jueves, 4 de diciembre de 2014
miércoles, 3 de diciembre de 2014
La mujer de garabato
Foto Leo Matiz
Al lado de la gallina telegrafista y de Vargas el
averiguador, el planeta de la infancia lo habitaba un montón de criaturas
extrañas entre las que se encontraba la mujer de garabato. He vuelto a recordar
esta semana a la mujer de garabato, a raíz de un intercambio epistolar que he
sostenido con una de mis lectoras de Vivir
en el poblado. La semana pasada
empecé mi columna de por allá diciendo que “el internet” era una cosa
agridulce. Al día siguiente recibí un mensaje en el que se me informaba que no
se decía “el internet”, sino “la
internet”, porque se trata de una red, y que en mi posición tenía el deber de
dar un buen ejemplo a los lectores.
Confieso que mi primera reacción fue sentirme culpable.
Pero luego se me ocurrió que la precisión era más o menos imprecisa. Le
agradecí a la lectora el comentario y,
en mi defensa, le dije que todo el concepto internet también se podía traducir
como “sistema”, con toda esa familia de palabras masculinas de remoto origen
griego terminadas en “ma”, como poema o esquema o problema. También le aseguré
que no tenía la intención de menospreciar al género femenino, que me despierta
toda clase de simpatías. Poco después recibí un mensaje suyo en el que me decía
que apreciaba mi respuesta y que le parecía correcta. Esa noche me fui a dormir
tranquilo, pensando en la dulzura de mi amada. Dormí como un lirón, a pierna
suelta, pero después me levanté convertido de nuevo en un peligro social. La
lectora había consultado a un amigo suyo ingeniero de sistemas, quien había
dictaminado que el internet era mujer. Cuando logré sacudirme la culpa pude
responder:
“No dudo que tu amigo ingeniero de sistemas sabe lo que
es un sistema. Pero, como soy casi tan terco como tú, pienso que aún puedo
defenderme. Lo que en el mundo hispano se suele llamar “la red” viene del
término inglés “net”, que en su lengua original no tiene género. De manera que
nuestro atrevimiento de ponerle falda o pantalones al internet viene de la
traducción más frecuente que hacemos de net, esto es “red”, que en nuestro
mixto lenguaje, no lo discuto, es una palabra femenina. Pero, qué tal si en
lugar de la palabra red, la que predominara fuera “trasmallo”, por ejemplo, que
es una hermosa denominación que en los pueblos del Caribe le dan a lo que
los angloparlantes llaman “net”. Como ves, el hecho de que llamemos red a
la red es una cosa cultural y hasta socioeconómica. Si los costeños fueran una
potencia mundial, todos estaríamos hablando del trasmallo: ‘se me cayó la conexión
del trasmallo’, ‘voy a revisar mis mensajes en el trasmallo’.
La lectora y yo somos ahora grandes amigos. Pero he
vuelto a recordar esa historia incompleta que misia Nubia mencionaba a cada
rato: “este mugroso es más terco que la mujer de garabato”. Recuerdo que una
vez le pregunté en qué consistía la terquedad de la mujer de garabato y lo
único que me dijo es que, al morir ahogada, la mujer sacó el último dedito por
fuera del agua y dibujo un garabato. La
historia es de una ambigüedad moral inquietante: ¿por qué murió ahogada?, ¿qué
papel jugó garabato en esa muerte?, ¿cuáles fueron esas otras manifestaciones
de su terquedad? Me temo que nunca sabré
la respuesta a esas preguntas. De la mujer de garabato sólo conozco ese dedito
arqueado, pero ha tenido una influencia decisiva en mi vida, ignoro si para
bien o para mal. En cuanto a la lectora que se empeña en que yo sea un buen
ejemplo, pensamos reunirnos en un cibercafé. Tenemos decidido agarrar al
internet y entonces subir su falda o bajar sus pantalones, ese método
antiquísimo y todavía infalible para saber si una cosa es ella o él.
Oneonta, septiembre de 2010.
Publicado en el periódico Centrópolis.
martes, 2 de diciembre de 2014
TELONES DE PAPEL. El cine en la obra de Julio Cortázar
Ponencia presentada en el encuentro de críticos de cine organizado en Pereira, en octubre de 1997. Texto incluido en Un tal Cortázar y otros pasos en las huellas.
Antes de entrar a definir el territorio de esta
charla, quiero leer un fragmento de ‘Queremos tanto a Glenda’, el cuento que
dio nombre al libro de relatos publicado por Julio Cortázar a finales de 1980:
“Uno va al cine o al teatro y vive su noche sin pensar
en los que ya han cumplido la misma ceremonia, eligiendo el lugar y la hora,
vistiéndose y telefoneando y fila once o cinco, la sombra y la música, la
tierra de nadie y de todos allí donde todos son nadie, el hombre o la mujer en
su butaca, acaso una palabra para excusarse por llegar tarde, un comentario a
media voz que alguien recoge o ignora, casi siempre el silencio, las miradas
vertiéndose en la escena o la pantalla, huyendo de lo contiguo, de lo de este
lado.”
Quiero
aprovechar esta descripción de la fuga, para proponerles -como tantas veces lo
hizo Cortázar- que huyamos a “lo otro”, al otro lado de las relaciones entre
el cine y la literatura, y nos instalemos por un momento en el mundo de la
palabra escrita.
Soy consciente de que “este lado” -el del cine-
también daría bastante que decir a propósito de Julio Cortázar. En la memoria
de muchos de nosotros aún quedan imágenes de Blow up, la película de Antonioni inspirada en el cuento de
Cortázar “Las babas del diablo”. Larga es la lista de relatos de
Cortázar llevados al cine: ‘Circe’, ‘Cartas
de mamá’, ‘Continuidad de los parques’, ‘El ídolo de las Cícladas’, ‘El otro
cielo’, ‘Pérdida y recuperación del cabello’ y hasta ‘El perseguidor’, con
música de Gato Barbieri.
Se
han hecho versiones cinematográficas en torno a algunos apartes de Rayuela y, como hecho curioso, la
televisión colombiana fue testigo de la única versión de “Los Premios”, la primera
novela de Cortázar, una completa tragedia escenográfica en la que lo único
rescatables eran las escenas en que Amparo Grisales se bañaba en su camarote de
cartón-paja.
Pero,
en lugar de proponerles un recorrido por la filmografía cortazariana, quiero
invitarlos a un paseo por la obra del escritor argentino, sin duda uno de los
autores latinoamericanos que mayor atención han concedido al cine en su obra
literaria, al lado del también argentino Manuel Puig, el cubano Guillermo
Cabrera Infante y el mexicano Carlos Fuentes.
Un
recorrido como éste nos permitirá apreciar un asombroso catálogo de la historia
del cine y, al mismo tiempo, servirá como testimonio para entender la forma
como el cine se asoma e influye en las demás manifestaciones del arte,
específicamente en las obras literarias.
Desde
sus primeros relatos, cuando sólo era un modesto profesor de provincia en la
Argentina, Cortázar menciona directores de cine para alinderar su propia
cultura, que ya entonces era amplia.
En “Distante espejo”, un relato de 1943, sólo publicado tras la muerte de Cortázar,
Gabriel Medrano, el alter-ego de ocasión, describe su vida en Chivilcoy de la
siguiente manera:
“Agregaré, para ilustración total del ambiente en
que me muevo, lo poco que resta de sus elementos: poemas en abrumadora
cantidad, la quinta edición de Noticias Gráficas, una botella de whisky Mountain Cream, un tablero de cartón donde arrojo
discretamente el cortaplumas, reproducciones de cuadros de Gauguin, Van Gogh y
Giotto (...) y algunas pocas salidas al cine, cuando por inexplicable
equivocación la empresa local trae una película de René Clair, de Walt Disney,
de Marcel Carné”.
En su
primera novela, “El examen”, una historia marcadamente
autobiográfica, escrita en 1950, publicada también después de su muerte,
Cortázar recurre al mismo mecanismo para definir sus hallazgos al regresar a
Buenos Aires, donde se encontró con corrientes culturales y artísticas que su
vida de provincia le había negado.
Allí
vemos la primera mención de Chaplin -por quien siempre sintió una deuda de
gratitud- y del “Acorazado Potemkim”, una de las películas preferidas de
Cortázar, que reaparecería años después, en “Rayuela”,
como la preferida de la Maga.
En
1951, pocos meses después de la publicación de su primer volumen de relatos, Bestiario, Cortázar viajó y se radicó de
manera definitiva en París.
Mucho
se ha dicho sobre el profundo significado de este viaje en la vida y en la obra
de Cortázar. Como él mismo lo expresó, París fue su camino de Damasco y, al
caer de su caballo imaginario, Cortázar comprendió que el mundo y el arte eran
mucho más amplios y complejos que lo que había podido intuir desde la
Argentina.
En
Francia, Cortázar tuvo acceso a manifestaciones artísticas definitivas en la
evolución de su obra y, a la influencia de la literatura misma, sumó la
creciente influencia de la música, la pintura y el cine.
Ya
para 1960, año de la publicación de la novela “Los Premios”, el cine es
un tema recurrente en las conversaciones de los personajes. En diversos
momentos y circunstancias, hay en “Los
Premios” referencias a Boris Karloff,
James Dean, Errol Flyn y, en una de las escenas más divertidas de la novela, la
caótica conversación entre Atilio Presutti, la Nelly, doña Rosita y doña Pepa, desfilan
-como animales de circo- Esther Williams, Norma Talmadje, Lilian Gish, Marlene
Dietrich, Charles Boyer y Lo que el
viento se llevó.
Con
todo y el desfile, hasta ese momento, la presencia del cine en la obra de
Cortázar es sólo referencial. Es en “Rayuela”,
la famosa antinovela publicada en 1962, donde el cine ocupa un papel
protagónico.
Ya en
el primer capítulo del libro podemos leer:
“Y entonces en esos días íbamos a los cineclubs a
ver películas mudas, porque yo con mi cultura, no es cierto, y vos pobrecita no
entendías absolutamente nada de esa estridencia amarilla convulsiva previa a tu
nacimiento, esa emulsión estriada donde corrían los muertos; pero de repente
pasaba por ahí Harold Lloyd y entonces te sacudías el agua del sueño y al final
te convencías de que todo había estado muy bien y que Pabst y que Fritz Lang”.
En el
capítulo 60, Morelli −el escritor en permanente reflexión sobre su arte– hace
una lista de reconocimientos, de deudas de gratitud, que no alcanzó a
incorporar en su obra publicada. Allí, en medio de escritores, pintores,
músicos y antiguos poemas épicos, aparecen Buñuel, René Clair y hasta Chaplin “tachado con un trazo muy fino, como si
fuera demasiado obvio para citarlo”.
En Rayuela, el cine se convierte en
herramienta estilística con usos diversos. Por un lado, decenas de títulos de
películas aparecen camufladas en diferentes momentos narrativos. Veamos algunos
ejemplos. Aquí, en medio del relato, aparece una película de Hitchcock:
“Traveler se asomó al pozo caliente, miró la calle
donde un diario abierto se dejaba leer indefenso por un cielo estrellado y como
palpable. La ventana del hotel de enfrente parecía más próxima de noche, un
gimnasta hubiera podido llegar de un salto. No, no hubiera podido. Tal vez con
la muerte en los talones, pero no de otra manera. Ya no quedaban huellas del
tablón, ya no había paso.”
Y
aquí, en este juego de palabras, una actriz:
“Porque en realidad él no le podía contar nada a
Traveler. Si empezaba a tirar del ovillo iba a empezar a salir una hebra de
lana, metros de lana, lanada, lanagnórisis, lanatúrner, lannapurna, lanatomía,
lanata, lanatalidad, lanacionalidad, lanaturalidad, la lana hasta lanaúsea pero
nunca el ovillo”.
También
un par de cintas de los hermanos Marx:
“Órbitas aisladas, de vez en cuando dos manos que se
estrechan, una charla de cinco minutos, un día en las carreras, una noche en la
ópera, un velorio donde todos se sienten un poco más unidos”.
Quizá
la presencia más notoria del cine en el estilo de Cortázar, es la utilización
de actrices famosas para caracterizar sus personajes. El recurso se utiliza con
tanta frecuencia que podría decirse que es un rasgo distintivo del estilo Cortázariano.
En el
capítulo 48 de Rayuela, cuando
Oliveira regresa a Buenos Aires, encuentra en el puerto a su viejo amigo
Traveler y a la esposa de éste, Talita, “con
un gato en una canasta y un aire amable y Alida Valli”.
Más
adelante, en un patio bonaerense, la Cuca “sacaba
una polverita y se arreglaba con un gesto de directora clínica, algo entre
Madame Curie y Edwidge Feuillère.”
Y en
el capítulo 92:
“Pola tocaba a veces la guitarra, recuerdo de un
amor de altiplanicies. En su pieza se parecía a Michelle Morgan, pero era
resueltamente morocha.”
Pero
no es sólo a nivel formal que se da la presencia del cine en Rayuela.
En la
pasión con que el doctor Ovejero -el director del manicomio- guarda una foto de
Mónica Vitti, podemos ver los principios de un fetichismo que será desarrollado
de manera más amplia en obras posteriores.
A
partir de Rayuela, el cine deja de
ser una referencia o un simple tema de conversación, y pasa a formar parte de
las pasiones, obsesiones y fantasmas de los personajes de Cortázar. En el
capítulo 32, la Maga le dice a su hijo Rocamadour:
“Horacio me trata de sentimental, de materialista,
me trata de todo porque no te traigo o porque quiero traerte, porque renuncio,
porque quiero ir a verte, porque de golpe comprendo que no puedo ir, porque soy
capaz de caminar una hora bajo el agua si en algún barrio que no conozco pasan
Potemkim y hay que verlo así se caiga el mundo.”
Ahora
el cine se conecta con las obsesiones más íntimas de los personajes. La Maga se
conmueve una y otra vez con ese cochecito que rueda sin esperanza por las
escalinatas del puerto de Odessa.
Talita,
por su parte, “tasca el freno de unos
celos puramente artísticos en la oscuridad del cine Presidente Roca”, y
lleva a su esposo Traveler a reconciliarse con la vida viendo a Marilyn Monroe.
* * *
En la
última novela de Cortázar, Libro de
Manuel, publicada en 1973, uno de los hilos narrativos principales es un
sueño del protagonista que transcurre en un extraño teatro de cine.
El
personaje intenta, a lo largo de la obra, encontrarle respuesta al enigma de
ese sueño, a la extraña disposición de las sillas en el teatro y al filme de
misterio de Fritz Lang que se proyectaba en el telón.
Como
un reconocimiento adicional al estrecho vínculo que existe entre el cine y la
cultura contemporánea, La Joda, el grupo de la novela, tiene entre sus actos de
subversión el sabotaje a las películas que más emoción producen en los
espectadores.
“Y entonces justo cuando la Brigitte comienza a
convertir la pantalla en uno de los momentos estelares de la humanidad, o más
bien en dos y qué dos, che, eso no se impugna ni contesta (...), en ese momento
justo Patricio se levanta y produce un espantoso alarido que dura y dura y dura
...”
El cine reaparece en otro de los “clímax” de la novela, el momento en que Lonstein encuentra alguien
dispuesto a escucharle su elaborada apología de la masturbación:
“Como a mí no me funciona la pareja y las mujeres me
salen aburridas en todos los planos, he tenido que crear mi propia dialéctica
onanista, mis fantasías todavía no escritas pero tanto o más ricas que la
literatura erótica.”
A
estas palabras, Andrés Fava, el alter ego de Cortázar responde:
“En fin, cuando yo me masturbaba a los quince o
dieciséis años lo hacía imaginándome que tenía en los brazos a Greta Garbo o
Marlene Dietrich, cosa que, como ves, no era una pavada, de manera que se me
escapa el mérito especial de sus fantasías.”
Escuchemos
a Lonstein, antes de dejarlo a solas con su onanismo:
“No es tanto por ese lado, aunque también admite
desarrollos más vertiginosos de lo que te imaginas con tus Gretas y tus
Marlenes, pero lo que cuenta es la ejecución, y en eso está el arte. Para vos
la cosa es una mano bien empleada, ignorás que precisamente el primer peldaño
hacia la verdadera cúspide del fortrán consiste en la eliminación de toda ayuda
manual.”
* * *
Y así
llegamos a nuestro punto de partida, el cuento “Queremos tanto a Glenda”,
publicado por Cortázar en 1980.
“Queremos tanto a Glenda” nos cuenta la historia de un “núcleo” de personas que se encuentran y se unen en torno a su admiración desaforada
por la actriz de cine Glenda Garson.
Las
películas que se le atribuyen a la actriz idolatrada (“El látigo”, “El fuego en la nieve” “Los
frágiles retornos”, “El uso de la elegancia”) terminan por aclarar que se trata de
una versión literaria de la actriz inglesa Glenda Jackson.
Con
el paso del tiempo y las películas, el “núcleo” comprende que su misión va mucho más
allá de reunirse después del cine a comentar la actuación de Glenda Garson.
Gracias
a la solvencia económica que Cortázar le concede a uno de los personajes (lo
hace socio de Howard Hughes en unas minas de estaño en el Paraguay), el “núcleo” se impone la tarea de recoger todas las copias existentes de las
películas “menos perfectas” de Glenda Garson (aquellas estropeadas
por los directores, nunca por Glenda) para arreglarlas haciendo cambios en la
edición.
Aquí
el relato se parece a “Pérdida y
recuperación del cabello”, un cuento
publicado en Historias de cronopios y de
famas, ya que los personajes rastrean el mundo entero, llegan incluso a
invadir filmotecas privadas en los Emiratos Árabes para recuperar todas las
copias de las películas y regresarlas luego modificadas.
Cuando
la tarea ha terminado, el “Núcleo” recibe con alegría la noticia de que
Glenda Garson se retira del cine y entienden que ese es el final justo y
oportuno para una carrera sin mácula.
Pero
la historia cambia de rumbo un año más tarde, cuando la actriz siente nostalgia
del cine y decide regresar. Al conocer esta noticia, el “Núcleo” sostiene la
última y más tensa de sus reuniones, al final de la misma tienen claro lo que
hay que hacer para impedir que Glenda destruya la perfección alcanzada.
Irazusta, el adinerado de la historia y uno de los fundadores del Núcleo, se
encargara de todo, y todo, para decirlo en pocas palabras, está prodigiosamente
condensado en la última frase del relato:
“Queríamos tanto a Glenda que le ofreceríamos una
última perfección inviolable. En la altura intangible donde la habíamos
exaltado, la preservaríamos de la caída, sus fieles podrían seguir adorándola
sin mengua; no se baja vivo de una cruz”.
Hasta
aquí, ‘Queremos tanto a Glenda’ no es más que un cuento en el que Cortázar
rinde homenaje al cine y a una actriz amada.
Lo
sorprendente, lo que hace de este relato y sus circunstancias algo fuera de lo
común, ocurrió dos semanas después de la aparición en México de la primera edición
del libro Queremos tanto a Glenda.
Cortázar
estaba en San Francisco dictando un curso en la Universidad de Berkeley. Por
una circunstancia divertida, que todavía podía llamarse coincidencia, estaba
anunciada en un teatro local una película titulada “Hopscotch, justamente el título con que había sido publicada en
inglés la novela “Rayuela”.
En
este punto resulta oportuno subrayar la importancia que Cortázar concedió en su
vida a esos extraños encuentros, a esas insólitas figuras que construye la realidad
y que la gente llama comúnmente “coincidencias”.
Para
Cortázar, las coincidencias eran algo así como mensajes cifrados que provienen
de otros niveles de la realidad. Se negaba a creer que ciertas conexiones
fueran un producto gratuito del azar.
Justamente
“las figuras”, como las llamó, son uno de los componentes más poderosos de su
obra. En Rayuela, los personajes se
mueven por las calles de París atentos a esas señales que casi nadie percibe, a
esos instantes fugaces en que otras dimensiones parecen revelarse. Otra novela
de Cortázar 62/ Modelo para armar
explora de manera exhaustiva la idea de que, más que nuestras pasiones o
psicologías, lo que rige la vida de los hombres son movimientos triviales,
exteriores a nosotros y casi siempre inexplicables.
Por eso significó tanto para Cortázar
descubrir que la protagonista de la película con el nombre de su novela era, y
no podía ser otra, que Glenda Jackson:
“Todo se dio en un segundo, pensé irónicamente que
había venido a San Francisco para hacer un cursillo con estudiantes de Berkeley
y que íbamos a divertirnos con la coincidencia del título de esa película y el
de la novela que sería uno de los temas de trabajo. Entonces, Glenda, vi la
fotografía de la protagonista y por primera vez fue el miedo. Haber llegado de
México trayendo un libro que se anuncia con su nombre, y encontrar una película
que se anuncia con el título de uno de mis libros, valía ya como una bonita
jugada del azar que tantas veces me ha hecho jugadas así; pero eso no era todo,
eso no era nada...”
Dejemos
que el mismo Cortázar cuente la historia en “Botella
al mar”, una carta abierta a Glenda
Jackson escrita al calor de la emoción y publicada posteriormente en “Deshoras”, su último libro de relatos:
“Abreviaré un resumen que poco nos interesa ya. En
la película usted ama a un espía que se ha puesto a escribir un libro llamado
Hopscotch, a fin de denunciar los sucios tráficos de la CIA, del FBI y del KGB,
amables oficinas para las que ha trabajado y que ahora se esfuerzan por
eliminarlo. Con una lealtad que se alimenta de ternura usted lo ayudará a
fraguar el accidente que ha de darlo por muerto frente a sus enemigos; la paz y
la seguridad los esperan luego en algún rincón del mundo. Su amigo publica
Hopscotch, que aunque no es mi novela deberá llamarse obligadamente Rayuela
cuando algún editor de best-sellers la publique en español. Una imagen hacia el
final del libro muestra ejemplares del libro en una vitrina, tal como la
edición de mi novela debió estar en algunas vitrinas norteamericanas cuando
Patheon Books la editó hace años. En el cuento que acaba de salir en México yo
la maté simbólicamente, Glenda Jackson, y en esta película usted colabora en la
eliminación igualmente simbólica del autor de Hopscoth. Usted, como siempre, es
joven y bella en la película, y su amigo es viejo y escritor como yo. Con mis
compañeros del Club entendí que sólo en la desaparición de Glenda Garson se
fijaría para siempre la perfección de nuestro amor; usted supo también que su
amor exigía la desaparición para cumplirse a salvo. Ahora, al término de esto
que he escrito con el vago horror de algo igualmente vago, sé de sobra que en
su mensaje no hay venganza sino una incalculablemente hermosa simetría, que el
personaje de mi relato acaba de reunirse con el personaje de su película porque
usted lo ha querido así, porque sólo ese doble simulacro de muerte por amor
podía acercarlos. Allí, en ese territorio fuera de toda brújula usted y yo
estamos mirándonos, Glenda, mientras yo aquí termino esta carta y usted en algún
lado, pienso que en Londres, se maquilla para entrar en escena o estudia el
papel de su próxima película”.
* * *
Así,
con esa “incalculablemente hermosa
simetría”, con ese viejo escritor que
se mira a los ojos con la actriz amada en otro nivel de realidad, llega a su
punto culminante la presencia del cine en la obra de Julio Cortázar.
El
cine fue referencia constante, guiño, metáfora, pasaje (la oscuridad del teatro
fue un camino para llegar a “lo otro”: como los puentes, el metro o los
tablones) y, lo más importante, el cine se instaló en la obra de Cortázar como
uno de sus fantasmas principales, centro de sus obsesiones y figura protagónica
en esa película de perseguidores y perseguidos que fue toda su obra.
Quizá
ningún otro escritor latinoamericano entendió como él, que el cine es una
prodigiosa extensión de los mismos sueños, las mismas fantasías, los mismos
horrores que por siempre han estremecido al hombre cada vez que se ha quedado a
solas consigo mismo en la tierra de
nadie, allí donde todos son nadie.

sábado, 29 de noviembre de 2014
La casa bajo el agua
Alguien,
No
es claro quien,
Asegura
que fue el viento de las rosas
O
el sudor de unas manos
O
una suma de llantos
O
el temblor de una flor humedecida.
Quizá
la soledad ayudó un poco
A llenar, desbordar,
Recipientes y vasos,
Bañeras y fuentes,
A volver
navegables
Rincones
olvidados.
La
casa está inundada,
Pasillos
venecianos,
Escalas
de cascadas,
Y
en una mesa alta,
Muy
lejos de las aguas,
Una
canoa espera
Al
pescador perdido
Por un amor sangrante.
sábado, 22 de noviembre de 2014
El último periodista
En este
viejo texto, Wenceslao Triana imagina el privilegio que habría sido trabajar
con Germán Mendoza Diago.
Tuve ese
privilegio. Germán me abrió las puertas de El Universal y me alentó a escribir.
Fue amigo y maestro.
Buen viaje, Germán
(Abril 19, 2020)
Por Wenceslao Triana
Siempre me ha intrigado lo poco que
sabemos de quienes se encargan de que lo sepamos todo. Salvo las estrellas
fugaces, el periodismo suele ser un oficio de seres anónimos, de quienes rara
vez tienen noticias los lectores.
Pensé en eso cuando leí sobre la entrega
de los premios Pegaso de Oro de Periodismo. Me alegró ver a los amigos
recibiendo homenajes: a doña Carlota, al maestro Eduardo Herrán (¿alguien está
guardando, como se debe, su tesoro fotográfico?), a Ledys Caro, a Carlos Marín.
Pero debo confesar que lo que más me alegró fue el premio a Germán Mendoza
Diago.
Cuando vivía en Cartagena, cada vez que
llevaba mi columna aprovechaba para entrar a su oficina por un rato. He visto
su silencioso desempeño y estoy convencido de que ese teutón de Ciénaga de Oro
ha sido el alma de El Universal desde hace casi veinte años.
Su credo lo supe muy temprano. Fue una
de las primeras veces que visité El Universal, cuando estaba lagarteando para
que me publicaran. Ya entonces había notado que era uno de los primeros
periodistas en llegar y uno de los últimos en marcharse. Sabía también de su
pasión por el cine y por la poesía y quise preguntarle cómo se hacía para no
sucumbir al poder demoledor del periodismo. Germán mandó a un periodista a
cubrir una rueda de prensa, diagramó dos páginas, edito tres fotos y luego me
dijo: “Borges dijo que no hay que dejarse acanallar”.
Eso es Germán Mendoza, un hombre que no
se ha dejado acanallar. Pero es más que eso, es quizá la última versión del periodista
a la vieja usanza, esos para quienes el periodismo es la vida misma.
Mi amigo Eliécer López suele decir que
los periodistas de hoy no son como los de antes, que ni fuman, ni son
mujeriegos, ni beben, ni se van tarde a casa. “Qué clase de periodismo es ése”,
dice Eliécer sonriente. Creo que el único requisito que cumple Germán Mendoza
es el de irse tarde a casa. Porque Germán no descansa hasta estar seguro de que
el periódico saldrá bien. Cuando alguien no puede llenar una página, Germán se
encarga del asunto. Cuando a todos los periodistas les da gripa, Germán se
sienta tranquilo y escribe todo el periódico. Uno podría pensar que tanta
entrega es vocación de sufrimiento. Pero hay que verle la emoción ante los
retos, para saber que Germán es distinto a todo el mundo.
A Germán le gustan los grandes
acontecimientos. Es un genio de ese arte curioso y efímero que es diseñar
primeras páginas. Cuando algo grande ocurre, es posible verlo frenético,
aventurando fotos de seis columnas o titulares de tres palabras. Al día
siguiente trae un gesto triunfal por haber derrotado a los grandes periódicos.
Uno de los títulos periodísticos más hermosos que he leído en mi vida lo
escribió Germán. Fue cuando los científicos anunciaron la fecha del Bing Bang.
El título fue avasallante: “Hace quince mil millones de años, Dios creo el
universo”.
También es posible saber cuándo anda
enfrascado en una de sus crónicas. De pronto, adquiere un aire sigiloso, como
de estar manipulando información confidencial, y al poco tiempo aparece una
reconstrucción histórica en la que parece haber consultado hasta a los
espíritus del más allá.
Lamento no haber sido periodista de El
Universal durante estos años en que Germán ha capitaneado. De haberlo sido (en
el hipotético caso de haberlo sido) me consideraría el tipo más afortunado del
mundo por haberlo tenido como maestro. Un raro maestro Zen de periodismo que
imparte sus enseñanzas sin que parezca que está entregando grandes lecciones
definitivas.
Junio 5
del 2002
jueves, 20 de noviembre de 2014
De regreso en la granja
George Orwell ha sido un viejo amigo de la casa. A principios
de los años setenta me acostumbré a ver en el estante de la sala un ejemplar de
su novela, 1984. Me llamaba la
atención el valor de titular un libro con una cifra que además era un año que
aún estaba por venir. Me propuse leerla antes de esa fecha futurista. Mi entendimiento
del poder y la política sería mucho más vago si no hubiera devorado esa novela
como si mi propia vida dependiera de ello. La derrota de Winston Smith fue para
mí una afrenta personal. Me propuse llevar más lejos el esfuerzo por
permanecer despierto.
Por gratitud con Orwell, traté luego de leer Animal Farm (Rebelión en la granja),
pero no me gustó tanto. Incurrí en la injusticia —tan común entre los lectores
de admiración fácil— de no perdonarle al autor que cambiara las reglas del
juego y se expresara de otro modo. Me sentía incómodo leyendo fabulitas siendo,
como me creía, un lector serio y ya con varias obras maestras encima. Para
colmo, en aquel tiempo no era posible llegar a Animal Farm libres de su sentido alegórico. Entre los sabihondos de
entonces era una verdad trillada que cada animal de la granja representaba un
personaje histórico: el cerdo filósofo era Marx, otros eran Lenin o Stalin. Lo
cierto es que se me armó un lío en la cabeza cuando trataba de recordar quién
era cuál. Al final no entendí mucho de lo que leía, pues tenía la sensación de
que, para poder desentrañar los secretos del libro, antes debía conocer todos
los detalles de la historia universal a principios del siglo XX.
No puedo decir que tenía planes de releer Animal Farm. Pero recientemente, con mi
amiga Valen Chaucer, he descubierto el placer de leer en compañía, de
compartir impresiones y entusiasmos con almas afines que además nos ayudan a
ver lo que soslayamos y a apreciar mejor los libros que acabamos de leer. Así
que mi amiga propuso Animal Farm y no
me quedó otra alternativa que obedecer, pues de lo contrario iría a rebelarse
apenas yo propusiera el próximo título. Un argumento suyo terminó de
convencerme: me dijo que me olvidara de las referencias históricas, que hiciera
de cuenta que nunca existieron ni Lenin ni Marx. Le hice caso y santo remedio.
El libro de Orwell brilló ante mis ojos en toda su
majestad. Ahí estaban los caminos al infierno construidos con las piedras de las
buenas intenciones. Estaban los ideales traicionados y la prosperidad de la
mentira. Estaban las ovejas que hacen ruido para interrumpir todo diálogo.
Están los medios y los gestores de propaganda manipulando mentes y pasados.
Están los que regalan su fuerza a causas que no entienden, envanecidos por su
propia fortaleza. Están los pocos escépticos a los que nadie oye. Están incluso
los marginales, los que se visten de suciedad para pasar por debajo del radar.
Está la vida toda, las sociedades de ahora y de casi siempre, con todas sus
absurdas ceremonias, con unos pocos privilegiados y unas inmensas mayorías
esclavizadas y resignadas.
Muchos sostienen que George Orwell fue mejor ensayista
que novelista. Le era imposible renunciar a la intención pedagógica. Su ensayo
“Matar un elefante” sintetiza en menos de diez páginas la historia colonial
inglesa. Sus novelas no renuncian a filosofar. Al igual que 1984, también Animal Farm tiene un final desolador. Uno podría aventurar que a
Orwell le tocaron tiempos sombríos. El problema es que, después de leerlo, uno
queda convencido de que todos los tiempos son sombríos.
Publicado en Vivir en El Poblado el 20 de noviembre de 2014.
viernes, 7 de noviembre de 2014
Las plagas de Santa María
Un fragmento de Santa María del Diablo.
El primero de agosto de 1514, Pedrarias escribió al Rey para darle cuenta de su llegada. Sin mencionar el reporte de Balboa, hizo una detallada descripción de la situación de la colonia y de la gobernación. Varios miembros de la expedición escribieron a la Corte y dijeron que el clima era pestífero y más pernicioso que el de Cerdeña. Se sentían en el infierno, y la lista de quejas era interminable. Decían que Santa María estaba en un valle profundo, rodeado por ásperos collados, por lo que sólo recibía los rayos del sol de manera perpendicular, y que aquella luz era incisiva y molesta. Se quejaban de la lluvia y los caminos pantanosos, y de los mosquitos que pululaban en las aguas estancadas. Decían que las pulgas y los sapos y otras alimañas brotaban cuando el sudor de los esclavos caía al suelo.
jueves, 6 de noviembre de 2014
Santa María del Diablo
Publicada por Ediciones B Colombia,
Santa María del Diablo salió al mercado el 5 de noviembre de 2014.
La novela cuenta la historia de Santa María de la Antigua del Darién,
la primera ciudad española en Tierra Firme.
Aquí algunos enlaces de interés:
Un fragmento de la novela en el suplemento Generación, de El Colombiano.
Noviembre 9 de 2014.
En El Espectador. Domingo 16 de noviembre de 2014.
lunes, 3 de noviembre de 2014
Navegando las hojas
Como
la belleza del otoño termina por el suelo, he ocupado algunos ratos de las
últimas semanas en recoger las hojas que le dan a la tierra tonalidad marciana.
Uno de los tesoros más grandes que poseo es un pequeño bosque –tan pequeño que
es muestra de optimismo llamarlo de ese modo– , un árbol en el frente y otros
en el traspatio, una foresta hermosa poblada de ardillas, a veces visitada por
pájaros carpinteros o por ciervos sigilosos que se aventuran desde las montañas.
De manera que cuando el otoño llega con su frío afilado, cuando las hojas se
despiden en una llamarada, llega también la hora de abrigarse y salir a recoger
tanta belleza y tanto despilfarro.
Al
principio de esta curiosa aventura que es tener un pedazo de tierra –y es un
alivio vivir en un país donde no hay la inminente amenaza de que a uno lo maten
para quedarse con ella–, pensé que la manera más eficiente de recoger las hojas
sería comprarse una de esas máquinas estilo aspiradora que lo recogen todo con quejumbrosa
eficiencia. Pero tuve la suerte de reaccionar a tiempo y comprender que lo
mejor era vivir con deliciosa intensidad esa tarea misteriosa de recoger las
hojas de manera artesanal, con la ayuda de un rastrillo, poco a poco, sintiendo
el crujir de esas miles de pruebas de que una poderosa inteligencia habita tras
las cosas.
Siempre que salgo a recoger las hojas del otoño recuerdo un ensayo de Gerard
Manley Hopkins sobre la belleza. Hopkins usaba la forma de las hojas de los
árboles para explicar que la belleza tiene siempre una especie de simetría
asimétrica. Cada hoja, cada criatura, parecen estar diseñadas como la suma de
dos mitades idénticas, pero cuándo se observa con cuidado se descubre que las
mitades tienen diferencias sustanciales. Tenemos, por ejemplo, ojos y orejas a
cada lado, pulmones, brazos, riñones, piernas. Pero si la regla fuera rigurosa
habría que tener un corazón a cada lado. Hopkins llega más lejos y consigue
demostrar que el hecho mismo de que no haya dos hojas perfectamente idénticas
es la prueba del inagotable poder creativo de esa mente que todo lo concibe. Si
un ser humano estuviera a cargo de la tarea, es probable que se dedicara a
producir cosas en serie, iguales las unas a las otras. Pero el mundo es
distinto y no hay dos rostros iguales, dos voces, dos palmas de manos.
Mientras
paso el rastrillo por el mar amarillo, pienso también en las tonalidades:
cobres, ocres, rojos, marrones, carmesíes; algunas –poquísimas– de un verde
obstinado. Llamar amarillo a todo aquello es como decir que estas frases son
aliteraciones. Entonces recuerdo aquella frase de Gilberto sobre cómo hay en el
alma más matices distintos que colores en un bosque en el otoño, sobre cómo es
imposible expresar la foresta interior con el habla y sus aullidos limitados.
Pero a medida que avanza la tarea dejo de ser libresco y me sumerjo en hondas
cavilaciones. Recuerdo vivamente los sueños de la noche anterior, veo mi vida
en perspectiva, levanto la mirada para apreciar las ramas desnudas donde
después de algunos meses volverán los colores de la vida, pienso que un día no
estaré para recoger las hojas, que yo mismo seré como una de esas hojas y que
tal vez no vendrá nadie a recogerme.
Pero
también las reflexiones filosóficas se diluyen con el transcurrir de la tarea
y, entonces, sólo quedan imágenes absurdas: una campana sorda y delirante, un
pulpo enorme aferrado a una maleta, un tres de copas y una pelota.
Y
al final ni siquiera hay imágenes, ni siquiera hay conciencia. Sólo hay una
criatura en el bosque que acaricia la tierra, que transcurre y se marcha.
Publicado en Centrópolis, en octubre de 2008.
martes, 28 de octubre de 2014
Santa María del Diablo
Este 5 de noviembre
llega a las librerías
Fundada a finales de 1510, Santa
María de la Antigua del Darién fue la primera ciudad española en el continente
americano. Estaba situada en la costa
occidental de lo que hoy se conoce como el Golfo de Urabá, llegó a tener una
población superior a la de Madrid y fue el primer centro de la colonización en
Tierra Firme.
Personajes como Vasco Núñez de Balboa (el descubridor de la Mar del Sur), Pedrarias Dávila (la Cólera de Dios), Gonzalo Fernández de Oviedo (el cronista de la Corona, el Dios de las tijeras y el autor de la primera novela escrita en el Nuevo Mundo), Francisco Pizarro y Diego de Almagro (los conquistadores del Perú), y Bernal Díaz del Castillo (cronista de la expedición de Hernán Cortés), entre otros, protagonizan la historia de este pequeño imperio en la selva que surgió y se esfumó en menos de quince años.
La historia de Santa María de la
Antigua desborda los límites de la imaginación y explica en buena parte lo que ha sido Hispanoamérica desde entonces. Aquí
están el deslumbramiento de los europeos con el Nuevo Mundo, el desconcierto y
la aniquilación de las poblaciones nativas, la exuberancia de la naturaleza, el
encuentro de culturas, las enfermedades de los cuerpos y las almas. El cielo y
el infierno se juntaron en esta ciudad que fue escenario de convivencia
apacible entre españoles e indios, pero también de intrigas, desafueros y
grandes crueldades.
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