miércoles, 17 de octubre de 2018

Orlando Contreras descansa en el mar


Del Baúl, un texto publicado en 
El Universal, de Cartagena, el 25 de febrero de 1994.



Los primeros puñados de ceniza salieron de sus manos en forma distante y aturdida. Sólo después, cuando alguien sugirió que se pusiera de rodilla para evitar la brisa, Diana Cárdenas  empezó a comprender  la trascendencia de ese instante, empezó a recordar episodios cercanos y lejanos, se olvidó de la gente y las cámaras que había a su lado, y se quedó a solas con el hombre que estaba liberando.
Un grupo de periodistas la había esperado en un pequeño muelle de la bahía. Llegó con su madre y unos amigos. Tenía un traje marfil y un sombrero, traía un ramo de rosas y un pequeño cofre negro en vuelto en un terciopelo rojo. Su rostro tenía una tristeza tranquila.
Aunque ella y su familia tenían la intención de hacer la ceremonia en mar abierto, cerca de las Islas del Rosario, finalmente se decidió que era mejor hacerla cerca, desde la plataforma de la  Virgen del Carmen, en la bahía.
A bordo de la lancha de El Universal viajaron la esposa, los parientes, los amigos y los restos de un hombre cuyo nombre está grabado en la memoria de millones en América Latina.
En el viaje empezaron las preguntas. Diana Cárdenas habló de la callada enfermedad, de un cáncer que duró cerca de un año. Habló de la insistencia de Contreras para que no hubiera ceremonias y para que arrojaran cuanto antes sus cenizas en el mar de Cartagena, por su parecido con La Habana. Tenía la esperanza de llegar sobre las olas a su tierra.
Parientes y allegados fueron reconstruyendo poco a poco el recuerdo del cantante. Se habló de su bondad, de su sensibilidad, del dolor que le causaba la pobreza. Se habló de su periplo por América, de su salida de Cuba, de su paso por Miami y Venezuela, de la forma como conoció a su esposa, Diana, hace tres años y decidió quedarse en Medellín por ella.
Se habló de su perfeccionismo y de su último proyecto: la Sonora Antioqueña, un grupo con el que quiso grabar unas canciones  que les hizo a las ciudades de Colombia, entre ellas una dedicada a Cartagena.
Al llegar a la Virgen seguían las preguntas de la prensa. Las cámaras zumbaban y Diana respondía con orgullo. Habló de la muerte de la madre de Contreras, hace diez años; de la alegría que ahora él sentiría por estar con ella. Dijo que él mismo se encargó personalmente de los asuntos de la funeraria y contó que su canción “Nuestro juramento” se materializó cuando ella derramó sus lágrimas sobre su cuerpo muerto.
Poco antes de empezar a cumplir su voluntad, habló de una canción que se quedó sin terminar. Estaba dedicada a ella. Sólo recordaba los primeros versos: “ Diana, tus ojos claros, el agua que roza tu cuerpo…”.
Finalmente, bajo una mañana brumosa y brillante, Diana abrió el cofre negro, roció las cenizas con agua bendita y en forma aturdida arrojó los primeros puñados.
Luego, de rodillas en la base de la Virgen de la bahía, empezó a comprender, empezó a recordar, empezó a liberarlo en el mar.
Puñado a puñado pensaba, miraba las cenizas diluirse en el agua. Contreras descansaba, terminaba de alejarse de una vida fugaz y de heridas, se cumplía su deseo de entregarle a las olas ese cuerpo que tanto supo del dolor, terminaban la maldad, la hipocresía, todos los sobresaltos de ese fugaz parpadeo que es la vida: sólo quedaban los recuerdos y el amor. A pesar de que más tarde, cuando en las manos de Diana ya no quedara nada, su quietud se rompería con un llanto breve y digno, había en ese momento algo de felicidad. Había algo de eterno y de tranquilo, de estrellas navegando a través de los milenios, en las semillas de fuego que unas manos arrojaban sobre los surcos del mar. 

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