By the deathbed
(fever) I, 1915, Edvard Munch
Hay un cuento de Cortázar
que me sigue pareciendo un tratado sencillo y profundo de psicología. Se llama
“La salud de los enfermos”. Como empiezo a encontrarle el gusto a ladrar
echado, evitaré caminar hasta el estante de aquí al lado para precisar detalles
y, mejor, me pondré en la tarea de ofrecer una versión más o menos libertina.
Quizá algunos lectores curiosos y entusiastas decidan peregrinar hasta el texto
original. Eso sería lo ideal. Los detalles del cuento de Cortázar resultan muy
importantes. Importa también la musiquita del lenguaje y la manera como todo está
contado. Pero la esencia es tan clara e inequívoca que puede sobrevivir hasta
al peor narrador que se le mida.
“La salud de los
enfermos” transcurre en un ambiente suburbano, de familias modestas y esforzadas, quizá inspirado en el Banfield
donde transcurrió la infancia de Cortázar. Uno puede imaginar las casas por
donde circulan multitudes (primos, nietos, hermanos, sobrinos, comadres; las
múltiples facetas de lo humano), el perro inescrutable, las matas en el patio,
las epopeyas domésticas narradas casi en tiempo real. La historia gravita en
torno a la madre que se ha convertido en el centro de una tribu reunida por
remotas lealtades. La madre está enferma y las personas encargadas de cuidarla
procuran evitarle emociones intensas, preocupaciones o tristezas por encima de
su resistencia. Por eso deciden, sin mucho plan, ocultarle por un tiempo la
noticia de la muerte de una hermana. Poco a poco transformaron en lento
deterioro, en final previsible y esperado,
algo que había sido inesperado.
Pero las cosas se
complicaron cuando el hijo de la mujer murió en un accidente. No importa la
velocidad con que se cuente una noticia como esa, aquel que la reciba queda
desbaratado. Dicen que no hay dolor que sea comparable al de la muerte de un
hijo. Por eso no hay palabras para designar al que se queda. El mundo tiene
huérfanos y viudos, pero nadie se ha tomado el trabajo de inventar una palabra
para hablar del desdichado a quien se le muere un hijo. Por eso resulta comprensible que la familia
de la historia de Cortázar decidiera engañar a la madre. Le dijeron que su hijo
había conseguido un trabajo buenísimo en el Brasil y que había tenido que
viajar sin despedirse.
Para suavizar la
frustración de la madre, empezaron a fabricar cartas que supuestamente el hijo
le enviaba desde ese lugar remoto donde estaba trabajando. Las cartas hablaban de lo contento que estaba
con su nuevo trabajo, de la tristeza por no haberse despedido, de los planes
que tenía de visitarla en cuanto tuviera unos días libres. La farsa siguió por
varias semanas. La mujer pedía que le leyeran las cartas de su hijo varias
veces. Luego dictaba la respuesta. La vida parecía bajo control.
Entonces llegó el día inevitable.
La salud de la madre empeoró y antes de expirar en su propia cama (ese lujo
final que ahora los hospitales se dedican a escamotear) reunió a la familia
para agradecer los cuidados, para darles consejos y para dejar entrever que era
consciente de la larga mentira con que habían querido protegerla. Al final la
madre muere y es aquí donde Cortázar nos recuerda que mentir es tan humano como
el habla, que es todavía más humano creer las mentiras que inventamos.
No importa el tamaño y
la calidad de la mentira que nos
digamos, todas ellas terminan convertidas en nuestras convicciones más
preciadas. Pueden venir miles de hechos y wikileaks a contradecirnos, a
demostrarnos que estamos equivocados, y sin embargo seguiremos aferrados a esas
burdas fantasías que alguna vez nos permitieron evadir la realidad. Por eso no resulta sorprendente que esa gente
de la historia de Cortázar se pregunte con tristeza qué palabras debe usar para
contarle al hijo muerto “la noticia de la muerte de mamá”.
Oneonta, Nueva York, Marzo de
2011.
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