Palabras de agradecimiento durante el homenaje de la Feria del Libro Hispana Latina de Nueva York,
el viernes 11 de octubre de 2013, en la Renaissance Charter School, de Jackson Heights, New York.
La patria del lenguaje
Quiero agradecer al Centro
Cultural Hispano/Latino de Nueva York, a su presidente Fausto Rodríguez, al
comité organizador de la Feria y, muy especialmente, a Juan Nicolás Tineo, por
el honor que hoy me conceden. Agradezco también a senador José Peralta y al concejal
Danny Dromm por las distinciones que me hacen. Llevaré con orgullo toda la vida
este homenaje que me hace la Feria Hispana Latina de Nueva York, por “abrir
puertas” a la comunidad hispana en este país. Sé que nace de una generosidad y
un aprecio genuinos. Lo recibo porque creo que lo merece esta multitud que me
acompaña, la que habla cuando hablo, la que escribe cuando escribo: miles de
seres vivos y muertos, visibles e invisibles.
Gracias a los que han creído
en mi trabajo literario, a quienes lo han apoyado, a todos los que con gestos y
palabras han asumido como suya esta empresa loca de un tipo empeñado en dejar
su testimonio. Gracias, también, a los que hoy están aquí: a los autores y a
los editores que van a presentar sus libros en estos días, a los académicos que
contribuirán a dar profundidad a la reflexión, a los lectores, a todos los que
piensan que la literatura es una de las manifestaciones más sublimes de la
vida.
Me han sugerido que esta noche hable un poco
de mis libros y que cuente mi historia. Puedo empezar por el final y decirles
que mi patria es el lenguaje. He vivido el desarraigo, he habitado en las
palabras y, para llegar aquí, he tenido, como todos ustedes, un largo y
misterioso recorrido.
Mi nombre es Gustavo Arango.
Soy el segundo de los tres hijos de Félix Arango, un vendedor de fantasías a
quien mataron por saber demasiado, y de Nubia Toro, una mujer valiente que me
enseñó desde niño a jugar con las palabras.
Nací y crecí en un pueblo
esforzado y soberbio donde el dinero consiguió corromper a muchos. Soy de
Medellín, el principal proveedor mundial de cocaína a finales del siglo pasado.
De allí salía, con destino a este País del Sueño, el veneno que destruía
voluntades y vidas. He cargado con el estigma de haber nacido en esa ciudad, y
he vivido preguntándome, con mi querida Sor Juana, quién es más de culpar: “el
que peca por la paga o el que paga por pecar”.
En esa ciudad donde el amor
excesivo por la vida se transformó en desprecio por la vida ocurrió lo mejor
que ha podido ocurrirme: descubrí desde niño mi inclinación por la literatura.
Los viernes de cada semana,
el vendedor de fantasías llegaba a casa con un libro nuevo bajo el brazo. Yo lo
veía llegar, orgulloso con su nueva adquisición, lo veía ponerla junto a otros
libros en un estante de la sala, lo veía alejarse sin decir una palabra. Nunca
me dijo que leyera. Sólo traía los libros a casa y los dejaba en el estante.
Dos consejos del vendedor de
fantasías formaron mi carácter. Siempre me dijo que fuera “alguien en la vida”
y que buscara la sabiduría. Yo ignoraba que me estaba poniendo tareas tan
difíciles que una vida no alcanza para completarlas.
Tardé poco en morder el
anzuelo de los libros que el vendedor de fantasías dejaba en el estante de la
sala. La primera novela completa que leí fue Las aventuras de Tom Sawyer. Luego
encontré a Julio Verne y la pasión por la lectura me abrasó. El mundo entero
vino a visitarme. Ni la muerte, ni el tiempo ni la distancia eran obstáculos
para escuchar con los ojos esas voces fascinantes, para escapar a otros mundos,
para volver transformado.
A los veinticuatro años de
edad –poco después de la muerte de mi padre– me fui de Medellín porque el
desprecio por la vida me resultaba intolerable. Yo mismo llegué a sentir que mi
vida carecía de sentido. Consideré la posibilidad del suicidio, pero al final
escapé de la trampa. Los libros me habían enseñado que el mundo es más grande
de lo que parece, que un muerto no cabe en el mundo, y que la mayor soberbia es
creer que merecemos una estrella o una flor. Entre quitarme la vida y ser otro
en otro lado, elegí lo segundo.
Encontré en Cartagena de
Indias la dulzura del Caribe. Allí mi lengua se curó de aristas, se volvió
melodía. En la vieja ciudad de los virreyes me propuse aprender a escribir. A
la sombra de una arquitectura cargada de historias, respirando un aire que
embriagaba, me di a la tarea de encontrar una voz propia.
Con el tiempo he pensado que
los casi diez años que viví en Cartagena han sido los más felices de mi vida.
Allí volví a amar la vida. Allí nacieron mis hijos. Allí fui profesor por
primera vez. Allí escribí libros decisivos: mi primera novela y un libro
biográfico sobre Gabriel García Márquez. Como periodista pude conocer con lujo
de detalles las intrigas, los tejemanejes, de la vieja ciudad cortesana. Tuve
contacto con todas las esferas sociales, fui testigo privilegiado de la
historia. Pero también llegó el momento de dejar Cartagena de Indias. El ritmo
del Caribe empezaba a arrullarme, a adormecerme y, si quería hacer una obra
literaria digna de mis maestros, era preciso buscar nuevos horizontes.
Llegué al aeropuerto de
Newark en la madrugada del 27 de diciembre de 1998, con una mujer, dos niños
pequeños y una casa que había sido reducida a tres maletas. Recuerdo que, al
salir a la noche de invierno, mi hija Valentina exclamó con su acento
cartagenero: “Eerrda, qué frío”. Tenía seis años de edad y estaba entrando a su
patria, recibía el helado saludo de un mundo que sería más suyo que el mundo
que acababa de dejar. Por mi parte, después de haber sido periodista y profesor
en Cartagena, volví a ser estudiante aquí en el País del Sueño. Volví a hacer
tareas y a presentar exámenes; pasé noches enteras estudiando y haciendo largos
viajes en tren y en auto.
Vine a este país por una suma
de factores. Mi libro sobre García Márquez me ayudó a abrirme camino y encontré
amigos generosos. La profesora Margarita Sánchez –quien hoy me acompaña– fue la
primera en tenderme la mano. Nunca ha dejado de ayudarme. Con ella, mi deuda de
gratitud es impagable. Susana Rotker y el escritor argentino Tomás Eloy
Martínez también me ayudaron a encontrar un lugar en la academia. Gracias a
ellos, la Universidad de Rutgers me dio una beca generosa para hacer mis
estudios de maestría y doctorado. Así pude seguir creciendo como escritor y
tener, además, el privilegio de enseñar mi lengua y las literaturas que se
expresan a través de ella.
La tuve fácil y, sin embargo,
no fue fácil. Después de haber sido editor de un periódico en Colombia, recorrí
aquí las calles desiertas de la madrugada repartiendo periódicos para redondear
el sueldo. “Eerrda, qué frío”. Estudiaba, trabajaba, era padre de dos hijos y
en los segundos que me quedaban libres hacía literatura. Muchas veces me he
caído del sueño en este País del Sueño.
No me quejo por las
experiencias que he tenido. Todas, las buenas y las malas, me han hecho lo que
soy. Sé que aquí mismo, en esta curiosa multitud de viernes por la noche, cada
uno de ustedes podría contar una historia de coraje, de dificultades superadas,
de grandes triunfos morales. Pero las estrecheces que he vivido me permiten
entender el valor y los méritos de la comunidad que hoy me hace este
reconocimiento.
Pocos meses después de llegar
descubrí que mi voz había cambiado, que empezaba a recibir nuevos influjos: de
las distintas variedades del español, de la proximidad beneficiosa del inglés,
del ritmo del mundo, con sus gestos y estaciones. Fue aquí donde adquirí la
conciencia de que mi voz es la suma de muchas voces. Me expreso en latín y griego,
en árabe, hebreo y cartaginés, en cientos de otras lenguas africanas e
indígenas, en fenicio y en inglés.
Vivir en el País del Sueño me
ha permitido por fin verme a mí mismo como hispanoamericano. He empezado a
sentir como propias las culturas mexicanas, caribeñas, ibéricas, andinas o las
del cono sur. El contacto con lenguas y culturas ha enriquecido mi lenguaje.
Soy las vidas de millones hilvanando palabras. Soy la nota de una canción
milenaria que exalta la vida, que agradece el milagro del instante y se diluye
en alegría.
No he perseguido la fama ni
el éxito de ventas, pero soy ambicioso.
Aspiro a que mis libros se publiquen, se divulguen, puedan llegar a las manos
de lectores capaces de apreciarlos. Y, como si eso fuera poco, aspiro a
derrotar a la muerte convirtiéndome en lenguaje.
Hoy tengo el honor de recibir
este homenaje que además está expresado en forma de metáfora: “por abrir
puertas a la comunidad hispana en los Estados Unidos”. Cuando era muy niño, mi
hijo Mateo me dijo algo maravilloso. Yo le había preguntado qué quería ser
cuando grande y me respondió, sin pensar demasiado: “Quiero ser una puerta,
para ver a la gente acercarse y entonces abrir”.
Las personas realmente libres
aman los límites. Las puertas son la frontera entre dos espacios, son el
símbolo de un encuentro y no debemos olvidar que cada encuentro nos transforma.
Es un privilegio estar aquí, en los Estados Unidos, en este momento, los
inicios del siglo XXI, abriendo puertas. Estamos en el centro de una historia
de proporciones épicas. Hoy somos el segundo país del mundo con más
hispanohablantes y en pocas décadas seremos el primero. Y es preciso que
estemos a la altura de ese reto.
Hay mucho por hacer en muchos
terrenos: en la educación –formando personas responsables y con criterio–, en
los medios de comunicación –creando contenidos que respeten la inteligencia de
la gente–, en la academia y en el sector editorial –promoviendo el aprecio por
todas las literaturas, no sólo por las que tienen éxitos de ventas. Cada
exponente de las distintas artes tiene un papel importante. Como escritores
tenemos el deber de escribir bien y el de hacer una literatura que refleje la
riqueza del encuentro. Hay que pensar en todo, trabajar mucho y hacer cada uno
su tarea de la mejor manera.
Quiero aprovechar esta
oportunidad para recordar que las puertas se abren siempre en dos direcciones.
Toda búsqueda de aceptación y de reconocimiento implica también la aceptación y
el reconocimiento de los otros. La defensa del español y de nuestras culturas no
debe significar nunca un rechazo del inglés y de las muchas otras lenguas y
culturas que conviven con nosotros aquí en el País del Sueño. Respetemos al
otro, aprendamos del otro, y enseñémosle a apreciar nuestro valor y nuestra
dignidad.
Cada nuevo idioma que
aprendemos, cada cultura que acogemos en nuestro corazón, enriquecen nuestra
vida, nos dan valores nuevos y amplían nuestra perspectiva. Amemos nuestras
banderas, nuestros símbolos, nuestra literatura, pero no permitamos que nos
separen de otros. No olvidemos que –antes de ser hispanos o latinos– somos
seres humanos: misterios que miran el universo con ojos sorprendidos.
Hace veinticinco años dejé
una ciudad donde la gente se había vuelto “desechable”. La violencia, el dolor
y el desaliento habían estado a punto de destruirme. Pero el amor por la
literatura me salvó.
También me salvó una multitud
de seres que me han ayudado en el camino, que se han unido al coro con que
expreso mi mensaje.
La lista completa sería
enorme, ya he mencionado algunos, pero no quiero dejar de mencionar a otros que
me han ayudado desde que vine al País del Sueño. Gracias a María Cristina
Montoya, a Jacqueline Donado, a Susan Byrne, a Nadia Celis, a Carlos Raúl
Narváez, a Luz Merlin Alzate, a Héctor Hernández Ayazo, a Miguel Falquez-Certain,
a Nereo López Meza, a mi amada Gloria Virginia y a mi otra amada, en el más
allá, Marilla Waite Freeman.
Gracias también a Tony Bedoya
y a Rosita y Ofelia, mis tías abuelas.
El fin de semana pasado
estuve visitando ésa que es la rama más antigua de mi tronco familiar. Viven a pocas cuadras de aquí, vinieron al
País del Sueño hace medio siglo y no sólo abrieron puertas, sino que las
construyeron. Hablaba con ellos del homenaje que recibiría esta noche cuando
Ofelia –una de las mujeres más hermosas e inteligentes que he conocido– lanzó
al aire una pregunta que yo también me he hecho muchas veces:
“Cómo estaría Félix de
contento”.
Mi padre, Félix Arango, el
vendedor de fantasías, pagó por la publicación de mi primer libro de cuentos,
cuando yo apenas tenía dieciocho años. Andaba con el libro por todos lados, se
lo mostraba a todo aquel con quien se cruzaba, y era el ser más orgulloso de la
tierra.
Ese fue mi único libro que mi
padre conoció.
Desde entonces, cada vez que
han salido publicados los otros libros –o cada vez que he recibido una
distinción– me he venido haciendo la misma pregunta:
“Cómo estaría de contento”.
Ahora sé la respuesta a esa
pregunta.
Está feliz. Está saltando de
la dicha.
El vendedor de fantasías está
vivo y yo soy su alegría.
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