viernes, 18 de octubre de 2013

Erskine Caldwell



Es tiempo de caza. Por todos lados hay perros ansiosos, hombres armados, animales que huyen. En medio de los ires y venires, escuchamos una voz ahogada. Un negro ha caído en un pozo y pide nuestra ayuda. Es un conocido nuestro. Está herido, lleva allí varias horas y empieza a desfallecer. El asunto es casi divertido. Sólo es cuestión de arrojarle una cuerda y decirle que procure ser más cuidadoso. Entonces recordamos que nos falta un perro para tener el número mágico. Uno más y la caza será un placer sin límite. Así que decidimos prolongar la charla. Le preguntamos al negro si retribuiría nuestra generosidad de sacarlo con la generosidad de regalarnos uno de sus perros. El hombre intenta explicar que no puede pagarnos de ese modo; propone otras formas de retribuirnos. Entonces perdemos el entusiasmo por ayudarlo. Lo dejamos a solas en el pozo. Es probable que su ausencia pase desapercibida por varios días. Al final, quizá tengamos muchos más perros de caza.

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