domingo, 29 de diciembre de 2013

El viaje

Cuento incluido en  'Su última palabra fue silencio' (1993)




—¿Cuánto falta?
—Calculo que unos tres años.
—Tres años es mucho.
—Puede ser mucho o puede ser poco, todo de­pen­de. Faltaba más cuando empezamos.
—¿Hace cuánto que empezamos?
—No lo sé con exactitud. Pudo ser hace un momento.
—O hace tres años.
—O más, mucho más. Lo cierto es que cuando empezamos faltaba más que ahora. Es posible que ya falten menos de tres años. Quizás dos.
—Tus márgenes de error son bastante amplios.
—¿Márgenes de error? Hablas como un cientí­fico.
—Sí. Aquí donde me ves, he hecho algunos estudios.
—¿De qué?
—No lo recuerdo con exactitud. Pudo ser medicina o abogacía, algo que debía conducirme directamente al éxito.
—¿Y te condujo?
—¿Quién?
—La profesión, lo que estudiaste, ¿te condujo al éxito?
—¿Qué es el éxito?
—No te pongas ahora filosófico. Te condujo o no al éxito.
—No lo recuerdo...
—...con exactitud.
—Oye, tampoco te tomes la libertad de usar mis palabras.
—Son predecibles.
—No importa. Son mías. Son de lo poco que puedo llamar mío de verdad. Las veo emerger desde un pantano oscuro que imagino en mi cabeza, al comienzo enlodadas, casi ni las distingo. A veces sólo las reconozco cuando ya han salido por mi boca y han entrado por mis oídos y he pensado en su sentido. Entonces me enorgullezco o me aver­güenzo de lo que dije. Aunque sienta no haber participado directamente en su gestación.
—Entonces no son tuyas.
—Son mías, surgen de mi pantano, salen por mi boca, se escurren como arena por sobre mis mejillas y se vuelven a meter por mis oídos, llegan, las pienso y las veo hundirse nuevamente en el pantano. Adiós.
—No son tuyas. Tú eres de ellas.
—¿Y ellas de quién son?
—Del pantano.
—¿Y el pantano?
—Tres años más o menos. Ojalá sea menos.

* * *

—Lo que no puedes negar es que sería más difícil si viajáramos incómodos.
—No me puedo quejar.
—La silla ofrece la posibilidad de mover el espaldar. Mira. Ahora está completamente vertical. Ahora un poco inclinado. Un poco más. Más. Y horizontal como una cama.
—Aun puedes bajarlo hasta el suelo.
—Dejaría de ser práctico.
—También puedes echarlo completamente hacia adelante.
—Dejaría de ser práctico.
—Puedes ponerte de pie y estirarte un poco, reactivando la circulación.
—Para qué quieres una silla, si estás pensando en que uno de sus atributos es la posibilidad de no estar sentado en ella.
—Para que deje de ser práctico y tu dejes de decir que dejaría de ser práctico y te quedes callado y me dejes pensar y yo pueda gozar del paisaje sin tener que entablar circunloquios absurdos, llena­dores de tiempo, temerosos del silencio, idiotas, monstruosos, dolorosos, nefastos, funestos, terri­bles.
—No llores.
—..., horribles...
—Cálmate.
—..., torturantes...
—Respira despacio. No llores. Por favor, no llores. Me partes el alma.
—..., infernales...
—Levanta la cabeza.
—..., demenciales...
—Levanta la cabeza ahora mismo. Quítate las manos de la cara. Te estás haciendo daño con las uñas. Te estás poniendo morado.
—..., infames...
—Mírame ahora mismo y explícame qué te pasa. No toleraré que te hagas daño en esa forma.
—..., no más...
—No te dejaré así abandonado. Ahora mismo me vas a explicar de qué se trata todo esto, por qué todo esto. Deja de llorar así. Respira. No te olvides de respirar. Dímelo todo. Deja de llorar. ¿Qué piensas? ¿Qué sientes? ¿Qué tienes?
—..., silencio...
—No tolero que me mandes a callar.
—... ¿Cuánto falta...?
—Tres años. Uno tal vez.
—O cien.
—Dudo que falte tanto. Todo depende. El tiempo a veces parece largo, transcurre lento, otras veces es veloz, se escurre como agua entre nuestras manos.
—..., no...
—Sí, y a veces ni siquiera como agua, como aire, como algo fugaz. ¿Te hablé de mi niñez?
—Sí.
—¿Y te conté la historia del día en que supe que el tiempo pasaba?
—Sí, lo hiciste.
—Te veo más calmado.
—Sí, creo que ya pasó.
—¿Qué tenías?
—No lo sé.
—Sí lo sabes. No tolero evasivas. Dime ahora mismo lo que tenías.
—Me dolía un poco la cabeza.
—¿Y qué más?
—Nada más.
—Contesta qué más tenías. Te lo exijo.
—Tenía un poco de cansancio. Pensaba en lo largo del viaje.
—¿Acaso te molesta viajar a mi lado?
—No, para nada. Es muy agradable viajar a tu lado. Tu charla es tan agradable. Tus recuerdos de la infancia son tan agradables. Tus palabras saliendo del pantano, asomando por tu boca, recorriendo como arena del desierto tus mejillas hasta tu oreja, hasta el pantano del que siguen asomando más palabras. También tú tienes un pantano. Un pantano que no se cansa de enviar criaturas.
—Estás cansado.
—Un poco, lo admito.
—Descansa.
—Si no te molesta.
—Sólo deseo que estés bien. Viajamos juntos porque deseo que estés bien. Anda. Descansa. Te lo ordeno.
—Pero quisiera gozar un poco del paisaje.
—Es mejor que no. Debes reponer tus energías. Aún falta mucho para terminar el viaje.
—¿Cuánto?
—Tres años. Tal vez menos o un poco más.
—¿Y por qué sabes cuánto falta?
—Porque sí.
—¿Alguien te lo ha dicho?
—Sí, creo que sí.
—¿Quieres decir que no es seguro?
—Sí. Es absolutamente seguro. Faltan tres años más o menos.

* * *

De lejos parece una geografía milenaria y angu­lo­sa. Matices vistosos y quizá fosforescentes del polvo y de las rocas. Ángulos asombrosamente uniformes. Fenómeno natural desconcertante. Pue­des jugar a sostener la idea de las rocas precisa­mente esculpidas por el viento, por el tiempo, por la arena que viaja en el espacio, a pesar de la aproximación que ya deja discernir movimientos, desplazamientos en las líneas que ahora pueden empezar a ser llamadas calles o en los bloques que ya son casas, pequeños apartamentos a los que nuestras miradas se asoman por las ventanas, cuartos con las luces encendidas porque la tarde se marcha con un dibujo abigarrado y doloroso que muy pocos levantan la mirada para ver, un cuadro pintado por nadie para nadie.
Y a cada instante se afirman más las luces en las ventanas. Y la obra del agua evaporada y el aire y la luz, poco a poco, se va uniformando en una noche salpicada de luces pequeñas, ventanas demasiado lejos para poder asomarse a ellas, a miles de siglos. Y queda entonces la opción de las ventanas de las casas, los tazones trasladados de las cocinas a las mesas, tomados con trapos por mujeres vestidas con trajes sencillos. El hombre que espera en silencio en la mesa, cabizbajo, tal vez triste, tal vez enojado. Los niños mirándose, ha­blan­­do, poniendo a prueba la disciplina, moles­tán­dose, riñéndose, volviéndose a mirar la cara del hombre, buscando advertir alguna señal de peligro para suspender el juego de agresiones, para dejar de sentirse allí en esa mesa y ser arrastrados por su silencio y sus pensamientos. La mujer les orde­na quedarse quietos. Sirve a cada uno en su plato. Se sienta. Calla. Hasta nosotros sólo llega el leve ruido de la charla de los niños, de su exasperación monótona, persistente, casi sin entusiasmo, un ruido que se interroga a cada instante sobre su sentido, sobre su obligación de ser. La frente del hombre se arruga al tomar la cuchara. La mujer les ordena a los niños que callen. Comen en silencio, las miradas en los platos, llevando con movimientos lentos y uniformes la sopa a la boca. Sintiendo el sabor, callando, pensando, lentos, casi estáticos, como un cuadro, la bombilla colgando sobre la mesa y dibujando sombras melancólicas en sus caras, en sus cuerpos que se mueven como la manecilla que indica las horas. Y sin embargo imagino ese ruido que hay en sus cabezas, el rugido de tempestades, los gritos y llantos, las carcajadas y viajes vertiginosos, mientras las manos levantan monótonas las cucharas y unos ojos pequeños se arriesgan a mirar de reojo.
Duerme. A mi lado, duerme. Me deja el silencio y la posibilidad de ir hasta mis propios límites, de recorrer espacios que este viaje y su charla no me han dejado tiempo para volver a recorrer, espacios en los que ya las cosas no suceden en el plano de las palabras, sino que oscilan, suben, bajan, se pierden y se reencuentran en un terreno de imágenes sin discurso, sin lógica, sin por qué, sin qué, sin qué pasa, sin qué piensa, sin qué tiene, sin explicación alguna, sin estados de ánimo siquiera y lo que es más importante: sin mí, sin alguien recordándome que existo, que soy, que voy en este viaje, porque sólo olvidándome del viaje, olvidándome de mí, puedo dejar a un lado este cansancio, este peso agobiante que sólo desaparece cuando duerme, cuando no está recordándome que existo, que vamos, que voy, y tengo la posibilidad de disolverme en las imágenes, las luces y ventanas, los rostros y los platos, las sopas humeantes viajando en las cucharas.



* * *

—Despierta. Parece que estamos llegando. ¿Soñaste?
—Sí.
—¿Qué esperas para contármelo?
—Soñé que dormías y que yo pensaba.
—¿Qué pensabas?
—No sé.
—Tienes que saberlo. ¿No me quieres decir lo que pensaste?
—No.
—Vamos, dímelo. Si no me lo dices es porque se trata de algo malo.
—No es nada malo.
—Entonces cuéntamelo.
—Soñé con un plato de sopa.
—Falsa alarma. El viaje aún no ha terminado. ¿Te conté que de niño me gustaban los sueños?

* * *

—Tengo frío.
—Ponte un abrigo
—Es que no es un frío del que pueda protegerme un vestido. Es un frío que sale de mí.
—Entonces ponte un abrigo para que no se salga y me enfríe y nos enfríe a todos.
—¿A todos?
—¿Vas a decirme ahora que no te has dado cuen­ta de que no viajamos solos?
—Bueno, sí. Para empezar viajamos tú y yo, así es que no podemos estar viajando solos. Aunque la verdad es que respecto a este viaje es más lo que ignoro que lo que sé.
—A todos nos pasa.
—¿Qué?
—Eso de no saber mucho, de ignorarlo casi todo.
—Sí, a todos y respecto a todo.
—Yo diría que a casi todo, porque decir todo es ya pretender saber algo con seguridad.
—Sería la frase de ese hombre que vimos hace tiempo.
—Era un juego de palabras.
—Pero era sensato.
—Pero era un juego. Mira que al decir que sólo sabía que nada sabía, estaba diciendo algo contra­dictorio, se estaba desmintiendo al afirmarse.
—¿Qué habrá sido de él?
—¿De quién?
—De él. Del hombre que nos dijo eso.
—Quizá haya muerto. Sucedió hace mucho tiempo y el olvido que tengo de él me lo representa anciano y jovial.
—¿Jovial?
—Sí, jovial.
—Jovial es una bonita palabra.
—Es una palabra jovial.
—Dulce...tibia...
—¿Te sientes mejor?
—Un poco. Sólo un poco. Trataré de concen­trar­me en la idea de calor.

* * *

Primero una noche fresca, despejada, con vien­tos helados barriendo las superficies dormidas. Con luces viajando desde hace mucho tiempo. Con reflejos fríos en rocas desiertas. Luego, una llamita alterada. Un fósforo protegido del viento por las manos que se acercan a su luz y a su calor, que intencionalmente se queman, se aferran a la inde­cisa tibieza. Más tarde, una antorcha de llama muy densa, iluminando los pasos en la noche, abriendo caminos, primero la arena, después pastizales in­men­sos, bañados por una luz casi invisible, por un ligero desplazamiento del negro hacia el gris más oscuro, cabellera de la tierra remotamente distin­guible, hasta que la antorcha se acerca, inunda de verdes y amarillos y el fuego se arroja, se extiende, corre, grita, vocifera, envuelve, calienta, quema, calienta, envuelve, vocifera, grita, corre, se extiende, se arroja, se sacude como un oleaje, quema, calcina, barre con el frío. Hasta que sale el sol plena luz para hacer más visible eso que ahora es tierra negra, humeante, tibia, y una montañita negra, con una antorcha apagada en la mano de ceniza.

* * *

—Despierta. Tuviste una pesadilla.
—No es una pesadilla.
—Te movías inquieto, gemías, te quejabas.
—Fue un sueño agradable. Debiste dejarme.
—Tu silencio final me asustó. Pensé que habías muerto.
—No.
—Ya sé que no. Pero me asusté. Por un segundo pensé que habías muerto y que el resto del viaje tendría que seguir sin alguien con quien hablar.
—No había dolor. Era como un placer... si supiera lo que es el placer. ¿Sabes lo que es el placer?
—Claro, todo el mundo lo sabe.
—¿Qué es?
—No preguntes tonterías. No después del susto que me has dado.
—¿Yo?
—Sí, tú. Pensé que habías muerto.
—¿Yo?
—Sí, tú. Muerto tú, cadáver tú. Despojo tú. Masa inútil tú, silencio eterno tú.
—¿Silencio eterno yo?
—Silencio eterno.
—¡Ahhh!
—No le veo lo agradable.
—¿Dijiste silencio eterno?
—Sí, lo dije. No empieces ahora con tus quejas eternas porque no hago sino hablar y no te permito un solo segundo de libertad. Ya sé que estás cansado de mí. No tienes que decírmelo de manera tan insistente. Dije silencio eterno, sí, y me dio pavor la idea.
—¿Cuánto falta?
—Calculo que unos diez años.
—Diez años es mucho.
—Puede ser mucho o puede ser poco, todo depende.
—¿De qué?
—De muchos factores.
—Dime algunos.
—De la forma en que ocupes el tiempo.
—¿El tiempo depende de la forma en que lo ocupes?
—Indudablemente.
—¿Y cómo hay que ocuparlo para que transcu­rra rápido?
—Hablando.
—¿Y pensando?
—No, pensando no. Puede ser eterno.

* * *

—¿Puedes ver algo?
—Sí, claro que puedo.
—¿Qué ves?
—Pues todo. Mis ojos funcionan a la perfección.
—No me refiero a eso. Quiero decir que si desde tu silla alcanzas a ver algo del paisaje o del vehículo.
—No mucho
—Acércate más al vidrio.
—No puedo acercarme más. Más cerca estaría del otro lado y empezaría a alejarme.
—¿Vas a decirme que no ves nada?
—Veo algunas cosas. Cerca de nosotros todo pasa rápido, todo es como agua cayendo, algunas figuras que no alcanzo a discernir aparecen a un lado del cristal y se pierden por el otro.
—¿Vienen de adelante hacia atrás?
—No podría asegurar que es así siempre.
—¿Suben? ¿Bajan?
—Se desplazan. Pasan raudas. Como agua. Como sueños alterados.
—Debe haber algo que se distinga. Trata de mirar más lejos.
—¿Más lejos?
—Sí, en la distancia las cosas se mueven más lento.
—El paso de las cosas más cercanas no deja ver la distancia. Sólo a veces hay un claro ocasional y puedo ver una granja, un poblado, una gran ciudad. La última vez fue el humilde taller de unos zapateros. Clavaban todo el día. Recomponían suelas de zapatos que sus aprendices hallaban abandonados en las calles y caminos. Más tarde los futuros zapateros debían regresar los zapatos arreglados al lugar donde los habían encontrado. No recibían dinero. Nadie los contrataba. Vivían del placer que les dejaba su trabajo.
—¿Estás seguro de que viste eso?
—No mucho.
—Debiste soñarlo.
—Es posible. Sólo en los sueños se vive del placer del trabajo.
—Pero es preferible a vivir de un trabajo sin placer.
—Sí.
—O a ni siquiera vivir. Sólo trabajar.
—Sí. Es mejor sólo vivir o sólo sentir placer.
—¿Placer?
—Sí, aunque viéndolo bien, se puede vivir sin placer, pero no es posible el placer sin vivir.
—¿Qué es?
—¿Vivir?
—También, pero antes explícame el placer.
—Todo el mundo lo sabe.
—¿Todo el mundo ha sentido placer?
—Absolutamente.
—¿Cómo lo sabes?
—Lo sé.
—¿Como el hombre que encontramos hace un tiempo?
—Creo saber más que él.
—¿Y el vehículo?
—El vehículo no sabe nada.
—Te pregunto si sabes algo acerca del vehículo.
—No mucho. Desde aquí no veo muy bien qué es.
—¿Un tren?
—Es posible.
—¿Una carreta?
—También.
—¿Un auto?
—Puede ser un auto.
—¿Un barco?
—Lo que pasa veloz tras el cristal bien puede ser agua.
—¿Un avión?
—Es posible. No podría negar que volamos.
—¿El mundo? Lo ves arriba o abajo.
—Simplemente no lo veo.
—Es inútil.
—No te deprimas.
—Es descorazonador no saber ni siquiera eso.
—No es importante.
—No sería importante si supiéramos algo.
—Sabemos algo.
—¿Qué?
—Que viajamos.
—¿Estás seguro de que nos movemos?
—Es posible que nos hayamos detenido por un momento.
—Pero mira eso que pasa raudo tras el cristal.
—Entonces nos movemos, viajamos.
—¿Qué te hace pensar que no estamos dete­nidos y lo único que se mueve es eso indefinido que barre el cristal?
—Puede ser.
—¿Ves? No sabemos nada. Esto es deprimente. Déjame pensar.

* * *

Replegarse. Aprovechar que también se cansa, que poco a poco ha empezado a residir en él ese diálogo interno, ese eco oscuro y cálido que al final es lo único que queda, lo último que se disuelve, el último fragmento de conciencia. Confiar en que no habrá interrupciones, ir aflojando poco a poco las amarras, ir relajando las alarmas que permanen­te­mente llaman nuestra atención a la superficie. Rela­jarse, sentir las tensiones en el cuerpo y libe­rar­las, la rigidez del cuello, la avidez ciega en el pubis, la ansiedad presta al salto bajo los muslos. Ir cada vez más lejos en ese camino que sólo se conoce intuitivamente, que sólo ha sido recorrido a medias porque siempre habrá más allá un grado superior del abandono, una forma menos atenta de vigilarse, de aferrarse a ese sujeto que poco a poco se convierte en un extraño en una silla que viaja al lado de otro igual de extraño, igual de desconocido, y más tarde una forma de vida indefinida, un ente sorprendente perdido en la inmensidad.

* * *

—Tiquetes.
—¿Qué?
—Tiquetes.
—Oye. Despierta. Este hombre pregunta por unos tiquetes.
—Tiquetes.
—Sí. ¿Recuerdas algo de unos tiquetes?
—No mucho. Creo que son los papeles que auto­ri­zan para hacer uso de un vehículo.
—Quiero decir que si recuerdas haber comprado los tiquetes.
—¿Cuáles tiquetes?
—Los de este viaje.
—¿Cuál viaje?
—Este.
—¿Cuál? ¿El tuyo? ¿El mío? ¿El de los dos? ¿Algunos otros viajes que en este mismo instante transcurren a través de nosotros?
—Éste... No puedo decir más.
—No lo sé. Hace tanto tiempo. Tengo la sensa­ción de que siempre he estado en este viaje. Bueno, la verdad es que no recuerdo si hace mucho o si hace poco.
—¿Pero, los tiquetes, los compraste?
—¿Y por qué habría de comprarlos?
—Cuando se viaja hay que comprar tiquetes.
—Pero lo más lógico es que cada uno haya comprado su tiquete, si es que los compramos.
—¿Por qué? Tú eres quien lleva nuestro dinero.
—¿Cuál dinero? ¿De qué dinero hablas? ¿Tengo que recordarte que nos hemos conocido en este viaje, que antes ni nos habíamos visto y que no hemos tenido sociedades de ninguna clase?
—Vamos, no estoy para bromas. Tú debes tener los tiquetes y este señor ya debe estar cansado de tener su mano estirada.
—¿Qué tiquetes?
—Los de este viaje.
—Cuál... Estoy cansado. Pregúntale. Tal vez sepa algo.
—¿De qué tiquetes habla?, señor.
—Tiquetes.
—Mire. No lo tome a mal, pero no sabemos de qué tiquetes habla y, para ser sinceros, ni siquiera recordamos de dónde venimos y, como si fuera poco, ignoramos hacia dónde nos dirigimos y, la verdad sea dicha, ni siquiera nos consta que viajamos.
—Sólo sé que debo estar aquí, de pie, frente a ustedes, diciendo una y otra vez la palabra tiquetes.
—¿Quién lo envía?
—No debo decirlo.
—Tampoco debía decir nada diferente a tiquetes y sin embargo lo ha hecho
—Es diferente.
—¿Qué tiene de diferente?
—Es diferente.
—Ahora la orden es decir: “es diferente”
—No.
—Vamos, no sea tan obediente. ¿Por qué nos oculta quién lo envió? ¿Lo castigarán si nos lo cuenta?
—No.
—Con mayor razón puede decírnoslo.
—¿Y qué ganarían con saberlo?
—Sabríamos algo más. Podríamos ir donde ese alguien y preguntarle a quién obedece, cuál es su propósito. Poco a poco iríamos reuniendo saberes. Tal vez algún día encontraríamos respuesta a nuestras preguntas.
—¿Y cuáles son sus preguntas?
—¿Cuánto falta? ¿Hace cuánto que empezamos? ¿De dónde venimos? ¿Para dónde vamos? ¿Qué clase de vehículo empleamos? Y algunas más específicas: ¿Nos conocíamos o no antes de empezar el viaje? ¿Tenemos o no tiquetes? ¿Maneja o no uno de los dos las finanzas de ambos?
—Yo tengo la respuesta a esas preguntas.
—¿Cuál es?
—No.
—¿No?
—Sí. Uno de los dos no maneja las finanzas de ambos. No tienen tiquetes. No se conocían antes de empezar el viaje.
—¿Y las otras preguntas?
—No sé la respuesta.
—¿Quién la sabe?
—No lo sé.
—Creo que nos miente.
—Yo también quiero creer que es así.
—Debo irme.
—¡Espere! No debemos dejarlo ir. Es nuestra oportunidad de saber algo.
—Pero si no quiere o no puede decirnos nada.
—Entonces lo obligaremos.
—¿Obligarlo?
—Sí. Sería intolerable seguir así.
—Pero es como si siempre hubiéramos estado así. ¿Para qué cambiar las cosas? ¿Para qué buscar empeorarlas?
—Cualquier cambio será favorable. Habremos vencido un poco la incertidumbre.
—¿Para qué? Así estamos bien. Me gusta tu charla. Mira que estoy aprendiendo a respetar tus silencios. ¿Vas a decirme que no te permito pensar?
—Sí. Pero mis pensamientos viajan en un espacio limitado, juegan con un número preciso de figuras. Las posibilidades de descubrir algo las ofrece la imaginación, pero siempre se trata de variaciones sobre lo que ya hay. En cambio la respuesta a esas preguntas...
—Todo el mundo se las hace. Son tontas. No es posible pensar todo el tiempo en ellas. Son preguntas que uno se hace cuando joven y después las olvida. Sólo sirven para desasosegarte, para aburrirte o entristecerte, y no sabemos lo que va a durar este viaje y lo mejor es disfrutarlo.
—¿Disfrutarlo?
—Sí, disfrutarlo. Buscar el placer. Hundirse en él.
—¿El placer?
—Sí, el placer. Todo el mundo lo sabe. La ausencia del dolor.
—¿Y dónde está el placer?
—Todo el mundo lo sabe.
—Yo no lo sé.
—Debes saberlo. Está en ti y en todas partes.
—¿Dónde?
—Sucede cuando se encuentran tus sentidos con las cosas.
—¿Siempre?
—Casi nunca.
—Entonces, ¿cuándo?
—Sucede, por ejemplo, cuando encontramos la mujer.
—¿La mujer? ¿El ser del que tanto hablamos? La imagino tibia cuando hace frío, fresca cuando hay calor, reconfortante...
—El hombre de los tiquetes como que se va.
—...dulce, suave....
—se va y es posible que nunca volvamos a verlo.
—...perfumada, melodiosa...
—Nunca sabrás lo que querías saber.
—Señor. Venga acá.
—Tiquetes.
—Quédese. Tenemos algunas preguntas para hacer­le.
—Sólo sé que nada sé.
—Tiene que respondernos. Ayúdame. Atémosle las manos con tu corbata. Sus forcejeos son vigo­rosos.
—Toma, átalo fuerte. Siéntalo en tu silla.
—Los pies. Hay que amarrarle los pies. Ayúdame a quitarme mi corbata.
—No tienes corbata.
—No importa. Quítamela. Eso es.
—Listo. Lo tenemos controlado. ¿Ahora qué hacemos?
—Preguntar.
—Sólo sé que nada sé.

* * *

—¿En qué piensas?
—En las injusticias.
—¿Has sido injusto?
—Sí. También he sido injusto.
—Todos lo hemos sido.
—Lo sé o creo saberlo. Pero no deja de preocuparme.
—¿Que eres injusto?
—También. Pero no me duele tanto como cuan­do alguien es injusto conmigo.
—Tu conversación es muy interesante. Pero no le sentaría mal algo de realidad, alguien sangrando o llorando, alguien gritando de alegría o de dolor. Por lo menos así es más fácil sentir palabras como justo o injusto.
—Con esas dos palabras podría contarte mi vida.
—Tenemos tiempo.
—No estamos seguros.
—Empieza al menos. Tardemos lo que tardemos, el tiempo lo habremos ocupado con el recuento de las justicias e injusticias de tu vida.
—Pero no sería justo que el viaje terminara en medio de alguna historia muy importante para mí.
—En ese caso, no nos moveríamos hasta que terminaras tu historia
—Pero es muy posible que de mi historia se des­pren­da otra historia y luego otra y otra y así toda mi vida.
—Esperaríamos hasta el final.
—Pero no es justo que habiendo llegado al final del viaje yo te retenga con mis historias.
—En ese caso tus historias serían otro viaje.
—No. Sería incapaz de cometer tal injusticia.
—Sería una injusticia que no la cometieras, ca­llan­­do tus historias.
—¿No hay salida?
—Creo que no.
—Callaré.
—Te comprendo.
—¿Sabes?
—¿Qué?
—Ya me siento mejor.
—¿Mejor que cuándo?
—Que hace un momento, cuando pensaba en injusticias.
—¿Pensabas en alguna en especial?
—No. Injusticias a secas. La palabra injusticia.
—¿Ni un llanto, ni un grito, ni sangre?
—Es posible. Pero no directamente.
—Has abierto mi apetito de injusticias. Tendrás que contarme alguna o, al menos, inventarla.
—Está bien.
—Cuéntala.
—Ya la conté.
—No has contado nada.
—Dije: está bien.
—¿Y?
—Y esa fue mi injusticia.



* * *

—Siempre me ha intrigado algo con mis recuerdos. Con el tiempo tienden a confundirse con mis sueños. A veces se me pone de frente una imagen y, por mucho que intento recordar, no consigo saber si fue un hecho real o fue un sueño.
—Sucede a veces.
—¿Y no te preocupa?
—Sólo lo suficiente.
—A veces quisiera pensar como piensas, sentir como sientes.
—Es un sueño.
—Pero sólo consigo pensar como pienso, sentir como siento.
—Es un hecho.
—Pero sé que me engaño queriendo pensar como piensas. Sé muy bien que no puedo. Sería incapaz de decir que una cosa es un sueño y que otra es un hecho. Tan sólo afirmarlo y al momento lo dicho se irá disolviendo.
—Es un hecho que todo es un sueño.
—¿Y te quedas tan tranquilo? No sientes que tu estómago da vueltas cuando dices una cosa como ésa?
—El estómago es un sueño.
—¿Y las vueltas?
—Son un hecho.

* * *

—¿Te parece si volvemos a intentarlo?
—Nada perdemos y es posible que ganemos algo.
—¿Quién te envía?
—Tiquetes.
—¿Quién te dijo que vinieras a pedirnos los tiquetes?
—Sólo sé que nada sé.
—Es inútil.
—Hay que intentarlo. ¿Recuerdas algún rostro, algunas palabras?
—¿De qué puede servir?
—Aún no lo sabemos, pero es posible que tam­bién te aclare algo.
—¿Y qué gano con tener algo claro?
—Entenderás mejor.
—¿Qué entenderé mejor?
—Todo, quién eres, quiénes somos, de dónde ve­ni­mos, para dónde vamos.
—Yo sólo quiero ver los tiquetes.
—Es inútil.
—Déjame seguir intentándolo.
—¿Para qué? ¿Para que después de mucho insistir él te diga un nombre o te describa a alguien? ¿Para que el terreno de tu incertidumbre sea aun mayor? ¿Para que después de múltiples esfuerzos llegues a ese alguien y, después de una gran lucha, ese alguien te conduzca a otro alguien? ¿Para que el tiempo no te alcance para llegar al final y descubras, después de múltiples penurias, lo que una persona sensata debe admitir sin ningún esfuerzo: que no hay que preguntar?
—Tengo que intentarlo. No soporto esta ignorancia.
—No puedes evitarla. Aunque te enojes, aunque golpees a este hombre hasta matarlo, sólo conseguirás desahogarte pero no lograrás saber nada.
—¿Matarlo?
—Sí, matarlo. Lo mismo da. Todo el mundo lo hace. Todo el mundo mata a todo el mundo. Nada importa de verdad.
—¿Matarlo?
—Da lo mismo. Nada conseguirás.
—¿Quién te envía?
—Lo lastimas.
—Sólo sé que nada sé.
—¿De dónde venimos?
—Le haces daño.
—¿Adónde vamos?
—Contrólate. No lograrás nada. Él no sabe nada.
—¿Quién nos mira y se burla de nosotros?
—Sólo sé...
—Déjalo. No lo golpees. Contrólate. Resígnate.
—¿Qué es todo esto?
—Te lo dije. Te advertí que debías controlarte. Está herido. Parece que lo mataste.
—No me dijo nada.
—Sí, está muerto. Es posible que tengas que responder por esto.
—Sólo pedía unos tiquetes y decía que sólo sabía que nada sabía.
—Lo mataste. Eres un asesino.
—Tú me dijiste que nada importaba.
—Eran sólo palabras. Lo mataste. Acabaste una vida.
—¿Y?
—No me mires así. Sólo sé que no se hace.
—Sólo pedía unos tiquetes y decía lo que sabía.

* * *

—Fue como si despertara.
—No entiendo.
—Cuando todo pasó, me pregunté qué estaba haciendo en ese lugar. Miraba en torno mío como un recién nacido. No entendía nada. Empecé a ponerle nombres a las cosas: vestidos, cuarto pequeño, puerta de madera, mesita de noche con cenicero, botella y dos copas. A medida que pasaba el tiempo y mi mirada se movía, seguían llegando nombres, más y más, en forma creciente.
—¿Qué nombres?
—Lámpara, sábanas, cama, hombre en cuclillas sobre esa cama, oliendo el polvo de la lámpara de un techo exageradamente bajo y sintiendo debajo del abdomen que un hilito delgado de dolor lo mantiene adherido a un ser humano, a otro ser humano.
—¿Con que eso es el placer?
—Es una de sus formas más extrañas.
—Es como el final de un viaje.
—Y el comienzo de otro. Yo diría que es el lapso entre dos viajes.
—Pero ese lapso no existe.
—Existe, lo tiene en su registro la memoria.
—Pero no conseguimos recordarlo. Tú mismo lo has dicho, fue como si despertaras.
—Sí, sólo tenemos los recuerdos de los viajes, pero no de las partidas y llegadas.
—Todo esto me deprime.
—Que tengas un feliz viaje.






La magia del engliñol


"Repartiendo grocerias en el truquito". 

Por Wenceslao Triana

   Me debo y les debo a mis dos o tres lectores este artículo desde hace muchos años, casi desde los tiempos ya remotos en que decidí marcharme del país de los colombios y me vine, más resignado que ilusionado, a este país donde las mayorías habitan en un sueño artificial y desabrido.

  Por razones que no viene al caso explicar, fui posponiendo esta charla que sólo ahora un sonido de campanas me invita a asumir, para que no forme parte de la deuda incalculable que dejaré al marcharme.   

Una de las primeras cosas que noté, cuando llegué a este lugar, fue la intensa convivencia que aquí sostienen el español y el inglés. Comprobé con alegría que ya era cosa del pasado ese saludo con que solían recibir a los recién llegados: “Forget Spanish!”, tan parecido a la leyenda que Dante encontró sobre la puerta de los infiernos helados. 

   Ya para el momento de mi arribo el español se paseaba orgulloso por las calles, las oficinas, las empresas de gobierno y de servicio. Ya era posible oír el rumor de que el inglés terminaría acorralado. Pero más que la batalla demográfica me interesaba el privilegio de estar en un lugar donde dos lenguas convivían y me hundí lleno de entusiasmo en el bilingüismo, convencido de que cada nueva lengua que le añadimos a nuestras vidas es como un nuevo universo que le abrimos a nuestra libertad.

  Siempre traté de tener claro que las dos aguas podían convivir, pero que era necesario evitar que se mezclaran en ese pataleo intermedio al que llaman Spanglish. Porque el Spanglish puede ser un triunfo de la comunicación, pero es una derrota del inglés y el castellano, esas patrias errantes que hace mucho dejaron de pertenecerle a Castilla e Inglaterra, que hace mucho son el patrimonio de legiones de tránsfugas y desterrados.

   Pero con el tiempo encontré un equivalente del Spanglish al que se le ha prestado muy poca atención y aquí me tienen, sí señores, enemigo del Spanglish pero defensor acérrimo del engliñol.

    Tengan la bondad de poner al lado de la palabra engliñol el símbolo de copyright. Porque, que yo sepa, nadie ha hablado de esa lengua cargada de poesía de la que les quiero hablar.

   El Spanglish, todos más o menos lo sabemos, es un español violentado por la presencia del inglés. La estructura básica sigue siendo el español, pero el inglés se impone cada vez que el hablante se ve en apuros para encontrar la palabra que necesita o cuando la palabra inglesa permite ahorrar sílabas y tiempo. En los dominios del Spanglish, “So” siempre aparece en lugar de “entonces”, la gente no usa aspiradoras sino que “vacunclinea”, a nadie le dicen que espere, sino que “wait a second or a minute”.

   La eficiencia es el signo del Spanglish. Pero la poesía inadvertida es el signo del engliñol. 

  Permítanme ahora que explique los conceptos básicos del engliñol. Para ello necesito recordarles que el País del Sueño empieza a ser consciente de su acelerada hispanización. Gringo que se respete, gringo que tenga los pies en la tierra y que entienda los tiempos que está viviendo, sabe que tiene que estudiar español, para no quedarse atrás en el nuevo país que empieza a surgir de cuartos de aseo y universidades al mismo tiempo.

  No es una exageración decir que hoy en día, en el País del Sueño, son más los gringos interesados en saber español que los hispanos interesados en aprender inglés. El País del Sueño está aprendiendo español para no quedarse atrás en su propio suelo y, al hacerlo, está dando origen a un curioso fenómeno al que me he tomado la libertad de llamar “engliñol, palabra que me gusta más que Englinish o Ingleñol, esta última porque me parece que recuerda demasiado la palabra ingle, y de hablar de la ingle a hablar de sexo hay menos de tres dedos.

   El engliñol es un español nacido en las estructuras del inglés, podría decirse que es un español anglosajón. Poco habituados a aventurarse en territorios desconocidos, los gringos que ahora son estudiantes de español creen que pueden salirse con la suya si siguen pensando en inglés, pero dejando salir palabras del español.
Piensan que si en inglés se dice: “” My name is Jim”, aciertan diciendo “Me llamo es Jim”. Creen que pueden pasar por nativos en Latinoamérica si en lugar de pedir una Seven up, piden una “Siete arriba”. Creen que caminar hacia la salida (Exit) es otra manera de caminar hacia el “éxito”.

   He dedicado todos estos años a recopilar las frases que se les escapan a los hablantes del engliñol. He tenido desde el principio la sensación de que esa frontera entre dos lenguas es un terreno propicio para la poesía. Para seguir pagando mis deudas me propongo escribir una novela en engliñol, titulada El camino del éxito. Pero como el libro aún no está terminado, quiero compartir con ustedes un par de joyas de esta lengua proverbial.

   La primera la recibí de una profesora de español en una universidad. Un día, revisando la composición escrita por uno de sus estudiantes encontró la historia de un hombre que “repartía grocerías en un truquito”. La frase requiere toda una iniciación. “Groceries” es la palabra inglesa para verduras y el estudiante decidió que “grocerías” era su equivalente en español. El truquito, por su parte, es el diminutivo de “truck”, que como muchos de ustedes saben es la palabra inglesa para camión.

   Lo que el tipo de la historia repartía en su camión eran simples verduras, pero al lado de esa fruslería repartir grocerías en un truquito suena casi como un cantar de gesta.

  Con todo y el entusiasmo que me genera el engliñol, debo reconocer que algunos de sus aciertos se deben a la pereza que sus practicantes tienen para consultar diccionarios. Pero no seré yo quien desprestigie a esa lengua celestial, especialmente cuando he sido testigo cientos de veces de los milagros que es capaz de realizar.

   Citaré un ejemplo más. Y los dejo a la espera de mi novela. Un día, una chica estaba hablándome de sus vacaciones en Acapulco y para decirme que ella y sus amigas “were taking sun baths” todos los días, me dijo que “sacaban el sol todas las mañanas”. Ignoro si ustedes comparten mi entusiasmo, pero esa imagen de esas chicas sacando el sol todas las mañanas, como si lo tuvieran guardado en un cajón o como si el sol fuera un perrito al que hay que llevar a orinar, es una de las frases más poéticas que he escuchado en esta ya larga vida de catador de desaguisados.

Texto publicado originalmente en 'Cartagena en Línea', en febrero de 2008.