viernes, 20 de noviembre de 2015

El rey forastero




El sirio Juan Damasceno –a quien la Virgen le restituyó un brazo que había perdido– cuenta en su Vida de San Josafat que en tiempos antiguos había una ciudad muy grande y populosa cuyos habitantes tenían la costumbre de elegir por rey a un extranjero que no tuviera noticia de ese reino y república. Para tal fin, enviaban a lugares remotos unos emisarios que llevaban consigo la lista de atributos que había de tener el elegido. Cuando encontraban al que buscaban, le hacían esa oferta que nunca se supo que alguno rechazara.

Durante un año los habitantes de aquella ciudad dejaban que su rey forastero obrara libremente. Era frecuente que los recién coronados se comportaran al principio con mesura y quisieran ser ecuánimes. Como estaban convencidos de que reinarían por el resto de sus días, muchos pensaban que ganarían gloria y que su nombre sería recordado por los siglos venideros. Pero era inevitable que con el exceso de poderes y con el paso de los días los reyes empezaran a llenarse de soberbia y de maldad.


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