domingo, 29 de julio de 2018

Domingo de Ramos



Doña Catherina de Kandy-primera reina católica de Ceilán




Los días anteriores habían sido relajados, de recorridos breves. El domingo, acompañó a Prax a la procesión de Ramos. Caminaron a la iglesia de San Francisco Xavier, y allí el viajero comprobó que el catolicismo tenía en la isla adeptos entusiastas. Prax le contó detalles de la vida de Francisco Xavier, el s notable misionero en el Oriente, y le contó que el seis por ciento de los habitantes de la isla eran calicos. Tambn agregó, didáctico, que en Anuradhapura, la primera gran capital de la isla, se encontraron altares cristianos erigidos alrededor del siglo v.
La iglesia era austera. Predominaba el color blanco. Era como si, de ese modo, quisieran diferenciarse de la exuberancia y el colorido del hinduismo. El viajero se entretuvo mirando a los fieles. Nada los diferenciaba de la gente que había visto en Kelaniya y en los otros templos. Muchos de los que allí estaban heredaron la fe de los portugueses que llegaron y se instalaron en la isla a principios del siglo xvi.
En noviembre de 1505, una flota portuguesa comandada por Lorenzo de Almeida fue conducida a la isla por una tormenta. Desembarcaron cerca de donde hoy está Colombo. Con el permiso del rey de Kote, Parakramabahu ix, Almeida levantó una estación comercial y una capilla dedicada a San Laurencio. Fray Vicente, el capellán de la flota, ofició la primera misa calica en la isla. La religión se mantuvo a lo largo de los siglos con la presencia de misioneros portugueses, holandeses e irlandeses. La mayoría de los calicos vian en las regiones oeste y noroeste de la isla.
Ese Domingo de Ramos vino tanta gente, que tuvieron que poner sillas plásticas fuera de la iglesia. La gente plegaba los ramos con pericia, para hacer con ellos cruces vegetales. Había muchos niños. El viajero recordó las distracciones extáticas que tuvo cuando era niño y aceptaba sin rebeldía la obligación de ir a misa. También, como entonces, se distrajo mirando los rostros de la gente. Notó ese curioso rasgo de algunos viejos la piel oscura y el cabello blanco—, como de negativo de fotografía. Volvió a ver mujeres bellas e imaginó vidas posibles en las que formaba parte de sus vidas.

Así encontró en medio de la gente a una mujer escuálida, de piel muy oscura y mirada vesánica. Entonces ya no pudo prestar atención a ninguna otra cosa. La mujer tenía un traje hermoso y modesto, de flores blancas y amarillas sobre un fondo negro. La delgadez hacía que se dibujaran sobre la piel los huesos de la clavícula y los músculos y tendones del cuello. Apenas tenía músculos en el rostro. Las cuencas de los ojos estaban hundidas. Cada uno de sus dientes había decidido seguir su propio rumbo. Podía tener treinta o cuarenta, pero parecía tener miles de años. No podría decir que era fea, pero había en ella un gesto de terror que la vola aterradora. Era como si supiera que el Infierno ya la estaba esperando.

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