jueves, 24 de enero de 2013

De cara a la eternidad


La columna de Vivir en El Poblado


Cuando Kierkegaard murió estaba de pelea con casi todo el mundo. Tenía cuarenta y dos años y los últimos doce los había dedicado a una labor frenética de escritura. Junto a sus más de veinte libros publicados, dejó un diario de siete mil quinientas páginas. Pero, en su tiempo, casi nadie lo leía. Como él mismo escribió: “Soy tan incomprendido que nadie entiende lo que digo cuando digo que soy incomprendido”.








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