miércoles, 11 de junio de 2014

Milk


Mi abuelastro fue el primer gringo que conocí. Además de liberada, mi abuela fue pionera. María Carina, digo. Carezco de estadísticas y estudios demográficos, pero casi puedo asegurar que fue una de las primeras de su tronco familiar en casarse con un mono de por allá. Será mejor decir, de por aquí.
Al fin de cuentas la vida me ha traído al país del sueño y todo indica que aquí me piensa dejar.
Hace un poco más de tres semanas volví a pensar en mi abuelastro, Nathan Gobel, después de pasar por el puesto de inmigración en el aeropuerto JFK. Cuando esperaba a que la cinta rotativa me trajera las maletas, vislumbré las dimensiones de mi viaje –“caminante, no hay camino”– y pensé que, si la historia tenía algún comienzo, ese comienzo debía ser la remota primera vez que tuve noticias del país del sueño.
La memoria es imprecisa pero calculo que aquello debió ocurrir cuando tenía unos cinco años. Debió ser por los días en que los astronautas fueron a la luna. No había empezado a ir a la escuela y rara vez salía de la casa de El Palo con Ayacucho donde conocí al mismo tiempo el miedo y la alegría de estar vivo.
En realidad no fue el primer contacto. Ya mi padre había viajado a Nueva York y se había quedado trabajando casi año y medio y concluyó que no quería llevarnos, porque allá –quiero decir, acá– era imposible criar bien a los hijos. Muchas perniciosas influencias.
Ya era habitual que alguien, una tía, las primas, la abuela misma llegara de vez en cuando con lo último en gafas oscuras y pantalones de bota campana, con maletas repletas de chaquetas y regalos. Mi geografía de la época me decía que el mundo lo constituían tres lugares: mi casa, la luna y el país del sueño.
“Milk… milk”, insistía yo en decirle a un ofuscado Nathan Gobel. Acababan de robarle la billetera y nada parecía consolarlo, ni siquiera mi oferta de esa “milk” que tanto le gustaba. Se tomaba dos litros diarios. Estaba tan contrariado que prefirió morirse pronto, en lugar de tener que regresar a visitarnos.




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