jueves, 15 de enero de 2015

104 East, de la 26th Street


Pasé las quietudes de fin de año pegado a una biografía escrita por Elizabeth Hardwick. Era la historia de un oscuro funcionario de oficina que vio extinguir su vida en las calles de Manhattan, a finales del siglo diecinueve, cuando la isla era todo Nueva York. La vida de aquel hombre era reducida. Al salir de su casa de tres pisos, se topaba de frente con los rostros adustos de las casas del frente. A su derecha, justo al lado, se extendía imponente una corte de arquitectura victoriana que ocupaba casi toda la cuadra. Al final de la calle, más allá de carretas y caminantes, podía verse el río. Todas las mañanas el hombre salía a trabajar en el puerto, en una oficina de aduanas. Todas las tardes regresaba con el mismo rostro sufriente y agotado de quien ya no se queja. Los días eran iguales. Ir y venir entre la casa y el trabajo. Arrastrar la amargura, obligarla a comer, a vivir, a trabajar, a seguir hasta el fin.


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