miércoles, 3 de diciembre de 2014

La mujer de garabato

                                                                                           Foto Leo Matiz

Al lado de la gallina telegrafista y de Vargas el averiguador, el planeta de la infancia lo habitaba un montón de criaturas extrañas entre las que se encontraba la mujer de garabato. He vuelto a recordar esta semana a la mujer de garabato, a raíz de un intercambio epistolar que he sostenido con una de mis lectoras de Vivir en el poblado.  La semana pasada empecé mi columna de por allá diciendo que “el internet” era una cosa agridulce. Al día siguiente recibí un mensaje en el que se me informaba que no se decía “el internet”, sino  “la internet”, porque se trata de una red, y que en mi posición tenía el deber de dar un buen ejemplo a los lectores.
Confieso que mi primera reacción fue sentirme culpable. Pero luego se me ocurrió que la precisión era más o menos imprecisa. Le agradecí a la lectora el  comentario y, en mi defensa, le dije que todo el concepto internet también se podía traducir como “sistema”, con toda esa familia de palabras masculinas de remoto origen griego terminadas en “ma”, como poema o esquema o problema. También le aseguré que no tenía la intención de menospreciar al género femenino, que me despierta toda clase de simpatías. Poco después recibí un mensaje suyo en el que me decía que apreciaba mi respuesta y que le parecía correcta. Esa noche me fui a dormir tranquilo, pensando en la dulzura de mi amada. Dormí como un lirón, a pierna suelta, pero después me levanté convertido de nuevo en un peligro social. La lectora había consultado a un amigo suyo ingeniero de sistemas, quien había dictaminado que el internet era mujer. Cuando logré sacudirme la culpa pude responder:
“No dudo que tu amigo ingeniero de sistemas sabe lo que es un sistema. Pero, como soy casi tan terco como tú, pienso que aún puedo defenderme. Lo que en el mundo hispano se suele llamar “la red” viene del término inglés “net”, que en su lengua original no tiene género. De manera que nuestro atrevimiento de ponerle falda o pantalones al internet viene de la traducción más frecuente que hacemos de net, esto es “red”, que en nuestro mixto lenguaje, no lo discuto, es una palabra femenina. Pero, qué tal si en lugar de la palabra red, la que predominara fuera “trasmallo”, por ejemplo, que es una hermosa denominación que en los pueblos del Caribe le dan a lo que  los angloparlantes llaman “net”. Como ves, el hecho de que llamemos red a la red es una cosa cultural y hasta socioeconómica. Si los costeños fueran una potencia mundial, todos estaríamos hablando del trasmallo: ‘se me cayó la conexión del trasmallo’, ‘voy a revisar mis mensajes en el trasmallo’.
La lectora y yo somos ahora grandes amigos. Pero he vuelto a recordar esa historia incompleta que misia Nubia mencionaba a cada rato: “este mugroso es más terco que la mujer de garabato”. Recuerdo que una vez le pregunté en qué consistía la terquedad de la mujer de garabato y lo único que me dijo es que, al morir ahogada, la mujer sacó el último dedito por fuera del agua y dibujo un garabato.  La historia es de una ambigüedad moral inquietante: ¿por qué murió ahogada?, ¿qué papel jugó garabato en esa muerte?, ¿cuáles fueron esas otras manifestaciones de su terquedad?  Me temo que nunca sabré la respuesta a esas preguntas. De la mujer de garabato sólo conozco ese dedito arqueado, pero ha tenido una influencia decisiva en mi vida, ignoro si para bien o para mal. En cuanto a la lectora que se empeña en que yo sea un buen ejemplo, pensamos reunirnos en un cibercafé. Tenemos decidido agarrar al internet y entonces subir su falda o bajar sus pantalones, ese método antiquísimo y todavía infalible para saber si una cosa es ella o él.
Oneonta, septiembre de 2010.
 Publicado en el periódico Centrópolis.

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