viernes, 2 de julio de 2021

Gustavo Adolfos



La víctima siguiente fue un anciano. Después del episodio con la cabeza, procuraba estar poco tiempo en casa. Pronto descubrí que una manera de estar siempre haciendo cosas y en contacto con la gente era uniéndome a grupos de voluntarios. Bastaba llegar a las oficinas de un centro de ayuda para los que necesitan ayuda. Ahí encontraría tareas de sobra.

Decidí probar suerte como lector para ciegos y ancianos. En la oficina me dieron una lista de direcciones. Me recomendaron que hiciera arreglos para visitar a uno cada día, y me pidieron que al final de la semana les pasara la cuenta por los gastos que había tenido.

No voy a hablar de todos. Sé muy bien lo valioso que es su tiempo. Hablaré solamente de tres: dos viejitos y una ciega.

La ciega era… bueno… eh… ciega. También era joven y bonita. Me esperaba los lunes por la mañana en la salita de su casa, con una postura de alumna aplicada, las piernas bien juntitas, las manos bien simétricas sobre la falda gris oscura y bien planchada.

Su madre solía moverse por la cocina o por los cuartos, mientras yo leía en la sala. A veces calculaba silencios o pausas y lanzaba comentarios amables.

La ciega se llamaba Soledad y me pedía que le leyera artículos sobre la moda de París. Sus ojos erráticos y grises parecían perderse aun más cuando yo empezaba a describirle cortes y materiales, pliegues, colores y accesorios.

 Era ciega de nacimiento y siempre me intrigó lo que se imaginaba cuando yo mencionaba los colores. Pero nunca pude hablar con ella de esas cosas.

Uno de los viejitos era un ogro, el otro era un santo. El primero era gordo y el otro era flaco. No creo que la contextura tenga que ver con el carácter. He visto flacos perversos y gordos dulces y mansos. Menciono ese rasgo porque es uno de los pocos detalles exteriores que los diferenciaban. Tenían la misma edad: ochenta y tres años. Ambos estaban postrados en sus camas. Ambos tenían el cabello de un blanco impecable y la piel clara. He calculado que tenían la misma altura. Al gordo lo veía los martes por la tarde y al flaco los miércoles por la mañana. Los dos se llamaban Gustavo Adolfo y ambos proclamaban que era el nombre de un poeta, ilustre para uno, cornudo para el otro.

A veces me daba por pensar que eran dos versiones distintas de una misma persona. Imaginaba el momento de la juventud en que se separaron: el autobús que uno tomó y el otro no, el encuentro que uno tuvo y otro no.

El hombre de los martes me recordaba a mi abuela con su manera de quejarse. Era tiránico con sus empleados. Te nía una criada y un chofer a los que mantenía jodidos con una campanita que ocupaba su mesita de noche.

Le gustaba que le leyera sobre Napoleón. A veces, cuando se olvidaba de mi presencia, llevaba la mano al pecho, la deslizaba dentro de la camisa de su pijama y elevaba la frente con gesto marcial.

El otro Gustavo Adolfo era alegre y cariñoso. Nunca tuve que leerle. Me decía:

—No seas pendejo. Mejor me cuentas tu vida. Algo me dice que es más entretenida.

Tenía una rara habilidad para hacer las preguntas necesarias y yo empecé a sentirme a gusto cada miércoles contándole mi historia. Uno se da cuenta de que ha tenido una vida cuando tiene que contarla.

Gustavo Adolfo intercalaba risas cómplices o exclamaciones compasivas. A veces, cuando me veía en dificulta des, se decidía a regalarme alguna historia de los tiempos en que ni mis padres habían nacido.

La charla con Gustavo Adolfo me quitaba para el resto de la semana el sabor amargo que me había dejado la charla con Gustavo Adolfo.

Por suerte la amargura duró poco. El último martes que fui a leer a esa casa, el chofer se acercó a la cama del viejo y le preguntó si podía tener con él a su hijo de ocho años, porque ese día no había escuela. El niño tenía orejas grandes y cara de malo.

El viejo apretó los labios con furor, abrió los ojos como si fueran a echarle gotas y gritó.

— ¿Usted qué cree?, canalla, ¿que esto es un orfanato? Al niño se le borró la maldad y se le bajaron las orejas.

El hombre se puso rojo como esa manzana que está ahí, y a mí me fue dando ira mala. Si hay algo que no soporto, si hay algo que no tolero, si hay algo que me saca de casillas es que humillen a una persona frente a sus hijos.

Nadie se dio cuenta de mi enojo. Cada uno estaba reconcentrado en su papel en la tragedia. Respiré hondo y profundo, esperé a que el chofer se marchara del cuarto con el niño, dejé que un silencio sirviera de punto y aparte y propuse leer un capítulo que hablaba de la muerte de Napoleón.

Hice mi mejor esfuerzo en esa lectura. Además de la úlcera o cáncer de estómago, le agregué problemas de diabetes y de presión arterial. También principios de artritis. Mi voz fue lenta y mi dicción perfecta cuando dije que los trajines de su vida le habían dado a su cuerpo la fragilidad y el deterioro de un hombre de ochenta años.

No dejé de notar que ese dato había hecho mella en Gustavo Adolfo.

Seguí mi lectura, cada vez más prolífico y pausado. Hablé de las punzadas de dolor, de las terribles taquicardias y dolores musculares.

Cuando leí el testamento que dictó a finales de abril, lo hice con voz adolorida, como si un ejército minúsculo me atacara por dentro.

Al leer su voluntad de que arrojaran sus cenizas al Sena, me detuve y le pregunté a Gustavo Adolfo qué quería que hiciéramos con sus cenizas. Me miró con unos ojos de terror detenido y no me dijo nada.

Entonces seguí inventando males y dolores, vómitos, mareos y gritos de agonía, hora por hora, día por día.

Cuando por fin llegamos a las cinco y cuarenta y nueve de la tarde del cinco de mayo del año mil ochocientos diecisiete después de Cristo, Gustavo Adolfo, el malo, ya era ido.

 

De "Confieso que he matado" (El origen del mundo).



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