jueves, 9 de noviembre de 2017

Estrella de los Ríos

Texto publicado en el suplemento Dominical,
de El Universal de Cartagena, en agosto de 1992.


Estrella de los Ríos

1
Cuando leemos, nuestros ojos se posan brevemente en cada palabra. La miran, la reconocen, indagan su sentido y siguen de largo. Pocas veces detienen su recorrido, a causa de una frase afortunada. Cuando eso sucede, cuando un grupo de palabras se nos muestra deslumbrante, la lectura se detiene, la mirada confirma que no ha estado soñando, y entonces nos hundimos a buscar significado.
Un comentario aparecido en la columna “Temas del momento”, en El Universal del 23 de julio de 1967, dice, entre otras cosas: “Hemos leído la producción literaria de Estrella de los Ríos. No obstante su estilo grácil, propio de su condición femenina, el pensamiento expuesto es vigoroso y penetrante, por la intención filosófica implicada. Creemos estar en presencia de un valor oculto, de gran significación humana, que bien pudiera dar a Cartagena nuevo motivo de orgullo. Sería imperdonable si Estrella de los Ríos no avanzara más valerosa, para franquear el medio ambiente y la propia inhibición. Si se decide, le espera el alto puesto correspondiente a los espíritus selectos. Resta solamente que el familión de Estrella de los Ríos, los círculos literarios locales y la prensa coadyuvadora, ambiente con mesura, pero cálidamente, los alrededores por donde el espíritu de la futura escritura bate sus alas”.
¿Estrella de los Ríos? ¿Qué hay detrás de esa extraña confluencia de palabras? ¿Quién es esa niña prodigio? ¿Qué habrá sido de ella? ¿Por qué el augurio de éxito y fama no se ha cumplido? Haciendo memoria, el presente jamás oyó hablar de Estrella de los Ríos, un nombre así se recuerda con facilidad. Algo falló con Estrella, es lo primero que se piensa.
Entonces, en el periódico del 22 de julio de 1992 aparece el elogio y, al pie, en letra de ocho puntos, una nota que dice lo siguiente: “Rogamos a Estrella de los Ríos, o a quien sepa darnos razón de ella, comunicarse en El Universal, con la sección “Cartagena hace 25 años”.
Tardó don semanas en aparecer. Unas tías suyas la llamaron a Bogotá y le contaron que en el periódico de su ciudad había salido publicado algo que tenía que ver con ella. Estrella atendió ese llamado, y una alegre mañana, sobre el escritorio del que hace la columna “Cartagena hace 25 años”, apareció una nota que tenía el teléfono desde donde escucharía una voz recia, madura, contestando sin saludar, presentándose con el nombre:
–Estrella.
–¡Aló!, ¿doña Estrella?

2
Ahora estamos en Bogotá. Para variar, hace frío. La gente anda tiesa y con los cachetes colorados. Un taxista de Pereira me conduce con los lectores a la casa de Estrella de los Ríos. Es un barrio por los lados de los cerros, en un sector de clase alta.
La puerta del edificio es metálica. Hay timbres para cada apartamento. Cada uno tiene un adhesivo con un nombre. En uno de ellos, el 201, dice “Estrella”.
Abre la puerta con sonrisa amable y sube atlética unas escalas. Lleva pantalón estrecho, zapatos suaves y un buzo.
Estrella de los Ríos ha dejado de ser un nombre en un periódico viejo y ahora es una persona viva frente a nosotros. Una mujer vigorosa que no solo no ha dejado de escribir, sino que hace una semana ha dado un paso decisivo.
–Soy libre. Dejé de trabajar.
Para escribir, obviamente. Varios años trabajó en una empresa multinacional en la que pagaban bien. Pero ahora, a partir de esta semana, con una posición más o menos estable, con ahorros y un computador en su casa, Estrella de los Ríos está feliz.
A unos amigos que vienen a buscarla y le pitan desde un carro, les reponde que está ocupada, que después hablan.
–He dado un paso decisivo en mi vida– grita, para que no sólo oigan sus amigos desde el carro, sino todos los vecinos, los yupis y los “desechables”, los artistas de televisión y los guardaespaldas, el barrio, la helada ciudad y el mundo entero: Estrella ha dado un paso decisivo.
Estrella quiere hablar. Considera sus palabras valederas. Luego de una carrera intermitente, con premios importantes en concursos de cuento, publicaciones individuales y colectivas y algunos años de silencio, llegó el momento de dejar fluir su obra.
Escribe una novela. Dice que si le preguntan cuándo estará lista, responde que en veinte años. No tiene afán.
Está terminando un insólito libro que tiene como centro “un lugar de la casa llamado cocina”, y que habla de todo, “hasta de cocina”.
Está revisando sus viejos cuentos, algunos con premios nacionales, para reeditarlos. Su proyecto de escritura no se agota.
Salió de Cartagena a comienzos de los años sesenta y, desde entonces reside en Bogotá. Pero antes había vivido una etapa importante en su ciudad.
“A finales de los sesenta teníamos un grupo de jóvenes artistas. Estábamos muy influidos por la forma de pensar, ser, ver el mundo, de la época.
“Yo escribía, estudiaba en la Escuela de Bellas Artes, sentía que todo era para mí: teatro, literatura, música, amigos bellos, y todo eso cumplió su cometido. Fue una etapa.
“Pero el medio, en cierta forma, te constreñía. Como la gente no te entiende, te quiere quitar del medio. Sentía que Cartagena era solo eso: la cuidad con las murallas, las casas lindas, el mar bonito, las reinas de belleza, pero no más. Entonces le perdí el contacto, me enamoré de la gente del Caribe a la que conocía través de Barranquilla”.
Estrella de los Ríos se acerca a la ventana. Le pide a un “desechable” que le compre cigarrillos. La ciudad está llena de personas como él. Millares de seres cuyo único futuro es el presente.
“Es una convivencia agradable”, dice. “Me consigue los eucaliptos más lindos del mundo, flores; si necesito un cigarrillo, un periódico, él me los consigue; entonces, en lugar de darle plata, él sabe que se gana el billete.
“El término ‘desechable’ yo lo rechazo de pleno. Yo los llamo ‘los sin casa’…
“Imagínate qué tan dolorosa es esa palabra, que el otro día me invitan a una comida y entre la gente, entre los invitados, en un momento, entre todos se avivó una conversación alrededor de la muerte a desechables. Yo no lo creía. Había costeños, gente de acá, de toda Colombia; pero yo no puedo creer que la gente vea en la muerte a desechables una solución a un problema social que no es ‘muerte a desechables’.
“Es que no es muerte al hombre, es muerte a una vaina que está enquistada, no solo en la sociedad colombiana y latinoamericana, sino en el mundo.
“Tú tienes que saber que ellos son parte de la supervivencia que te acompaña a ti. Cada uno está sobreviviendo a su manera…”.
Un grito llega desde la calle.
–Ahí está– dice estrella–. ¡Qué hubo, mijo!
Hace bajar una canastica atada con una cuerda.
Su apartamento está decorado con derroche de gusto. Cristales, bronces, madera tallada, muchos objetos antiguos. La biblioteca tiene una ventada desde donde se ve a Bogotá perderse en la bruma y la distancia. La cocina, la capital de la casa, parece un escenario de película, con tarros pintados de flores y brujitas volando en escobas. Por sus ventanas se ve el cerro de Monserrate, su iglesia blanca y silenciosa.
–Bueno, espérate yo busco y te tiro un par de aspirinas –le dice Estrella al ‘sin casa’.
Finalmente se sienta en su acogedor sillón de tela. Enciende un cigarrillo. Se queda pensativa, distante, imperturbable como una esfinge. Su rostro es pétreo y aguileño, como el de un indio pielrroja. En su cabello recogido transitan unas canas orgullosas. Toda ella transmite una sensación desbordante de energía. Dice: “¡Ajá!”, “Así es”, con tono ausente, hablando consigo misma. Estrella se ha ido, como estrella fugaz. La luz que entra por la ventana ilumina el ascenso aperezado del humo de su cigarrillo. Entonces la esfinge se sacude y estrella aterriza de nuevo en la charla.
“Esto es un cuento”, dice con tono de confidencia. “Esta esquina. Setecientas celebridades por segundo. Como es mi primera semana aquí en mi casa, estoy descubriendo la vida del lugar. Al mediodía son los yupis, los Mercedes, los guardaespaldas, celebridades, presentadores de televisión, actrices, actores…”
De nuevo se queda en silencio. Fuma. Recuerda que se trata de una entrevista, que el tema es la literatura.
“El año pasado escribí un cuento muy cartagenero. Erotiquísimo como él solo. Bueno, es que allá la gente vive así, es una lujuriosidad que está en el pie sin zapato, en la forma como te pones la ropa, en el color de la piel; siempre hay, te lo cuento, rumor de tambores. Siempre tiene que haber un bumbum que suena”.
Pero de nuevo se le impone la realidad.
“El bumbum de las bombas de acá fue tenaz. Tu decías: Después de esto, ¿qué? Eran las bombas y ese pensar tuyo inmediato de que tras esa bomba hay muerte. Después de eso, dije: ‘De aquí, sobrevives’, y a partir de eso el pánico no cunde, sino que a empiezas a vivir como viven ellos, como viven los sin casa, a vivir las veinticuatro horas con mucha intensidad, poniéndose a salvo de cosas que son innecesarias, la oscuridad, los sitios tortuosos, donde no hay buena onda, donde no hay gente amiga.
“Y sentí, aquí entre nos, como ese revival repentino de vivir como en las comunas: el quehacer individual de una forma muy de la casa, entiendes, que todo lo recicles en casa. Además una vida muy natural, una vida muy orgánica, con una filosofía interior que hace que tú veas que hay que vivir muy bien en el mundo, a pesar de las cosas...”
“Tú ves la gente de Somalia… Entiende, ya no hay más. ¿Qué hay después de eso?
“Y tú te tienes que solidarizar con esa gente que se muere de HAM-BRE… Mientras doña Tera está preocupada por la lentejuela y el canutillo de la señorita Caquetá”.
Y la conversación se extiende, ondula, ya casi ni parece una entrevista. Estrella aprovecha para mostrar en el computador lo último que esta escribiendo. Está feliz de poder dedicar todo su tiempo a la literatura. Cuenta que su hija, Pilar, cuando era pequeña le preguntaba por las noches hasta qué hora iba a escribir. “Mis hijas han oscilado entre un ser enajenado y una mamá que quiere serlo”.
Finalmente, la charla va a encallar en su nombre.
“No fue accidente. Era que mi mamá tenía una muñeca preciosa. Yo la conocí, era una muñeca con pelito de celuloide, con el nombre Estrellita atrás, marcado al fuego. Ella dijo que su primera hija se iba a llamar Estrellita y a mí el nombre en diminutivo llegó el momento en que me quedó muy grande, y entonces me lo cambié por Estrella. Me gusta mi nombre. Es una buena estrella. Es una súper buena estrella.

3
Ahora estamos en Cartagena. Estrella ha venido a pasar cinco días en su ciudad. Ella y Ricardo están hospedados en un estrecho apartamento en Marbella. Tiene una pequeña terraza. Más allá están la avenida Santander y el horizonte del mar.
El deslumbrante sol de esa mañana de sábado entra por el amplio ventanal. Estrella está trasnochadísima. Hace solo pocas horas se acostaron. Casi hasta el amanecer estuvieron recorriendo la ciudad, provocándola, despertando recuerdos, sintiéndole el pulso.
Tiene unas gafas oscuras que pronto se quita. Se siente ridícula, parece una estrella de cine detrás de las cámaras. El apartamento carece de adornos y cuadros. Los muebles de la sala son de pvc; adiós maderas, cristales y bronces. Termina de despertar, se hace a la idea de que no dormirá más y prosigue la charla iniciada en Bogotá. Habla de sus sensaciones recorriendo la ciudad.
“Esta es una ciudad feriada. El Cabrero da ganas de llorar. Es increíble cómo se descuida a la gente en una ciudad que debe tener un entorno integral. El cartagenero no sabe cómo fue el hábitat de los abuelos. Aquí los arquitectos, por el afán de figurar en una ciudad atractiva, construyen estos tugurios. La ciudad se está llenado de edificio tuguriales.
“Ayer recorrí Getsemaní, y cuando caminábamos metía la cabeza casi por la ventana para corroborar que en aquel tiempo no había aires acondicionados ni abanicos, y sin embargo los interiores eran frescos. Tú estabas en una sala, te quitabas los zapatos…
“Y Marbella. Cuando yo venía pequeña tenía las huellas de un lugar residencial, con pequeñas y grandes mansiones, remedo de la Costa Azul. Ahora los dueños se mudan a los tugurios que los foráneos hacen, y no dejan que otros disfruten la casa, sino que esperan a que se venga al suelo. Cuando se cae es el pretexto para decir: ‘No hay nada qué hacer, ni los muros se pueden salvar’, y que venga el edificio.
“No es por criticar, pero es de mal gusto. Se acabaron los cartageneros. Marbella era de un gusto ‘exquisitico’. Imagínate los salones abiertos de las casas. La gente de provincia venía a buscar lo que no había en Bocagrande, donde solo estaba el hotel Caribe y los árabes ricos.
“El recorrido de ayer fue muy cinematográfico. Reconstruí el espacio y me preguntaba por qué esto, qué lo hizo, por qué lo llaman patrimonio arquitectónico e histórico de la humanidad, cuando no lo veo.
“En el Parque del Centenario había un minizoológico. Los careyes asomaban la cabeza en un laguito en la mitad del parque, los pericos ligeros estaban trepados en los almendros. El parque estaba lleno de chavarríes, unas aves exóticas que alguien trajo para poner en el parque, era como un pavo real pequeñito. Cuando empezaron los edificios de la Matuna, un tramo de muralla que está junto al puente Román se convirtió en el último reducto de los chavarríes. Después, no hubo más chavarríes” .
De nuevo, la charla oscila, tarda en concretarse, pasa de un tema a otro, libre, a la deriva.
“Si bien en mi familia no hay escritores. Cuatro generaciones atrás había un ambiente muy propicio para desarrollar cualquier rama del arte. Por el lado paterno, la influencia era cartagenera cartagenera; por el lado materno era otra cultura, la del Magdalena. Eso te marca mucho. Mompox, Santa Ana; mis padres se conocen allá. Era la época del boom del petróleo, cuando llegaron los extranjeros de la Andian.
“Por el lado materno, mucha viejita que tocaba violín, piano, escribían poemas. Mompox se precia de culta. Mi abuela bordaba, hacía ‘álbumes, escribía poesías.
“Desde muy niña tuve el impulso de escribir. Era un estupor ante lo que pasaba en la familia. Pequeña era como asomada a una caja de sorpresas: la gran tragedia griega. Todos eran así, estereotipados. No sé si son así todas las familias.
“Me formé con una mezcla de dos culturas: la ribereña y la del mar. La ribereña con la cumbia, el pescador, las comidas, una dimensión reducida que va hacia un punto, que te lleva al mar. La cultura frente al mar se siente poseedora de todas las tierras del mundo, es más cosmopolita.
De cada una agarré algo. En mi caso, agarré de la cultura ribereña la magia en que ellos lo transforman todo. El Magdalena dividía el país, por él entraba y salía todo, las culturas se expandían por la ribera, por ella se difunde el cuento, la historia, se va tejiendo la conseja. Si llegó un alemán con una peluca blanca en Tamalameque, vendiendo específicos para quitarles el gusano a las bestias, imagínese cómo llegará la historia a Mompox.
“Pequeña escribía a mano, papeles que recopilaba. Después era a máquina. Mi relación con la palabra es mecánica, agarrar lo más pronto posible la idea.
“Escribía sobre todo lo que veía, sobre todo lo que la gente hablaba, los hechos truculentos de la ribera –porque la ribera es fuerte–, todas las vacaciones viajábamos allá. Usábamos desde el bote de rueda hasta el veloz corcel. Íbamos a Santa Ana, Magangué, Mompox, que era el punto donde estaba la familia sentada, siempre dedicada a la ganadería. Cuando regresaba a Cartagena escribía.
“Fui una niña solitaria, porque yo quería. En una familia llena de eventos, de celebraciones, de afectos por lado y lado, optaba por mantenerme sola, como una especie de contravía pequeñita: ‘Yo voy, miro y me vengo pa’ acá’.
“Siempre fui diferente, rara. Les di muchos problemas a las monjas. Hubo expulsiones, amenazas; era algo que se le salía de las manos a la familia. Si me prohibían algo, quería saber por qué.
“Recuerdo que me interesaban las crónicas judiciales, para saber por qué a la gente la castigaban, la privaban de su libertad, si había injusticia en ello o no.
“En el 65, cuando empecé a tener menciones y premios, me vi en la necesidad de ordenar esas palabras, para yo leerlas mejor. Por esa época, con un cuento muy lindo que se llama “ Ciro  las luciérnagas”, tuve una mención en un concurso nacional de literatura donde galardonaron a muchos ya consagrados. Yo era la sardinita. Esa historia le llamó la atención a la gente, contaba la relación de un niño con unas luciérnagas, muy autista. Después de que descubre que en su casa no tiene nada qué hacer, se transmuta, desaparece con una luciérnaga que tiene en su cuarto.
“En cuanto a las lecturas, hubo una primera etapa de lecturas obligadas, dirigidas por profesores. Mi papá leía a Oscar Wilde, sus libros eran casi de la mesa, circulaban permanentemente por la casa. Después me interesé por vidas de escritores y pintores. Ya adulta fue la necesidad de empezar a leer narradores que tuvieran que ver con lo que yo quería narrar: clásicos franceses, rusos, norteamericanos, Mary McCarty, Patricia Highsmith, Steinbeck, Faulkner, James, Carson McCullers, Capote… Emily Brontë para mí fue…”, Estrella levanta las cejas mostrando un aprecio gigante: “Sentía que instintivamente estaban en el mismo cuello de botella en que estaba yo: saber que eran mujeres que estaban en una sociedad reprimida. No te dejaban. El hecho de querer abrir espacios era una trasgresión. Quería saber cómo lo hacían, cómo manejaban la palabra para ser ‘útiles, para no hacer tanto daño que les dieran látigo. Estaba dispuesta a romper el cerco como fuera, a sangre y fuego.
“Viajé a Bogotá en el 70, porque me casé. El matrimonio fue un pretexto, un salvoconducto para burlar el cerco. Pensé que gana espacio y caí en otra trampa.
“A partir de entonces, tuve más contacto con barranquilla. Encontré narradores mucho más fuertes que los que veía acá. Más condescendientes con mi condición femenina de escritor. Allí, Fuenmayor influyó mucho en mí. El personaje femenino, para él, era el personaje principal, liberador, y el que rompía con las cosas que le molestaban.
“Luego hubo una pausa dolorosa sobre mi destino en la literatura. ¿Soy o no soy?, me preguntaba. ¿Voy a continuar?”
Y continuó. Continuó escribiendo y continuó hablando. A comienzos del próximo año El diario dela cocina saldrá en busca de editor. Después le toca el turno a Las razones de las tías.

Y ahora Estrella nos habla de cocinas y de tías y, momento tras momento, se vuelve más familiar, aumenta el significado de ese grupo de palabras que salieron de un periódico amarillo y ahora son una mujer que gesticula segura y sigue abriendo las puertas de su vastísimo mundo, y su charla fluye lenta y desafiante como un río, sube, baja y llega en olas, como el mar, y a su boca se asoman palabras deslumbrantes, como el sol, como la luna y las estrellas… de los ríos.

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