A propósito del bicentenario de Dostoievski,
reproduzco una vieja reflexión sobre El idiota
No sabría explicar cuáles pasos me trajeron de
regreso a la literatura del siglo XIX. Tal vez fue la sensación de que los
seres de nuestro tiempo hemos perdido profundidad y estatura espiritual. Tal
vez fue el presentimiento de que en aquellos ladrillos voluminosos se quedaron
perdidos y olvidados secretos fundamentales que los hombres de ahora nos vemos
obligados a redescubrir penosamente, a pesar de que fueron muy obvios hace
tiempo.
Visitando las páginas iniciales de El conde de
Montecristo, las maravillosas conversaciones que Edmundo Dantes y el Abad
Faría sostuvieron en la cárcel, asistimos por ejemplo al proceso de crecimiento
de un sujeto, desde la ingenuidad hasta la conciencia plena de las fuerzas y
motivaciones que mueven los actos humanos.
El Conde de Montecristo está lleno del sentido común que le falta a nuestro tiempo.
Cuando escucho a alguien decir escandalizado: “¿Cómo es posible que haya gente
en el mundo tan egoísta y malvada?”, pienso que esas personas habrían podido
ahorrarse el gesto de sorpresa si hubieran leído esos libros en los que se dice
sin misterio que todo ser humano es bueno sólo si esa bondad se encuentra en el
camino de sus propios beneficios.
La aventura de Dantes está llena de enseñanzas que
no es necesario salir a buscar nuevamente. Nos dice que la adversidad es la
materia básica para la creación. Nos dice que para hallar el culpable de una
vileza sólo hay que preguntarse quién es el más beneficiado. Nos recuerda que
los tigres y cocodrilos de dos patas, son infinitamente más peligrosos que los
que tienen cuatro. Nos muestra cómo es posible que alguien que no ha hecho nada
malo llegue a dudar de su inocencia si las circunstancias y la gente se
confabulan para acusarlo. Nos dice, en últimas, que ser inocentes es
generalmente un crimen que se paga muy caro.
He dejado la inocencia para el final de la lista,
porque es justamente la inocencia el tema central de otra novela del siglo XIX
a la que he regresado en estos días, El idiota, de Fedor Dostoievsky.
Hace ya muchos años traté de leer ese mamotreto
inmenso, pero me perdí en las larguísimas digresiones sobre el espíritu ruso y
las diferencias entre el catolicismo y la iglesia rusa ortodoxa.
He vuelto ahora a esta historia a través de una
serie de televisión rusa -en dvd- que trata de seguir el texto con decorosa
fidelidad. La tarea no ha sido fácil. Los personajes hablan en ruso, son tan
expresivos como en el libro y los subtítulos en inglés toman un buen rato para
ser leídos. Así que he tenido que ver la serie con el control remoto en la
mano, poniendo pausa cada cinco segundos para poder seguirle el hilo a las
conversaciones.
Cada uno de los diez capítulos de una hora me tomó
por lo menos tres. Pero el esfuerzo no ha sido en vano. Esta fábula hermosa y
siniestra sigue siendo tan válida en nuestro tiempo como lo fue cuando apareció
publicada en 1869.
El idiota
es la historia de todos los desastres que puede producir la presencia entre la
gente de un ser completamente bueno e inocente. El protagonista, el príncipe
Myshkin, no juzga mal a nadie, siempre ve lo bueno hasta en los seres más
mezquinos. Permite que abusen de él mientras perdona las debilidades de quienes
se aprovechan. Se considera indigno de que los más indignos le dirijan la
palabra. Se mueve por el mundo convencido de que el mundo desborda de dicha,
que la sola forma de los árboles o el surgir apresurado de las hierbas en el
piso son razones suficientes para que el corazón desborde de alegría.
Pero el mundo no está preparado para una herejía
como esa. La mayoría de la gente lo considera idiota, incapaz de vivir en
sociedad. Las mujeres que lo aman oscilan entre las ganas de burlarse de él y
la sensación de que no podrían soportar tanta bondad. Al final, como era
tristemente de esperarse, todo acaba en tragedia. Unos terminan muertos, otros
en la cárcel, otros casados con seres convencionales, y el idiota postrado y en
silencio, apabullado por las contradicciones y la maldad del mundo.
La obra de Dostoievski está llena de sutilezas.
Hasta el personaje más simple tiene una capacidad para interpretar los actos de
los demás que ya quisieran para sí los psicoanalistas de hoy en día. Pero, más
allá de la sutileza brilla, enceguecedora y cínica, la idea de que la inocencia
en un mundo como el nuestro ha sido y sigue siendo el más horrible de los
crímenes.
Abril 26,
2006.
Las profundas cavernas del sentido
No hay comentarios:
Publicar un comentario