viernes, 5 de agosto de 2016

Jesusita

La columna de Vivir en El Poblado

Las monjas y el cardenal, escultura de Juan Fernando Torres. Plaza Débora Arango.


     Los desterrados de hoy en día vivimos con la idea de que no estamos lejos. Por muy remota que sea la Siberia a la que fuimos a parar, las redes y aparatos consiguen convencernos de que muchas personas están acompañándonos.  Despierta uno en medio de la nada y sólo basta encender un aparato para saber en qué andan familia y amigos y apenas conocidos y hasta desconocidos con los que se aceptó  jugar el juego de la proximidad virtual.

     Mientras está listo el desayuno, o al final de la jornada, es posible moverse por parajes vacíos mientras se habla con alguien que se encuentra al otro lado del mundo. Es posible entregarse al olvido del sueño sin notar que hubo días que no vimos a nadie. A ese extraño zumbido de aparatos podemos agregarle que a veces es posible escapar por unos días y volver a los sitios que hemos abandonado. Entonces la vida nos sacude con una atropellada intensidad.  








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