jueves, 12 de marzo de 2015

El lado oculto de la luna

La columna de 
Vivir en El Poblado



   
El problema de los sueños es que suelen cumplirse cuando el soñador ha muerto. Me refiero a los sueños que tenemos despiertos, a los más improbables. En el cuaderno que me regaló el flaquito, Julio Verne dice que “todo lo que una persona puede imaginar, otras personas podrán hacerlo realidad”. Verne no pudo conocer los submarinos y cohetes, las ciudades flotantes y las tecnifi­cadas, pero muchos pensaron en él cuando se fueron cumpliendo sus sueños y pesadillas: porque no hay que olvidar que también vislumbró la crueldad del nazismo.

Encarnamos, muchas veces sin saberlo, los sueños de nuestros antepasados. He dedicado media vida a honrar los sueños de mi padre. Cada vez que logré algo de mérito pensé en el vendedor de fantasías, imaginé la alegría que sentiría. Pero ignoro de qué remotos ancestros soy un sueño realizado.

He perdido la cuenta de las veces que he leído Cien años de soledad. Lo he recorrido en busca de confesiones íntimas —creo haber encontrado algunas— o de gestos repetidos. Así descu­brí que cada vez que un personaje quería expresar afecto lo hacía enseñando a leer y a escribir. No es coincidencia que el más cruel de la familia sea el hombre al que ese gesto le fue dado de manera distraída. En una lectura reciente me llamó la atención el olvido que las generaciones del “futuro” tienen de sus antepasados. Hay en Macondo una calle que lleva el nombre de uno de los Buendía y nadie sabe, ni siquiera sus descendientes, quién fue aquel personaje; mucho menos, los sueños que tenía. La figura completa la tenemos los lectores. Vemos cumplir predicciones y nadie, en el libro, se entera de que vive lo que otros habían profetizado.

Hace apenas un mes ocurrió algo que la humanidad venía esperando por millones de años y lo curioso es que muy pocos supieron apreciarlo. Me estoy  cansando de repetir que somos criaturas distraídas que hoy perdemos horas mirando un vestido y al día siguiente fingiendo que nos indignamos. Es tanta la información con que nos abruman que nos estamos quedando sin capacidad para distinguir lo trivial y lo de veras importante.

Más allá de esa naturaleza de la que nos creemos dueños —y de ese entendimiento del que nos están despojando—, sólo hay dos cosas verdaderamente grandes que nos han sido otorgadas: el sol y la luna. Por millones de años hemos visto la luna con estupor. Hemos calculado sus ciclos y hemos sido testigos de su influencia en los cuerpos y en la tierra. Hemos creído ver un hombre que la habita. Le hemos dado atributos femeninos. Ha inspirado sentimientos. Nos ha dado consuelo. Le hemos compuesto poemas. Algunos se secaron el seso tratando de conocerla y, sin embargo, hasta ahora —como la persona amada—tuvo siempre un lado oculto a nuestros ojos.

En febrero pasado, tras larguísima espera, pudimos ver la cara oculta de la luna. Hace medio siglo los rusos intentaron fotografiarla, pero era más clara una polaroid mal sacudida. Ahora —hace sólo unas semanas— por fin se nos ofrecía luminoso, y con lujo de detalles, el rostro esquivo de nuestro cuerpo celeste más entrañable. Lo triste es que casi nadie fue capaz de apreciar la magnitud de eso tremendo que ocurría. Nos encogimos de hombros y olvidamos de inmediato la noticia de los últimos milenios.

Siempre he sido un lunático fanático. Tengo con la antiquí­sima Selene una relación más íntima que la que llegué a tener con mucha gente. Tal vez por eso me indigna el asunto. Pero, si alguien sospecha que la humanidad ya se extinguió y ha sido suplantada por robots, el desdén con que ignoramos este sueño realizado puede ser la prueba que faltaba.


Publicado en Vivir en El Poblado en marzo 12 de 2015. 







miércoles, 11 de marzo de 2015

Altamar

La sección Vidas de artistos
de la Revista Cronopio,





   La historia de Colombia nunca ha sido edificante. Es imposible recordar un tiempo sin guerras, masacres, atropellos o desigualdades criminales. La literatura nacional no puede evitar ser su reflejo. No es coincidencia que las tres novelas paradigmáticas sean, cada una a su manera, testimonio de un desastre. María es un nombre en una lápida y es el despliegue lírico de la frustración amorosa. La vorágine es injusticia social y retrato de seres devorados por su entorno. Cien años de soledad es una soledad más larga que el término de una vida y es la biblia de las estirpes condenadas.

Leer el texto completo en Revista Cronopio.






martes, 10 de marzo de 2015

Borges y la plata

Un texto de Wenceslao Triana
Marzo 6 de 2002

 Jorge Luis Borges

  Mejor no les explico como vine a parar el viernes pasado a la misma mesa donde estaba el escritor argentino Ricardo Piglia. Que baste con saber que la vida tiene sus vueltas raras y que uno puede terminar sentado en las mesas más insospechadas. Fue en un restaurante de Princeton, esa ciudad austera y clásica –que ni siquiera parece gringa– donde una larga tradición universitaria ha visto genios tan diversos como Albert Einstein, T. S Eliot, Hermann Broch o John Forbes Nash, a quien una película reciente ha puesto en primer plano.

  Puedo decir que Piglia es uno de los grandes escritores argentinos del momento. Una vez convencidos de que ni Borges, ni Cortázar, ni Bioy Casares eran eternos, le ha llegado el turno a nuevas generaciones que ya no son tan nuevas después de todo, que ya hasta peinan canas y pueden soportar con estoicismo ese equívoco supremo que es el reconocimiento.

  Piglia ha escrito “Respiración artificial”, “La ciudad ausente” y “Plata quemada”, entre muchos otros libros, pero una prueba de su grandeza la dio el viernes pasado al no hablar de sí mismo ni un momento y, en cambio, dedicarse a hablar de uno de sus maestros, del maestro de todos, de ése al que deberían canonizar como el santo de los literatos.

  Piglia era estudiante de la Universidad de la Plata, su ciudad natal, cuando conoció a Borges. Cómo él y un grupo de amigos eran los que tenían las iniciativas, consiguieron dinero para invitar a Borges a dar una conferencia.

Ricardo Piglia

  El primer contacto fue por teléfono. Cómo está, maestro, mi nombre es este y este, lo llamo a esto y esto. Borges contribuyó a la charla con una anécdota de infancia. Un día fue a visitar a su padre un poeta de La Plata cuyo nombre no recuerdo –hubo vino aquella noche en esa mesa–. Cómo era la hora de la siesta, y la siesta del padre de Borges era sagrada, le dijeron al poeta que volviera un poco más tarde. Pero el poeta insistió y al final no hubo otra opción que despertar al señor de la casa. Al día siguiente el poeta se suicidó.

  Pero volvamos a la historia principal. Cuando Piglia le dijo a Borges la cantidad que pensaban ofrecerle por la conferencia (algo así como ochocientos dólares de hoy), Borges dijo que no, que era imposible, que por esa suma no. Un silencio en la línea del teléfono contribuyó a crear el suspenso necesario: “Mejor les doy la conferencia por la mitad de ese dinero”.

  Piglia no olvida la sonrisa de Borges cuando terminó la conferencia, le estrechó la mano y le dijo, cómplice, divertido: “Buena la rebaja que conseguí, ¿cierto?”

  La anécdota ocurrió hace cuarenta años y Piglia jamás ha podido olvidarla. Recuerda el silencio en el teléfono, la sensación que tuvo de estar ofreciendo poco y la posterior sorpresa. Se ha pasado la vida tratando de entender esa actitud y ha llegado a una conclusión, donde expresa por igual cariño e indignación como la que inspira la travesura de un niño: “Ese hombre era capaz de perder cuatrocientos dólares con tal de crear una anécdota que lo hiciera inolvidable. Me ha obligado a contar esta historia toda mi vida”.

  Entre los que aman la literatura, contar historias de Borges es una de las actividades más amenas y divertidas que existen. Aquella noche en Princeton empezaron a aparecer testimonios desde todos los rincones de la mesa. Todos geniales, todos brillantes. Todos dignos de ser reproducidos, como esta hermosa historia que Borges sigue contando por medio de quienes volvemos a contarla.
Marzo 6 del 2002










lunes, 9 de marzo de 2015

Gajaka, el adelantado

Una reseña de Santa María del Diablo,
escrita por Gabriel Jaime Caro
en ViceVersa.



“Santa María del Diablo”, 2015, una novela que te lleva por la pesadilla de la historia del siglo XVI, en la Tierra Firme del Mar Caribe.

Leer el texto completo en ViceVersa.

miércoles, 4 de marzo de 2015

Simón González: El hijo del filósofo

Texto publicado en el suplemento Dominical de El Universal, el 28 de febrero de 1993.

 Su voz es leve. Sus gestos hacen que parezca tímido. Su mirada se abre paso como aguja. Tiene largos mechones blancos y una calvicie incipiente. Está en su despacho. Tiene prisa. Está esperando una llamada del presidente.

 Desde hace diez años el país ha oído hablar de él cada cierto tiempo. Fue nombrado intendente de San Andrés en el gobierno de Betancur y, por elección popular, ha regresado como gobernador.
Pero más que su cargo, llama la atención su personalidad. Habla con amor apasionado de la mar, de los animales, de las nubes. Dice que conversa con extraterrestres y barracudas. Vive intensa y poéticamente cada momento de su vida.

 Algunos se ríen de su excentricidad para hablar y gobernar, para convocar a la gente en torno a sus sueños; otros sienten que tal vez esa forma de ser desaforada sea la única posible en un país donde la seriedad y el acartonamiento no han conseguido nada.

 Pero un ser así no surge por generación espontánea. Detrás de él está Fernando González, el brujo de ‘Otraparte”, el filósofo envigadeño que además de ser el padre de Simón y sus cuatro hermanos, fue padre del ‘Nadaísmo’.

Pregunte

 ¿Quién es Simón González?

  Es un terrestre afortunado, con el que la vida ha sido generoso. Hijo de un padre que me enseñó a volar en el sentido verdadero de la palabra y de una madre muy tierna.
 La vida me dio la oportunidad de vivir en Europa, Estados Unidos, Medellín, Cali, Barranquilla, Bogotá. Me dio la oportunidad de conocerlas y quererlas.
 También conocí el Amazonas, la Sierra nevada y el lugar de poder, la Isla de Providencia.
Es tan generosa la vida con Simón, que Belisario lo nombra intendente, Barco lo ratifica. Luego se retira y, con nostalgia, ve destruir lo que construyó con tanto amor, como si al hijo le cortaran los pies. Pero de nuevo una constitución le da al pueblo el poder de elegir y vuelve como gobernador. Ése ha sido mi mejor regalo.

¿Por qué Providencia es un lugar de poder?

  En el mundo hay lugares de poder. El triángulo de las Bermudas, las montañas locas, las pirámides de Egipto. Al pisar Providencia sentí que era mi lugar de poder. Sentí una energía. Nunca me he ido de Providencia. Yo me desdoblo. Es mi prisión amorosa. El 31 de diciembre, por ejemplo, varias personas que vieron allá.

Háblenos de su padre.

 Éramos cinco hijos. Yo, el menor. Mi padre era homeópata, le gustaba mucho estudiar las plantas. Con Ramiro, el hijo que murió de leucemia el día que se graduaba de medicina, mi padre estudió todas las carreras. Era su pasión.
 Jamás me regañó ni me dijo qué hacer. Lo único que hacía era insinuar. Se sentaba conmigo y empezaba a hablar. Yo le entendía poco.
 Recuerdo que una vez en el Museo del Louvre, estábamos mi padre y yo viendo la Monalisa. Yo estaba muy cansado. Estaba estrenando zapato y me sentía aburrido.
 “Simón, ¿No te gusta la Monalisa?’, yo le respondí que era muy fea, que no me inspiraba nada, “prefiero las mujeres que pasan por los campos Eliseos”.
 Mi padre se rio. Se reía mucho con lo que yo decía. “Nunca pierdas esa capacidad, eres un naturalista”, me dijo.
  Mi padre me dio alas verdes, me ayudó a volar en mi propio destino. Cuando terminé mis estudios en Estados Unidos y regresé a Colombia, le dijo a mi familia que mi sueño era irme para el  Amazonas. Mi madre, asustada, dijo: “Fernando, este Simón se enloqueció”.
 “Margarita, si no lo hace ahora, nunca lo podrá hacer”, dijo mi padre. “Yo lo ayudo para que se vaya”.
 Como ser humano era mejor que como escritor.

 En un país que sigue padeciendo la mojigatería y la hipocresía que tanto criticaron su padre y los nadaístas,  qué vigencia tiene la obra de Fernando González?

 Hace poco en Yopal, en una reunión de gobernadores, unos jóvenes se acercaron al grupo con el que yo estaba. Yo siempre ando sin guardaespaldas, pero los escoltas de los demás gobernadores se pusieron alerta. Yo les dije que iba a averiguar qué era lo que querían. Querían hablar conmigo de los libros de mi padre.
 Pienso que lo de ahora es otro asunto., Los libros de mi padre fueron censurados en los años 40 y 50, El remordimiento, por ejemplo (Madeimoselle Tony era un personaje real, fue mi niñera en Marsella). Cuando mi padre mandó el libro a Colombia para que lo publicaran fue completamente mutilado, eliminaron unas escenas en las que el protagonista olía los calzoncitos de madeimoselle Tony.
 Ahora las cosas han cambiado, porque el país necesita visionarios. Pero la sociedad es hipócrita. En la universidad, en el colegio, en todas partes enseñan a la gente a disfrazarse, a ponerse máscaras.
Al que se desnuda lo llaman loco o poeta.

¿Le gusta leer?

  Mi padre era un gran lector.
  Yo no leía. Me gustaba hablar con los pájaros, ver las nubes, montar a caballo, ver mujeres bellas. Cada vez que veo una mujer quiero volar alrededor de ella.
  Hablo con la naturaleza, con el viento. Pegaso, mi caballo volador; Mao el perro filósofo chino.
Lo que llaman importante son pesas en las alas.

 ¿Ha pensado en cómo debería ser la educación?

  Sí, en una universidad lo vuelven a uno bruto. El profesor debe ser guía, gurú; que hable el que realmente sepa de lo que está hablando.
 Los doctores se tienen tirado al país.
 Si hay algún defecto en Colombia son los doctores.

¿Qué opina de la juventud colombiana?

  Es la más bella que existe. Las bombas les han enseñado a volar. En mi época éramos bobos.

¿Alguna frustración?

  Que ser gobernador se me acaba en enero del 95. Pero voy a salir volando y me voy a quedar cuidando. Habrá un Simón caballo volador que los va a cuidar. Estoy practicando unos sonidos muy extraños.

¿Ha tenido muchos problemas para gobernar?

  No existen los problemas. La vida es un destino que se va enfrentando.

¿Qué piensa de la muerte?

  La muerte no existe. Es un invento para hacer negocios, ataúdes, velorios, etc.
  Cuando mi padre murió prohibió flores, que lloráramos. Fueron hasta de la Academia Colombiana. Yo estaba al lado de mi madre. Cuando lo estaban tapando un nadaísta se subió; la policía lo iba a bajar pero no dejamos.
  Nunca se me olvida la imagen de ese hombre allá en lo alto gritando: “Se murió Fernando, qué puta es la vida”.
  Ahora que tanto se habla de ese Envigado en que su padre vivió y escribió, ¿qué piensa de ese pueblo y esa gente?
  Recuerdo que una vez en “Otraparte”, mi padre estaba escribiendo en una libreta, una como esa, jamás usó cosas finas, y pasó un muchacho cabalgando y gritó “este hijueputa por qué no corre”.
  Mi madre, que era hija de presidente, dijo: “Mirá estos groseros”.
  “Ese es el pueblo más bello que he visto”.

¿Qué animales le gustan?

  El tigre, la barracuda, Mao el perro filósofo chino, el colibrí, una vaca con unos ojos bien tiernos…

¿Cuántos años tiene?

 15 años y muchas ganas de vivir. Cuando veo una mujer que me gusta me asusto. Lo que hay que pensar es cómo pasar el susto.

¿Qué piensa de la procreación?

  Todos son hijos míos.



Tiempo

  Con sonrisa de patriarca joven, Simón González anuncia que ha terminado el tiempo de la entrevista,. Aunque el presidente no ha llamado, su agenda no admite dilaciones. La ventana de su oficina en el Coral Palace se asoma a una mar inmensamente azul. Tal vez, al cerrar la puerta, Simón salga a sobrevolar la isla ayudado por las alas que le regaló su padre.






lunes, 2 de marzo de 2015

El hielo


Años después, frente a la turba enfurecida que acabaría con su vida y con la de su padre, el poeta Óscar Delgado había de recordar la tarde en que su padre lo llevó a conocer el hielo.
Santa Ana era un pueblo en decadencia desde el momento en que el río comenzó a marcharse. Tal como sucedía con Mompox, Santa Ana había visto secarse ese brazo de agua que por años le había traído noticias, personalidades y vestidos, espejos de cristal de roca y vitrolas que en las noches empezaron a acobardar a los grillos.
En pocos años Mompox y Santa Ana serían poblaciones encalladas en el tiempo. Ya a sus puertos no llegaban siquiera los grandes inventos. Había que mandarlos a traer de una Magangué ahora próspera y sorprendida ante el enriquecimiento del brazo de río que le correspondía.
Sintiendo ya el aliento de la muerte, esa joven promesa de las letras lloró de tristeza por la vida, por el odio, por el fuego, por el ciego y furioso país que le había correspondido. Y recordó la frustración de aquella tarde lejana en que su padre lo llevó a conocer el hielo y no pudo conocerlo.
Recordó la mañana y los preparativos. El orgullo de su padre, el patricio don Temístocles Delgado, frente al espejo, cuidando cada detalle de su mejor traje.
Recordó la terrible expectativa de todos frente al agua. La ansiedad por ver llegar la lancha con el más grande invento de todos los tiempos, un mágico misterio al que llamaban el hielo.
Las personas que esperaban en la orilla estuvieron a punto de irse de bruces al agua cuando la lancha se asomó en el extremo del río.
Pronto supieron que aquello, lo que fuera, ese invento mezclado con brujería, estaba en la única caja que venía en la lancha. Cuatro hombres bajaron la caja y esperaron nuevas órdenes sin ponerla en el suelo.
Don Temístocles Delgado se abrió paso entre la muchedumbre, sonriente y erguido, y siguió hasta la plaza principal, saludando a todo el que encontró a su paso, seguido por los hombres de la caja. A la entrada del Concejo Municipal de Santa Ana dio instrucciones para que llevaran la caja al patio y esperó la llegada de sus invitados.
El soldado que estaba junto a la puerta tenía órdenes de no dejar entrar curiosos por el momento. Le habían dicho que sólo entrarían las personas importantes. A un lado de la puerta, don Temístocles saludó con deferencia a las autoridades civiles, militares y eclesiásticas, quienes no se habían hecho esperar. Cuando todos entraron, don Temístocles acarició el cabello de su hijo y lo empujó suavemente en la espalda para que entrara a la casa.
Óscar Delgado nunca olvidó la tensa solemnidad con que todos esos hombres esperaron el momento de abrir la caja. Antes de abrirla, su padre improvisó un lento discurso para jugar con los nervios de su distinguido público.
“Señores”, había dicho. “Si Santa Ana no va al progreso, que el progreso venga a Santa Ana”.
El grupo miraba desconcertado la caja. Óscar Delgado observó la quietud presta al salto del obrero que la abriría en cuanto lo ordenara don Temístocles. Pensó en ese misterio agazapado y siguió las palabras de su padre.
“Mi gran amigo, don David Puccini, de la Casa importadora ‘Puccini y Puccini’, de la vecina población de Magangué, acaba de hacerme llegar el más grande invento de la humanidad. Su nombre es ‘hielo’ y enseguida lo veremos”.
Don Temístocles hizo un gesto a su empleado y éste procedió a abrir la caja. Como rompiendo briznas de hierba, el hombre arrancó las tres tablas de la parte de arriba y empezó a retirar manotadas de aserrín, primero secas, después mojadas.
El empleado estuvo arrojando aserrín mojado hasta que llegó al final de la caja. Tanteó el fondo por todos sus rincones y se volvió triste y avergonzado.
Todos, incluido don Temístocles, lo miraron con ojos desconcertados.
El hombre tardó en decir:
“Don Temi, tengo algo que decirle. Ese maldito animal se mió y se fue”.
Poco antes del momento de su muerte, Óscar Delgado recordó los detalles de esa tarde. Doblegado por los golpes, comprendió que no sería el escritor que había soñado, que no hablaría de la vida con sus versos encantados.







jueves, 26 de febrero de 2015

Una joya bogotana

La columna de Vivir en El Poblado




La literatura de los bogotanos no siempre ha sido mala. A pesar de los muchos lastres que la han aquejado (el sambenito de ser “la” literatura nacional, el montón de provincianos que compran o mendigan aprobación y la tendencia a inflar sus libros con premios y reseñas, como si fueran pollos de super­mercado), aquel pueblo crecido y desoxigenado del altiplano ha tenido destellos de buena literatura. 




El fin de semana pasado me atrincheré entre cobijas para combatir un frío criminal y volví, por fin, a abrir las páginas de uno de los primeros libros que leí, una joya a la que le tenía puesto el ojo desde hace cuarenta años. Recordaba muy poco y, sin embargo, sabía que algún día volvería. He cargado a través de mis múltiples mudanzas el sencillo y eficaz bolsilibro, la portada donde una femme fatale de pelo negro y espalda desnuda se mueve entre sábanas de seda para volverse a mirar por el rabillo, con ojos de misterios seductores.

Entre las grandes fortunas de mi vida está la de haber tenido formidables profesores de literatura y castellano. Al comedioso Alfonso Berrío le debo un vocabulario de plumón fino. Por cierto —Berrío, donde quiera que estés—, al fin pude usar la palabra filfa en uno de mis libros. Otro fue Carrasca, o Carrasco; se requieren coevos para hacer precisiones. Carrasca era un moreno con voz de bolerista y sonrisa de cinemascope. Carrasca hizo dos cosas —y no me dejen olvidar del sensitivo Arnobio o el descontento de Sinfuentes, a propósito de quien un grafiti infame preguntaba: “¿Por qué no le ponen una fuente?”—, Carrasca le asignaba un libro distinto a cada alum­no, lo que hacía de la experiencia literaria un hecho único, y además nos hacía leer juntos un libro mensual. Así leí La hojarasca, La tierra nativa, Tránsito, todas esas joyas que ofrecía la editorial Bedout. Así también leí Diana cazadora.

El viernes pasado empecé a cumplir la cita que tenía con ese libro. Traté de leer el prólogo, pero desistí en la segunda línea. Puedo ser un desastre en muchas cosas, pero tengo crite­rio, no necesito que un alimentador de zorras me diga si un libro es bueno o malo. Lo mío era con Clímaco Soto Borda. Vi, subrayadas con lápiz tímido, las palabras que entonces eran nuevas para mí. Me fui adentrando en la historia. Vi ese despliegue de inteli­gencia y de lenguaje como he encontrado pocos. Entonces comprendí. Supe que esa novela marcó mi vida más de lo que creía.

Quizá la parte menos notable de Diana cazadora es la que se refiere al título: una mujer envilecida que decide exprimir a todos los pendejos que se encuentre y, para el caso, el pendejo es el hermano menor del protagonista. El tono es tan exage­rado que me queda la sospecha de que Clímaco estaba hacien­do una caricatura, un novelón engolado. Pero el resto del libro es pura finura. Finas son las descripciones de la vida cotidiana: un accidente de tranvía, la sordidez de los cafetines, el idilio frustrado de unos gatos en un tejado, la tragicomedia de los parques y las estatuas. Escrita en 1900, la novela nos ofrece un atisbo al día a día de esa “Ámsterdam” de los pára­mos en tiempo de guerra: las noticias que llegan trastocadas, los abusos del poder, la actitud de “sálvese quien pueda”. El personaje de Pelusa, esa suerte de bobo iluminado, justifica de sobra el precio de la entrada. Pero lo mejor de todo es el final, la apoteosis, el cortejo fúnebre que une el novelón con la ciudad. Tenía que ser un exiliado mental el que escribiera de tal modo a Bogotá. Un caserío sucio, corrupto y maloliente. Un tumulto de pícaros. Un pueblo grande con ínfulas de ciudad.


Publicado en Vivir en El Poblado el 26 de febrero de 2015.





lunes, 23 de febrero de 2015

Todas las posibilidades de la hermosura


–Ésta es mi preferida –cuando salían, Xenia fue hasta la caja, tomó una libreta pequeña de cuero y la guardó en un bolsillo de su abrigo.
Fueron en el auto hasta la estación del tren. Habían calculado bien el tiempo y tuvieron que esperar poco para verlo llegar, para instalarse al fondo de un vagón. Ella dijo que tomaran un puesto de la derecha.
El tren dejó atrás las calles del pueblo y empezó a moverse por la orilla del río. Él estaba sentado junto a la ventana. Ella se pegaba a él, señalaba lugares del paisaje. Le mostró un viejo edificio de ladrillos rojos. Le habló de los ilustres prisioneros que allí vivieron. Señaló un puente larguísimo y le habló de la noche en que se partió en pedazos.
–Fue durante un invierno –dijo–. Era de noche y había neblina. La visibilidad era tan poca que los carros seguían entrando en el puente, seguían cayendo en las aguas heladas.
Poco antes de llegar quedaron enmudecidos ante la imponencia de las Palisades, unos acantilados de basalto que se extendían por varias millas a lo largo del río. Ella se sobrepuso y le habló de la lava y los milenios que forjaron esos abismos de piedra. Cuando vislumbraron la ciudad, tuvieron la sensación de que los edificios también eran rocas esculpidas por el tiempo.
Ese día caminaron hasta quedar exhaustos. Recorrieron las calles sin seguir un rumbo fijo, perdidos en la multitud, dejándose llevar por intuiciones, aventurándose en lugares que les parecían promisorios. Vieron sucederse pequeños mundos que convivían sin tener conciencia unos de otros. Vieron una infinita variedad de rostros y de cuerpos, todas las posibilidades de la hermosura. Fueron testigos de la intensa soledad que recorre las ciudades.



Al final, cuando ya los pies les dolían a cada paso, se sentaron en un parque cerca de la estación.
–Muchas veces he venido a este lugar para ver la multitud. He pasado horas y horas aquí sin aburrirme, saltando de un rostro a otro, imaginando una vida tras otra.
Buscó la libreta en su abrigo. Acarició la gastada cubierta de cuero. Pasó la yema de un dedo por los relieves de la palabra “Journal”.
–Lo aprendí de papá. Me gustaba acompañarlo a caminar. Terminábamos siempre en un parque o una acera, en algún lugar privilegiado para ver pasar el mundo. Entonces llamaba mi atención sobre gestos y detalles, sobre historias transcurriendo justo ante nuestros ojos. Sin que yo lo notara, me enseñaba a mirar.
Él la miraba a ella. Trataba de no pensar. Se volvía a ver la gente que pasaba, trataba de olvidar. Pero, al momento, la estaba mirando de nuevo.
–Le mandé esta libreta para un cumpleaños. Sé que le fascinó la piel de la cubierta, la delicada textura de las hojas. La usó para escribir citas, apuntes, para intentar frases o párrafos cuando ya no era capaz de escribir historias largas. Mira esto: “A veces me despierto y descubro que la vida es un dibujo que se desdibuja”.
Buscó una página doblada en la esquina superior.
–Escucha: “Envueltos en el subterfugio de los astros. Atrapados en esta trampa estática que nos gusta llamar tiempo, para consolarnos, para creer que tenemos un espacio donde vivir es posible, un plazo, una tregua, un respiro entre nuestras dos nadas sucesivas, aquella de la que venimos y esa otra a la que entramos en el instante mismo en que venimos. Inventamos la duración del parpadeo, nos dejamos enredar por las poleas que se mueven para hacer creer que existe el tiempo, que hay algo en medio del vacío y de la nada que nos fueron otorgados”.


–¿Qué pasó con los otros cuadernos?
Xenia se volvió a mirarlo como si sólo en ese instante hubiera recordado que estaba acompañada. También hubo cosas en las que no quiso pensar.
–Los destruyó cuando sintió que le quedaba poco tiempo –siguió buscando en la libreta–. Me encanta esta parte. Escucha: “Lo único malo que Stendhal le ve al amor es que conduce al hábito de mentir”. Y esta otra, de Havellock Ellis: “El pudor de las mujeres tiende a desaparecer en el instante de la satisfacción sexual”. ¿Puedes creer? Como si los hombres fueran muy decorosos.
–Se hace tarde –dijo él–. ¿Te parece si pensamos en regresar a casa?
– ¡Ja! Mira este otro: “Tissot, un médico de Lausana, publicó en latín, en 1760, y en francés, en 1764, un tratado sobre el onanismo, donde lo califica como crimen o suicidio”. Y este otro, está bueno para Argonio: “En las penitencias de Teodoro, en el siglo VII, se prescribían cuarenta días de castigo al masturbador”.
Soltó una carcajada. Se volvió para ver si él se divertía de igual modo y agregó entre risas:
–Si hubiera nacido en el siglo VII, me habrían condenado a cadena perpetua.
Ahora la divertía el desconcierto de su sobrino. La incomodidad con que miraba a los que pasaban cerca, preguntándose si entenderían la lengua que ella hablaba.
–Lo siento –dijo con gesto que decía lo contrario–. Las multitudes me alborotan. Mejor nos vamos.
–¿Crees que se masturbaba? –dijo él, tratando de no quedarse atrás en la charla.
Ella siguió mirando la libreta:
–Autofilia, autoerastia... ¿Sabías que los elefantes se comprimen el pene con las patas traseras?, ¿que las cabras se practican a sí mismas la fellatio? ¿Sabías que entre los tamiles de Sri Lanka es tan difundida que se realizan torneos? Cuando leo la historia de Argonio me parece verlo, acopiando montones de datos inútiles, confiando en ponerlos en alguna de sus historias para salvarlos del olvido.
Decidieron levantarse y caminar a la estación.
–La primera vez que leí estos apuntes no me divertí tanto. Tiene algo de escabroso pensar en un muerto que se masturbaba, especialmente si el muerto es el padre de uno. Tiene algo de pernicioso imaginar aquello que lo excitaba, los frenesíes y estertores a los que se entregaba, la devoción y los gestos. Piensa uno todo eso sobre el muerto y lo siente más muerto, huele la podredumbre.
–No deja de ser raro si piensas esas cosas sobre alguien que está vivo –dijo él–. También se ve más muerto.


Fragmento de La risa del muerto.