domingo, 12 de octubre de 2014

Un abrebocas

A propósito de lo que se recuerda el 12 de octubre, aquí va un abrebocas de Santa María del Diablo: La delirante y triste historia de la primera ciudad española en Tierra Firme

Publicada por Ediciones B, en su colección de Novela Histórica, Santa María del Diablo estará en librerías la primera semana de noviembre.


                                                          Escudo de armas de Santa María de la Antigua del Darién.

                              Jerónimo de Aguilar


Por Gustavo Arango

A principios de 1519, llegó a la isla de Cozumel, cerca de Yucatán, una expedición al comando de don Hernán Cortés. Por las conversaciones con los indios, Cortés pudo entender que en Tierra Firme, no lejos de allí, había hombres extranjeros de piel pálida y barbas largas. Conjeturó que aquellos hombres eran castellanos perdidos, y les escribió una carta en la que les decía quién era, qué buscaba y a dónde iba. Agregó que quería ponerlos en libertad pero que, por la costa tan mala, no podía hacerlo con toda la armada. Les pidió que regresaran con los indios mensajeros a Cozumel, en un navío que les enviaría hasta la costa. Para que los otros indios no vieran la carta, la escondió entre los cabellos de uno de los mensajeros que tenía trenzas largas.
El capitán Diego de Ordaz partió con veinte ballesteros, llevó a los emisarios hasta la costa y les dijo que esperaría allí ocho días a que volvieran con los extranjeros. Al cumplirse el plazo, nadie había aparecido, y Ordaz ordenó que regresaran a Cozumel. Pocos días después llegaron al campamento en una canoa cuatro hombres en carnes, los cabellos trenzados y revueltos, y con arcos y flechas. Uno de los capitanes de Cortés acometió a los recién llegados, y tres de los indios intentaron regresar a la costa, pero el cuarto los tranquilizó y habló luego a los castellanos en su lengua.
“Señores, cristiano soy”.
Cuando los hombres de Cortés lo reconocieron como uno de los suyos, el hombre blanco, ataviado como indio, cayó de rodillas y se echó a llorar. Preguntó si era miércoles y, cuando se lo confirmaron, soltó una carcajada sin interrumpir el llanto. Les rogó a los que allí estaban que dieran gracias a Dios porque le había puesto de nuevo entre los cristianos. Andrés de la Tapia lo abrazó, y todos los demás hicieron lo mismo y lo consolaron. Llegados los indios a la presencia de Cortes, éste tardó en saber cuál era el castellano, porque su piel quemada no era distinta de la piel de los otros e iba trasquilado a manera de esclavo. Llevaba en la mano un arco y, en los hombros, un carcaj con flechas y una red con comida. Él y sus compañeros untaron de saliva la mano derecha, la pusieron en el suelo y luego en el corazón. Era el signo de reverencia y acatamiento que usaban en esas tierras con los príncipes y señores, dando a entender que se humillaban ante ellos como la tierra que pisaban.
Cortés estaba ansioso por conocer la historia del indio castellano. Quiso abrigarlo con una capa, pero él la rechazó amable. Dijo llamarse Jerónimo de Aguilar, natural de Elcija, en Andalucía. Descubrieron que era pariente del licenciado Marco de Aguilar, a quien Cortés había conocido en La Española. Le preguntaron si sabía leer y escribir, y él respondió que sí. Extrajo un viejo breviario, y explicó que con él había llevado la cuenta de los días. Cortés mandó  darle de comer y de beber, pero él rechazó el ofrecimiento. Explicó que ya había perdido la costumbre de la comida de los españoles, y que le estragaría el estómago. Contó que era ordenado de evangelio, y que por eso nunca quiso casarse, a pesar de que los indios le insistieron en que tomara esposa.
Cortés mandó que lo vistiesen, pero Aguilar dijo que ya estaba habituado a andar desnudo. Contó que había venido a las Indias en uno de los viajes de Colón y que después acompañó a Diego de Nicuesa en su expedición a Tierra Firme. En febrero de 1511, después de haber pasado muchas penurias en Veragua, los pocos sobrevivientes de la expedición de Nicuesa habían terminado en Santa María. Describió la ciudad del Darién como un hermoso caserío entre colinas fértiles, al lado de un río de aguas diáfanas. Allí los castellanos y los indios habían aprendido a convivir en armonía y cordialidad. Salvo por algunas diferencias entre las gentes del pueblo, todos vivían contentos. Los colonos trabajaban en las minas y en las granjas, y en las noches departían entre juegos y música. Todos los domingos iban a misa. Al lado de los padres Andrés de Vera y Pedro Sánchez, había ayudado a levantar la iglesia y había catequizado y bautizado a muchos indios. Cuando Aguilar estaba en Santa María, se tuvieron por primera vez noticias de la existencia del Mar del Sur y de los reinos dorados junto a sus costas. Los colonos vivían bien, soñando con las riquezas que los estaban esperando. Lo único que necesitaban era más hombres, para emprender la expedición. Aguilar salió de Santa María en el viaje de Juan de Valdivia a La Española. Partieron el 11 de enero de 1512, pero jamás llegaron a su destino.
Siete años más tarde, con el testimonio de Aguilar, se tenía por fin noticia cierta de lo que había ocurrido. En Santa María pensaron que Valdivia había escapado con el oro que Balboa y otros colonos le enviaron al Rey. Habían naufragado cerca de Cuba. Los pocos que sobrevivieron fueron a dar a las costas que quedaban al Norte de Veragua, en una zona rica en yucas, llamada Yucatán. Allí los indios los habían engordado para comérselos. Jerónimo de Aguilar y Gonzalo de Guerrero huyeron en una noche oscura, estando ya la tribu sosegada, y encontraron refugio en una poblado rival de los caníbales.
Aguilar contó que el cacique Taxmar lo tuvo como esclavo por tres años. Fue obligado a cargar leña, agua y pescado, y tenía que obedecer lo que cualquier indio del pueblo le ordenara. Aun si estaba comiendo, debía interrumpirse para hacer lo que pedían. Por su obediencia y diligencia, se ganó la simpatía de todos. Taxmar decidió mejorar la posición de Aguilar en la tribu, y trató de que tomara esposa entre sus hijas. Pero Aguilar se negaba, procurando no ofender. Una vez lo habían enviado a pescar a un río cercano, en compañía de una india hermosa, de catorce años, quien tenía instrucciones de seducirlo. Como debían esperar al amanecer, que era el mejor momento para la pesca, la india colgó la única hamaca que les asignaron, se echó con una manta y empezó a llamar a Aguilar y a pedirle que se acostara con ella. Habló con voz dulce y quejumbrosa. Dijo que tenía frío, y le pidió que la abrazara. Pero Aguilar estaba decidido a cumplir con su voto de castidad. Se puso de rodillas y empezó a combatir con oraciones la terrible tentación. La impúdica damisela siguió empleando ardides y zalamerías luciferinas para quebrantar la voluntad de su acompañante. Cuando vio que no podía vencerlo con cantos de sirena e incitaciones cordiales, se dedicó a insultarlo irritada, a hacer burla de su hombría, a herir su amor propio y sus sentimientos. Pero Aguilar siguió orando de rodillas en la arena. Al otro día, completada la pesca, regresaron al poblado. La muchacha refirió lo ocurrido, y el jefe de la tribu desistió de la idea de casarlo. Pero, como le tenía mucha estima, le confió la guardia de su casa y de sus esposas, sus hijas y toda la servidumbre.
Todos amaban y respetaban a Aguilar. En una ocasión, había un grupo de indios practicando tiro con flechas y uno de ellos le dijo:
“Aguilar, ponte ahí, que queremos ver si podemos atinarte en los ojos”.
“Soy tu esclavo”, respondió. “Puedes hacer conmigo lo que quieras. Pero no creo que quieras perder un esclavo como yo, que tan bien te servirá en lo que mandares”.
El indio soltó una risotada. Le dijo que aquello era otra prueba que Taxmar había pedido que le hicieran. Como su amo estaba enemistado con otros caciques de la comarca, un día Aguilar se ofreció para participar en los combates. El cacique mandó darle rodelas y macanas, arcos y flechas. Al ver la fuerza y determinación del gigante blanco, los adversarios se llenaron de miedo. Era tan exitoso en la batalla que ningún indio se atrevía a enfrentarlo. Uno de los vecinos de Taxmar le dijo al cacique que los dioses estaban enojados con él, por albergar a Aguilar, y que debía sacrificarlo. Taxmar dijo que no pensaba pagar mal a quien tan bien le servía, y que no creía que los dioses miraran con malos ojos a quien tanto favorecían.
Por esos días la carta de Cortés llegó a manos de Jerónimo de Aguilar, quien sintió una enorme alegría. El diácono leyó la carta al jefe de la tribu y le ponderó el poderío de los españoles que estaban cerca y querían llegarse a esas tierras. El cacique quedó espantado y admirado del modo en que se entendían los ausentes. Aguilar hizo seguir el mensaje de Cortés a Gonzalo Guerrero, quien estaba en la vecina población de Chetemal, donde ya era jefe indio y tenía varias mujeres y muchos hijos. Guerrero tenía la piel tatuada y la nariz perforada. Se sentía satisfecho con la vida que llevaba, y declinó la invitación a seguir a las toldas de Cortés. Como Guerrero no aparecía, Aguilar pidió permiso a Taxmar para marcharse. El cacique se llenó de tristeza, pero él y todos en la tribu estuvieron de acuerdo en respetar su decisión. Fue entonces cuando Aguilar salió con los otros tres indios hacia Cozumel.
Cortés decidió ponerlo al tanto de lo acontecido desde su naufragio. Le contó que él mismo pudo haber sido parte de la historia de Santa María, pues estuvo a punto de embarcarse con la expedición de Alonso de Ojeda que partió de La Española, en noviembre de 1509, a tomar posesión de la gobernación de Nueva Andalucía. Cortés no pudo viajar, a causa de una dolencia en una pierna, que lo tenía inutilizado. Entre los hombres de Cortés que recibieron a Jerónimo de Aguilar en Cozumel había uno que vivió cuatro años en la capital del Darién. Su nombre era Bernal Díaz del Castillo, y era natural de Medina del Campo. Bernal Díaz contó a Aguilar detalles de lo acaecido en aquella villa, después de su partida con Valdivia. Le dio noticias de la enorme expedición, comandada por Pedrarias Dávila, que llegó a Santa María en junio de 1514. Le habló de las expectativas de los viajeros y de la decepción cuando no encontraron los castillos, ni los reinos de esplendor que habían imaginado, sino incomodidades y trabajos, y un clima difícil de sobrellevar. Contó cómo las pestilencias dieron cuenta de muchos de los recién llegados. Describió aquel tormento alucinante de la peste de modorra. Habló de la tortura de los mosquitos y de las llagas que se formaban en todas partes del cuerpo. También reveló detalles de las diferencias entre el gobernador Pedrarias y el hidalgo Vasco Núñez de Balboa, hombre rico y antiguo líder de Santa María. Dijo Bernal Díaz que Pedrarias casó a Balboa con una hija suya que se decía doña Fulana Arias de Peñalosa, y luego mandó degollar a su yerno por sospechas de que se quería alzar con unos soldados para irse por la Mar del Sur. Las arbitrariedades de Pedrarias y los enfrentamientos entre sus capitanes hicieron que muchos procuraran marcharse. A eso se sumaba que los soldados llegados con Pedrarias habían arrasado en poco tiempo con aquellas regiones, y no quedaba nada por conquistar. Santa María estaba moribunda cuando Bernal Díaz decidió probar suerte en Cuba, que estaba nuevamente ganada y poblada, bajo el mando de Diego Velásquez. Allí se había unido a la expedición de Hernán Cortés, quien ahora se arrimaba a la región de Yucatán y muy pronto dejaría a Velásquez soplándose las manos.
Jerónimo de Aguilar lamentó la suerte de Santa María y se sumó gustoso a la conquista de lo que en pocos años se conocería como Nueva España. Los caciques se sorprendían y se mostraban más amables cuando descubrían que uno de los blancos hablaba su lengua. Cuentan que la madre de Aguilar  había enloquecido años atrás, cuando creyó que su hijo fue almorzado por caníbales. Cada vez que veía carne en el asador, lanzaba alaridos de dolor y decía que aquella carne era la de su hijo.


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