viernes, 14 de octubre de 2016

Elevaciones

La columna de Vivir en El Poblado



Hace algunas semanas recibí un nuevo grupo de estudiantes en uno de mis cursos favoritos: el de introducción a la literatura. Haberlo enseñado muchas veces me permite sentirme muy tranquilo sobre la estructura de las clases, pero eso no significa que corra el riesgo de caer en la repetición o la monotonía. Cada curso es una experiencia diferente: el texto que para un grupo resulta inspirador puede no ser tan diciente para otro, una etimología conduce por senderos nunca antes recorridos, el verso hasta entonces oculto germina de repente.
He adquirido la costumbre de ocupar las primeras clases de cada semestre en leer con los estudiantes una pequeña muestra de los géneros que después estudiaremos con más detalle: el ensayo, la narrativa y la poesía. Para hablar de poesía me gusta conducirlos a través de los veinticuatro versos de “Llama de amor viva”, la maravilla de San Juan de la Cruz, el santo patrón de los poetas castellanos. Nunca falla. Para cuando hemos terminado de reflexionar sobre el título del poema, ya tengo claro el nivel de la clase. Así he podido saber que el curso que ahora mismo estoy enseñando será memorable.









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