jueves, 17 de enero de 2013

"La literatura sigue siendo un arte secreto"

Una entrevista a propósito de la presentación en Cartagena de la novela Criatura perdida.



El Universal, miércoles 16 de mayo de 2001, página 5A
Gustavo Arango: “La literatura sigue siendo un arte secreto”.
Por Gustavo Tatis Guerra
Vino a Cartagena a conocer el mar.
Aquel mar de sus nueve años, que aún resuena y lo persigue. Vino con su familia y él se quedó mudo, petrificado, viendo la línea del mar que sólo había leído en los labios de sus padres y en las páginas de los cuentos. Más tarde, en la década del ochenta decidió volver. Y se quedó para siempre en Cartagena, en donde nacieron Valentina y Mateo.
Lo que en verdad siempre ha querido hacer en la vida es escribir. Antes de vincularse al diario El Universal de Cartagena, había escrito una tesis sobre Julio Cortázar. A bordo del diario adelantó la investigación y escritura sobre García Márquez y su paso por este periódico, que tituló Un ramo de nomeolvides. Al empezar ese trabajo había dejado de escribir una novela que había empezado en 1993 y culminó en 1998. Se trata de Criatura perdida. Hace dos años vive en New Jersey, en donde fue becado por la Rutgers University. Allí, además de recibir clases para su grado de Máster en Literatura Latinoamericana, es profesor en el departamento de Español y Literatura.
-¿Cómo evaluaría su experiencia de estos dos años y medio en los Estados Unidos?
Es una doble oportunidad: me permite tener una visión más clara de Hispanoamérica, llenar algunos vacíos al respecto, y, al mismo tiempo, hacer mi propia literatura. Exige mucho adaptarse a una cultura nueva, pero ayuda a crecer y a renovarse. Me ha permitido aumentar experiencias. El encuentro con la academia norteamericana es complejo. Toda comunidad intelectual tiene sus códigos. A lo largo de este tiempo he leído más de cien libros de la literatura española, desde la Edad Media, pasando por el siglo de oro y los siglos XIX y XX. La tesis que hice fue sobre Juan Carlos Onetti y su última novela, Cuando ya no importe. Uno de mis hallazgos latinoamericanos en la universidad ha sido el chileno Juan Emar, un autor de vanguardia que en los años treinta publicó muy poco conocido que se titula Diez. Como vio que la crítica le prestaba poca atención, este señor se dedicó a escribir durante treinta años una novela póstuma que se interrumpió con su muerte, en 1964. Sólo en 1996 vino a publicarse. Se trata de Umbral, recogida en dieciséis tomos, unas cinco mil páginas.
–¿Qué autores latinoamericanos enseña usted en Estados Unidos?
Al principio enseñaba español, luego cultura y literatura de Hispanoamérica. En el curso leímos Cien años de soledad, de García Márquez. Allí analizamos capítulo a capítulo: el origen de los partidos políticos, la religiosidad en la obra de García Márquez, las fuentes culturales. Ahora en el verano tengo un curso de Cultura y Literatura del Caribe. Para ellos, el Caribe es insular: es Cuba, Puerto Rico y la República Dominicana. Esta es una oportunidad de mostrar que también hay un Caribe continental.
–¿Qué sorpresas le ha deparado la lectura minuciosa del siglo de oro español?
He llegado a comprobar que el Boom de la literatura latinoamericana es heredero de la picaresca española y del Siglo de Oro. Me ocurrió, por ejemplo, estudiando a Onetti y su vena religiosa, que yo he analizado desde la imagen del viento y el soplo divino. Lo que he prendido es que muchas de esas palabras del Siglo de Oro español siguen vivas en nuestros pueblos. Un rasgo de la cultura español y de la literatura ha sido el camuflaje: el decir una cosa y hacer otra. Está en los textos de los cronista de Indias, en Bernal Díaz del Castillo, cuando cuenta cómo secuestran a Moctezuma con palabras dulces. Así ha sido la tradición: decir bellezas y hacer canalladas. Américo Casto lo sustenta muy vienen su visión sobre la multiplicidad de culturas camufladas que contiene España: la cultura árabe, la hebrea, la de quienes se camuflaban como católicos.
–Volvamos a la escritura de su novela y a la experiencia creativa. ¿Qué significa crear ficciones que terminan siendo realidades?
Para empezar, creo que uno no debe escribir para ser estrella, ni para ser un best seller. Estamos en que la literatura sigue siendo un arte clandestino, como lo fue para Kafka, de espaldas al mundo; hasta encontrar lectores. En internet se encuentran esquemas de cómo se escribe una novela, como si se tratara de una fórmula que usted va a llenar siguiendo unas instrucciones. Todo eso contrasta con un escritor como Salinger, el gran autor de El guardián entre el centeno, quien ha renunciado a la vida pública y tiene treinta años de estar escondido. Es su estrategia. La sugerencia que tengo a los nuevos escritores es que no pierdan energías con las editoriales y en insistir con el mismo manuscrito en tratar de ganarse un premio literario, porque esa es una energía que se le quita a la obra. Lo que hay que hacer es sencillamente escribir.
Escuché del maestro Gustavo Ibarra Merlano la idea de que un libro no tiene más de cien lectores. Sus libros fueron publicados en ediciones limitadas de cien ejemplares. Pero la gente piensa en García Márquez, relacionan de la literatura con la fama y vida pública, con encuentros con políticos, etc. Eso no es necesario para escribir. La literatura tiene que ir en busca de la gente, del vecino. Las editoriales son monstruos, pulpos que engendran best sellers. La mejor crítica que he recibido de mi novela, Criatura perdida, provino de mi tía abuela. Me dijo: “Pobre hombre. Cómo sufrió”.
Hace tiempo decidí seguir el ejemplo de Balzac, quien escribía dos horas diarias sin parar antes de ponerse a trabajar en sus libros. Me sentaba frente al computador a escribir media o una hora. Aquello se convirtió en un hábito tan activo que a veces siento que las palabras están listas, a punto de caer. Así en esa disciplina fueron surgiendo los cuentos de mi libro Su última palabra fue silencio, y la novela, que había suspendido para hacer el libro sobre García Márquez. Hubo un momento en que yo pensé que no iba a terminarla. Uno de los hechos que me permitieron culminarla fue haber participado en un taller de la Función para un Nuevo Periodismo Hispanoamericano, con García Márquez. A pesar de que la novela no es garciamarquiana, si recibí el influjo anímico de este hombre que ha consagrado su vida a la escritura. Su entusiasmo en el taller fue decisivo. Dos meses después terminé la novela, luego de reencontrar su ritmo que había perdido. El otro hecho fue el eclipse que vi en Cartagena. Fue algo externo que terminó entrando en la misma novela. Estuve dos años corrigiendola. Me preguntan de qué trata y tengo que decir con Horacio Quiroga: es una novela de amor, de locura y de muerte. Es una novela que está en el fondo del mar y no puede ser leída. Los peces se la devoran. Aprendí mucho escribiéndola. Comprobé que una novela se nutre de todo y que el escritor es una antena y un filtro que incorpora todo. Hay, por ejemplo, una línea de Gilgamesh que me sedujo hace tiempo y,  cuando escribía la novela, se incorporó a ella: “Su rostro era el de un hombre que viene de muy lejos”. ¿Te imaginas eso? Es el paisaje integrado al hombre. Escribí y estructuré la novela en nueve capítulos. El nueve es sagrado. Dante llama a Beatriz: “mi nueve”. El capítulo cinco es el centro de la novela, el equilibrio. He leído la tradición hermética occidental, que forma parte del inconsciente de todo el mundo. Pero el libro no es hermético, no es exclusivo. Por el contrario, se abre a las distintas formas de sentir y de pensar de cada persona, es como un espejo en el que se miran. La letra cursiva y la letra normal tienen una explicación, corresponden a intensidades distintas. Las cursivas son los monólogos más secretos. La novela es una simultaneidad de monólogos. Creo que no la hubiera podido escribir si no hubiera vivido en Cartagena.

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