viernes, 18 de noviembre de 2011

Con los ojos abiertos.

Ahora que el tren de la tecnología empieza a dejarme, en medio de mi resistencia a idolatrar vendedores de cacharros, debo reconocer que una de las ventajas de estos tiempos es la posibilidad de acceder a tantas cosas que eran inalcanzables. Imagino el entusiasmo que sentiría Borges en este mundo donde hasta el incunable más recóndito se puede conseguir. Esta ciencia ficción en que vivimos habría hecho las delicias de Luis Alberto Álvarez, el hombre que nos enseñó a todos a ver cine. Álvarez pasó su vida entre rollos de películas, viajó por el mundo persiguiendo festivales, pero nunca gozó del privilegio de ver cualquier película con solo desearlo. Esta suerte, sin embargo, no parece servirnos. Como niños malcriados, nos cuesta apreciar la fortuna que tenemos. Llenamos las memorias abismales de los nuevos aparatos con cosas que jamás disfrutaremos. Con el pan en la boca nos morimos de hambre.
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