bia– revolú­cionó el estudio de las humanidades en la Universidad de los Andes. Fue el impulsor del primer título Honoris Causa que recibió Borges. Era un reputado estudioso de la poesía española. Pero la fama de estrella de rock le había llegado a raíz de un curioso programa de televisión, El pasado en presente, una tertulia con Abelardo Forero Benavides, sobre cultura, historia y arte, que estuvo al aire cerca de quince años.

Don Ramón de Zubiría era un gigante del arte de la conversación. Había abierto los ojos al mundo en medio de charlas de mecedora. A los 17 años se había ido a la Univer­sidad de John Hopkins para estudiar bacteriología, pero un accidente en un río lo dejó paralizado. Entonces decidió estudiar literatura. Fue amigo personal de Pedro Salinas, Jorge Guillén y los hermanos García Lorca, que andaban exiliados de una España totalitaria. Era un hombre brillante y nada pretencioso. Decía que en la vida lo único que había hecho era recibir afecto. Cuando fui a visitarlo en Bogotá, a principios de 1995, no sabíamos que le quedaban tres meses de vida.

Don Ramón de Zubiría me obsequió hermosas imáge­nes de la Cartagena de su infancia. Habló con horror de la manera como las máquinas nos estaban despojando de experiencias vitales y del daño que le estábamos haciendo a nuestro entorno natural. Aquella vez me regaló una perspectiva del amor que me acompaña desde entonces (otro día hablaré de esa maravilla). También hizo una reflexión sobre la muerte, que ahora mismo resulta muy oportuna.

Estaba señalando los anaqueles de su apartamento-biblio­teca. Había dicho que la biblioteca personal debe estar compuesta por los libros que uno ama. “Un libro no es un objeto. Es un ser humano que está ahí, que no trai­ciona. Imagí­nese, está uno sentado y dice: ‘Óigame, señor Aristóteles, usted podría explicarme tal cosa’, y el hombre amablemente dice: ‘Con mucho gusto’. Y así baja Platón, así baja el otro, y es un prodigio tener al alcance de la mano –en una pequeña biblio­teca privada o en una pú­blica– la más alta lucidez, belleza, brillantez, profundidad en la expresión de la especie humana”.

Entonces agregó una paradoja: “Pero la biblioteca no es solamente aquellos libros con los que uno quiere vivir –los que ayudan a vivir–; hay algo que hemos olvidado: los libros nos ayudan a bien morir. A mí me llama la atención, ahora que se habla del derecho a la vida, que a nadie se le oiga mencionar el derecho a la propia muerte. A mí me parece de las monstruo­sidades más grandes que un ser humano vaya tranquilamente por la calle y que, por X o Y razón –porque estalla una bomba o un miserable llega por detrás y le dispara una pistola–, no se le permita vivir su muerte. Cómo es posible que se le prive a un ser humano de ese derecho”.



Publicado en Vivir en El Poblado el 30 de septiembre de 2016.






lunes, 19 de septiembre de 2016

Para los amigos que entienden alemán

Una nota de Gregor Dotzauer, en el periódico aleman Der Tagesspiegel,
a propósito de mi texto sobre la biblioteca de Cortázar 
publicado en Confabulario (El Universal de México) 
















viernes, 16 de septiembre de 2016

Jibias de interioridad

La columna de Vivir en El Poblado




Uno de los libros a los que siempre regreso es el llamado Oráculo manual y arte de prudencia, de mi querido don Baltazar Gracián (por cierto, Esteban Carlos, creo que el poema de Borges es una buena razón para leerlo), y cada vez que vuelvo me pregunto por qué tardé tanto para encontrar ese mapa tan certero del mundo y las interacciones de los hombres.

A Gracián llegué por el atajo del inglés. Les había echado el ojo a los tres volúmenes de El Criticón, me había preguntado quién leería ese mamotreto en nuestro tiem­po, y consideré leerlo nada más por llevar un poco la contraria. Pero habría seguido posponiendo esa lectura si no caigo redondito en una traducción al inglés del Oráculo. Me bastó una ojeada para entender que esa vaina era más tesa que El Príncipe de Maquiavelo, mejor incluso que el bestial parloteo del Calila y Dimna, y que no estaba libre de la acidez sarcástica de las Máximas, de La Roche­fou­cauld.

Esa noche me dormí tarde después de agotar sin dige­rirlos los 300 principios que constituyen el Oráculo. No es por dármelas de gringo, pero la claridad de la traducción ayudó mucho. Las veces que he regresado a la versión en español, con todo y lo bello que me parece el fraseo, me ha costado mucho entender la idea y he debido volver a la transparencia de la versión en inglés. En esas andaba, leyendo el Oráculo en castellano del siglo 17, ayudándome a entender con la traducción, cuando me crucé con el principio 98 y sentí que lo leía por primera vez.

Me permito transcribir el estilo agraciado de Gracián: “Cifrar la voluntad. Son las pasiones los portillos del ánimo. El más práctico saber consiste en disimular; lleva el riesgo de perder el que juega a juego descubierto. Compita la detención del recatado con la atención del adver­tido: a linces de discurso, jibias de interioridad. No se le sepa el gusto, porque no se le prevenga, unos por la contradicción, otros por la lisonja”.

La filosofía es oro puro: si quieres lograr algo, quédate callado; de lo contrario los otros querrán impedir que lo logres o arruinártelo. Lo del carácter dañino de la lisonja es uno de los aspectos más sutiles del mensaje. Oculta, oculta, oculta a como dé lugar, si quieres que nadie se inter­­ponga entre tú y el cumplimiento de tus deseos.

El lenguaje es de gran finura. Palabras como “adver­tido” o “cifrar”. El subjuntivo sostenido con elegancia. Las figuras de lenguaje: ¿“A linces de discurso, jibias de inte­rio­ridad”? La sola nota de pie de página es un poema: “Porque la jibia se defiende disimulándose, cubriéndose con la tinta oscura que expele de su cuerpo”. La traduc­ción misma es una belleza: “against the eye of the lynx, the ink of the cuttlefish”.

No puedo explicar aquí el sentido del Oráculo de Gracián, y ni siquiera el de este fragmento que he seña­lado. Su origen se remonta a las capas más animales del ser humano. Pero puedo explicar por qué en este libro me siento como en mi casa. El sábado pasado volví al Oráculo pidién­dole que me iluminara. Abrí al azar una página. Así llegué al fragmento de las jibias. Quién sabe cuántas veces habré pasado por allí, pero sólo durante esa lectura me dio por reconocer que no sabía lo que la palabra desig­naba. Por el contexto se podía inferir que era algo así como el calamar. Pero al leer la nota de pie de página sentí como si cayera dentro de un espejo de obsidiana. Así es, eso soy, con esta grafomanía que da sentido a mi vida… un animal que se disimula, cubriéndose con la tinta oscura que expele de su cuerpo.



Publicado en Vivir en El Poblado el 16 de septiembre de 2016.






domingo, 11 de septiembre de 2016

martes, 6 de septiembre de 2016

El final del infierno

Texto publicado en Vivir en El Poblado, 
el 3 de julio de 2010. 





Una de las tareas más arduas que he emprendido ha sido la lectura de la Divina Comedia. Varias veces he tratado de acompañar a Dante en su viaje inconcebible; de manera repetida lo he visto saludar a ese Virgilio con quien pudo hallar el rumbo en caminos imposibles; me he adentrado con ellos en el infierno, sabiendo que después de las escenas más “dantescas” y de las penas del viaje se encuentra el paraíso; me he armado de paciencia para interpretar símbolos y para conocer montones de habitantes de Florencia de fines del siglo 13; pero nunca, hasta ahora, había podido salir de los infiernos y entrever la esperanza que ilumina el purgatorio.

Muchas razones me hicieron penoso ese viaje. La falta de compañía era una de ellas. Me ha costado encontrar hoy en día gente interesada en ese poema sobrenatural. A la soledad se le suma la ligereza con que el mundo ha llegado a descreer de la imaginería que puebla la obra de Dante. El infierno ya no asusta a nadie. Si hay cielo o purgatorio es algo que tiene sin cuidado a la mayoría. Cuesta encontrar a una persona cuyos actos estén gobernados por el temor a un castigo o por la esperanza de un premio que se encuentran más allá de los confines de esta vida. Pero aún solo y sin creyentes quiero hablar de las sorpresas que ha venido a depararme este viaje hasta el final de los abismos infernales. 

Quizá no esté de más decir que la arquitectura perfecta del poema está compuesta por cien cantos, de los cuales 34 corresponden al infierno, 33 al purgatorio y 33 al paraíso. Mi último viaje me había conducido hasta el canto XXX, donde fue viva la emoción al comprender que esos gigantes que parecían molinos eran el opuesto perfecto, y quizá inspirador, de los molinos que parecían gigantes en la historia de Quijano el de la Mancha. Resultaba tentadora la idea de que Cervantes había hecho una alegoría del infierno aquí en la tierra. Pero esta vez el arrojo me alcanzó para seguir más allá y me permitió adentrarme en los círculos finales.

Los últimos círculos del infierno son helados y derivan sus nombres de traidores. En Caína están los que traicionaron y ejercieron violencia contra los suyos. En Antenora se encuentran los que traicionaron a su patria. En Tolomea se encuentran quienes traicionaron a sus huéspedes. En Judeca, en el fondo más hondo del infierno, están quienes traicionaron a sus benefactores. La distribución podría ser tan solo un capricho de Dante, para quien la traición era el más vil de los pecados, si no hubiera en Tolomea un complejo problema teológico: allí es posible hallar las almas de personas que aún están vivas. La explicación la da uno de los condenados: en el momento en que alguien comete una traición, su alma es conducida a ese penúltimo círculo del infierno, y el cuerpo queda a cargo de un demonio.

Uno puede no creer en el infierno o los demonios, uno puede estar convencido de que las religiones están hechas para controlar multitudes; pero, si ha seguido de corazón la profunda reflexión ética que es el infierno de Dante, no puede evitar preocuparse por los riesgos que corre el alma en cada pequeño acto. Saber que el infierno es posible e inmediato para aquel que comete una traición tiene un efecto sobrecogedor. El dolor podría ser insoportable si no llegara a rescatarnos esa luz con que termina el canto XXXIV: “E quindi uscimmo a riveder le estelle”, uno de los versos más consoladores que hayan sido concebidos. 


Oneonta (Nueva York), julio de 2010.







viernes, 2 de septiembre de 2016

El corazón está de luto

La columna de Vivir en El Poblado




Pensaba escribir sobre The Recognitions, la novela de William Gaddis que es objeto de culto entre los amantes de la literatura norteamericana. Pensaba recordar que algunos comparan ese denso mamotreto con Ulises de Joyce, y que Gaddis inspiró a autores como David Markson, Jonathan Franzen o David Foster Wallace. Quería hablar del papel que la cultura hispánica juega en esa catedral literaria que dormita en la penumbra, monu­mento de una muriente concepción de la literatura: la de la búsqueda vital y personal. Todo eso pensaba hacer hasta que la noticia del cese al fuego llegó acompañada por la noticia de la muerte de Juan Gabriel. Entonces decidí dejarme de gustos de minorías para hablar de lo que importa de verdad.

Entiendo la alarma de quienes no aceptan que la muerte de un cantante pueda opacar uno de los anuncios más importantes de nuestra historia como nación: el del cese al fuego entre bandos que llevan en guerra más de medio siglo. Pero, con todo y lo trascendental del anuncio, y a pesar de la esperanza que tenemos en que las cosas mejoren, se trata de un compromiso en el papel, de un inventario de buenas intenciones que tendrá que tradu­cirse en hechos de seres humanos –de frágiles, falibles, bienintencionados, pero también mezquinos y en ocasio­nes perversos seres humanos. Lo de Juan Gabriel, en cambio, es un hecho cumplido: la influencia purificadora, doliente y compasiva de un solo individuo en las vidas de millones de personas.

Debo reconocer que pude ser de aquellos que miran con desdén la cultura popular. Si no he hablado mal de Ricardo Arjona, por ejemplo, fue porque me llegó tarde la superioridad moral de quienes lo descalifican. Pero con­fieso que pude haberme sumado a ese linchamiento, que hace años lo habría hecho para que me consideraran culto e inteligente. Por suerte he tenido maestros que me han mostrado el camino de regreso al hogar, a nuestro lugar común: la cultura popular.

A García Márquez le oí decir que el arte se nutre de la cultura popular. De Chesterton aprendí que el lugar común nos salva como seres humanos. Gustavo Ibarra Merla­no me dio una de las mejores lecciones de arte y vida que he recibido. Un día, hablando de los poetas contem­poráneos, me dijo: “Tienen mucho miedo a expresar el patetismo del alma”. Somos cursis, patéticos, somos niños que lloran, que piden ser amados, que frente al abandono reaccionan con ira o con dolor. Todo eso lo sabía muy bien ese juglar que acaba de dejarnos.

Cada uno tiene una historia sobre la forma como Juan Gabriel le puso música a su vida. En mi caso, tengo que confesar que todo comenzó con un error. En algún momento de mi desolada adolescencia escuché a alguien que cantaba: “Yo no nací para amar, nadie nació para mí; tan sólo fui un tonto con mi adorno más”. De inmediato me sentí identificado. “Caramba”, pensé. “Esa es la historia de mi vida. No nací para amar. Nadie nació para mí. Y, dadas esas dos sombrías circunstancias, esta vaina altera­diza que me cuelga en la entrepierna es un adorno innecesario”. Alguien me sacó del error y comprendí que donde yo escuchaba “con mi adorno más”, lo que el cantante decía era “soñador no más”. Pero siempre me gustó más la versión cruda y apócrifa de la canción.

Juan Gabriel les puso música a todos los matices del amor: la traga, el éxtasis, la dignidad y la indignación, los corazones rotos y los olvidos fingidos y reales. Pero hizo más que eso. Vivió y murió haciendo lo que quería. Fue rey de burlas, víctima propiciatoria, y acumuló una gran sabiduría. Asumiendo una persona híbrida, haciendo despliegue de candor y vulnerabilidad, se echó encima los temores y fantasmas de pueblos enteros subyugados por la incapacidad para expresar los más simples y agobiantes anhelos del corazón.



Publicado en Vivir en El Poblado el 2 de septiembre de 2016.