domingo, 12 de abril de 2015

Un loro de tela

Dibujo por Guyra/Deviant Art

Ahora abre los ojos y ve el loro de tela que sobrevuela su cama.
El único problema era que el tiempo hacía menos precisas las adivinaciones.
Hoy se siente agobiada, maltrecha por los días y los meses de vida con límites exactos, horarios como rejas que le impiden salirse de un camino muchas veces recorrido, borroso ya por la costumbre y el hastío.
En el fondo se tejía una duda insistente sobre lo que habrían sido sus rutinas verdaderas. La pregunta sin respuesta sobre si –de todos modos– habría dado ese salto que debía ponerla por fuera de las cosas, en una incierta y libre periferia.
Por un instante breve se recuerda, se siente en esa cama que sigue siendo sólo para ella, para su danza inquieta, a lo largo de los sueños, en busca de ese pecho extenso y áspero de tela que está bajó la sábana esperándola y que siempre la encuentra.
Pero había que aferrarse a las rutinas que se le conocían, a pesar de que el paso del tiempo insistiera en plantear alternativas, virajes inesperados, quizá ya en otros cuartos, quizá en otras rutinas, quizá ya en pechos vivos y también definitivos.
Y entonces se incorpora y termina de esperarse, sentada sobre el borde del colchón desprotegido de su cama.
A pesar de lo improbable que resulta con el tiempo que persistan las rutinas conocidas, se hacía más verdadero lo ya visto, lo viejo conocido, que aquello que tal vez estaría sucediendo.
Y se acerca a la ventana. Le da vida a su rostro con sus dedos. Intenta descubrir algo no visto en su horizonte de techos y edificios. Se asoma para ver la calle muy abajo y vuelve a estremecerla la idea de la caída.
Y enciendo un cigarrillo y sigo viéndola, en este nuevo día repetido, y veo lo que el viento hace en su pelo y la veo alejarse y espero a que regrese envidiando las gotas que ruedan por su cuerpo.
Y luego viene el día, un largo hoyo de luz en el que ella se pierde, y yo mato las horas con mi vida, recordándola a ratos en un bus o en la oficina, esperando la noche para volver a verla en ese cuarto que no cambia, que sigue como fue hace muchos años, que quizá ya no existe.
Y casi a medianoche la veo nuevamente en la ventana, cansada y aburrida, anhelando una vida imprecisa y buscando una luz nunca vista en su vasto horizonte de luces sobre un fondo negro.
Y vuelve a la cama y mira la sombra que vuela sobre ella y cierra los ojos y olvida.

Y entonces la veo dormir, la veo moverse a lo largo de sueños inquietos, atrapada en la vida que yo le imagino, idéntica día tras día.


Fragmento de "La risa del muerto".


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