domingo, 12 de diciembre de 2010

La fil

La nota de Vivir en El Poblado



LA FIL

Ahora que España sublima sus nostalgias imperiales dictando solemne que la “ye” se debe llamar “ye”, y que “solo” sólo debe llevar tilde cuando hay riesgo de que diga lo que no debe decir, conviene sugerir que se incluya en la biblia del lenguaje una palabra ligera y afilada que bien puede connotar, entre otras cosas, esa esquiva independencia que llevamos ya dos siglos sin poder asumir. Me refiero a la común y ampliamente difundida palabra “fil”.

Supongo que buena parte de mis lectores no recuerda o no sabe lo que significa “fil”. Pero, como ocurre con las leyes, el desconocimiento de una cosa no niega su existencia; sólo afirma lo poco enterados que viven algunos acerca de lo que ocurre más allá de su nariz. Etimólogos de oficio, o sin oficio, estarán ya aventurando parentescos, encontrando relaciones con “filósofos” o cosas “afiladas” o hasta con la extrañísima “filfa: mentira o engaño”, palabra que un remoto profesor de español me hizo aprender de memoria, aunque he pasado el resto de la vida –hasta ahora mismo– sin poder utilizarla. 

Me pregunto cuál es el criterio para que una palabra reciba la bendición de la Real Academia de la Lengua Española. Si el criterio es demográfico, no sólo (¿o será solo? Si escribo sólo corro el riesgo de quedar solo) la palabra fil debe estar en todos los diccionarios; también la Academia debe cerrar sus solemnes puertas. Resulta obsoleto que las directrices de una lengua se den desde un país que a duras penas es el tercero o cuarto en el número de hablantes de esa lengua. 

Fil empezó siendo una sigla, su origen era un título largo y ostentoso: Feria Internacional del Libro de Guadalajara, pero hoy en día todo el mundo la conoce como la “fil”. En pocos años se ha convertido en la feria del libro más importante del mundo hispánico y para el año entrante tiene previsto extender sus alcances a Los Ángeles, la segunda ciudad hispana más grande del mundo, después de ciudad de México. Cada año, a finales de noviembre, la Fil es el centro vivo de una lengua rozagante que se deriva del español y, aunque todavía tiene residuos cortesanos (este año de bicentenarios el invitado especial fue “Castilla-La Mancha”) y la mayoría de los libros que allí se venden atan y no liberan, la FIL está en camino de convertirse en el símbolo de un cambio quizá más importante que las independencias de papel que se proclamaron hace dos siglos: el momento en que Hispanoamérica comprenda que ser independientes no sólo es un derecho, sino una obligación.



Publicado en Vivir en El Poblado el 11 de diciembre de 2010









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