miércoles, 4 de abril de 2018

El día que Óscar Delgado conoció el hielo

Un fragmento de "Un ramo de nomeolvides", a propósito 
de un homenaje en Barranquilla al poeta Óscar Delgado.

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Años después, frente a la turba enfurecida que acabaría con su vida y con la de su padre, el poeta Óscar Delgado había de recordar la tarde en que su padre lo llevó a conocer el hielo.
Santa Ana era un pueblo en decadencia desde el momento en que el río comenzó a marcharse. Tal como sucedía con Mompox, Santa Ana había visto secarse ese brazo de agua que por años le había traído noticias, personalidades y vestidos, espejos de cristal de roca y vitrolas que en las noches empezaron a acobardar a los grillos.
En pocos años Mompox y Santa Ana serían poblaciones encalladas en el tiempo. Ya a sus puertos no llegaban siquiera los grandes inventos. Había que mandarlos a traer de una Magangué ahora próspera y sorprendida ante el enriquecimiento del brazo de río que le correspondía.
Sintiendo ya el aliento de la muerte, esa joven promesa de las letras lloró de tristeza por la vida, por el odio, por el fuego, por el ciego y furioso país que le había correspondido. Y recordó la frustración de aquella tarde lejana en que su padre lo llevó a conocer el hielo y no pudo conocerlo.
Recordó la mañana y los preparativos. El orgullo de su padre, el patricio don Temístocles Delgado, frente al espejo, cuidando cada detalle de su mejor traje.
Recordó la terrible expectativa de todos frente al agua. La ansiedad por ver llegar la lancha con el más grande invento de todos los tiempos, un mágico misterio al que llamaban el hielo.
Las personas que esperaban en la orilla estuvieron a punto de irse de bruces al agua cuando la lancha se asomó en el extremo del río.
Pronto supieron que aquello, lo que fuera, ese invento mezclado con brujería, estaba en la única caja que venía en la lancha. Cuatro hombres bajaron la caja y esperaron nuevas órdenes sin ponerla en el suelo.
Don Temístocles Delgado se abrió paso entre la muchedumbre, sonriente y erguido, y siguió hasta la plaza principal, saludando a todo el que encontró a su paso, seguido por los hombres de la caja. A la entrada del Concejo Municipal de Santa Ana dio instrucciones para que llevaran la caja al patio y esperó la llegada de sus invitados.
El soldado que estaba junto a la puerta tenía órdenes de no dejar entrar curiosos por el momento. Le habían dicho que sólo entrarían las personas importantes. A un lado de la puerta, don Temístocles saludó con deferencia a las autoridades civiles, militares y eclesiásticas, quienes no se habían hecho esperar. Cuando todos entraron, don Temístocles acarició el cabello de su hijo y lo empujó suavemente en la espalda para que entrara a la casa.
Óscar Delgado nunca olvidó la tensa solemnidad con que todos esos hombres esperaron el momento de abrir la caja. Antes de abrirla, su padre improvisó un lento discurso para jugar con los nervios de su distinguido público.
“Señores”, había dicho. “Si Santa Ana no va al progreso, que el progreso venga a Santa Ana”.
El grupo miraba desconcertado la caja. Óscar Delgado observó la quietud presta al salto del obrero que la abriría en cuanto lo ordenara don Temístocles. Pensó en ese misterio agazapado y siguió las palabras de su padre.
“Mi gran amigo, don David Puccini, de la Casa importadora ‘Puccini y Puccini’, de la vecina población de Magangué, acaba de hacerme llegar el más grande invento de la humanidad. Su nombre es ‘hielo’ y enseguida lo veremos”.
Don Temístocles hizo un gesto a su empleado y éste procedió a abrir la caja. Como rompiendo briznas de hierba, el hombre arrancó las tres tablas de la parte de arriba y empezó a retirar manotadas de aserrín, primero secas, después mojadas.
El empleado estuvo arrojando aserrín mojado hasta que llegó al final de la caja. Tanteó el fondo por todos sus rincones y se volvió triste y avergonzado.
Todos, incluido don Temístocles, lo miraron con ojos desconcertados.
El hombre tardó en decir:
“Don Temi, tengo algo que decirle. Ese maldito animal se mió y se fue”.
Poco antes del momento de su muerte, Óscar Delgado recordó los detalles de esa tarde. Doblegado por los golpes, comprendió que no sería el escritor que había soñado, que no hablaría de la vida con sus versos encantados.




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