jueves, 13 de enero de 2011

Un hermoso texto desde Colima, México

Conocer a Gustavo Arango

Por Adriana Amezcua

Quiero empezar este escrito aclarando que no hablaré del literato, sino de la persona que me tocó conocer. Esperaba su llegada con gran ilusión, ilusión transmitida por contagio, sabía que en su época de estudiante fue asiduo lector y que ya se pintaba en su vida un futuro prometedor en las letras. Sin embargo me dejé transmitir esa alegría que no era mía, más bien la del Doctor Carlos Diez, puesto que Arango había sido su colega como estudiante de la Universidad Pontifica Bolivariana de Medellín, Colombia, además había sido asesor de su tesis de periodista llamada: Un “momento” con Barba Jacob.

El día de su llegada a Colima fue una espera eterna, arribaría a la central a las 5:20 de la tarde del día 25 de noviembre, venía de Guadalajara, daría una conferencia para cerrar con broche de oro los festejos del 30 aniversario de la Facultad de Letras y Comunicación, el día 26, y, a la mañana siguiente, muy temprano, regresaría  a la Feria del Libro –FIL- en donde presentaría su libro: El origen del mundo, que le dio el premio Internacional de Literatura B Bicentenario en nuestro país.

Sabía también de Arango que era un “chiqueado” de García Márquez, que lo conoce en persona y ha sido, de alguna manera, su “padrino” literario. Con otro de los que tuvo contacto y que lo apoyaron para que siguiera su camino fue con el periodista y escritor Tomás Eloy Martínez.  Eso me tenía algo estresada, porque me preguntaba ¿cómo voy a tratar a una celebridad de esa naturaleza? Lo imaginaba algo arrogante e intocable, en una nube de éxitos adonde sería difícil llegar.

Tuve la oportunidad de conocerlo a la mañana siguiente de su llegada. Fuimos a recogerlo con nuestro carro al lobby del  hotel María Isabel, porque tendría una entrevista con el periodista Max Cortés en El café de la plaza del Hotel Ceballos a eso de las 8:30. Vi salir una figura pequeña que me saludó con confianza y cortesía. Honestamente no sabía que hacer, le cedí el asiento del copiloto y me pasé al asiento trasero, opté  por quedarme callada.

En el transcurso de la llegada a la entrevista, Gustavo se dirigía a mí con tanta familiaridad que logré quitarme la barrera del “figurón” que construí e idealicé en mi mente, me preguntó por mis proyectos personales y profesionales. Me sentí cómoda e integrada a una plática como de tres grandes amigos que se acababan de reencontrar después de una ausencia de 20 años.

La entrevista en el Ceballos fluyó como agua escurrida por los dedos, Max hablaba con Arango como con un viejo y conocido amigo. Yo observaba que al expresarse, utilizaba sus manos abiertamente,  se emocionaba y volvía a mover sus manos como si escribiera un libro en el aire. Habló de todo un poco, de su producción literaria, de sus acercamientos con Márquez, de sus abrevaderos literarios y de sus gustos, pero de todo lo que dijo, algo capturó mi atención, eso que él llamó: la agudización o educación de los sentidos para percibir cosas, historias que se puedan contar en un papel. Se me quedó grabado porque después me tocó ser testigo de cómo aplicaba su teoría en su visita a nuestra cuidad tan querida: Colima.

Después de la entrevista, le tomamos y nos tomamos algunas fotos en el Jardín Libertad con fondos distintos: la Catedral, Palacio de Gobierno, los portales y alguna que otra escultura o fuente que fuera un motivo para capturar un recuerdo con nuestro sencillo amigo.  Mis horarios como profesora, no me permitieron concurrir a la conferencia de la Facultad de Letras, por lo mismo me disculpé anticipadamente                             con Gustavo y siendo sincera, ahora me pesa no haber asistido, pero “el deber es el deber”.

Supe que la charla había tenido éxito y que tuvo gran asistencia, supe también que se dejó entrevistar por quien lo abordara, desde los medios de comunicación, hasta estudiantes de literatura y periodismo de la Facultad. Eso me habló de una persona sencilla y humilde y me hizo acercarme más a él y desmitificarlo.

Cuando  pude integrarme a las otras actividades programadas para culminar los festejos, encontré a Arango y Diez disfrutando de un concierto llamado “Retrotrova” con el músico Rabí Hernández, en el auditorio. De ahí nos trasladamos a la mítica Comala, no era posible que nuestro escritor se fuera sin conocerla y sin dejarse empapar por la calidez y calidad de las personas y del lugar.

Observé que Arango trataba de capturar todos los recuerdos fotográficos posibles en su cámara, además de traer consigo una pequeña libretita de pasta dura –cosa que se me hizo muy curiosa- para apuntar todas las palabras nuevas para su léxico y su archivo literario. Así, lo veía tomarle fotos a las hamacas que vendían los artesanos, a la arquitectura, a los músicos, a la señalética de las carreteras, a los caballos, a las mujeres hermosas, a la comida y de la misma forma apuntaba con avidez los nombres de los municipios de Colima, las palabras para nombrar nuestras artesanías, las expresiones populares de nuestro hablar cotidiano, además de apropiarlas y aplicarlas en sus pláticas mientras recorría con tanto asombro cada uno de los lugares a donde lo llevamos.

Se dejó sorprender por todo, como un excelente literato, abierto y sensible para nutrirse de nuestra cultura, de miles de historias. En Comala disfrutó del mariachi escuchando “Camino Real de Colima” y “El son de la negra” así como se dejó maravillar por el viejo músico que tocó la armónica, en especial la canción de “La Valentina”, misma que él pidió, porque el recuerdo de su hija se hizo presente. También se dejó impresionar por los artesanos, los danzantes, el colorido de nuestras artesanías, las delicias de nuestra gastronomía; observé que se quería llevar impreso en su piel, como un tatuaje, todo nuestro folclor.

La zona mágica lo embrujó con su encanto, grabó videos y escuchó las historias en torno a ese lugar turístico. También saboreó el café de Suchitlán en una taza de barro,   bajo los cafetales y respiró el aire puro de nuestras montañas; el Volcán de Colima le regaló en un ocaso su imagen imponente y majestuosa para que lo retratara y se fuera en sus recuerdos. Se dejó llevar  por el mito de la Piedra Lisa para deslizarse por ella con la ilusión de regresar “a ese sueño maravilloso que se llama México”, del cual no quería despertar, según me lo dijo por medio de un mensaje de una red social, mientras su avión aterrizaba en Oneonta, lugar de Estados Unidos, muy cerca de New York, donde radica.

Y es que conocer a Gustavo Arango, la persona, es toda una experiencia que se agradece, como se agradece también que él se haya dejado tocar sensiblemente por nuestra cultura y nos demuestre que Colima y que México son algo más que la violencia que se vive en estos días. Gracias Gustavo porque en vez de haber obtenido la foto y la firma de un gran literato, obtuve como regalo la amistad de un verdadero ser humano.

Maestra de Cultura Mexicana del Programa Académico de Español para Extranjeros
Facultad de Letras y Comunicación
Diciembre de 2010

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