miércoles, 8 de abril de 2015

ESTRELLAS BAJO EL SOL


Pasajeros de un planeta perdido
A las siete de la noche los buses parecen depósitos de cadáveres.
A las siete de la noche la gente se arremolina junto a la India Catalina, el Camellón de los Mártires y el Parque del Centenario.
En la mente de muchos sólo está el recorrido hasta la casa, un recorrido que el cansancio alarga, una meta infinitamente aplazada, inalcanzable.
Muchos tienen el dinero del pasaje en el puño cerrado, muchos tienen bolsas grandes y pesadas con cosas que se necesitan en la casa,  muchos se imaginan cada uno de los pasos hasta subirse,  hasta ubicarse, hasta bajarse,  hasta el camino final hasta la casa, hasta la silla, hasta la cama, hasta el lugar donde por fin podrán abandonarse.
Todo es aparatoso, todo es apresurado, todo tiene cierto aire de agonía.
Trabajar cansa y, como a las siete de la noche, luego de un día de trabajo, se tiene hambre, el cuerpo está sudado y agrietado y todo uno se siente cansado, fatigado, exhausto, mamado.
Cuando se tiene suerte o cien pesos más en el bolsillo, uno puede subirse a un bus ejecutivo y dejarse llevar, olvidarse de todo, poner la mente en blanco,  pensar sin comprometerse con lo que se piensa, estar lo mínimamente alerta para no dormirse, para no pasar de largo por el sitio en que se debe pedir parada gritando o timbrando y bajarse.
Hace como quince días, a las siete de la noche, a un bus ejecutivo subió un hombre flaco y triste que ponía una exagerada cara de bondad.
Se detuvo al comienzo del pasillo, miró a los hambrientos y adormilados pasajeros, contó una historia lo suficientemente trágica y conmovedora, habló de su incapacidad para robar y delinquir y con voz áspera, lastimera e impostada se puso a cantar.
Cada día es más frecuente que la gente cante en los buses, ya no de alegría sino de pura necesidad. A cada nota adolorida del hombre que canta, las tripas nos duelen más, taladra cada vez más hondo el hambre.
En medio de eso, en medio de ese ambiente de súplica, un hombre que viajaba en una de las bancas traseras gritó: “¡Qué cante el ñato!”. Su petición fue acompañada por una aprobación casi unánime de los pasajeros del bus, la mayoría sonreía y parecía orgullosa de saber quién era el ñato.
El ñato, que estaba sentado en una de las bancas de adelante, mimetizado entre la multitud, se paró, como picado por una serpiente, se volteó, miró algunos rostros, ninguno de los cuales parecía ser el de quien gritó y dijo, a todos y a ninguno: “¿Qué?, ¿me vas a dar plata tú a mí?” , y se volvió a sentar.
El hombre que cantaba estaba asustado. Temía que esa disputa entre no se sabe quién y el ñato pudiera robarle la atención que se posaba sobre él.  Siguió cantando, tímido, ignorando la ira del ñato y pasó luego por los puestos para recoger algo de dinero del que se desprendían los hambrientos pasajeros.
Entonces el ñato se volvió a parar. A muchos nos causó estupor ver su resucitamiento.
El ñato dijo: “Pues sí,  voy a cantar. Pero la plata que ustedes crean que me merezco se la dan a él”, dijo señalando al apabullado artista que había originado la discusión.
Y entonces el ñato se dejó ir con su canción, y su voz se posó cálida y amorosa como una luna llena en medio de la noche cansada de los que regresaban de trabajar.
El ñato conmovió, reconfortó y resucitó a su auditorio con una canción en la que les decía que cuidaran mucho a sus viejitas que las madres son un tesoro, un tesoro que no engaña y que no sabe de traición.

Bajo la roca
Al mediodía el sol parece una enorme y pesada roca de luz.
Debajo de esa roca trabaja el ñato. Cuida carros en la plazoleta de Telecom y el sol es para él como un sombrero.
El ñato cuida los carros, limpia los carros y los vidrios de los carros, arranca el polvo de las llantas y las latas de los carros, vigila que nadie les haga nada, ni les quite ni les ponga.
El ñato también es como un sicólogo de las personas que conducen los carros. Es padre, madre, hijo y amigo dicharachero.
Para cada uno tiene un trato. A cada uno le dice algo más de lo necesario.
Allí no es sólo el ñato. También es “el cantante”  y”el mexicano”. Sucesivamente ha ido adquiriendo apodos, conforme a las modas (ahora los apodos se sacan de la televisión). Le han llamado el cuervo, porque  imitaba el chillido que se oía al comienzo de un dramatizado que se llamaba “Los cuervos” y que fue muy popular hace algunos años.
También le dicen Mánimal y eso él lo dice medio divertido. Lo que sí no parece perdonar es que le digan ñato. Él como que aún no se acostumbra a ese apodo. Por eso dice To-ña, invirtiendo las sílabas e insinuando el siguiente tema de la conversación.

Antonio Aguilar y yo
Antonio Aguilar vino a Cartagena hace como 20 años. Vino con su gloria y su color, como milagro salido de las pantallas de cine mexicano que en esa época abundaban.
Un asiduo de esas películas era el ñato, quien, como ahora, se la pasaba rodando entre el trabajo y la falta de trabajo.
Por eso, cuando vino a Cartagena Antonio Aguilar (Toni Aguilar, To-ñaguilar) el ñato estaba entre la deslumbrada multitud que asistió al Teatro Padilla y, sin saber muy bien cómo ni por qué, terminó cantando en el escenario.
Subió porque Nando Barrios, que había sido invitado a alternar con Toni Aguilar, se moría de pena y de miedo y no quiso salir.
Hubo un momento en que Aguilar pidió a alguien del auditorio que lo acompañara y, luego de un breve silencio en la sala, el ñato, un joven flaco y tímido de dieciséis años, se paró como años después en un bus ejecutivo y caminó hasta el escenario, tomó el micrófono que afablemente Toni Aguilar le ofrecía y se puso a cantar “La negra cruz”, tranquilo, emocionado pero no asustado, seguro de su voz y de su sentimiento.

La negra cruz
“Ya no llores corazón, no seas cobarde. Hay que ver lo que me haces padecer. Ya no llores corazón que ya es muy tarde, pues a los dos nos tocó la de perder”.
“Yo me muero y tú me pierdes para siempre. Y te quedas en el mundo a navegar. Ten cuidado, pisa bien y no resbales. Mas, no seas tonta, no te dejes engañar”.
“Ahora quieres con tu llanto regresarme, de aquel camino que tú misma me enseñaste y en el vaso tú pusiste el veneno, aquel veneno que para mí preparaste”.
“Que en mi niño yo te dejé mi retrato. En él tienes el camino que te di. Cuando crezca le platicas de su padre. Mas no le digas que me traicionaste a mí”.
“Y en la tumba pon la cruz que yo te diga. Y que sea negra, no la quiero de color. Porque negra todo el tiempo fue mi suerte. Mujer traidora ahí te dejo mi perdón”.

El ñato se queda con la mirada en el suelo. Pensativo. Con los labios apretados. Lejos del ir y venir  apresurado del parqueadero.
“Cantar con Antonio Aguilar es una alegría grande para mí. Creo que está vivo todavía. No creo  que haya muerto”.

Cuide mucho a su viejita
“Toni Aguilar me dijo que por qué no me iba de aquí,  que progresara la voz, que si quería él me ayudaba para viajar a México para perfeccionarme y ser cantante”.
Le dije que iba a hablar con mi mamá, pero ella no aceptó. Dijo que yo estaba muy pelado y me tuve que quedar aquí”.
“No le guardo rencor. Ella obró  como madre”.

Guillermo Amador Escorza
Pero, ¿quién es el ñato? Es un hombre opaco de piel dura y calcinada. Es un ser vulnerable que finge dureza.  Es una máscara a la que se asoma la sentimentalidad por los ojos, por la mirada roja al borde del llanto y se lamenta de su suerte, de su mala estrella, y baja la cabeza y suspira y ve cómo uno de los carros que cuidaba se aleja sin pagar.

“Estrellas y estrellados”
Una vez ganó un concurso de canto. Fue en el programa “Estrellas y estrellados” que dirigía el famoso locutor Víctor “Piropero” Castro.
“En ese tiempo estaba yo varao.  Me encontré con un muchacho que me oyó cantar y me dijo que en la Voz de la Heroica había un programa así y así, que por qué no me inscribía. Tenía que ir un jueves a entrenar y al domingo participé por primera vez. Gané durante tres domingos seguidos”.
Tan exitosa era su carrera, tan directo era su camino hacia la fama, que muy pronto el conductor del programa le dijo que sería el representante de Cartagena en un concurso en Barranquilla.
“Este puesto a ti no te lo quita ninguno”, le había dicho el Piropero.
“Ese día salí feliz hacia mi casa, que quedaba en el barrio la Candelaria, pero allí me encontré con un problema, tuve que rajarle la cabeza a uno por una discusión por un chance de cinco pesos (¡mira que hace tiempo!) y me tuve que ir de la ciudad varios meses para donde una de mis tías”.
Ni modo de volver a participar después en “Estrellas y estrellados”. Se sentía, algo así, como una estrella estrellada. Por lo menos se había caído desde bajito.
Entonces no volvió a intentar cantar. Al menos no ya buscando la fama.
Algunos sabían que el ñato cantaba y le pedían que lo hiciera y a veces le pagaban; pero no era nada profesional.
En los barrios a la salida de Cartagena era popular. En el puente frente al estadio de fútbol había ganado varias batallas musicales. Muchos se habían quedado silenciados al enfrentarse con su talento.
Pero era más bien desconocido. Nunca había podido ser un verdadero cantante.

Tito Cortés está ahí adentro
Otro artista al que conoció fue a Tito Cortés.
Él ñato trabajaba como portero de un cabaret en Tesca y Cortés actuó varias noches allí.
En esa ocasión no cantó. No quiso medirse con él. Empezaba a dudar que su destino tuviera que ver con el mundo de la canción.

El manuscrito
Hace como tres años le robaron todo de la casa. Allí se fueron sus recortes de periódicos, muchos libros de vaqueros y espionaje y su diario.
“Era un cuaderno como así”, dice el ñato poniendo las palmas de las manos como si entre ellas tuviera un libro como de mil páginas, “en el que escribía las cosas importantes que me sucedían en la vida”.
Lo primero lo escribió después de la noche gloriosa en que cantó al lado de Toni Aguilar. Luego la gloria fue decayendo en esas páginas y empezaron a llegar historias sórdidas, amores que traicionan, amigos que dicen ser amigos.
Allí quedó consignada la historia de una mujer que lo abandonó y lo dejó con un niño de un año.
Allí escribió el ñato hasta hace como tres años. ¿Dónde está ese valioso manuscrito?
Están escritas las crónicas de su arrancia, los avatares de su arrastrar de estrella apabullada. Está la obra tristemente irónica de su vida de cantante fracasado.
Porque la palabra fracaso es la que primero salta cuando ese hombre canta ante auditorios ocasionales o invisibles con su voz poderosa de Rolando Laserie dedicado a las rancheras, cuando retumba esa caja de resonancia que a veces él ejercita mientras limpia carros, cuida carros y estira una mano hacia las ventanillas de los carros.
Al oírlo cantar, algunos se detienen a escucharlo.  Sonríen con algo de sorna, pero a la vez con respeto. El ñato está cantando. Le está demostrando a un periodista que sabe improvisar y está haciendo una canción sobre la forma como él y el periodista se conocieron en un bus, cómo el periodista le preguntó dónde podía hablar con él, cómo él respondió de inmediato que en el parqueadero de la Mantuna y cómo, al día siguiente, él había recordado el episodio y pensado que a ese periodista ya nunca más lo volvería a ver.
El ñato corre tras un carro que se marcha y concluye su canción improvisada con las frases: “…ésta es mi profesión, cantar y cantar, a aquel que me quiera oír”.

La mala estrella
“Tengo mis hijos. Tres varones y una hembra, cada uno de distinta mujer”.
“El que más me necesita es el menor, el que abandonó la mamá”.
“Por ellos estoy aquí”, dice el ñato levantando los ojos a ese sol que parece reírse de él. “Si no, no estuviera aquí”.
“A veces también me gano algo cantando. Paso por ahí y me dicen: cántese una ranchera”.
“Me han dicho que por qué no voy a Bocagrande y me integro a un conjunto, pero no tengo la conexión. Si me hubiera dedicado, tal vez sería un gran cantante”.
Hay gente que me dice que todavía puedo, he querido salir adelante pero no tengo ayuda. Una señora me dijo que iba a hablar con no sé quién. Me gustaría tanto poder ser cantante: pero me he encontrado con esa mala estrella. “Tengo, como dicen por ahí, la comida, pero no tengo dónde hacerla. No tengo la olla”.

He creído ver un oasis en la distancia
“Algún día quisiera poder conocer a México”.
“Lo que sé de ese país es porque lo vi en las películas o por las canciones”.
“He estado en Venezuela, en Nicaragua, pero en México no”.
“Ojalá pudiera pisar esa tierra. Significa la salvación del resto de mi vida…ser otro”.

El ausente
“¿Una canción que resuma mi vida?...”. El ñato piensa un momento. No parece haberse hecho nunca esa pregunta. Luego responde: “El ausente, de Antonio Aguilar”. Y de inmediato, como en las películas mexicanas, en  las que cualquier excusa es buena para cantar,  el ñato despierta su vozarrón obstinado y sin prisa, y dejando salir virtuosamente cada frase, se pone a considerar “qué triste se encuentra el hombre cuando anda ausente, cuando anda ausente, muy lejos de su patria. Mayormente si se acuerda de sus padres y su chata. Ay qué destiiino, para ponerse a llorar”.
“Paso del Norteeeee, qué lejos se va quedando. Sus divisioneees, de mí se están alejando”.
Los pobres de mis hermanos de mí se están acordando. Ay cruel destinoooo, para ponerse a llorar… Porque tanto tiempo he estado ausente y porque me encuentro triste a cada rato”, dice el ñato con una voz que flaquea de tristeza.

Las voces de mis enemigos
“Muchas veces sí he pensado en matarme. Pero me detuvo la cobardía: es cobardía quitarse la vida… o lo haría después de matar a dos enemigos que a mí me están trabajando, pero antes quiero saber quiénes son”.
“He tenido ganas de ir donde un sicólogo mental para que me diga quién me está trabajando”.
“Cada rato oigo ruidos sin que haya nadie, oigo golpes en los calderos y voces que me dicen que me voy a volver marica”.
“Lo que cojo se me vuelve nada. Si me gusta una muchacha que se llama Beatriz la voz me dice que por qué voy por allá, que ella tiene tres hijos”.
“El día que no pueda más voy a cometer una barbaridad. Si voy a pasar el resto del tiempo preso, así será”.

El reflector
Entonces, bajo ese sol, viéndolo ir y venir como pez entre lava, recibiendo el mal humor de algunos empleados oficiales (“todo lo que quieren resolver con la ley, pero yo no me le quedo callado a ninguno”, dice el hombre que no se le quedó callado a Toni Aguilar), viéndolo cantar, hablar de su vida con ojos a veces al borde del llanto, uno termina por pensar que el ñato es espectacular.
Algunos conductores, intrigados porque alguien que anda con él toma nota en una libreta,  se detienen, lo ocupan, le piden el favor de que les limpie el vidrio trasero, le piden un poquito de agua para el radiador, le preguntan si todo está bien, y el ñato los atiende obediente y diligente. Hace su labor sonriendo por saberse finalmente importante, a lo mejor se le ocurre que finalmente es un gran artista y que el sol es un reflector que ilumina su escenario, recibe las monedas que le alargan desde el carro y vuelve, manejando con maestría unos gastados zapatos blancos convertidos en chanclas porque tienen el contrafuerte pisado, regresa, sonriendo tímidamente, ensayando la sonrisa que pondría si hubiera sido lo que nació para no poder ser, camina  con su trapo rojo en el hombro y un balanceo carente de naturalidad, pensando qué más puede contarle al periodista, qué más puede agregarle a esa historia de alguien que se vio obligado a decirle que no a todas las oportunidades que la vida le mostró, se vio condenado al fracaso, a la nostalgia, al delirio oyendo voces y recordando noches del pasado que parecen soñadas, que vuelven cada vez más diluidas en su memoria, despojadas de fechas, esquivas, imposibles de mirar directamente a causa del resplandor infame que cae día a día, especialmente al mediodía, sobre la plazoleta de Telecom.

                                                                                     El Universal, Dominical
                                                                                                   Marzo 1 de 1992

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