viernes, 15 de enero de 2016

El río de arena

Un anticipo de 
"Su rostro era el de un hombre que viene de muy lejos"

La columna de Vivir en El Poblado.




Al dejar la ciudad, los monjes bebieron largamente en la cisterna. Sólo Hwuy King se negó a beber. “Si hemos de entrar en el desierto”, dijo, “ya estoy en el desierto. Si la sed va a abrasarme, ya me abrasa”. Los guardias de la frontera soltaron risotadas al ver a aquellos hombres partir tan apurados en dirección a la nada. En el último confín de tierra fértil, Tao Cheng vio una flor cuyo recuerdo no dejaría de atormentarlo. Siguieron corriendo hasta que dejaron de oír ladrar los perros. Cuando empezó a clarear, pudo verse mejor el paisaje de piedras menudas, como pulverizadas, con sus colinas bajas como ruinas de montañas. 


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