viernes, 18 de octubre de 2013

Erskine Caldwell

La columna de Vivir en el Poblado



Es tiempo de caza. Por todos lados hay perros ansiosos, hombres armados, animales que huyen. En medio de los ires y venires, escuchamos una voz ahogada. Un negro ha caído en un pozo y pide nuestra ayuda. Es un conocido nuestro. Está herido, lleva allí varias horas y empieza a desfallecer. El asunto es casi divertido. Sólo es cuestión de arrojarle una cuerda y decirle que procure ser más cuidadoso. Entonces recordamos que nos falta un perro para tener el número mágico. Uno más y la caza será un placer sin límite. Así que decidimos prolongar la charla. Le preguntamos al negro si retribuiría nuestra generosidad de sacarlo con la generosidad de regalarnos uno de sus perros. El hombre intenta explicar que no puede pagarnos de ese modo; propone otras formas de retribuirnos. Entonces perdemos el entusiasmo por ayudarlo. Lo dejamos a solas en el pozo. Es probable que su ausencia pase desapercibida por varios días. Al final, quizá tengamos muchos más perros de caza.
Es medianoche. Nick ha dicho con voz resuelta que es hora de marcharnos. Ha sido una larga jornada de juego y de licor. Nos movemos con dificultad; tenemos que obedecer. Cuando ya nos dirigimos a la puerta, irrumpe de la calle una mujer que parece estar huyéndole al demonio. Tiene un aire vulnerable y decente. El bar de Nick no es un sitio apropiado para ella. Vemos la fiereza en los ojos de Nick, lo vemos acercarse, tranquilizarla; insiste en que nos marchemos. Sentimos el deber de protegerla e inventamos excusas. No hay que dejarla sola con Nick. Buscamos la manera de sacarla. Pero él se aferra a ella. Alguno se atreve a decirle que será responsable de lo que ocurra, pero él sólo responde con ojos salvajes. Salimos a la calle, miramos las sombras en el cuarto de arriba, decidimos alejarnos. A Nick le debemos dinero, le debemos obediencia. Decidimos pensar que aquel grito es solo viento que se cuela en las cornisas.
Día tras día la mujer se queda sola en casa mientras su esposo se va a trabajar, más allá del pantano, en la nueva cabaña. Día tras día, un hombre siniestro se sienta en el tronco frente a la casa. Sonríe, sabe que está sola, espera. La mujer se arma de valor y se asoma a la puerta. Le grita que se marche. Pero él dice que no le hace mal a nadie, que está bien allí, y que espera a que el marido no vuelva para hacerla suya. La mujer teme. El hombre que la acecha se marcha poco antes del regreso del marido. Pasa el tiempo y poco cambia. Otra vez la mujer decide enfrentar al hombre y éste le dice que un día su marido no va a volver. Dice que el pantano es peligroso, que si alguien cae en sus aguas desaparece para siempre. La mujer teme que ese hombre sea capaz de lo peor. Espera y teme. Una noche, el marido no regresa. Tampoco aparece al día siguiente, ni a la noche siguiente. El hombre en el tronco ya no se mueve; permanece allí todo el tiempo. Al final la mujer sale corriendo de la casa, se dirige al pantano y se arroja a las aguas.
Es un precursor de Rulfo. En su tiempo fue uno de los escritores norteamericanos más vendidos y leídos. Fue prolífico y poco amigo de las entrevistas. Algunos de sus cuentos y novelas son ligeros, divertidos, sería fácil llamarlos realistas; pero todos tienen una rara dimensión intemporal. Leer a Erskine Caldwell (1903-1987) deja huellas en el alma difíciles de borrar.

Oneonta, octubre de 2013.









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