domingo, 18 de diciembre de 2011

La curiosa perspectiva de los muertos

Un relato publicado en el suplemento Generación.


Por Gustavo Arango
¿Un sueño notable? Muy buena pregunta. ¿Qué hará usted con lo que yo pueda contarle? ¿Qué extraña profundidad agregará a nuestro relato? Todos tenemos nuestras propias teorías sobre los sueños. Crecí en un lugar donde la superstición empezaba a compartir sus espacios con la ciencia. Al lado de símbolos rígidos para los que una boda auguraba funerales, y las heces eran oro que llegaba o se marchaba, también aprendí a tomar el mito del inconsciente como si fuera un hecho, a leer los paisajes de la noche como si fueran fruto de esas hambres superpuestas que son los deseos y temores. Me consta que hay cosas que uno puede cambiar en el camino. No muchas, no del todo. Pienso aún que las mariposas enormes y oscuras, que aparecen de no se sabe dónde, auguran visitas o despedidas. Pero mi teoría de los sueños ha cambiado con el tiempo, algunas charlas, unos libros y sueños que transcurren como si ahora mismo estuviera viviéndolos.
No hablaré de la mujer que caminaba en las estrellas, esa imagen de los tiempos en que me descubrí a mí mismo. Ya hablé en otro lado del encuentro en la piscina: el primer súcubo del que tengo memoria. De tanto repetirlo, ha perdido su temblorosa frescura el sueño premonitorio de las tumbas, ese hundirme en la tierra como entre arenas movedizas, ese entender de antemano que los muertos verdaderos son los que sobreviven. Dejaré también de lado el sueño en que caí al abismo y llegué hasta el final y morí por un rato, porque no tengo palabras para explicarlo. Digamos que el sueño más notable que he tenido es aquel que ahora mismo me estremece de manera más intensa, ocurrió hace unas horas y sé que al decir que ocurrió ya lo estoy traicionando.
En el sueño aquel soy una especie de escritor. Me disculpo de antemano si mi sueño no está libre de lugares comunes. La literatura abunda en personajes escritores. La razón es simple: cada uno está escribiendo la historia de su vida. Podría decirse que es una autoría restringida, que ni la tinta, ni el papel, ni el paisaje, ni las condiciones generales de la historia las hemos elegido. Pero, con todo y eso, la gracia del asunto consiste en que una decisión nuestra, por pequeña que sea, transforma la historia de manera dramática. Ceder o no ceder al apremio de un deseo (y habría que preguntarse si es uno el que desea), entrar o no entrar en la vida de un pueblo o una persona, aceptar o no una invitación, pagar un precio o no. Pero las opciones no siempre vienen en pares. Mientras más amplio es el abanico, mayor es la ansiedad al elegir, más inquietante es la libertad, más evidente es el hecho de que nuestro destino se encuentra en nuestras manos. Elegir el sabor de un helado, una ciudad, un vecindario, elegir un color particular, elegir un amante cuando el mundo está lleno de posibilidades… En fin, lo que quiero decir es que también, como usted, he tratado de intervenir en la trama de mi vida y que en el sueño había un hecho que me venía intrigando desde hacía varias semanas. No me pregunte cómo funciona el tiempo allá en los sueños. Esas son cosas que no ha explicado nadie. Lo cierto es que estaba en una especie de stand de feria cuando ya todo había terminado, cuando operarios agotados empezaban a empacar lo que no se vendió.
Recuerdo que me movía entre cajas y montañitas de libros rezagados. Buscaba mi novela. En el sueño yo había escrito una novela. No era que quisiera encontrarla. El éxito del libro consistía en que la gente se hubiera interesado en llevarla. Sentía al mismo tiempo una mezcla de desnudez y de impotencia, como si hubiera estallado en mil pedazos. Ignoro la naturaleza de aquel libro, su título o la anécdota, pero lo que sentía era muy claro: era un libro sincero, yo había puesto partes vivas de mí mismo y saber que ahora estaba en manos desconocidas tenía algo de gozosa pesadilla.
De manera que en el sueño trataba de imaginar a los lectores de aquel libro. Casi podría narrar un capítulo no soñado, el asedio sigiloso días antes, muy cerca del stand, la emoción cuando alguna persona se interesaba en el libro, lo tomaba para leer la reseña, la frustración cuando lo devolvían a su sitio o la alegría cuando se lo llevaban; también las ganas de abordar a esa persona y ofrecerle un autógrafo que ni siquiera esperaba. Mientras comprobaba que no habían quedado copias del libro, comprobaba también que nadie notaba mi presencia en el lugar. La incomodidad que sentí al principio con mi escrutinio, la sensación de que ningún escritor serio se pondría en esas cosas, empezó a disiparse cuando supe que nadie me veía. En ese momento es cuando el sueño se pone de verdad interesante.
Las palabras falsean, distorsionan, nos separan de las cosas. Pero son lo que tenemos, son nuestra hacha de piedra mientras llega el momento de entregarle a otra persona lo que somos. Digamos que cuando uno está soñando se imagina que tiene un cuerpo con dimensiones y formas similares a las del cuerpo que lo transporta cuando está despierto. Imaginé que tenía un cuerpo mientras me movía por entre el desmantelamiento, mirando portadas, títulos llamativos. Pronto comprobé sin sorpresa que mi mirada viajaba de manera más fluida que la que permite un cuerpo. Era una mirada que subía o bajaba, que se acercaba o se alejaba como flotando. Mi mirada se deslizó en el aire hasta el centro del stand, al sitio donde ahora una mujer enorme coordinaba la tarea de empacar. A pesar de lo cerca que estuve de su rostro, no recuerdo haber hablado con ella. Recuerdo la prisa con que me alejé hasta un rincón, la nueva perspectiva desde donde la vi hablar con un hombre que a veces tenía el aspecto que yo mismo reconozco como mío: los movimientos cortos y rápidos, la timidez y el sigilo.
Entonces me marché de aquel lugar, sin decidir marcharme, sin tener adónde ir, sin pensamientos de rechazo o nostalgia por lo que dejaba. Estaba simplemente en las calles, navegando entre rostros, y podía acercarme al que me interesara. Podía oír lo que decían, podía examinar como con lupa cada rasgo, cada gesto elocuente y fugaz. Ignoro cuántas vidas visité. Recuerdo en especial el encuentro que tuve con un hombre mayor. Tendría setenta años. Era pequeño, de cabello corto y blanco, irradiaba poder y se veía saludable. Caminaba acompañado, o mejor rodeado, por un grupo de hombres. Puedo poner otras palabras, pero quizá me equivoque. Los hombres que lo rodean pueden ser escoltas, guardaespaldas, súbditos, empleados. Lo cierto es que el hombre camina rodeado por el grupo y que el poder, la autoridad, emana de lo que dice y lo que hace. Ese hombre fue el único que me vio. Se detuvo de repente, me miró con fijeza, con gesto de quien reconoce a alguien que perdió o dejó de ver hace mucho tiempo. Empezó a hablarme cuando sentí que debía alejarme. No sé si el impulso de alejarme había sido todo mío. A veces pienso que algo detrás de mí me obligó o me persuadió. El alejamiento fue muy rápido y entre mi rostro y el del hombre vi formarse una niebla. Sentí que me alejaba sin querer alejarme. Pensé que así debían ver las cosas los fantasmas cuando desaparecían. No sé si fui yo mismo quien invento el consuelo de que podría volver. Pensé que todo aquello era la manifestación de un extraño poder que siempre había tenido, que ya no iba perder después de haberlo revivido.
Mi encuentro con el hombre me ha hecho pensar que, tal vez, lo que viví fue la curiosa perspectiva de los muertos. Tal vez ahora mismo, mientras me abro ante usted como nadie me ha visto, hay miradas que flotan muy cerca de mi rostro y consiguen entender mejor que yo lo que he vivido. He pensado también que es lo contrario, que aquel sueño que tuve me dejó visitar ese sitio al que nadie vuelve. He pensado otras cosas que no vienen al caso. Lo cierto es que después de aquel encuentro me seguí moviendo por las calles, auscultando a la gente, escuchando el barullo de sus rostros, y que al final llegué a un cuarto de luz amarilla donde transcurría una escena que pronto dejó de interesarme. Ya entonces sabía que en mi sueño podía fijar mi atención en cualquier cosa, que era yo quien conducía aquel vehículo, y decidí acercarme a esa chica delgada de falda tan corta que dejaba ver el panty, traslúcido y breve, la textura agreste y viva de aquel pubis. La chica se volvió y tuve muy cerca de mi rostro una piel tensa, tibia, hermosa como un planeta al que las rocas que pueblan el universo jamás han visitado. Recuerdo el olor. Un olor imposible, un olor que era casi la ausencia de olor. Lo recuerdo y estoy convencido de que podría identificarlo si volviera a encontrarlo. Lo recuerdo porque aún sigo perdido en la embriaguez que me causó.
He olvidado detalles que quizá me llevarían a la locura si llegara a recordarlos. Las historias del hombre y la muchacha, la extraña habilidad para moverme, serían suficientes para hacerlo inquietante. Pero eso no fue todo. Al final del largo vuelo de mis ojos encontré a una mujer que conozco y con quien nunca había tenido la ilusión de estar cerca. En el sueño estamos cerca; más cerca de lo que he estado con cualquier otra mujer. Ella tiene un vestido blanco de encaje, acepta ese abrazo que le impongo y sus ojos admiten que lo ha estado esperando. Ahora mi cuerpo ha vuelto de la nada. La mujer es pequeña, su rostro está a la altura de mi pecho, tiene gesto embriagado, se sabe perdida y no piensa escapar. El sueño termina cuando elevo el brazo y su rostro se hunde en mi axila.



Publicado en Vivir en El Poblado el 18 de diciembre de 2011.





jueves, 15 de diciembre de 2011

El arte de la incredulidad

En memoria de Willy Caballero



                                                 
Hace como veinte años conocí en Cartagena a Willy Caballero, un hombre de locuacidad maravillosa que era capaz de echarse en los hombros la fiesta más aburrida y convertirla en un éxito, gracias a su capacidad para contar historias. Willy podía tomar las anécdotas más simples: como la del hombre que recorrió Europa con una bolsa del Éxito en la mano,  y transformarlas en gestas quijotescas, llenas de humor y de sentido de lo absurdo, donde el destino de la humanidad estaba en juego. Recuerdo que siempre que Willy se disponía a contar un chisme picante empezaba con una frase que me sigue pareciendo genial. Decía: “No me crean”. Lo curioso es que quienes lo escuchábamos no teníamos otra alternativa que creerle. Su encanto radicaba en que él mismo no se tomaba en serio. Eran tan vivas y divertidas sus historias que resultaba una pena que pudieran no ser ciertas.

Esta semana me acordé de Willy cuando leía un texto donde Borges decía que hay que enseñar en las escuelas el arte de leer los periódicos con incredulidad. Como profesor de literatura me he pasado un buen tiempo enseñando ese arte –aplicado a toda clase de mensajes–, pero esta semana, al juntar las ideas de Borges con el “no me crean” de Willy, he encontrado una revelación adicional.

Pienso que hay gente interesada en que la lectura no sea muy popular. Creo que hay una confabulación que aspira a entregar manadas dóciles a los sedientos de poder. Por eso apenas se enseñan los rudimentos de la lectura, los conocimientos básicos para decodificar letras, el vocabulario justo para que obedezcan; pero no se promueven el sentido crítico ni la incredulidad. A ningún tirano le interesa que la gente piense, que se haga preguntas, que sepa que miente.

Ser crédulos puede ser una cosa bastante peligrosa. “El idiota”, la novela de Dostoievsky, es una reflexión sobre todas las tragedias que pueden sobrevenir cuando alguien cree todo lo que le dicen. Yo mismo me he visto metido en problemas tremendos cuando he aceptado como ciertas las palabras de algunas personas. Ser crédulos no es sólo ejercer la ingenuidad; en ciertos momentos puede ser también una falta grave.

Tengo la idea de que para moverse por el mundo se necesitan herramientas prácticas y ligeras. Después de quemarme las pestañas leyendo teorías, he llegado a la conclusión de que un buen lector sólo debe tratar de responder tres preguntas básicas frente a lo que lee: “¿Qué dice?”, “¿Cómo lo dice?” Y “¿Qué significa?” Las preguntas son básicas, pero las respuestas pueden ser bastante complejas. De hecho, la tercera la estamos respondiendo todo el tiempo y no tiene una única respuesta: las cosas tienen un significado para quien las escribe, para el contexto en que aparecen o se leen, para quien las lee, para el que las utiliza. Toda expresión verbal es un acto y, como tal, debe también responder a la pregunta que el abad Faria invitaba al conde de Montecristo a hacerse frente a los actos de la gente: “¿Quién se beneficia?”. El arte de leer con incredulidad no debe perder de mira esta última pregunta.

Así que al encontrar la frase de Borges, y al recordar las historias de Willy Caballero, llegué a la conclusión de que una de las razones por las que estamos como estamos es justamente por la credulidad que los pastores de borregos llaman opinión pública. Los periódicos, como los cigarrillos, deberían tener una advertencia sobre sus peligros; en especial aquellos medios que protegen y representan grandes intereses. En algún lado deberían decir en letras grandes: “No me crean”.


Oneonta, Marzo de 2010
Texto originalmente publicado en el periódico Centrópolis






Tequatlasupe

Tequatlasupe


Cuenta la leyenda que, en la madrugada del 9 de diciembre de 1531, cerca de la colina de Tepeyac, en el valle de México, un indio converso vivió una experiencia sobrenatural. Primero escuchó un canto exquisito de pájaros que lo hizo perder el sentido de la realidad.  Por un momento pensó que estaba en el cielo. Luego escuchó una voz de dulzura arrobadora que lo llamaba por su nombre.

Cuauhtlatoatzin era un tejedor de tilmas, tenía 57 años y había sido testigo de la invasión de los españoles comandados por Hernán Cortés. En 1525, él y su esposa fueron catequizados y bautizados con los nombres de  Juan Diego y  María Lucía. Después de escuchar un sermón sobre las virtudes de la castidad, la pareja decidió abrazar ese estilo de vida. La esposa de Juan Diego enfermó y murió en 1529. Dos años más tarde, cuando Cuauhtlatoatzin  iba para misa, ocurrió el misterioso episodio.

Perturbado por los sonidos, Cuauhtlatoatzin vio a una mujer hermosísima, como de catorce años, que le habló en náhuatl. Le dijo que era la madre misericordiosa de la humanidad y que estaba allí para para aliviar a todos de sus sufrimientos, de sus necesidades e infortunios. La niña le pidió que fuera donde el obispo de México y le comunicara su deseo de que se le construyera un altar en ese sitio. Cuauhtlatoatzin le respondió que él era un pobre hombre al que el obispo no iba a creerle, pero ella se mantuvo firme en su pedido.  Los días siguientes fueron de infructuosas visitas de Cuauhtlatoatzin al obispo, quien le decía que se dejara de yagés y de mezcales. Al final, el indio decidió dar un rodeo para evitar encontrarse con la niña. Pero ella se le apareció de nuevo y le dijo que recogiera unas raras rosas invernales que había en la colina de Tepeyac y que se las llevara al obispo.  Cuauhtlatoatzin obedeció y, cuando se presentó donde el obispo, ocurrió lo que se conoce como el milagro de las rosas: las flores arrojaron un olor embriagador y en la tilma apareció estampada la imagen de la que con el tiempo se ha conocido como la virgen de Guadalupe.

El pasado 9 de diciembre yo estaba en Manhattan, cansado de los despliegues comerciales de la Navidad. Muy bonitas las vitrinas, muy bonitas las canciones, muy raros los rostros de las multitudes; pero podía decir como Sócrates: “Cuánto hay que no necesito”. Decidí entrar a la iglesia de San Patricio y acercarme a mi rincón favorito, el altar de la virgen de Guadalupe. Siempre me ha intrigado esa virgen, me parece que hay en ella unas fuerzas que no tienen otras vírgenes. Noté con curiosidad que ese día era justo la fecha en que la mujer se le había aparecido a Cuauhtlatoatzin y eso me despertó un interés especial en la imagen y en su historia. Así me enteré de las cosas que he contado.

La imagen de esta virgen cumple con los requisitos básicos de la simbología católica, como el cinturón que es símbolo de preñez, pero tiene también sus cosas raras: unas curiosas cadenas en las manos, una corona de rayos de luz que le rodean todo el cuerpo, un niño o un ángel al que parece estar pisoteando. En un folleto que regalan en la iglesia me enteré del misterio que rodea los materiales con que la imagen fue hecha. Supe también que Cuauhtlatoatzin pasó los últimos años de su vida como ermitaño, dedicado a cuidar el altar de la virgen. Murió en 1548, fue beatificado en 1990 y declarado santo en el 2002. Me marché de la iglesia pensando en la ironía de que la virgen de Guadalupe sea la única manifestación física que acredita la iglesia católica. “La virgen habla en náhuatl”, pensé antes de salir a la calle y olvidarme del asunto. Esa noche, en otro lado, cuando pensaba en el tema para esta columna, sentí que pisaba algo y me incliné a ver qué era. Era una medalla diminuta de la virgen morena.




Publicado en Vivir en El Poblado, el 15 de diciembre de 2011. 







jueves, 1 de diciembre de 2011

Calila y Dimna

Calila y Dimna

(La columna de Vivir en el Poblado)




Dicen que las historias de ese libro tienen cuatro mil años. Fueron y vinieron entre familias y pueblos; viajaron a lomo de mercaderes, en busca de personas que les sacaran provecho. Algunas se adaptaron donde llegaban: “Un muchacho recibía cada día una ración de mante­quilla, miel y pan. El muchacho se comía el pan y guar­daba lo demás en un cántaro colgado en la pared. Un día, el muchacho pensó que con la venta de ese pequeño tesoro podría comprar unas cabras. Calculó que, con los años, su riqueza aumentaría. Más tarde construyó una mansión en el paisaje de sus sueños y consiguió despo­sarse con una mujer hermosa. Pensó que tendría un hijo y que lo educaría con severidad y con cariño: ‘Y si veo que es torpe e ingrato’, dijo levantando un bastón, ‘le daré un golpe así…’ Y al hacerlo golpeó el cántaro y terminó bañado en miel y mantequilla”. En Damasco, la historia habla de un chico que recogía huevos. La versión que llegó a estos parajes habla de una muchacha que llevaba leche al mercado. Mil años antes de Cristo, ya los inquietos fenicios habían traído al Medio Oriente algunos de esos relatos. Esopo no tuvo que esforzarse demasiado para componer sus fábulas; en el siglo 6 antes de Cristo, ya esas historias eran muy viejas.
Por esa misma época, en un reino de la India, había un rey famoso por su crueldad. Sólo pensaba en su interés y en la satisfacción de sus antojos, a expensas de sus súb­ditos y de los reinos vecinos. También en aquel reino vivía un sabio llamado Baidabá. Un día Baidabá reunió a sus discípulos y les dijo que se presentaría ante el rey para tratar de hacerlo cambiar. Los discípulos pensaron que era un error, pero respetaron su decisión. Baidabá fue recibido por el rey, le señaló sus excesos y lo invitó a honrar la memoria de sus antepasados, a ganar el respeto de sus súbditos y a dejar un buen recuerdo tras la muerte. El rey entró en furia y ordenó que lo mataran, pero luego decidió perdonarle la vida y mandarlo a la cárcel. Pasa­ron varios años y, una noche, el rey se desveló mirando las estrellas y tratando de entender los misterios más complejos. Al día siguiente llamó a sus consejeros, pero no le supieron dar respuestas. Entonces, se acordó de Baidabá, quien fue llevado a su presencia y respondió todas sus preguntas. El rey se disculpó por su aspereza y le pidió que escribiera un libro que contuviera la sabiduría de los siglos. Cuando Baidabá y sus discípulos terminaron la tarea, el rey le dijo al sabio: “Pídeme lo que quieras”. Baidabá dio las gracias y dijo que no necesi­taba nada. El libro, por su parte, fue depositado con mucho celo en la biblioteca del reino.
Doce siglos más tarde, un rey persa supo de la existencia de aquel libro y envió a un hombre talentoso para que lo trascri­biera. La misión fue muy larga y arriesgada. El enviado se granjeó la amistad del biblio­tecario del reino y logró lo que buscaba. Años después, en el siglo 7, Abdala Ibn Almokaffa se basó en el texto persa para escribir la versión árabe. Aquella fue la base de las traducciones posteriores: al latín, al castellano (ordenada por Alfonso el Sabio) y a muchas otras lenguas. A comienzos del siglo 20, Antonio Chalita Sfair hizo una versión directa del árabe al castellano moderno y ese libro, cargado de criaturas parlanchinas, siguió su largo viaje. Hace como treinta años, el vendedor de fantasías lo puso en mis manos. Me explicó la importancia de aquellas historias y me dijo que cada ser humano debe conducir su vida como un soberano. Al lado de la vida, ese libro fue su mejor regalo.

*Texto publicado en Vivir en El Poblado, el 1 de diciembre de 2011.