viernes, 14 de julio de 2017

Primera carta a Mateo

Foto: Valentina Arango

Primera carta a Mateo

Por Wenceslao Triana

Te escribo desde un mundo al que le quedan pocos días, un mundo en el que sólo eres las huellas que te anuncian: esa luna luminosa donde vives, esa cuna con ecos de bosque, ese pato, ese payaso, ese tibio sobresalto con que sueles saludarnos.
Te escribo para hablarte de esta tensa y feliz agonía, de este tiempo arcaico y obsoleto que no te tiene en cuenta, de esta espera del instante en que el mundo se fragmente y multiplique.
Como hace la serpiente -hay serpientes en el mundo, hijo mío, ya habrá tiempo para hablarte de esa mezcla de belleza y de peligro- también aquí nosotros deseamos despojarnos de la piel que nos recubre y desdoblarnos hacia otra que te incluya y te acaricie.
Tienen estos días de la espera un olor de pasado remoto, de tiempo en que no estabas -imagínate- cuando en unas semanas -y durante todo el tiempo que vivamos- será para nosotros imposible pensar en nuestras vidas sin pensarte, decidir nuestros destinos sin contar antes contigo, vivir alegrías y tristezas, muertes y nacimientos, sin que tus sentimientos estén allí presentes.
Y la espera es monótona y suicida. Queremos que el tiempo vuele hasta el instante de tu arribo, para entonces pedirle que no se mueva, que no avance, que no transcurra con su amenaza y su cuenta regresiva.
Y matamos las horas como un niño que se pasa la tarde frente a un hormiguero, obstinado, contando, mirando.
(Algún día te hablaré de las hormigas, hijo mío)
Nosotros contamos y miramos conjeturas. Le ponemos mil colores a tus ojos y a tu pelo.
Tu voz es muchas voces y ninguna.
Llegamos incluso a inventarte unos gestos y sueños, una manera de amarnos y de recriminarnos.
Pero tanto especular cansa, tanto imaginarte teniendo la certeza de estar equivocados, cuando lo que de verdad nos sirve es tu presencia.
Entonces nos armamos de paciencia y esperamos.
Sólo falta que escuches el llamado y que lo atiendas.
Y no olvides que no hay nada que temer cuando empiece el cataclismo.
A pesar del aire intruso y lacerante que traerá de lo profundo el primer grito.
A pesar de esa agonía persistente que es el hambre.
A pesar de esa incansable sucesión de horrores y consuelos que es la vida, procura estar sereno.
Porque aquí hay todo un ejército esperándote, dispuesto a adivinar cualquier deseo, atento a consolarte y a saciarte
Dispuesto a dar la vida, si es preciso, para que sobrevivas y lleves nuestra sangre y nuestros sueños un poco más adelante.
                                                                                                                              Junio 18 de 1997

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