viernes, 29 de abril de 2016

Evocación de un milagro

La columna de Vivir en El Poblado


    La chica tenía el día libre y decidió caminar un poco más para darle una alegría a su padre. Llevaba tres semanas en Inglaterra, pero a Londres sólo había llegado desde hacía un par de días. El resto del tiempo lo había pasado recorriendo las campiñas del sur, caminando un promedio de diez millas diarias, devorando paisajes, visitando casonas de escritores –la de Virginia Woolf, la de Henry James– y escribiendo sobre todo lo que veía.

     Las rodillas le dolían y los músculos se venían quejando a cada paso, pero no quiso ser la más débil del grupo y siguió caminando más allá del cansancio y del dolor. Ahora estaba en Londres, y la familia que le ofreció hospedaje quería ver las joyas de la corona. La chica se disculpó amable y decidió cumplir la promesa que le había hecho a su padre de visitar el pueblo donde  Chesterton vivió la segunda mitad de su vida.








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