miércoles, 28 de noviembre de 2018

Luis Rafael Sánchez: “La vida me hace cosquillas últimamente”


Entrevista realizada en el marco del Festival de Cine de Cartagena de Indias 
y publicada en el suplemento Dominical
de El Universalel 11 de abril de 1993
A sus 82 años de edad, Luis Rafael Sánchez vive ahora en Puerto Rico 

Extraños en un tren
Veloz, impersonal, cargado de rutinas y de vidas silenciadas, el tren viajaba en el temprano final de una tarde de invierno. Era el tren número uno, el que se paraliza cuando hay conciertos de Juan Luis Guerra, el de millones de seres borrosos yendo y viniendo a través de una manzana. El de esa Nueva York gris y contradictoria donde Luis Rafael Sánchez vive y trabaja.
Llegaría a su destino media hora más tarde. Dudaba entre mirar el barrido paisaje, imposible de atrapar, como agua cayendo, o leer algún soneto de Sor Juana o pensar o ponerse a mirar la realidad más inmediata.
Tal vez si no hubiera optado por esto último, si su decisión hubiera sido “Detente sombra de mi bien esquivo” o una piedra solitaria en Puerto Rico donde le gustaba asolearse, jamás se habría enterado del más grande homenaje que le hacía la vida.
Le llamó la atención porque leía. Estaba en una silla diagonal a la que él ocupaba. Era delgada, joven, “bonita por fea”. Con la mirada en el libro, mantenía todo el tiempo una sonrisa. A veces soltaba carcajadas y recordaba que viajaba en un tren. Observaba apenada pero distraída a sus vecinos para luego seguir leyendo y sonriendo.
Luis Rafael Sánchez quiso saber qué libro era el que le producía a esa mujer tanta alegría. Bajo la mirada, identificó de inmediato las ediciones de bolsillo de la Random House y leyó The Macho Camacho Beat, con una mezcla de asombro y ya lo sabía. Más abajo, en letras menudas, jugó a distinguir el perfil de su nombre, la ere imponente, la ele y la ese, sobresaliendo, como crestas de olas.

De regreso al país de los juglares

“No iba a ser tan vulgar como para presentarme”, dice con su voz de cantante de boleros.
Un tropical concierto de guacamayos viene desde los árboles que le dan sombra esa mesa en el Hotel Caribe. Hace casi una hora comenzó la charla. Ha sacado un rato cerca del mediodía para la entrevista. Por la tarde empezará el trote del Festival de Cine, del que es jurado, y habrá cocteles y reuniones.
Ha empezado diciendo que es la segunda vez que se hospeda en ese hotel, que es vieja y afectuosa su relación con Colombia, un país que ha confesado, con deleite, que le gusta. “Es un país de juglares”.

Las alfombras voladoras
A finales de los setenta, Luis Rafael Sánchez hizo un largo recorrido por Latinoamérica. Había sido traducida al inglés su obra La pasión según Antígona Pérez. Era profesor de literatura latinoamericana en una universidad y pensó que no podía estar hablando de esa literatura si no conocía el continente: “Con los derechos de autor, que en Estados Unidos son decentes, me regalé un viaje por toda Hispanoamérica: Caracas, Bogotá, Medellín, Cali, Quito, Guayaquil, Lima, La Paz, Buenos Aires, Montevideo, Portoalegre”.
Una de las ciudades que más le gustaron fue Bogotá. Pasó varias veces por ella y durante meses vivió en un hotel cercano del Museo del Oro.
“A mí Bogotá me gusta mucho; pese a que la gente dice que el carácter serrano, más serrano, no se parece al nuestro. Me gusta mucho la finura habitual del colombiano, una finura que fluye naturalmente, no la siento postiza. El colombiano es un ser fino de verdad.
“Después de estar en Colombia entiendo por qué tres de las grandes novelas de la literatura hispanoamericana son colombianas: María, La vorágine, Cien años de soledad. Aquí la gente tiene un bellísimo don para la palabra.
“Cuando yo vivía frente al Museo del Oro había una escena que me conmovía. Yo salía y en una plaza cercana había unos hombres que vendían manteles. Estos hombres cogían cada uno por la punta y desplegaban los manteles para que uno viera y, como uno iba de paso, se iban detrás, parecían árabes, meneando el mantel. Yo decía: ‘Pero, qué carajo estamos hablando de realismo mágico? El realismo mágico es una ridícula invención de los tratados de literatura. Todo esto está aquí. Esos hombres siguiéndote, meneando un mantel por la calle, como una alfombra mágica… Además me encanta la insistencia”, dice Luis Rafael Sánchez soltando una  de las muchas carcajadas que irá sembrando a lo largo de la charla. “Qué pueblo de juglares, qué pueblo de escritores”.

Mitos
Su voz es un instrumento musical interpretado magistralmente. Está llena de matices, de tonalidades, de ritmos. Cuando joven fue actor de radionovelas. Después llegó la televisión a Puerto Rico y él no pasó “por mulato y por feo”.
“No respondía al ideal mítico del galán de televisión para nuestros países, que paradójicamente siempre son rubios y que tú no encuentras en la calle, porque nuestras calles están llenas de gente prieta. Pero como este es un cuento de hadas, las mujeres quieren realmente encontrarse un príncipe azul y los príncipes azules son siempre amarillos”.
Gracias a esas policromías principescas, Luis Rafael Sánchez se dedicó a sus estudios universitarios. En la universidad, “algo que había quedado atrás de deseo de escribir floreció” y empezó esa larga cadena de palabras, de cuentos, de novelas y de ensayos que lo han hecho uno de los escritores más importantes de su país y uno de los artistas que mejor conoce ese fenómeno infinito que es Latinoamérica.
Gracias a los estereotipos de la televisión, Luis Rafael Sánchez está aquí, bajo la sombra de esto árboles, gesticulando y hablando, casi cantando, sobre su obra, sobre la importancia de la música en su obra y sobre cómo, a través de la música, es posible encontrarle a Hispanoamérica una verdadera identidad.
“Yo tengo un texto muy lindo, que acabo de leer con mucho éxito en Estados Unidos. Se llama “Qué viva la música popular”. En él voy haciendo un camino entre novela y música. Todas estas novelas que hallan su apoyo en la música. Tengo algunos textos colombianos como Bomba Camará, de Umberto Valverde, Son de máquina (basado en aquella guaracha que cantaba Daniel Santos que decía: ‘Son de máquina, María, tu cintura con la mía’), de Óscar Collazos, y David Sánchez Juliao, que tiene esa novela sobre la ranchera “Pero sigo siendo el rey”. Se trata de un viaje por la novela reciente del continente y su apoyo musical: Arráncame la vida, de Ángeles Mastretta, Una sombra ya pronto serás, de Osvaldo Soriano. Tratando de plantear la idea de que la única posibilidad de que haya un elemento de cohesión para el continente hispanoamericano la produce la música. La política no la produce, porque nuestros países están en diversos niveles de historia. De manera que tú puedes encontrarte con cualquier hispanoamericano y rememorar un tango de Gardel o un bolero de María Luisa Landín, y eso se convierte en el vínculo que posibilita otras comunicaciones.
“Siempre hay unos referenciales míticos. El referencial mítico por excelencia en este momento es Juan Luis Guerra. A mí me asombra la penetración en todos los mercados. Todo el mundo te habla de Juan Luis Guerra. Yo creía que era un fenómeno muy caribeño, pero no. En Buenos Aires tuvo un éxito apoteósico (además, esa mezcla un poco insólita, la bilirrubina, algunas tan arbitrarias, que rozan el disparate: lloviendo café en el campo; pero claro, también habla del hambre), lo mismo en Nueva York. En España, un canal de televisión lo llevó para competir con Julio Iglesias, que iba por otro canal.
“Yo creo que la música es el contrapunto permanente de mi obra. Creo que La guaracha del macho Camacho es una conversación con la guaracha y La importancia de llamarse Daniel Santos es una conversación con el bolero. Mi obra de teatro Quíntuples, que se presentó aquí en Bogotá en un festival de teatro, tiene el bolero como fondo todo el tiempo.
“Mi nueva novela, que quisiera releer aunque me falta una parte, es una fantasía sobre Marilyn Monroe en la eternidad. Yo creo que en mi obra no solo es importante la música popular, sino la cultura popular, la cultura de masas. Me encantan el cine y sus mitos. Soy un hijo del cine mexicano. El primer arte que yo consumí masivamente, más que el de la lectura, fue el del cine. También me encanta el deporte, sobre todo los deportes bruscos, el boxeo, especialmente”.



Cosquillas y cucharas
“Soy un hombre pobre”, dice con énfasis. “La vida me hace cosquillas últimamente. No me puedo quejar. Me pasan muchas cosas lindas. No tengo un solo derecho a la queja. Las cosas se me han limado un poco de un tiempo para acá, pero todo lo he trabajado.
“No nací con cuchara de plata en la boca. De hecho, no nací con ninguna cuchara. No había cuchara para alimentarme. Mi padre era panadero. Mi madre hacía flores artificiales. De manera que fue una niñez precaria y hermosa. Tengo una bonita relación con mi hermana y mi hermano. Creo que la pobreza y el dolor unen. Hay tantos recuerdos divertidos ahora, sobre todo lo que pasamos, que nos queremos entrañablemente. Eso me obliga. Me siento muy hijo de mi clase. Escribo de lo que conozco y de lo que quiero conocer”.

Puerto Rico
“Me siento obligado a hablar de mí país. Puerto Rico es un país que en este momento atraviesa por una situación dificil. Es un país que han intentado yanquizar. Es un país al que le ilusiona extraordinariamente el sueño norteamericano. Un número altísimo de la población es asimilista, sueña con la incorporación a Estados Unidos, como estado: la estrella cincuenta y uno de la que hablan ellos con delirio. El número de las personas que queremos la independencia cada día es menor. Estoy convencido de que ese pueblo es una nación hace rato, una nación pequeña, una nación conflictiva, pero con todos los signos nacionales: el lenguaje, la comunidad de costumbres, el espacio (como digo en un texto que se llama “La guagua aérea”, que se acaba de filmar en película). No obstante que es una colonia norteamericana desde 1898, Puerto Rico es una nación. Es una nación cultural.

La república de las letras
Atlético, con cabello y bigote en los que empiezan a pulular las canas, pero decididamente vigoroso, empieza a buscar en el recuerdo los libros memorables.
“Yo fui muy entusiasta lector de jean Paul Sartre en los años sesenta, fue como el virus. También un escritor español que leí muy pronto y que me apasionó es Valle Inclán, en ediciones que llegaban a puerto rico muy baratas.
“Un escritor norteamericano negro que me apasionó siempre y luego pude conocer, fui amigo suyo, fue James Baldwin. Escribió aquel bellísimo ensayo “La próxima vez el fuego” (The Fire Next Time), sobre lo que va a ocurrir cuando los negros se rebelen. Empieza con aquella bellísima cita de la biblia: ‘Dios le dio a Noé la señal del arco iris. No habrá agua la próxima vez. La próxima vez, el fuego’. Hablaba de la situación opresiva del negro en Estados Unidos. A mí me conmovió  porque yo siempre me he sentido más cercano al negro norteamericano. Ese es un vínculo que el puertorriqueño nunca cultivó, tal vez porque no le interesaba hacerse amigo del que estaba en lo más bajo de la escala. Creo que fue un vínculo que se pudo aprovechar más.
“A partir de ahí, todo lo que ustedes han leído. El descubrimiento de García Márquez, muy temprano, antes de que estuviera de moda leerlo. Conocí El coronel no tiene quien le escriba en Nueva York, como parte de un curso de literatura hispanoaericana que dictaba un uruguayo. Tengo la primera edición de ese libro, es uno de los pocos reclamos herenciales que podrán hacer mis sobrinos. Tengo también la primera edición de Cien años de soledad, con la portada del barco atascado, la de Sudamericana. El otro día leí que García Márquez estaba buscando esa edición y que regalaría no sé cuántos ejemplares de otras ediciones a cambio. Me dije: “Que no se crea el señor García Márquez que pueden contar con la mía”.
Dice que un autor al que siempre regresa es Cervantes. “Me hechiza. Abro sus libros como hacen los católicos con la Biblia; abro en cualquier página y arranco de ahí. Ese yo creo que es el libro al que uno siempre vuelve. Y acabo de descubrir, de tanto estar en hoteles, el Nuevo Testamento. Está en todas las mesitas de noche. Es una bellísima novela.
“De los latinoamericanos me gusta mucho Alfredo Bryce Echenique, el peruano de Un mundo para Julius. Acabo de publicar un texto sobre su última novela, Dos señoras conversan. Me gusta Carlos Fuentes, me sigue pareciendo un escritor importante.
“Más recientemente, las mujeres me parece que están haciendo cosas muy lindas. Laura Esquivel, la de Como agua para chocolate, Ángeles Mastretta, la autora de Arráncame la vida y de un libro muy lindo que se llama Mujeres de ojos grandes, que son cuento sobre sus supuestas tías. De mi país, Mayra Montero, Edgardo Rodríguez Juliá, Ana Lidia Vega”.
Cuando dice los nombres de los escritores de su país, lo hace lentamente, casi dictando. Parece muy interesado en que se hable de ellos, se siente como su promotor. Sabe que el ingreso a la “república de las letras” también necesita de coyunturas afortunadas.
“Publicar La guaracha del macho Camacho fuera de Puerto Rico, creo que definió mi carrera artística. Que la novela viniera con el mito de Buenos Aires hizo que le prestaran más atención. La publicación de esa novela se la debo a Ángel Rama, él fue a Puerto Rico, se acercó a mí, leyó capítulos de esa novela y escribió a la editorial.
“Yo empecé a escribir un cuento que se llamaba “La guaracha del macho Camacho y otros sones calenturientos’, y cuando leí el cuento vi que en potencia había un largo texto y escribí entonces la novela y la mandé a Ediciones La Flor. Divinsky es un librero muy bien comunicado (porque hay editores que publican un libro y ese libro ahí se muere), es un librero que camina las ferias con los libros en los que cree, y convirtió La guaracha en una especie de cruzada. Lo colocó, lo llevó, lo trajo. Luego vino la traducción al inglés que fue muy importante para la resonancia del libro y para mi carrera, porque apareció con Random House, traducido por Gregory Rabassa, que acababa de traducir Cien años de soledad.
“Vinieron las celebraciones, pero también el primer momento de angustia, porque he vivido demasiado peleado conmigo mismo. No he necesitado un solo enemigo. Yo he sido “Mi Enemigo”. Vivía…Ahora no. Las cosquillas y la tranquilidad y pasarme el mundo por los cojones ha sido algo reciente. Ahora digo: ‘¿A quién le importa?’, ‘Al carajo lo que digan’. Antes tenía una gran angustia por la opinión ajena, casi la obligatoriedad de gustar a todo el mundo. Pero en los ochenta como que mi vida cayó en su sitio. Fue un proceso dramático. Sufrí mucho.
“Las cosquillas han venido como desde el 85. Creo también que es porque me las dejo hacer. Pero ese proceso dramático hace que sean más gozadas, con más tranquilidad, más mirar la vida con un poco de distancia, más alegría.
“Me han tratado bien. Después de La guaracha vino la beca Guggenheim, mi viaje a Alemania, también con una beca, las traducciones al inglés y al portugués.
“La publicación de La guaracha fue el momento, el antes y el después. Desde La guaracha yo creo que mi literatura ha alcanzado lo que yo quiero decir. Una literatura de afirmación esencialmente popular. La recuperación de las esencias populares y la afirmación de Puerto Rico como espacio hispanoamericano. Eso me importa sobre todas las cosas.
“En este momento estoy en Nueva York. Se ha creado una cátedra para mí, de profesor distinguido. Soy el primer puertorriqueño que ocupa esa cátedra. En Puerto Rico fue muy celebrado. Pero ya nada de eso: de primero, de traducción, de Gallimard, nada de eso me preocupa. Está bien que llegue, pero no llega porque yo lo gestiono. Yo nunca he gestionado nada literariamente. No he estado pendiente a estar besuqueando  el joyete a nadie para que me abra. En ese sentido, mi entrada a la república de las letras ha sido cuando tenía que llegar y sin ceder a una sola de mis convicciones”.

García Márquez me ha invitado al festival
Dice que cree ser el único escritor que trata a García Márquez  de “usted”.
“Nunca me he sentido autorizado a decirle ni Gabo. Me parece tan ridículo. Yo no lo conozco. Por qué le voy a decir Gabo a ese señor”.
Y entonces sonríe al recordar la anécdota que terminará de demostrarnos que a ese humilde locutor hijo de panadero no lo ha cambiado esa extraña vida de escritor en un país donde es tan raro ser escritor, el hecho que nos demostrará que a pesar de hoteles con nuevos testamentos y viajes y cátedras bien remuneradas, sigue siendo el niño que lloró viendo “Nosotros los pobres y ustedes los ricos’ y que andaba enamorado de Amalia Aguilar.
“Cuando sonó el teléfono a las siete de la noche del doce de noviembre en mi casa en Puerto Rico, yo estaba muy molesto porque no me salía algo. Sentía eso que lo hace decir a uno: ‘Yo no sirvo para esto, qué torpeza’.
“Una voz femenina, apresurada y con acento preguntó:
“– ¿El señor Luis Rafael Sánchez?
“Digo: ‘Sí’. Molesto. Yo no contesto el teléfono. Tengo una máquina para filtrar, pero creía que mi hermano me iba a llamar. Siempre nos llamamos a las siete o a las ocho y hablamos un poquito. No nos vemos mucho, pero hablamos por teléfono.
“–Un momento, que el señor Gabriel García Márquez le va a hablar.
“Le dije: ‘No me joda la vida’ y le colgué.
“Me dije: ‘¿A quién se le ocurre venir a mortificarme?’ Esto es una pendeja que quiere molestar’.
“El teléfono sonó otra vez.
“– ¿El señor Luis Rafael Sánchez? –dijo muy molesta la mujer–. Es Blanca, la secretaria de don Gabriel. Un momento… Don Gabriel, por el estudio.
“–Hola Luis Rafael. ¿Cómo estás?...
“Le dije: ‘Muy bien. ¿ Cómo está usted?’
“–Mira, Luis Rafael, qué bueno oírte. Te quería traer desde el año pasado al Festival de Cine de Cartagena, pero se me perdió tu teléfono y ahora mi hijo me lo dio. Llamé a Manolín Maldonado y me dicen que se murió, qué horror…”.
“Y empezó a hablar de eso. Era un amigo común”.
“– ¿Podrás venir?
“–¿Cuándo es?
“–¿Conoces Cartagena?
“Le dije: ‘Sí. Además, si no la conociera, conozco El amor en los tiempos de cólera.
“Y empezó a hablarme de su nueva novela, de las dificultades. Yo no lo podía creer. Yo era oyendo y decía; ‘No puede ser’.
“Me decía: ‘Luis Rafael, por favor. Esta es mi dirección. Estoy llamándote de México. Este es mi teléfono. Este es mi fax’.
“Yo no apunté nada.
“Luego nos dijimos cómo no, bueno, un abrazo. Cuando acabó yo quedé en la oscuridad de la cocina, hablándome, aún sin creer completamente: ‘García Márquez me ha invitado al festival’.
“Entonces caí en cuenta de que no tenía dirección ni teléfono y necesitaba una carta de invitación porque en Estados Unidos tienes que notificarlo todo”.

Bordar la palabra
“Yo siempre he escrito mucho y he publicado poco. Tengo sin publicar una linda novela que en parte escribí en Bogotá, se llama Míster Lili nos invita a su congoja. Machado decía, y esto se lo recomiendo a todos los escritores… Es lo único que quiero que pongas que me atrevo a aconsejar, no a los escritores, a mis colegas, a los que comparten conmigo esta pasión: “Nunca cometan el pecado de lo inédito”. Uno no debe dejar nada guardado. Uno debe publicar sus cosas en su momento. Después tú te arrepientes, pero hay cosas que yo he ido dejando atrás. Esa era una novela corta sobre un transformista. Después, cuando ha venido el cine de Almodóvar de los transformistas, ese texto ahora casi parece derivativo de Almodóvar, cuando era tan previo.
“Tengo una novela hace tiempo, de una mujer que se enamora de un gato, Ritos clandestinos. Allí se quedó, la he vuelto a leer, hay pasajes buenos, pero uno con el tiempo se pone más exigente, más riguroso, más cauteloso. Aquello que debiste haber publicado en ese momento para ir haciendo tu bibliografía, la construcción de tu carrera, tu desarrollo como artista, ya ha quedado definitivamente en la gaveta.
“A veces pienso que hay tantas y tantas novelas sueltas que uno va viendo. Tantas cosas que se te regalan. Hay cosas que se me dan, de pronto, en un anuncio, en una frase, a veces toda una novela está en algo que te dicen. Yo tengo buen oído porque tengo la obsesión de la música. Me gusta oír a la gente.”
Le gusta oírla, le gusta verla. Su conversación está llena de miradas a la gente, de novelas en potencia. Cabalgando en su vozarrón de cantante que prefirió cantar por escrito, llegan vendedores de manteles en Bogotá, tíos alcahuetes en Cartagena, vendedores de afrodisíacos que le dicen: “Dese un gusto, mi rey”, mujeres que lo llaman al hotel porque han leído sus libros, porteros de edificios repitiendo la frase que Arturo de Córdoba exigía decir en todas sus películas (“No tiene la menor importancia”), sus amigos de Berlín, la charla en la que le dijo a Daniel Santos que no le interesaba él sino su mito, las aventuras de su apartado aéreo con las cartas que le llegan de Colombia, sus sobrinos, el viaje en tren y la mujer que leía su libro.

En el silencio
Fue un largo placer, extraño, silencioso. Miraba a la chica pecosa y de dientes grandes que gozaba con sus palabras y sentía como un secreto vínculo uniéndolo con ella. Sintió como si varias realidades convivieran en el tiempo. En una estaban ellos, aislados, desconocidos, pasajeros en un tren perdido entre multitudes, y en la otra charlaban animados, se reían y hablaban, como si un conducto subterráneo los acercara casi hasta el abrazo.
A pesar del silencio, del golpeteo del tren y de unas pocas conversaciones fatigadas, Luis Rafael Sánchez sentía como si entre la mujer y él, aunque ella nunca lo supiera, se había entablado un intenso y alegre parloteo.
Viéndola reír, observando sus deditos de uñas cortas agarradas a las páginas, como si mujer y libro fueran una pareja y bailaran, pensó que así, secretas, casi incomunicables, eran las satisfacciones que dejaba ese oficio de misterios que llaman escribir.
Al llegar a la estación, la vio perderse entre abrigos apurados.

Un discurso de 2016







martes, 27 de noviembre de 2018

Calamar inundado de escritores


Del 27 al 29 de agosto de 1998, Calamar fue escenario del III Encuentro de Escritores de Bolívar y II de la Costa Atlántica. Cerca de sesenta escritores asistieron al evento. Una crónica publicada en el suplemento Dominical, de El Universal.



Calamar inundado de escritores 
Durante tres días, Calamar fue el lugar de la tierra con más escritores por metro cuadrado. La ciudad que un día fuera paso obligado para todo el que viajara entre la Costa y el interior del país, la urbe esplendorosa que brillaba en medio del humo de los barcos de vapor y del tren de Cartagena, fue escenario de una extraña invasión: quizá el hecho más notorio que ha vivido en los ‘últimos años.
Por todos lados, por la calle del puerto (mirando la prisa de las tarullas en el río Magdalena o el día fugaz de los relámpagos), por el Camellón (bajo un sol criminal), por la concha acústica que tiene al Canal del Dique como telón de fondo, sentados en las terrazas de las casas de los calamarenses que no se marcharon, en el salón principal del Concejo, en la Casa de la Cultura, en las viejas instalaciones de la Andean (hoy convertidas en colegio), en la emisora comunitaria, fue posible apreciar a unos fuereños peculiares para quienes todo era objeto de curiosidad y, en ocasiones, motivo para un verso.

También estuvo el Tuerto
La invasión comenzó el jueves por la tarde. Primero llegó un bus de Cartagena cargado de seres de aspecto lunático que fueron conducidos a la Casa de la Cultura. Allí los saludaron, los registraron, les dieron las escarapelas y carpetas y, después, los fueron conduciendo a las casas y hoteles donde iban a hospedarse.
A las cinco de la tarde ya estaban instalados y empezaron a moverse por las calles amplias, a deslumbrarse frente a las casonas, a imaginarles pasados a las ruinas majestuosas que se ven de vez en cuando.
Al final, después de maravillarse con el paisaje de ese lugar donde los departamentos de Bolívar, Magdalena y el Atlántico se miran desde muy cerca, después de apreciar la furia de los grafitis que hay en ciertas paredes (como aquel que habla del jopo de Raquel), todos fueron a dar a la concha acústica.
Allí también había escritores de otros lados: los primeros cordobeses y sucreños, los barranquilleros beneficiados por la cercanía, y uno que otro samario, guajiro y vallenato.
El acto inaugural, como toda ceremonia inaugural que se respete, contó con las palabras de las autoridades. La Secretaria de Educación Departamental, doctora Patricia Martínez Barrio, habló del valor que los pueblos deben darles a sus creadores, de la importancia de que el encuentro fuera en Calamar y de la necesidad de defender el patrimonio. También anunció que la Secretaría de Educación publicaría, como acto conmemorativo del encuentro, la novela Yngermina o la hija de Calamar, una de las primeras novelas de la literatura colombiana. La alcaldesa de Calamar, doctora Adalgiza Alfaro, habló de hospitalidad, de orgullo, de gratitud, y destacó la presencia de los escritores de Calamar.
Luego les llegó el turno a los poetas. Como en las versiones anteriores, el Encuentro de Escritores rindió homenaje a importantes figuras de las letras regionales. Esta vez la poesía fue la que salió ganando: Meira del Mar y Gustavo Ibarra Merlano recibieron la medalla Luis Carlos López por sus trayectorias brillantes y por los méritos de su arte, y fueron ellos los encargados de darle al acto una estatura sobrenatural.
Bajo una luna nueva a la que puso de testigo, Meira del Mar habló de las raíces que la unen a Calamar y deleitó al auditorio con sus poemas de amor, de nostalgia y de ternura.
Gustavo Ibarra, por su parte, recordó los viajes de juventud en los barcos de vapor, la ilusión con que esperaban en el barco las luces de Calamar, como quien busca el cielo en el horizonte. Después, bajo la luz de una uñita de luna  y montones de estrellas, leyó sus poemas de mar y eternidad, de tiempo de Dios y de nada.
Pero eso no fue todo, Gustavo llevó al encuentro una joya literaria desconocida por todos los asistentes, la novela Roderick Random, de Tobias Smollet (1721-1771), que cuenta desde el punto de vista de los ingleses, la historia del sitio de Sir Edward Vernon a Cartagena. Tres capítulos de la novela, que fueron traducidos por Ibarra Merlano, hacen descripciones vivas y sorprendentes del ambiente de la ciudad durante los días de la invasión.
La noche terminó con la inauguración de una muestra de artistas plásticos en la Casa de la Cultura.
Sonrientes, expansivos, entusiasmados por las canciones de Abel Antonio Villa (que estaba decidido a conquistar con su acordeón a la Secretaria de Educación) los asistentes a la jornada inaugural pudieron apreciarlos trabajos –los versos de colores– de Gonzalo Zúñiga, Dalmiro Lora, Yomara Foliaco, Rómulo Bustos, Teresita Gallo y Lissette Urquijo.
Más tardes, trasnochadores y extraoficiales, algunos escritores decidieron recorrer la ciudad para buscar algún brebaje que les permitiera acompañar sus coloquios sobre sátiros, poetas e iniciados, o para divertirse con anécdotas de aquellos escritores que no fueron al encuentro  o para preguntarse cuál es el alimento de los dioses.

Un viernes agitado
El viernes fue un día concurrido y agitado. Los actos centrales del Encuentro tuvieron lugar en la sede del Concejo Municipal de Calamar. Allí siguieron llegando escritores de todos los rincones de la costa, a participar en las conferencias y debates de la programación académica.
La jornada comenzó con puntualidad inglesa a las nueve de la mañana, con la ponencia de Rómulo Bustos sobre la poesía. Rómulo se apoyó en la poesía de Héctor Rojas Herazo para perfilar los contornos de su propia poética. “Escribir nos hace buenos”, fue una de las verdades contundentes y depuradas de su charla.
Luego vino Hortensia Naizara, quien habló de la poesía de Gustavo Ibarra Merlano, ratificando de paso uno de los motivos que llevaron a condecorarlo la noche anterior (su influencia en diferentes generaciones de escritores cartageneros). Hortensia ofreció una imagen sensible –y también poética– de la poesía de un escritor en apariencia tardío (su primer libro, Hojas de tarja, lo publicó en 1983, con más de sesenta años de edad), pero resultado de una larga y paciente tarea de formación y creación.
Como complemento a la charla sobre Ibarra Merlano fue leído un fragmento de su traducción de Las aventuras de Roderick Random, una novela prácticamente desconocida en nuestro medio, a pesar de que Smollet es considerado uno de los cuatro más grandes escritores ingleses del siglo 18 y participó en la expedición de Vernon contra Cartagena, en 1741, como médico cirujano.
Héctor Rojas Herazo se hizo presente a través de la magia del video, y Abel Ávila, el escritor barranquillero que ostenta todos los records posibles en materia de escritura y edición, presentó el poemario El canto de la iguana, del escritor de Calamar Victorino Martelo, quien quiso sacar en alto en nombre de su pueblo durante el Encuentro.
La jornada del viernes fue testigo del fluir de escritores. Durante la jornada de la tarde fue posible apreciar una sala llena, rostros que se reconocían, que se saludaban, que emprendían en los alrededores del Concejo y en cualquier esquina del pueblo ese otro encuentro informal que se da en todos los encuentros.
Ese mismo día un grupo de escritores visitó el colegio de bachillerato Concentración de Enseñanza Media y habló con los niños y jóvenes sobre su pasión, sobre esa avidez de mundo y de vida que es ser escritor.
La tarde no fue inferior en actividades académicas. Abrió Ramón Illán Bacca (autor de Débora Kruel y Señora tentación, entre otras), quien reflexionó sobre las razones por las que escribe y el público para el que escribe. Su reflexión también enfrentó el tema de este fin de siglo iletrado, donde el libro parece haberse quedado sin espacio.
El poeta y ensayista Álvaro Suescún sorprendió al público con su conocimiento sobre la vida y la obra de Jorge Artel (uno de los nombres más mencionados durante el Encuentro). Suescún escribe actualmente un libro sobre Artel y Estercita Forero y leyó un capítulo sobre la amistad del poeta cartagenero con el poeta cubano Nicolás Guillén. Aprovechó además para seguir enriqueciendo su investigación y establecer primeros contactos con las fuentes cartageneras que darán solidez a su libro.
Pero eso no fue todo. La jornada del viernes concluyó con un diálogo del público con el poeta y editor Mauricio Contreras (encargado de la reedición de Yngermina), quien rechazó la política de imprimir libros de manera indiscriminada  e insistió en que los procesos de edición y distribución deben ser manejados con criterio profesional. Contreras explicó la diferencia entre imprimir y editar, también hizo ‘énfasis en la necesidad de que los libros tengas su debidos registros, con el fin de que circulen de manera adecuada por las diferentes redes de información y distribución.

Una noche con todos los versos
El viernes terminó con una noche memorable en el patio de la casa de la cultura. Allí se llevó a cabo lo que los organizadores denominaron la “Noche de luna, boleros y poemas”.
El primero en sorprender fue el cantante cartagenero Boris García, quien dio muestras del profesionalismo con que espera asumir su carrera profesional (la próxima semana será su debut oficial en la ciudad) y dejó claro que hay canciones que siguen vivas con el tiempo, quizá más vivas que antes.
Luego desfilaron los poetas.
Salieron casi todos: Leonidas Castillo con su mirada clarividente y su lucidez vertiginosa, Larissa García y sus poemas cotidianos, José Bertel con su estética del dolor, Lissette Urquijo y el mundo que inventan sus ojos, René Arrieta con su aplicado clasicismo, Mauricio Contreras y la tempestad interior, Eva Durán y su provocadora crudeza, Kenneth y sus pasiones orientales, Alba Rosa y sus imágenes audaces, Hortensia Naizara y su ternura tranquila, José Ramón Mercado  y su discurso torrencial, y muchos otros con los que al memoria nos obliga a ser injustos.
Una de las grandes conclusiones de la noche fue que la gente de la División de Cultura de la Secretaría de Educación (quienes se echaron al hombro un encuentro inolvidable) están en lo que están por pasión y vocación. Mildred Figueroa elevó la noche a cimas altas con apretones de pepe y canciones despechadas, Mirtha Villamil habló en sus poemas de la soledad y de su abuelo, María Antonia sorprendió con su interpretación de los poemas de Lorca, y Miryam bailó, cantó e introdujo la nota pagana.
Los prosistas, viéndose en desventaja frente a los poetas, y ante la imposibilidad de recitar sus cuentos y novelas, optaron por cantar. Carmen Victoria Muñoz demostró que es tan buena para cantar rancheras como para escribir novelas policíacas. Jaime Díaz introdujo la nota de comedia musical.
Y así, entre poemas y boleros, embriagados con sus versos, los escritores dieron fuego a la segunda noche del encuentro.

Y ya cerca del final
El sábado ya algunos habían sacado la mano. No todos los escritores pudieron asistir al Encuentro durante los tres días y, precisamente por eso, una de las conclusiones fue que en adelante se realice durante un puente o fin de semana.
La jornada del sábado comenzó poco después de las diez de la mañana (algunos no pudieron levantarse de la cama) con una completa exposición del escritor cordobés José Luis Garcés sobre la cuentística de la costa atlántica.
Garcés se remontó a principios de siglo para hacer el inventario de la rica producción regional. Con exhaustividad justa y necesaria, dedicó a cada escritor un comentario, una valoración, aquello que tanto les ha faltado a nuestros escritores.
Fue casi un libro lo que leyó Garcés y, a pesar de que ese día no hubo luz en Calamar, a pesar del calor que hacía sudar con el simple esfuerzo de respirar, el público siguió con atención su exposición.
Una de las principales conclusiones de esa charla es que resulta urgente la elaboración de una antología regional de cuento.
Con una breve intervención, Jenny de Ávila presentó un importante proyecto editorial que la Gobernación de Bolívar está preparando  para conmemorar el fin de siglo. Se trata de una compilación biográfica que enseñará a los bolivarenses del futuro, la vida y la obra de cerca de mil bolivarenses ilustres,.
El siguiente al bate fue José Ramón Mercado, quien presentó y leyó poemas de su libro Árbol de leva. También se proyectó un programa especial de Telecaribe dedicado a la vida y la obra del escritor sucreño.
Roberto Córdoba y Rómulo Bustos fueron los encargados de cerrar la actividad académica en la sede del Concejo. El profesor Córdoba, catedrático de literatura de la Universidad de Cartagena, hizo la presentación de Yngermina o la hija de Calamar, del bolivarense Juan José Nieto, cuya reedición conmemora el Encuentro de Escritores de Calamar.
Rómulo Bustos, por su parte, presentó a la luz de unas velas que disipaban las crecientes tinieblas, su libro de poemas La estación de la sed, que despidió en olor de poesía todos los asistentes.

Noche de sudor y baile cantao
El encuentro llegó a su final con una programación especial en la Casa de la Cultura de Calamar. La Compañía distrital de teatro presentó una adaptación de Yngermina que el público siguió con sudor, fervor y velas en las manos.
Y el baile cantao (porque la luz al fin llegó ) después de una sesuda pero breve intervención de Emmanuel Páez, fue el encargado de señalar la hora del final. El Encuentro de Escritores de Calamar había terminado.

En conclusión
Muchas importantes conclusiones pudieron extraerse de este encuentro que determina la mayoría de edad de la División de Cultura Departamental en la organización de eventos de este tipo.
“Se nos creció el encuentro”, fue la expresión más común entre los organizadores.
El Encuentro puso en evidencia la necesidad de hacer inventarios completos y reales de los creadores literarios que hay en cada departamento.  Surgió también la inquietud sobre lo urgente que resulta formar a los escritores en materia de edición y gestión cultural, lo cual les permitirá disponer de manera adecuada de los recursos a que tienen derecho por ley.
Para el próximo año fueron propuestos como sede los municipios de Mompox y Magangué. De la disponibilidad y las facilidades que ofrezca cada uno depende la elección que se haga. El próximo encuentro tendrá otras novedades. Todos los escritores participantes deberán llevar una ponencia que presentarán en colegios o durante las actividades centrales del encuentro. También habrá un concurso literario con el fin de que los libros ganadores sean presentados durante el Encuentro.
Muchos escritores coincidieron en la necesidad de poner como ejemplo este Encuentro frente al desprecio con que otras instancias de gobierno tratan a los creadores culturales. Hubo ejemplos concretos: cartageneros y distritales, para dar solo unas pocas señales.

Un ojo turbio de agua
El domingo en la mañana, los pocos escritores que quedaban en Calamar empezaron a desfilar con tristeza y lentitud hacia la casa de la cultura. Allí los esperaba el bus que los iba a regresar a la realidad.
Pero antes de marcharse quisieron merodear un poco por los alrededores.
Allí descubrieron las ruinas de un viejo templo masónico.
Curioso, juguetones, entusiastas, los escritores decidieron tomarse las últimas fotos del encuentro en ese lugar. Allí posaron para la posteridad. Allí recibieron las últimas impresiones, las que tal vez vayan a dar a sus escritos (esas obras que quizá jamás conoceremos), y al final se marcharon, porque el bus los llamaba, dejaron al sol bañándose entre las ruinas, en un ojo de agua turbia y sosegada.


lunes, 26 de noviembre de 2018

Eduardo Pachón Padilla: “Confieso que he leído”


Entrevista realizada en Cartagena de Indias en 1993 y publicada en el suplemento Dominical de El Universal.

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A sus 73 años, es fácil ver en él a ese adolescente enemigo del estudio que pasaba todo el tiempo con un libro entre las manos. Así como hay personas que cambian con el tiempo hasta ser otras personas, frente a él uno comprende que lo único que cambia  es el color de su cabello, que lo otro, su entusiasmo, su charla desbordada, repleta de nombres y de datos, de anécdotas picantes o juicios aplastantes, son las mismas charlas desbordadas  y entusiasmos de ese niño de trece años que una tarde se sentó a leer un libro de Salgari sin saber que comenzaba una carrera inabarcable de lecturas literarias, un viaje descomunal  a lo largo de ese mundo que compite con el mundo y lo suplanta.
Dice que empezó a leer en serio a los 15 años y profesionalmente a los 19. Desde entonces ha anotado cada libro que ha leído, su título original si fue escrito en otro idioma, el nombre del traductor, la editorial, el año y el número de la edición. Aunque admite que era mejor lo que hacía Andrés Caicedo, que además de anotar el nombre del libro escribía dos o tres líneas sobre el mismo. Comparte con Borges la idea de que sólo se pueden leer en la vida dos mil libros bien leídos. Duda que Thomas Wolfe, tal como lo dijo, haya leído veinte mil.
Conoce la historia de la literatura colombiana como nadie. Podría decirse que ha leído todo lo que se ha escrito. Habla de todos los escritores como si los conociera personalmente. Él mismo forma parte de esa historia por ser el primero en haber hecho una antología, la de cuento, y por estar preparando, para fines de este año, un estudio sobre la novela colombiana.

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A pesar de que dejó de escribir porque le quitaba tiempo para leer, su conocimiento sobre la literatura le permite hablar con propiedad sobre el oficio. Dice que los suplementos literarios y los concursos de cuento y de novela están llenos de personas que no son verdaderos escritores.
“Fui jurado de varios concursos de cuento. Siempre llegaban 600 o 700, pero sólo había quince buenos. En los de novela llegan cien, pero solo hay ocho o diez buenas. Hay quienes se creen literatos, algunos profesores que han leído dos o tres libros, pero uno es la formación de muchos libros y personas.
“Un libro que escribes es producto de muchas cosas, de muchas lecturas e imitaciones. Nadie es original, quien copia a cien no copia a nadie. Todo está en la mente, nadie en la vida improvisa. Para eso uno ha leído, ha almacenado.
“Las mismas escuelas son casualidades, como el grupo de Barranquilla, eso es falso, los grupos no hacen escritores, ni los talleres literarios. Lo que se necesita es la devoción de leer.

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García Márquez y Alfonso Fuenmayor

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“El cerebro del grupo de Barranquilla fui mi amigo en Bogotá, del 44 al 48, Alfonso Fuenmayor. Fue jefe de redacción de Stampa, de Cromos, de El Tiempo, era traductor del francés y del inglés.
“Acostumbrábamos reunirnos en el café Asturias a hablar de literatura y a intercambiar libros. Leíamos todos los libros de la Colección Horizonte de Sudamericana, los de la editorial Santiago Rueda y los de Losada.
“En esa época Eduardo Zalamea Borda comentaba literatura en El Tiempo, especialmente literatura anglosajona, y Fuenmayor me decía: ‘¿Será que Zalamea ha leído más que nosotros?’

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Los años cuarenta fueron decisivos en el cambio del concepto de literatura en nuestro país. Pachón Padilla recuerda especialmente un concurso literario en el que surgió el debate acerca de si la literatura colombiana debía seguir con la tradición del costumbrismo o asimilar las nuevas corrientes que proponía la literatura universal. En el año 41, la Revista de Indias convocó a un concurso de cuento. Para Pachón Padilla, esa revista, fundada por Germán Arciniegas en el 36, es la mejor que ha existido en Colombia (“Mito era un mito, estaba sujeta a las modas literarias”).
“Los jurados eran Tomás Rueda Vargas, rector del Gimnasio Moderno, maestros de maestros, muy culto, muy cosa, pero que de cuento no sabía nada; Tomás Vargas Osorio, de la redacción de El Tiempo, escritor que perteneció a Piedra y Cielo (después de muerto publicaron sus cuentos santandereanos, muy nacionalistas); Hernando Téllez, muy buen gusto, gran criterio, pero no le agradaba mucho la literatura colombiana, estaba influido por la inteligencia de los franceses, tenía cierto desdén por lo hispanoamericano; y Eduardo Carranza, gran poeta desde que surgió en Bogotá, pero no tenía idea del género.
“Al concurso llegaron dos cuentos, uno firmado en Buenos Aires, que todos sabían que era de Eduardo Zalamea, y otro firmado en Lima, que todos sabían que era de Eduardo Caballero Calderón (era la historia de un zapatero que se queda sin trabajo cuando llega la fábrica). El de Zalamea, ‘La grieta’, es quizá el mejor cuento que se ha escrito en Colombia, con él empezó el cosmopolitanismo. La historia se desarrolla en Irlanda, la tierra de Joyce.
“Hubo la gran discusión acerca de cuál concepto prevalecía, lo universal o lo regional. Los tomases optaron por lo regional. Téllez se fue por lo universal, y Carranza adhirió a Téllez. El fallo repercutió mucho”.

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Eduardo Zalamea
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“En el 47, El Espectador era un periódico de la tarde. Desde principios de ese año Zalamea fundó una página llamada ‘Fin de semana’. Un espontáneo mandó una carta preguntando por qué traducían tanto y no ponían cuentos colombianos.
“Zalamea respondió que el día que se hiciera buen cuento en Colombia él lo publicaba. En ese mismo año yo escribí ahí sobre lo que era un cuento moderno. Un mes antes, a fines de octubre o de septiembre, había salido en esas páginas el cuento ‘La tercera resignación’, su autor había cumplido 20 años el 6 de marzo.
Zalamea dijo: ‘Apareció un  gran escritor en Colombia y por eso lo publico’. El autor de ese cuento tenía mucho la lectura de Poe, de La metamorfosis de Kafka en la traducción de Borges, y también de textos de anatomía. En Bogotá, García Márquez vivía en una pensión que ya no existe, con estudiantes de medicina de Sucre, y él se leía sus textos de estudio. Por eso en ese cuento hay tanto de anatomía.
“Es más, una noticia que salió en El Tiempo en julio del 47, en las páginas internacionales, que yo leí, con toda seguridad García Márquez la leyó. Decía que en un pueblo de Asia encontraron una urna en el agua con un ser viviente con barba. Estoy seguro que esa noticia también influyó en la escritura del cuento.
“Recuerdo que yo era amigo de Edmundo López y me dijo: ‘Te voy a presentar un tipo que sabe más de literatura que tú’. Yo era muy charlatán. Hablé todo el tiempo de literatura. Nos tomamos dos o tres sifones. García Márquez escuchaba. No dijo nada, pero a mí no me importaba. Me miraba con los pies montados en una silla. Nadie le podía negar que iba a ser muy grande”.

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“En el 49 me pidieron que hiciera un programa para la Radio Nacional. Cada jueves presentaba en cinco o diez minutos a un autor, y un radioactor, dirigido por Bernardo Romero Lozano (en esa época no había televisión, todo el mundo nos oía) leía el cuento que yo había presentado. El programa era de 9 a 9:30 de la noche. El primer cuento fue ‘Guardián y yo’, de Eduardo Arias Suárez. Eso me obligó a leer más literatura colombiana en forma disciplinada.
“Cuando se creó la Biblioteca de la Cultura Popular, en el año 58, me dijeron: “Tú tienes un libro, la antología del cuento colombiano’. Yo lo entregué en julio del 58, con 26 de los que había presentado en el programa radial y 13 nuevos, entre ellos ‘Todos estábamos a la espera’, de Cepeda Samudio. En esa antología recogí cuentos políticos, beligerantes, como el de Jorge Zalamea, el de Truque o el de Mejía Vallejo.
“No fue un trabajo fácil. Había que leer lo que diera la tierra, leer todo lo que existía. Buscar los libros originales de los autores.
“Mucho tiempo después me dijo Jorge Rojas que le hiciera cuatro tomos de antología con prólogo y notas biográficas. Un libro que lo leyera el hijo de zapatero, los estudiantes, el hombre común. Se imprimieron cincuenta mil ejemplares. En esa selección se incluyeron 44 autores.
“En el 79, el gerente de Plaza y Janés me llamó como jurado del primer premio de novela y me pidió la antología, con los comentarios, para publicarla en dos tomos. Salió en el 80. Hubo otra versión de la antología en el 85, con menos autores.
“En cada edición he tratado de incluir autores recientes, pero eso siempre ha traído problemas. La gente no se pone brava porque la metiste, pero si no lo haces se pasan a la otra acera, hablan mal, me sucedió con varios amigos.

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Los mejores cuentistas de América Latina son: Horacio Quiroga, Borges, Felisberto Hernández, Cortázar, Rulfo, Lino Novas Calvo, Uslar Pietri y García Márquez.

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Álvaro Mutis y García Márquez

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“En literatura todo el mundo necesita palanca. García Márquez publicó Cien años de soledad por recomendación de Carlos Fuentes, que era hijo de embajador y le envió una carta al director de la Colección Horizonte de Sudamericana. Ya Fuentes había publicado un capítulo de la novela en su revista. Los de Sudamericana no solo editaron la novela sino toda su obra.
“Lo mismo sucede con Mutis ahora. Mutis le presentó mucha gente a García Márquez en México y ahora este le paga los favores promoviéndolo e invitándolo a eventos internacionales. Es una adefesio decir que Mutis es el segundo novelista colombiano”.

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Álvaro Cepeda Samudio
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“El escritor colombiano más inteligente que ha habido ha sido Álvaro Cepeda. Murió joven pero nos dejó dos obras muy importantes, el libro de cuentos, que fue editado en 1954, fue el primero bien unitario que se hizo en Colombia. Su novela es admirable.
“Rojas Herazo es uno de los grandes novelistas que tiene Colombia. Es más importante que lo que muchos se imaginan aquí. Tendrán que reconocerlo, quieran o no quieran. La novelería lo ha eclipsado, pero la posteridad acaba con eso.
“Lo que sucedió con ellos era que se trataba de dos escritores de la misma cultura, buenos lectores de la literatura anglosajona, costeños con igual tradición oral. Entonces sus obras debían tener elementos comunes.
“Zapata Olivella es inferior a ellos, pero es importante. No tiene la cultura de ellos. Le gustaba escribir pero no leer, pero es una obra que queda.

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Héctor Rojas Herazo
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Su memoria parece un fichero. Tiene perfectamente clasificados a los escritores colombianos por generaciones.
“García Márquez pertenece a la generación del 55 (la de los nacidos entre 1925 y 1939); Rojas Herazo es de la del 40 (1910-1924)”.
Dice que la generación del 70 (1940-1954) tiene grandes escritores. Entre ellos destaca a Roberto Burgos, Antonio Caballero, Juan José Hoyos, César Pérez, Carlos Perozzo y Héctor Sánchez.
La última, la del 85 (1955-1969), es la de los escritores que apenas están cimentando su obra. De ella destaca a Evelio Rosero Diago, a quien considera un escritor de primer orden. “Parece que será el sucesor de García Márquez”.

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García Usta es de los muchachos que valen como poetas. En lo cultural se ha preocupado por hacer conocer a Rojas Herazo. Todo lo de García Usta me ha gustado, menos eso que dice de Zabala como maestro de García Márquez. Cuando leí eso, hace poco en El Tiempo, me dije que estaba equivocado. No digamos que es falso. No es inexacto. Digamos que el planteamiento es equivocado, de buena fe.
“García Márquez le debe a Zabala de periodismo, pero no creo que supiera cuento. Un maestro no te dice: ‘Tienes que corregir, empleaste mucho adjetivo o mucho gerundio’. Eso es indicación, eso no es un maestro.
“Al mismo García Márquez se lo oí. Creo que dijo una vez que Zabala había sido un tirano, pero no me vengan a decir que le cambió la mentalidad kafkiana o poeiana por Faulkner.
“Cuando García Márquez se vino a Cartagena, después del 9 de abril, lo que necesitaba era tener un estilo propio. Pero ya conocía a Faulkner, ya había leído Las palmeras salvajes y Mientras agonizo, en la traducción de Borges del 42, que llegó a Bogotá en el 45.
“Creo que es mi deber decírtelo. No es contra Zabala ni contra García Usta. Ni a favor de García Márquez, él no necesita ayuda. Es el escritor del mundo que más se lee y traduce. Logró lo que hubieran aspirado Joyce o Proust. Lo que no consiguieron los maestros lo consigue él.
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Clemente Manuel Zabala
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“Estoy escribiendo la historia de la novela colombiana. En ella hablo de 116 novelas y 114 autores. Los únicos escritores de los que menciono dos novelas son Tomas Carrasquilla (Frutos de mi tierra y La marquesa de Yolombó) y García Márquez (Cien años de soledad y El otoño del patriarca).
El libro saldrá el próximo año y en él trato de que prevalezca más la obra que el autor. La obra es más importante que el autor.”
“Me ha tocado trabajo, pero a los que vienen les va a tocar más. Es muy difícil tener acceso a algunas obras. La primera novela colombiana se llama Yngermina o la hija de Calamar, del cartagenero Juan José Nieto, y fue editada en Kingston, Jamaica, en 1844. De ella solo quedan dos copias, la de la Biblioteca Nacional y la de la Biblioteca de la Universidad de Yale, y ya no permiten sacarles reproducciones por lo deterioradas que están. Esos son libros que hay que reeditar. En el futuro será aun más difícil hacer una historia de la literatura colombiana”.
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Roberto Burgos Cantor
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Oyendo a Eduardo Pachón Padilla es fácil comprender por qué , cuando lo conoció, García Márquez se quedó callado. Para qué echar a perder esa magnífica oportunidad de oír hablar torrencialmente sobre el oficio de la palabra.
Cada hora escuchándolo daría para escribir un libro. Para aquellos que disfrutan con  lo que sucede detrás de las bambalinas de los libros, va soltando en el camino la historia de las 240 lecturas que Hemingway hizo de El viejo y el mar (“y las 240 veces le gustó”) o habla de aquellos escritores echados a perder (“García Márquez habló bien del joven Óscar Collazos y este nunca pudo cristalizar su obra. ‘Lo malo fue que se lo creyó’, diría el mismo García Márquez. ‘No quiero que pase lo mismo con Burgos Cantor’), descubre las travesuras de alcoba de la familia dueña de El Tiempo (“Uno de ellos se casó con la criada; eso aparece en la novela Mi tío”), dice que es común que algunos escritores empiecen una novela muy bien y después por prisa o inexperiencia, la echen a perder, cuenta que el único colombiano que ha hecho una historia de la novela colombiana, Antonio Curzio Altamar, “se leyó 800 novelas en un año y le dio surmenage, quiso matar a sus hijos después de haber matado a su mujer”.   
Así, en medio de historias divertidas y macabras, como las de los libros, de anécdotas picantes y juicios aplastantes, transcurre la charla apasionante de un niño de pelo blanco que ha hecho de leer, ese placer, todo un oficio.