jueves, 15 de diciembre de 2011

Tequatlasupe

Publicado en Vivir en El Poblado, el 15 de diciembre de 2011. 


Cuenta la leyenda que, en la madrugada del 9 de diciembre de 1531, cerca de la colina de Tepeyac, en el valle de México, un indio converso vivió una experiencia sobrenatural. Primero escuchó un canto exquisito de pájaros que lo hizo perder el sentido de la realidad.  Por un momento pensó que estaba en el cielo. Luego escuchó una voz de dulzura arrobadora que lo llamaba por su nombre.
Cuauhtlatoatzin era un tejedor de tilmas, tenía 57 años y había sido testigo de la invasión de los españoles comandados por Hernán Cortés. En 1525, él y su esposa fueron catequizados y bautizados con los nombres de  Juan Diego y  María Lucía. Después de escuchar un sermón sobre las virtudes de la castidad, la pareja decidió abrazar ese estilo de vida. La esposa de Juan Diego enfermó y murió en 1529. Dos años más tarde, cuando Cuauhtlatoatzin  iba para misa, ocurrió el misterioso episodio.
Perturbado por los sonidos, Cuauhtlatoatzin vio a una mujer hermosísima, como de catorce años, que le habló en náhuatl. Le dijo que era la madre misericordiosa de la humanidad y que estaba allí para para aliviar a todos de sus sufrimientos, de sus necesidades e infortunios. La niña le pidió que fuera donde el obispo de México y le comunicara su deseo de que se le construyera un altar en ese sitio. Cuauhtlatoatzin le respondió que él era un pobre hombre al que el obispo no iba a creerle, pero ella se mantuvo firme en su pedido.  Los días siguientes fueron de infructuosas visitas de Cuauhtlatoatzin al obispo, quien le decía que se dejara de yagés y de mezcales. Al final, el indio decidió dar un rodeo para evitar encontrarse con la niña. Pero ella se le apareció de nuevo y le dijo que recogiera unas raras rosas invernales que había en la colina de Tepeyac y que se las llevara al obispo.  Cuauhtlatoatzin obedeció y, cuando se presentó donde el obispo, ocurrió lo que se conoce como el milagro de las rosas: las flores arrojaron un olor embriagador y en la tilma apareció estampada la imagen de la que con el tiempo se ha conocido como la virgen de Guadalupe.
El pasado 9 de diciembre yo estaba en Manhattan, cansado de los despliegues comerciales de la Navidad. Muy bonitas las vitrinas, muy bonitas las canciones, muy raros los rostros de las multitudes; pero podía decir como Sócrates: “Cuánto hay que no necesito”. Decidí entrar a la iglesia de San Patricio y acercarme a mi rincón favorito, el altar de la virgen de Guadalupe. Siempre me ha intrigado esa virgen, me parece que hay en ella unas fuerzas que no tienen otras vírgenes. Noté con curiosidad que ese día era justo la fecha en que la mujer se le había aparecido a Cuauhtlatoatzin y eso me despertó un interés especial en la imagen y en su historia. Así me enteré de las cosas que he contado.
La imagen de esta virgen cumple con los requisitos básicos de la simbología católica, como el cinturón que es símbolo de preñez, pero tiene también sus cosas raras: unas curiosas cadenas en las manos, una corona de rayos de luz que le rodean todo el cuerpo, un niño o un ángel al que parece estar pisoteando. En un folleto que regalan en la iglesia me enteré del misterio que rodea los materiales con que la imagen fue hecha. Supe también que Cuauhtlatoatzin pasó los últimos años de su vida como ermitaño, dedicado a cuidar el altar de la virgen. Murió en 1548, fue beatificado en 1990 y declarado santo en el 2002. Me marché de la iglesia pensando en la ironía de que la virgen de Guadalupe sea la única manifestación física que acredita la iglesia católica. “La virgen habla en náhuatl”, pensé antes de salir a la calle y olvidarme del asunto. Esa noche, en otro lado, cuando pensaba en el tema para esta columna, sentí que pisaba algo y me incliné a ver qué era. Era una medalla diminuta de la virgen morena.





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