jueves, 4 de diciembre de 2014

Razones por las que releo

La columna "Relecturas", de Vivir en El Poblado.

    Estaba buscando las gafas y las tenía puestas. ¿Alguien necesita otra prueba de senilidad? Me disponía a escribir la columna de Vivir en El Poblado –y apenas caigo en la cuenta de que la estoy escribiendo–, porque se me ocurrió algo para decir y lo mejor será que lo diga, comenzando en el párrafo que está aquí no más abajito.

    Si los lectores supieran la alegría que sienten los columnistas cuando alguno les escribe, soltarían el periódico que leen y escribirían. El drama nacional se titula “El columnista no tiene quien le escriba”, porque entre otras cosas nos estamos llenando de columnistas. Están los eruditos, los seudo eruditos, los moralistas, los pugnaces, los que todo lo enjuician, los que todo lo saben, los ilegibles, los que escriben a chorritos, los que hacen y piden favores, los que lisonjean y los que amenazan (¿ya compraron mi libro?), los que disfrutan con minucias del mundo o del idioma, y los que ven y entienden países y continentes.  Todos, sin excepción, se alegran cuando alguien les escribe. También se asustan cuando alguien los amenaza y los deja monotemáticos. Pero en general hay alegría, mucha dicha, cuando alguien nos escribe.

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