jueves, 3 de octubre de 2013

Los príncipes sometidos



Maquiavelo no era un hombre maquiavélico. Si los muertos se quedan dando vueltas para ver qué hacen los vivos, el fantasma de don Niccolo lleva siglos sufriendo por el pésimo uso que le han dado a su nombre. El agudo funcionario florentino se ha vuelto, con el tiempo, sinónimo de perverso, de intrigante, de persona sin escrúpulos. Eso pasa cuando leemos “de oídas”. Maquiavelo no era todo eso tan malo que quieren atribuirle. Era un tipo bastante aterrizado que además tenía razón.

Dos situaciones separan a El Príncipe, la obra más conocida de Maquiavelo, de los lectores contemporáneos. La primera es el rechazo inmediato que despierta en mucha gente el rótulo de clásico. Para los que consideran a Maquiavelo maquiavélico, un clásico es un libro que jamás hay que leer, pero de cuyo contenido conviene estar un poco enterados. Lo otro que nos separa es nuestra incapacidad para traducir, a nuestra propia experiencia, los consejos que ese libro les daba a los monarcas. 

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