lunes, 8 de abril de 2013

9 de abril de 1948

Fragmentos de Un ramo de nomeolvides: García Márquez en El Universal

Humo


“El tiempo es una gota de silencio
que rueda por todos los caminos”.
Gustavo Ibarra Merlano


Nadie miró el atardecer. Aunque todos alzaron su mirada hacia las nubes sólo vie­ron al viejo y archi­conocido humo.
El humo, el mismo humo de las hogueras primiti­vas, el humo de los conquistadores españo­les, el de pestes e invasiones de piratas, volvió a elevar­se como un árbol tibio y negro sobre la ciudad amu­rallada. La furia y el temor habían vuelto a encen­derse en medio de musgosas cons­truc­ciones milita­res, a la sombra de conventos conver­tidos en cuar­teles y hospita­les, en casonas dividi­das y calles de ladri­llo y macadam.
Los primeros escarceos comenzaron a la una y veinti­cinco de la tarde, a la hora en que lle­garon las primeras noticias por la radio.
Alguien recuerda haber visto al doctor Domingo López Escau­riaza cruzar lívido la Plaza de la Adua­na a la una y treinta y siete de la tarde. A esa hora, en ese sitio, la gente seguía des­preveni­da, aún no recibían la noticia que haría que queda­ran bo­quiabiertos.
 Según quien lo recuer­da, el doctor López traía el som­bre­ro en la mano –como sólo sucedía en casos excep­cio­nales– y su voz fue entrecortada al infor­mar, sin detener­se, que iba para su periódi­co, que acababan de aten­tar contra Gaitán. El doctor López Escauriaza era un hombre alto y solem­ne con la espalda siempre erguida, un ser obstinado y reflexivo a quien algu­nos, en broma, llamaban el único prócer vivo y otros, por sus rígidos principios, el domingo al que no seguía ni el lunes. La persona que lo vio cruzar la Plaza de la Adua­na siguió al doctor López por la calle de la Amargura, tuvo apu­ros para igualarle el paso en la calle de San Pedro Claver y llegó hombro a hombro con él a la sede del periódi­co, una casa macilenta y encorvada en la calle San Juan de Dios.
Poco antes de llegar, el doctor López bajó el ritmo de sus pasos, quebró el ala del sombrero y dibujó en su rostro de pájaro un gesto de fastidio. Tres soldados nerviosos y armados custo­diaban la entrada de la casa.
El periódico tenía sólo un mes de nacido y era la única publicación de oposición en esa vieja ciudad con rezagos colo­niales.
“¿Qué quiere?”, preguntó el soldado que bloqueó la entrada.
El doctor López miró al soldado con una indigna­ción que lo obligó a apartarse.
Adentro, sentado en una silla detrás del mos­trador, Julio Pretelt Olier esperaba su llegada.
“¿Qué se supone...?”, pudo decir Domingo López Escauriaza con su lengua inutilizada.
Miró en torno suyo: dos soldados más, el rostro de Zabala –tan pálido y brillante como sus gafas–, Eduardo Ferrer, dos redac­to­res de pie, pasmados, mi­rando desde la sali­ta de redac­ción sin decidirse a sentar­se y seguir escri­biendo.
El periódico era un linotipo trastabi­llante, una gastada máquina rotaplana, una salita para perio­distas que daba grima y unos cubículos de vidrio y de madera que parecían inodoros. Pero en la mente del doctor López Escauriaza era una mezcla de espa­da y de bandera que esgrimía por las causas libera­les.
Julio Pretelt Olier se puso de pie y caminó hacia el doctor López Escauriaza.
“No demos rodeos, doctor Escauriaza”, dijo. “Que­remos tener la primicia de lo que piensa publi­car”.
El doctor López miró a su gente, habló en silencio con Zabala, calmó a sus reporteros, perdió la rigidez que había en su espalda y dijo, con voz tranquila y perfectamente audible:
Si es así, entonces saldremos con el edito­rial en blanco”.

Esa tarde mucha gente se apuró a buscar refugio tras la puerta de su casa, se asomó furti­vamente por ventanas entrea­biertas, oyó gritos y disparos, vio en el cielo el humo espeso y corrió a encender la radio.
“Pueblo de Cartagena”, decía un vozarrón emocio­nado. “Ha llegado la hora de la revolución. Como Virgilio al Dante, así mismo os guiará mi voz”.
La voz era solemne, con un dramatismo acen­tuado por los gritos y disparos de la calle. La gente la escuchó como si anun­ciara el fin del mundo. Pero toda la tensión se diluyó con las si­guientes pala­bras.
“No les diré mi nombre, pero seré su guía. Esta es una emisora clandestina”.
En medio de la furia y el temor, una ola de risas recorrió la ciudad. Llevaban muchos años escuchando por la radio aquella voz que se nega­ba a dar su nombre.
“Carajo, oigan la última ocurrencia del Negro Artel”, se escuchó en muchas casas ce­rradas.
Afuera seguían los gritos. Los grupos de seres de rostro indistinguible corriendo como endemonia­dos, golpeando puertas de almacenes, disparando al aire, perdidos en ese feroz juego de escondidas para adultos.
Y hubo fuego. El fuego de las hogueras primi­ti­vas, el fuego de piratas y españoles, el de pestes y de casas que se pierden para siempre volvió a encen­derse en la vieja ciudad amurallada.
Algunos que huyeron de los dispa­ros y el desor­den en los botes del mer­cado recuer­dan toda­vía la imagen que ofre­cía la ciudad desde el refugio del mar. Era un horno de piedra que humeaba sin parar, contra un atardecer que nadie había mirado.
Tal vez nunca se sepa todo lo que sucedió en aquella fecha. Algunos recuerdan los disparos. Otros hablan de turbas enfureci­das que derribaron puertas de almacenes para proveerse de machetes y de hachas. De las calles desaparecieron cientos de metros de cables de energía y de teléfono. Se sabe que hubo ataques contra los dos diarios con­servadores: El Fígaro fue incendia­do y el Diario de la Costa reportó daños en sus oficinas.
Dicen que un grupo de mu­cha­chos libe­rales se tomó la Alcaldía y trató de esta­blecer un gobierno revolu­cionario que sólo estuvo en el poder durante diez minutos.
Pero en la memoria todo es humo.






* * *

La sopa ya había llegado por la nariz, pero el plato humeante seguía en la cocina.
Al joven García, más conocido como Gabito, se le había hecho tarde para almorzar y la dueña de la pensión bogotana de estu­diantes costeños lo castiga­ba haciéndolo esperar.
Miró el cuadro del comedor, el hombre en un árbol muy cerca de un río y el caimán que lo estaba espe­rando. Tamborileó sobre la mesa y cantó en voz baja. Cuando la sopa se asomó en la puerta de la coci­na, escuchó los gritos en la escalera. Un joven agitado llegó al comedor, se pegó a la pared cerca del cuadro y miró al joven en la mesa y a la mujer en la puerta:
“Se jodió el país. Mataron a Gaitán”.
Gabito miró con desconsuelo su plato de sopa y se dejó arrastrar escaleras abajo hasta una multi­tud revuelta. Casi en la esquina de la carrera sép­tima con la avenida Jiménez de Quesada, vio un co­rrillo inquieto y pálido.
La gente rodeaba un charco de sangre frente a la som­brere­ría San Francisco y contaba retazos de lo sucedi­do: a la víctima la habían subido a un taxi, estaba agonizan­te; al victimario lo había desca­la­brado un lustrabotas con su cajón de traba­jo y la gente seguía golpeán­dolo y arrastrán­dolo, carrera sépti­ma abajo, rumbo al Palacio Presi­den­cial.
Gabito pensó que, visto lo visto y sabido lo sabido, se iría a buscar ese plato de sopa que Bogo­tá estaría enfriando sin miseri­cordia. Cuando iba por la calle doce, rumbo a la calle de Florián, Gabito vio salir de un edificio al doctor Carlos H. Pareja, su profesor de Derecho Adminis­tra­tivo.
“¿Para dónde vas?”, le dijo su profesor, mirán­dolo y mirando la agitada multitud.
“Voy a almorzar”, respondió.
“¿A almorzar?”, lo miró escandalizado el doctor Pareja. “Cómo se te ocurre pensar en almor­zar en un momento como éste. Te vas ya mismo para la Univer­sidad”.
Gabito pasó toda la tarde de un lado para otro, gritan­do con rabia y los puños en alto, gol­peando y pateando a esa ciudad helada, turbia e insensi­ble al dolor de su des­tie­rro.
Al anochecer –cansado, sudoroso y liberado– pensó en volver a casa y encontró que la pensión estaba en manos de las llamas que habían comenzado en la Gobernación. Sintió el calorcito en su cara, el estupor milena­rio de los hombres frente al fuego, y escuchó los crujidos de adiós de la pensión de estudiantes costeños.
Se quemaba la sopa que nunca iba a tomarse. Se quemaba ese hombre en el árbol, ardía con el río y el caimán. Se quemaba su ropa. Se quemaba el privi­legio alimenticio, subsidia­do por su padre, de un huevo adicio­nal al desa­yuno. Bajo las llamas sedientas se iba para siempre su primera máquina portátil, ese otro regalo de su padre. Se iban sus cuentos, los que había publicado y los nuevos borrado­res, entre ellos una historia de un fauno en un tranvía bogotano. Se preguntó si sería capaz de volver a escribir los relatos malogrados y, en medio de la duda, deci­dió entrar a bus­carlos. Pero amigos oportunos lograron dete­nerlo.
Alguien irrecordable le ofreció refugio contra el desorden. Toda la noche permanecieron en vela, escuchando los disparos, los gritos y sirenas. Escuchando los ríos de sangre descritos en la radio.
El cuerpo destrozado del asesino –con una cor­bata de rayas azules y rojas como única prenda– bloqueó varios días la entrada del Palacio de Go­bierno. Sobre el charco de sangre del caudillo, liberales compungidos pusieron una bandera y arrojaron una llovizna de flores.
Pocos días después, Gabito retornaba del exilio. Cansado y aterrado regresaba a la tibieza de su tierra.

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