jueves, 15 de julio de 2021

Entre Mary Gossy y Ricardo Piglia

 Un fragmento de Morir en Sri Lanka





“Explora la influencia de San Ignacio de Loyola en el marqués de Sade”, dice Mary Gossy, mi madre superiora. “Lo revolucionario en Sade es el lenguaje, pero el lector no puede ver el lenguaje a causa del tema. El texto sádico no quiere no decir. Leer a Sade es una experiencia de sadismo. El masoquismo hace posible el placer para quienes tienen problemas de culpa. La vida nos ofrece muchas posibilidades de ser castigados. El sádico quiere crear un sistema cerrado y perfecto”.

“There is crime in nothing”, sostiene el marqués.

“La televisión es un tableau sádico”, agrega Mary Gossy, enorme y sonriente, los ojos dementes y claros. “Es un mundo cerrado: gente con dinero, que vive bien, que tiene placeres perversos. ¿De dónde viene el dinero? Sex and the City y El casamiento engañoso. Nada ha cambiado desde 1615”.

“Las mujeres tienen un falo. Más pequeño, that’s it”. Mary Gossy dixit.

“You have to laugh because we are generating a lot of erotic tension”.

Entonces, Piglia.

Mirando desde lejos puedo ver el privilegio que tenía. Las semanas transcurrían entre Raritan City y Princeton. Entre Mary Gossy y Ricardo Piglia.

“Los grandes héroes de la cultura moderna son lectores”, comienza Piglia.

Siendo Piglia un afamado escritor argentino que ahora enseña en Princeton. Aquí enseñó Einstein. Aquí enseñó Eliot. Aquí enseñan Toni Morrison y Joyce Carol Oates. Un convenio venturoso me permite ser alumno de esta clase.

Pocos meses más tarde, Escritor también enseñaría en ese lugar.

“Para mí, el detective es el último intelectual”, agrega Piglia. Tiene gesto desconfiado, aire de conspirador.

“En Borges, el que dice la verdad es el que mata. Un miedo a la experiencia insuficiente puede llevar a la avidez de información. En la lectura paranoica hay una sensación de ser manipulado o inducido. La sensación de que hay un nudo, un secreto, que alguien tiene y que no se conoce. Mientras más se lee, se busca más información, crece la sensación y viene el exceso de interpretación. Me parece divertido que el género empiece en una biblioteca y termine con el matrimonio de Marlowe, cuando ella le regala un libro de Eliot. El intelectual, para ser crítico, tiene que estar fuera de la sociedad que critica. ¿Cómo criticarla, si forma parte de ella? El detective no está ligado. Los detectives suelen ser célibes o desligados. Tienen una relación distante con el dinero, con la estructura familiar, con estructuras de sentimiento. Tienen un elemento excesivo: Holmes, cocaína; Marlowe, alcohol; Dupin, mundo de la noche, relación extraña. Una noción de diferencia o distancia, sin ser delincuentes o sujetos ajenos a la ley”.

Sombra oscuridad acumulada que se derrama y dice, que se hace delgadez y trazo y línea y dice: falta poco, también, para el final de esta página y gimo… para el final de esta página y flor… para el final de esta noche y suspiro y lágrima y flaqueza. Falta poco, y vuelvo a decir y digo, para el final de esta vida y luz oscura y verde, para el final de este dolor y sonrisa: para el final de este final que ya termina.

“El silencio o la demora puede ser la respuesta”, dice Mary Gossy. “Escuchar se convierte en la respuesta. Es como el genio del sistema. Divine vacuum. La ausencia de respuesta es el significado más fuerte. Lo inefable: la falta de una marca, de una palabra, de una respuesta, equivale al momento más lleno de Dios.

“Los ejercicios espirituales buscan producir más deseo de Dios, nutrir el deseo. Una pregunta famosa del Siglo de Oro: ¿Por qué en el género más importante, la comedia, no aparece la madre? Santa Teresa tiene problemas con la madre; la madre leía novelas de caballería y eso era un vicio. La cosa más valiosa: el momento sin la palabra. Los intersticios del lenguaje”.

Un libro lleno de intersticios, visibles, sonoros.

“Es muy difícil no hacer nada, ocupar un espacio de indiferencia”, prosigue Mary Gossy. “Deseo vivir en el presente: deseo absoluto. Deseo relativo: tengo hambre. El sufrimiento es el deseo de escapar de la tensión conflictiva del momento; no es la tensión. Deseo de escapar, deseo de morir, drugs… oblivion, olvido. Ulysses: los lotófagos comen lotos para olvidar. San Ignacio está tratando de mediar este conflicto. El método: establecer un lenguaje cerrado, entrar en un estado de indiferencia. Creo posible decir que la mística de San Ignacio es una mística de la indiferencia; en lugar de una mística de lo inefable. Lo no dicho no equivale a lo inefable; da un espacio limitado donde inventamos nuestra propia narrativa. Culpa: este sistema se conecta con nuestros padres. Prohibir se conecta con el sobrevivir. La idea es que el no es un sí. Éxtasis: to stand outside, fuera de los espacios cerrados”.

Creo haber comprendido lo que es el inconsciente. Quiero decir que es “lo que no es”, porque aquello a lo que se le confiere, asigna, la condición de ser ha dejado de ser lo que no es, ha abandonado el espacio de lo inconsciente y se ha hecho consciente. El concepto de inconsciente lo tenemos en el consciente, de ahí su precariedad.

La metáfora de la sopa caliente cuya superficie se endurece, se hace nata. Rompes la nata, abres un hueco donde es posible ver lo tibio y más líquido de abajo. Pero ese mismo movimiento supone la natificación de lo expuesto. Ya es superficie, cada vez más espesa, endurecida, menos sopa caliente.

Tres años y cuatro meses. Una muela me tiene doliendo hasta el alma. Además, está el cansancio y la ruina moral.

Abril 7. Cambia el horario. Nos adelantamos una hora. Curioso que ese distanciarse frente a la hora del país de los colombios sea también un distanciarse real con alguien a quien quizá sea mejor poner en lugar seguro por los tiempos que vienen.

Hablo de Luz. No hay casi vestigios de nuestro primer encuentro. El dos del dos del dos mil dos. Los dos. Ya duele la distancia.

April 11. Trabajo en las historias de Fa Hsien y de Merton.

“Borges no busca percibir la realidad en la ficción, sino la ficción en la realidad”, dice Piglia. “Borges en la Embajada de Rusia. Lo invitaron a dar una conferencia sobre Dostoievski. Dijo: ‘Como no me gusta Dostoievski, les voy a hablar de Dante’”.

Momentos en que no se sabe quién es qué, cuándo es cómo, quién es cuándo.

Qué soledad tan fría y sin embargo.

“Onetti construye un policial con enigma, pero no lo resuelve o lo resuelve ambiguamente. Es un relato construido alrededor de un vacío”.

La vida tiene sus vueltas raras y uno puede terminar sentado en las mesas más insospechadas.

Fue en un restaurante de Princeton.

Una vez convencidos de que ni Borges, ni Florencio, ni Bioy Casares eran eternos, les ha llegado el turno a nuevas generaciones que ya no son tan nuevas después de todo, que peinan canas y que pueden soportar con estoicismo ese equívoco supremo que es el reconocimiento.

Piglia no habla de sí mismo. Habla de sus maestros, del más maestro de todos.

Piglia era estudiante de la Universidad de la Plata, su ciudad natal, cuando conoció a Borges. Cómo él y un grupo de amigos eran los que tenían las iniciativas, consiguieron dinero para invitar a Borges a dar una conferencia.

El primer contacto fue por teléfono.

Cómo está, maestro, mi nombre es este y este, lo llamo a esto y esto.

Borges contribuyó a la charla con una anécdota de infancia. Un día fue a visitar a su padre un poeta de La Plata cuyo nombre no recuerdo –hubo vino aquella noche en esa mesa. Cómo era la hora de la siesta, y la siesta del padre de Borges era sagrada, le dijeron al poeta que volviera un poco más tarde. Pero el poeta insistió y al final no hubo otra opción que despertar al señor de la casa. Al día siguiente el poeta se suicidó.

Pero volvamos a la historia que les estaba contando.

Cuando Piglia le dijo a Borges la cantidad que pensaban ofrecerle por la conferencia (algo así como ochocientos dólares de hoy), Borges dijo que no, que era imposible, que por esa suma no.

Un silencio en la línea del teléfono contribuyó a crear el suspenso necesario: “Mejor me pagan la mitad de ese dinero”.

Piglia no olvida la sonrisa de Borges cuando terminó la conferencia, le estrechó la mano y dijo, cómplice, divertido: “Buena la rebaja que les conseguí, ¿cierto?”

La anécdota ocurrió cuarenta años atrás y Piglia no ha podido olvidarla.

Recuerda el silencio en el teléfono, la sensación que tuvo de estar ofreciendo poco y la sorpresa posterior.

Se ha pasado la vida tratando de entender esa actitud y ha llegado a una conclusión: “Ese hombre era capaz de perder cuatrocientos dólares con tal de crear una anécdota que lo hiciera inolvidable. Me ha obligado a contar esta historia toda mi vida”.









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