lunes, 26 de noviembre de 2018

Eduardo Pachón Padilla: “Confieso que he leído”


Entrevista realizada en Cartagena de Indias en 1993 y publicada en el suplemento Dominical de El Universal.

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A sus 73 años, es fácil ver en él a ese adolescente enemigo del estudio que pasaba todo el tiempo con un libro entre las manos. Así como hay personas que cambian con el tiempo hasta ser otras personas, frente a él uno comprende que lo único que cambia  es el color de su cabello, que lo otro, su entusiasmo, su charla desbordada, repleta de nombres y de datos, de anécdotas picantes o juicios aplastantes, son las mismas charlas desbordadas  y entusiasmos de ese niño de trece años que una tarde se sentó a leer un libro de Salgari sin saber que comenzaba una carrera inabarcable de lecturas literarias, un viaje descomunal  a lo largo de ese mundo que compite con el mundo y lo suplanta.
Dice que empezó a leer en serio a los 15 años y profesionalmente a los 19. Desde entonces ha anotado cada libro que ha leído, su título original si fue escrito en otro idioma, el nombre del traductor, la editorial, el año y el número de la edición. Aunque admite que era mejor lo que hacía Andrés Caicedo, que además de anotar el nombre del libro escribía dos o tres líneas sobre el mismo. Comparte con Borges la idea de que sólo se pueden leer en la vida dos mil libros bien leídos. Duda que Thomas Wolfe, tal como lo dijo, haya leído veinte mil.
Conoce la historia de la literatura colombiana como nadie. Podría decirse que ha leído todo lo que se ha escrito. Habla de todos los escritores como si los conociera personalmente. Él mismo forma parte de esa historia por ser el primero en haber hecho una antología, la de cuento, y por estar preparando, para fines de este año, un estudio sobre la novela colombiana.

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A pesar de que dejó de escribir porque le quitaba tiempo para leer, su conocimiento sobre la literatura le permite hablar con propiedad sobre el oficio. Dice que los suplementos literarios y los concursos de cuento y de novela están llenos de personas que no son verdaderos escritores.
“Fui jurado de varios concursos de cuento. Siempre llegaban 600 o 700, pero sólo había quince buenos. En los de novela llegan cien, pero solo hay ocho o diez buenas. Hay quienes se creen literatos, algunos profesores que han leído dos o tres libros, pero uno es la formación de muchos libros y personas.
“Un libro que escribes es producto de muchas cosas, de muchas lecturas e imitaciones. Nadie es original, quien copia a cien no copia a nadie. Todo está en la mente, nadie en la vida improvisa. Para eso uno ha leído, ha almacenado.
“Las mismas escuelas son casualidades, como el grupo de Barranquilla, eso es falso, los grupos no hacen escritores, ni los talleres literarios. Lo que se necesita es la devoción de leer.

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García Márquez y Alfonso Fuenmayor

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“El cerebro del grupo de Barranquilla fui mi amigo en Bogotá, del 44 al 48, Alfonso Fuenmayor. Fue jefe de redacción de Stampa, de Cromos, de El Tiempo, era traductor del francés y del inglés.
“Acostumbrábamos reunirnos en el café Asturias a hablar de literatura y a intercambiar libros. Leíamos todos los libros de la Colección Horizonte de Sudamericana, los de la editorial Santiago Rueda y los de Losada.
“En esa época Eduardo Zalamea Borda comentaba literatura en El Tiempo, especialmente literatura anglosajona, y Fuenmayor me decía: ‘¿Será que Zalamea ha leído más que nosotros?’

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Los años cuarenta fueron decisivos en el cambio del concepto de literatura en nuestro país. Pachón Padilla recuerda especialmente un concurso literario en el que surgió el debate acerca de si la literatura colombiana debía seguir con la tradición del costumbrismo o asimilar las nuevas corrientes que proponía la literatura universal. En el año 41, la Revista de Indias convocó a un concurso de cuento. Para Pachón Padilla, esa revista, fundada por Germán Arciniegas en el 36, es la mejor que ha existido en Colombia (“Mito era un mito, estaba sujeta a las modas literarias”).
“Los jurados eran Tomás Rueda Vargas, rector del Gimnasio Moderno, maestros de maestros, muy culto, muy cosa, pero que de cuento no sabía nada; Tomás Vargas Osorio, de la redacción de El Tiempo, escritor que perteneció a Piedra y Cielo (después de muerto publicaron sus cuentos santandereanos, muy nacionalistas); Hernando Téllez, muy buen gusto, gran criterio, pero no le agradaba mucho la literatura colombiana, estaba influido por la inteligencia de los franceses, tenía cierto desdén por lo hispanoamericano; y Eduardo Carranza, gran poeta desde que surgió en Bogotá, pero no tenía idea del género.
“Al concurso llegaron dos cuentos, uno firmado en Buenos Aires, que todos sabían que era de Eduardo Zalamea, y otro firmado en Lima, que todos sabían que era de Eduardo Caballero Calderón (era la historia de un zapatero que se queda sin trabajo cuando llega la fábrica). El de Zalamea, ‘La grieta’, es quizá el mejor cuento que se ha escrito en Colombia, con él empezó el cosmopolitanismo. La historia se desarrolla en Irlanda, la tierra de Joyce.
“Hubo la gran discusión acerca de cuál concepto prevalecía, lo universal o lo regional. Los tomases optaron por lo regional. Téllez se fue por lo universal, y Carranza adhirió a Téllez. El fallo repercutió mucho”.

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Eduardo Zalamea
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“En el 47, El Espectador era un periódico de la tarde. Desde principios de ese año Zalamea fundó una página llamada ‘Fin de semana’. Un espontáneo mandó una carta preguntando por qué traducían tanto y no ponían cuentos colombianos.
“Zalamea respondió que el día que se hiciera buen cuento en Colombia él lo publicaba. En ese mismo año yo escribí ahí sobre lo que era un cuento moderno. Un mes antes, a fines de octubre o de septiembre, había salido en esas páginas el cuento ‘La tercera resignación’, su autor había cumplido 20 años el 6 de marzo.
Zalamea dijo: ‘Apareció un  gran escritor en Colombia y por eso lo publico’. El autor de ese cuento tenía mucho la lectura de Poe, de La metamorfosis de Kafka en la traducción de Borges, y también de textos de anatomía. En Bogotá, García Márquez vivía en una pensión que ya no existe, con estudiantes de medicina de Sucre, y él se leía sus textos de estudio. Por eso en ese cuento hay tanto de anatomía.
“Es más, una noticia que salió en El Tiempo en julio del 47, en las páginas internacionales, que yo leí, con toda seguridad García Márquez la leyó. Decía que en un pueblo de Asia encontraron una urna en el agua con un ser viviente con barba. Estoy seguro que esa noticia también influyó en la escritura del cuento.
“Recuerdo que yo era amigo de Edmundo López y me dijo: ‘Te voy a presentar un tipo que sabe más de literatura que tú’. Yo era muy charlatán. Hablé todo el tiempo de literatura. Nos tomamos dos o tres sifones. García Márquez escuchaba. No dijo nada, pero a mí no me importaba. Me miraba con los pies montados en una silla. Nadie le podía negar que iba a ser muy grande”.

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“En el 49 me pidieron que hiciera un programa para la Radio Nacional. Cada jueves presentaba en cinco o diez minutos a un autor, y un radioactor, dirigido por Bernardo Romero Lozano (en esa época no había televisión, todo el mundo nos oía) leía el cuento que yo había presentado. El programa era de 9 a 9:30 de la noche. El primer cuento fue ‘Guardián y yo’, de Eduardo Arias Suárez. Eso me obligó a leer más literatura colombiana en forma disciplinada.
“Cuando se creó la Biblioteca de la Cultura Popular, en el año 58, me dijeron: “Tú tienes un libro, la antología del cuento colombiano’. Yo lo entregué en julio del 58, con 26 de los que había presentado en el programa radial y 13 nuevos, entre ellos ‘Todos estábamos a la espera’, de Cepeda Samudio. En esa antología recogí cuentos políticos, beligerantes, como el de Jorge Zalamea, el de Truque o el de Mejía Vallejo.
“No fue un trabajo fácil. Había que leer lo que diera la tierra, leer todo lo que existía. Buscar los libros originales de los autores.
“Mucho tiempo después me dijo Jorge Rojas que le hiciera cuatro tomos de antología con prólogo y notas biográficas. Un libro que lo leyera el hijo de zapatero, los estudiantes, el hombre común. Se imprimieron cincuenta mil ejemplares. En esa selección se incluyeron 44 autores.
“En el 79, el gerente de Plaza y Janés me llamó como jurado del primer premio de novela y me pidió la antología, con los comentarios, para publicarla en dos tomos. Salió en el 80. Hubo otra versión de la antología en el 85, con menos autores.
“En cada edición he tratado de incluir autores recientes, pero eso siempre ha traído problemas. La gente no se pone brava porque la metiste, pero si no lo haces se pasan a la otra acera, hablan mal, me sucedió con varios amigos.

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Los mejores cuentistas de América Latina son: Horacio Quiroga, Borges, Felisberto Hernández, Cortázar, Rulfo, Lino Novas Calvo, Uslar Pietri y García Márquez.

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Álvaro Mutis y García Márquez

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“En literatura todo el mundo necesita palanca. García Márquez publicó Cien años de soledad por recomendación de Carlos Fuentes, que era hijo de embajador y le envió una carta al director de la Colección Horizonte de Sudamericana. Ya Fuentes había publicado un capítulo de la novela en su revista. Los de Sudamericana no solo editaron la novela sino toda su obra.
“Lo mismo sucede con Mutis ahora. Mutis le presentó mucha gente a García Márquez en México y ahora este le paga los favores promoviéndolo e invitándolo a eventos internacionales. Es una adefesio decir que Mutis es el segundo novelista colombiano”.

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Álvaro Cepeda Samudio
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“El escritor colombiano más inteligente que ha habido ha sido Álvaro Cepeda. Murió joven pero nos dejó dos obras muy importantes, el libro de cuentos, que fue editado en 1954, fue el primero bien unitario que se hizo en Colombia. Su novela es admirable.
“Rojas Herazo es uno de los grandes novelistas que tiene Colombia. Es más importante que lo que muchos se imaginan aquí. Tendrán que reconocerlo, quieran o no quieran. La novelería lo ha eclipsado, pero la posteridad acaba con eso.
“Lo que sucedió con ellos era que se trataba de dos escritores de la misma cultura, buenos lectores de la literatura anglosajona, costeños con igual tradición oral. Entonces sus obras debían tener elementos comunes.
“Zapata Olivella es inferior a ellos, pero es importante. No tiene la cultura de ellos. Le gustaba escribir pero no leer, pero es una obra que queda.

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Héctor Rojas Herazo
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Su memoria parece un fichero. Tiene perfectamente clasificados a los escritores colombianos por generaciones.
“García Márquez pertenece a la generación del 55 (la de los nacidos entre 1925 y 1939); Rojas Herazo es de la del 40 (1910-1924)”.
Dice que la generación del 70 (1940-1954) tiene grandes escritores. Entre ellos destaca a Roberto Burgos, Antonio Caballero, Juan José Hoyos, César Pérez, Carlos Perozzo y Héctor Sánchez.
La última, la del 85 (1955-1969), es la de los escritores que apenas están cimentando su obra. De ella destaca a Evelio Rosero Diago, a quien considera un escritor de primer orden. “Parece que será el sucesor de García Márquez”.

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García Usta es de los muchachos que valen como poetas. En lo cultural se ha preocupado por hacer conocer a Rojas Herazo. Todo lo de García Usta me ha gustado, menos eso que dice de Zabala como maestro de García Márquez. Cuando leí eso, hace poco en El Tiempo, me dije que estaba equivocado. No digamos que es falso. No es inexacto. Digamos que el planteamiento es equivocado, de buena fe.
“García Márquez le debe a Zabala de periodismo, pero no creo que supiera cuento. Un maestro no te dice: ‘Tienes que corregir, empleaste mucho adjetivo o mucho gerundio’. Eso es indicación, eso no es un maestro.
“Al mismo García Márquez se lo oí. Creo que dijo una vez que Zabala había sido un tirano, pero no me vengan a decir que le cambió la mentalidad kafkiana o poeiana por Faulkner.
“Cuando García Márquez se vino a Cartagena, después del 9 de abril, lo que necesitaba era tener un estilo propio. Pero ya conocía a Faulkner, ya había leído Las palmeras salvajes y Mientras agonizo, en la traducción de Borges del 42, que llegó a Bogotá en el 45.
“Creo que es mi deber decírtelo. No es contra Zabala ni contra García Usta. Ni a favor de García Márquez, él no necesita ayuda. Es el escritor del mundo que más se lee y traduce. Logró lo que hubieran aspirado Joyce o Proust. Lo que no consiguieron los maestros lo consigue él.
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Clemente Manuel Zabala
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“Estoy escribiendo la historia de la novela colombiana. En ella hablo de 116 novelas y 114 autores. Los únicos escritores de los que menciono dos novelas son Tomas Carrasquilla (Frutos de mi tierra y La marquesa de Yolombó) y García Márquez (Cien años de soledad y El otoño del patriarca).
El libro saldrá el próximo año y en él trato de que prevalezca más la obra que el autor. La obra es más importante que el autor.”
“Me ha tocado trabajo, pero a los que vienen les va a tocar más. Es muy difícil tener acceso a algunas obras. La primera novela colombiana se llama Yngermina o la hija de Calamar, del cartagenero Juan José Nieto, y fue editada en Kingston, Jamaica, en 1844. De ella solo quedan dos copias, la de la Biblioteca Nacional y la de la Biblioteca de la Universidad de Yale, y ya no permiten sacarles reproducciones por lo deterioradas que están. Esos son libros que hay que reeditar. En el futuro será aun más difícil hacer una historia de la literatura colombiana”.
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Roberto Burgos Cantor
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Oyendo a Eduardo Pachón Padilla es fácil comprender por qué , cuando lo conoció, García Márquez se quedó callado. Para qué echar a perder esa magnífica oportunidad de oír hablar torrencialmente sobre el oficio de la palabra.
Cada hora escuchándolo daría para escribir un libro. Para aquellos que disfrutan con  lo que sucede detrás de las bambalinas de los libros, va soltando en el camino la historia de las 240 lecturas que Hemingway hizo de El viejo y el mar (“y las 240 veces le gustó”) o habla de aquellos escritores echados a perder (“García Márquez habló bien del joven Óscar Collazos y este nunca pudo cristalizar su obra. ‘Lo malo fue que se lo creyó’, diría el mismo García Márquez. ‘No quiero que pase lo mismo con Burgos Cantor’), descubre las travesuras de alcoba de la familia dueña de El Tiempo (“Uno de ellos se casó con la criada; eso aparece en la novela Mi tío”), dice que es común que algunos escritores empiecen una novela muy bien y después por prisa o inexperiencia, la echen a perder, cuenta que el único colombiano que ha hecho una historia de la novela colombiana, Antonio Curzio Altamar, “se leyó 800 novelas en un año y le dio surmenage, quiso matar a sus hijos después de haber matado a su mujer”.   
Así, en medio de historias divertidas y macabras, como las de los libros, de anécdotas picantes y juicios aplastantes, transcurre la charla apasionante de un niño de pelo blanco que ha hecho de leer, ese placer, todo un oficio.


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