jueves, 15 de diciembre de 2011

El arte de la incredulidad

En memoria de Willy Caballero



                                                  
Hace como veinte años conocí en Cartagena a Willy Caballero, un hombre de locuacidad maravillosa que era capaz de echarse en los hombros la fiesta más aburrida y convertirla en un éxito, gracias a su capacidad para contar historias. Willy podía tomar las anécdotas más simples: como la del hombre que recorrió Europa con una bolsa del Éxito en la mano,  y transformarlas en gestas quijotescas, llenas de humor y de sentido de lo absurdo, donde el destino de la humanidad estaba en juego. Recuerdo que siempre que Willy se disponía a contar un chisme picante empezaba con una frase que me sigue pareciendo genial. Decía: “No me crean”. Lo curioso es que quienes lo escuchábamos no teníamos otra alternativa que creerle. Su encanto radicaba en que él mismo no se tomaba en serio. Eran tan vivas y divertidas sus historias que resultaba una pena que pudieran no ser ciertas.

Esta semana me acordé de Willy cuando leía un texto donde Borges decía que hay que enseñar en las escuelas el arte de leer los periódicos con incredulidad. Como profesor de literatura me he pasado un buen tiempo enseñando ese arte –aplicado a toda clase de mensajes–, pero esta semana, al juntar las ideas de Borges con el “no me crean” de Willy, he encontrado una revelación adicional.

Pienso que hay gente interesada en que la lectura no sea muy popular. Creo que hay una confabulación que aspira a entregar manadas dóciles a los sedientos de poder. Por eso apenas se enseñan los rudimentos de la lectura, los conocimientos básicos para decodificar letras, el vocabulario justo para que obedezcan; pero no se promueven el sentido crítico ni la incredulidad. A ningún tirano le interesa que la gente piense, que se haga preguntas, que sepa que miente.

Ser crédulos puede ser una cosa bastante peligrosa. “El idiota”, la novela de Dostoievsky, es una reflexión sobre todas las tragedias que pueden sobrevenir cuando alguien cree todo lo que le dicen. Yo mismo me he visto metido en problemas tremendos cuando he aceptado como ciertas las palabras de algunas personas. Ser crédulos no es sólo ejercer la ingenuidad; en ciertos momentos puede ser también una falta grave.

Tengo la idea de que para moverse por el mundo se necesitan herramientas prácticas y ligeras. Después de quemarme las pestañas leyendo teorías, he llegado a la conclusión de que un buen lector sólo debe tratar de responder tres preguntas básicas frente a lo que lee: “¿Qué dice?”, “¿Cómo lo dice?” Y “¿Qué significa?” Las preguntas son básicas, pero las respuestas pueden ser bastante complejas. De hecho, la tercera la estamos respondiendo todo el tiempo y no tiene una única respuesta: las cosas tienen un significado para quien las escribe, para el contexto en que aparecen o se leen, para quien las lee, para el que las utiliza. Toda expresión verbal es un acto y, como tal, debe también responder a la pregunta que el abad Faria invitaba al conde de Montecristo a hacerse frente a los actos de la gente: “¿Quién se beneficia?”. El arte de leer con incredulidad no debe perder de mira esta última pregunta.

Así que al encontrar la frase de Borges, y al recordar las historias de Willy Caballero, llegué a la conclusión de que una de las razones por las que estamos como estamos es justamente por la credulidad que los pastores de borregos llaman opinión pública. Los periódicos, como los cigarrillos, deberían tener una advertencia sobre sus peligros; en especial aquellos medios que protegen y representan grandes intereses. En algún lado deberían decir en letras grandes: “No me crean”.


Oneonta, Marzo de 2010
Texto originalmente publicado en el periódico Centrópolis

3 comentarios:

  1. ¡Qué pesar y qué tristeza! Gracias por estos párrafos. Anda uno envuelto en la nostalgia en este aterdecer frío de diciembre, acá en Sevilla, dónde tan buenos amigos y amigas ha dejado.

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  2. Querido Willy, cuanto te echamos de menos los que te consideramos como un hermano... :( Instituible.

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