jueves, 22 de noviembre de 2012

La soledad como tragedia - La columna de Vivir en El Poblado






En una pintura atribuida a Brueghel se ve un paisaje costero donde la vida transcurre sin novedad. En primer plano hay un labriego, más allá se ve un pastor con la mirada hacia el cielo, luego hay una bahía: un pescador absorto, embarcaciones, una cueva en un islote, montañas y una ciudad distante. El cuadro se llama ‘La caída de Ícaro’ y hay que mirar con atención para notar las piernas chapaleantes de un hombrecito que se hunde en el mar. El hecho de que nadie preste atención al hombre en el agua revela la intención irónica. Hoy en día lo griego es más insignificante que el Ícaro de Brueghel.  Ávidos de novedades, olvidamos que lo nuevo es lo que llegó primero.
Un sueño me puso en el camino de los griegos. Buscaba entre libros un ejemplar de Filóctetes y no tuve tranquilidad hasta encontrarlo. Convencido de que los sueños traen señales, salté de la cama a resolver el enigma. Primero encontré la tragedia que Sófocles escribió cuando era octogenario. Es una de las pocas obras suyas que se conservan completas y es la referencia más extensa que nos queda de Filóctetes. Cuando se habla de los griegos y de Troya, hay nombres que vienen a la memoria de inmediato: Héctor, Aquiles, Ulises. Poco se habla de Filóctetes, a pesar de que el triunfo habría sido imposible sin su ayuda. De su vida perduran los años de dolor en una isla solitaria.
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