lunes, 26 de julio de 2021

Un golpe de autoridad

De "Un ramo de nomeolvides; García Márquez en El Universal


La hoja del machete rasgó el viento y fue a dar de plano en las nalgas descubiertas de un hombre al que varios policías tenían inmovilizado.

Estaban en el patio de una casa grande y vieja de un pueblo ribereño.

El hombre al que golpeaban trabajaba en un pequeño periódico de oposición que se editaba en la capital del departamento. Días atrás había llegado a ese pueblo por una calamidad doméstica. Ahora estaba de bruces en el patio y recibía desconcertado e impotente una paliza por culpa de su trabajo.

La casa estaba custodiada por policías junto a la puerta cerrada y en los tejados y balcones. Por mucho que el hombre gritara, nadie vendría a ayudarlo.

Desde una silla situada en un pasillo del patio, el alcalde del pueblo daba órdenes al policía que aplicaba el castigo.

“Pregúntele al señor si es el autor de estos escritos en mi contra”.

El hombre de la silla exhibió un arrugado ejemplar de El Universal.

El policía tomó el periódico, volvió al centro del patio y pegó el papel impreso a la nariz del torturado.

“¿Escribió usted esto?”, preguntó el policía con una sonrisa que esperaba una respuesta positiva.

El hombre no podía decir nada, sólo trataba de entender lo que pasaba.

“¿Trabaja usted en El Universal? ¿Su nombre es Jorge Franco Múnera?”

En medio del dolor, el hombre pudo recordar que había llegado hasta ese pueblo porque allí vivía la madre de su esposa, que estaba enferma. Recordó que el primer día no se asomó ni a la puerta de la casa. Recordó el encuentro con Pellito Padilla, al día siguiente, y la extrañeza de éste al verlo. Recordó la irrupción de los agentes en su casa y la forma de traerlo. Recordó todo eso y no pudo decir nada. Se limitó a mirar al alcalde, sentado en el borde de su silla.

“Dale, dale duro”, decía con rabia placentera. A cada golpe del machete daba un leve brinquito en su silla.

El alcalde sacó su revólver y muchos de los policías que asistían a la escena pensaron que la diversión había terminado. Pero no se decidía a levantarse de su silla y disparar. Seguía alentando al verdugo después de cada golpe.

“Dale duro. No dejes de darle”.

Cuando la hoja del machete golpeó por trigesimasegunda vez su piel sanguinolenta, el hombre cayó extenuado y siguió repitiendo el mismo número en los golpes siguientes.

Antes de pensar que se había muerto, Jorge Franco Múnera vio al alcalde ponerse de pie y caminar hasta pegar la punta del zapato contra su cara. Un policía levantó su cabeza tirándolo salvajemente del cabello.

El alcalde le puso el cañón de su arma contra las fosas nasales y le dijo con voz satisfecha por el desahogo de los golpes:

“Si usted vuelve a publicar otra cosa contra mí en ese periódico, le doy un tiro, sépalo, un tiro”.

Y se retiró jadeante y dando gritos a los cuatro vientos.



Un ramo de nomeolvides: García Márquez en El Universal 

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