Texto publicado en Vivir en El Poblado, en febrero de 2011
Ocurrió hace
seis meses, pero sólo me enteré hace dos semanas. Varias razones explican la
lentitud de la noticia. La primera es que Markson no era una celebridad. Así
que la información sobre su muerte no pasó del obituario de rigor, jamás llegó
a ocupar las luces fugaces de la televisión, y sólo debió tener ecos aislados
en el internet. Otra razón es mi distanciamiento con el mundo: no veo
televisión, paso largas temporadas sin leer noticias y a las pocas personas con
quienes me comunico las tiene sin cuidado el destino de David Markson.
Hace ya un
poco más de dos años empecé a escribir estas columnas y, en aquel tiempo,
expliqué que lo hacía para combatir las novelerías del momento, para mirar a
lo lejos y apreciar las joyas verdaderas que se han mantenido incólumes bajo
la lluvia del tiempo. Decía, con Borges, que ochenta años de olvido pueden ser
el equivalente de la novedad (a nuestra velocidad el plazo puede ser mucho
menor) y reafirmaba que cuando quiero novedades las busco en el pasado. Pero
hubo razones que no expresé en ese momento. La primera es que cada vez leo
menos literatura. Me cansan las novelas que quieren hacerme creer que una
situación imaginaria ocurrió de verdad, apelando al truco barato de asociarla
con algún lugar o un momento histórico. La segunda es que no leo a ningún
escritor que haya empezado su carrera hace menos de cincuenta años. No lo hago
por soberbia, sino por el sano deseo de no estropear lo que yo mismo estoy
escribiendo. Hace un tiempo traté de leer El
olvido que seremos, de Hector Abad Faciolince, y tuve que abandonarlo en la
página dos. Supe que seguir leyendo arruinaría un libro sobre mi padre que
llevo varios años escribiendo. Cuando he tratado de leer a mis contemporáneos
me he sentido en presencia de mis propios fantasmas y me he visto buscando
lápices para corregirles frases. Por eso me siento más a gusto en el pasado.
Son rarísimas las veces que me he emocionado al leer algo reciente: un cuento
de Joyce Carol Oates, un poemario de Rómulo Bustos, las últimas novelas de
David Markson.
Conocí a
David Markson por accidente hace como ocho años. Su libro, Vanishing Point, estaba entre las adquisiciones recientes de una
biblioteca pública. Era un libro raro. Estaba hecho de minúsculos fragmentos,
casi todos con anécdotas de artistas incomprendidos o con vidas más o menos
miserables. La suciedad de Balzac, la pobreza de Vermeer, el suicidio de aquel,
las últimas palabras de otro más, el lugar y la hora precisos en que murió
algún genio desolado. En medio de las anécdotas se destilaba muy delgada la
historia de un hombre solitario llamado Autor y resultaba fácil suponer que la
novela era bastante autobiográfica. Me sedujo de inmediato el laconismo, las
pequeñas filigranas del libro de Markson. El subtexto era claro: el artista
auténtico tiene casi siempre una vida de oscuridad y pobreza material. Después
de unos meses me encontré otro libro suyo, Wittgenstein’s
Mistress, y de la sorpresa pasé a la admiración incondicional. Estaba en
presencia de alguien que había inventado un nuevo género literario, hecho con
gotas de un líquido muy fino y muy escaso.
El final de
la historia es digno de Markson. Su última novela se publicó en el 2007 y se
llamaba justamente La última novela
(The Last Novel). Allí, en medio de anécdotas curiosas como la del largo poema
que Sócrates memorizó antes de morir o las cartas que Petrarca les escribía a
los autores muertos, Markson cuenta la historia de Novelista, un hombre viejo,
enfermo, solo y arruinado, cuya última esperanza consiste en poder llegar a la
azotea del edificio donde vive. La novela está llena de datos precisos sobre la
muerte de autores cuyo reconocimiento llegó mucho después. Era evidente que
Markson sabía lo que hacía. El cuatro de junio pasado, sus hijos lo encontraron
muerto en su apartamento de ermitaño en el sur de Manhattan. Nunca sabremos sus
últimas palabras. Nunca conoceremos, de manera precisa, el día y la hora en que
Markson se nos fue.