martes, 10 de marzo de 2015

Borges y la plata

Un texto de Wenceslao Triana
Marzo 6 de 2002

 Jorge Luis Borges

  Mejor no les explico como vine a parar el viernes pasado a la misma mesa donde estaba el escritor argentino Ricardo Piglia. Que baste con saber que la vida tiene sus vueltas raras y que uno puede terminar sentado en las mesas más insospechadas. Fue en un restaurante de Princeton, esa ciudad austera y clásica –que ni siquiera parece gringa– donde una larga tradición universitaria ha visto genios tan diversos como Albert Einstein, T. S Eliot, Hermann Broch o John Forbes Nash, a quien una película reciente ha puesto en primer plano.

  Puedo decir que Piglia es uno de los grandes escritores argentinos del momento. Una vez convencidos de que ni Borges, ni Cortázar, ni Bioy Casares eran eternos, le ha llegado el turno a nuevas generaciones que ya no son tan nuevas después de todo, que ya hasta peinan canas y pueden soportar con estoicismo ese equívoco supremo que es el reconocimiento.

  Piglia ha escrito “Respiración artificial”, “La ciudad ausente” y “Plata quemada”, entre muchos otros libros, pero una prueba de su grandeza la dio el viernes pasado al no hablar de sí mismo ni un momento y, en cambio, dedicarse a hablar de uno de sus maestros, del maestro de todos, de ése al que deberían canonizar como el santo de los literatos.

  Piglia era estudiante de la Universidad de la Plata, su ciudad natal, cuando conoció a Borges. Cómo él y un grupo de amigos eran los que tenían las iniciativas, consiguieron dinero para invitar a Borges a dar una conferencia.

Ricardo Piglia

  El primer contacto fue por teléfono. Cómo está, maestro, mi nombre es este y este, lo llamo a esto y esto. Borges contribuyó a la charla con una anécdota de infancia. Un día fue a visitar a su padre un poeta de La Plata cuyo nombre no recuerdo –hubo vino aquella noche en esa mesa–. Cómo era la hora de la siesta, y la siesta del padre de Borges era sagrada, le dijeron al poeta que volviera un poco más tarde. Pero el poeta insistió y al final no hubo otra opción que despertar al señor de la casa. Al día siguiente el poeta se suicidó.

  Pero volvamos a la historia principal. Cuando Piglia le dijo a Borges la cantidad que pensaban ofrecerle por la conferencia (algo así como ochocientos dólares de hoy), Borges dijo que no, que era imposible, que por esa suma no. Un silencio en la línea del teléfono contribuyó a crear el suspenso necesario: “Mejor les doy la conferencia por la mitad de ese dinero”.

  Piglia no olvida la sonrisa de Borges cuando terminó la conferencia, le estrechó la mano y le dijo, cómplice, divertido: “Buena la rebaja que conseguí, ¿cierto?”

  La anécdota ocurrió hace cuarenta años y Piglia jamás ha podido olvidarla. Recuerda el silencio en el teléfono, la sensación que tuvo de estar ofreciendo poco y la posterior sorpresa. Se ha pasado la vida tratando de entender esa actitud y ha llegado a una conclusión, donde expresa por igual cariño e indignación como la que inspira la travesura de un niño: “Ese hombre era capaz de perder cuatrocientos dólares con tal de crear una anécdota que lo hiciera inolvidable. Me ha obligado a contar esta historia toda mi vida”.

  Entre los que aman la literatura, contar historias de Borges es una de las actividades más amenas y divertidas que existen. Aquella noche en Princeton empezaron a aparecer testimonios desde todos los rincones de la mesa. Todos geniales, todos brillantes. Todos dignos de ser reproducidos, como esta hermosa historia que Borges sigue contando por medio de quienes volvemos a contarla.
Marzo 6 del 2002




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